Capítulo 4 #2
Su Excelencia puede estar muy seguro de que solo una legislatura fundada sobre las mismas bases de las colonias americanas puede convertirnos en un pueblo feliz y satisfecho […
] Cualquier medida comprometedora que, en este punto, pudieran adoptar en el futuro los ministros de Su Majestad solo serviría para aumentar y perpetuar sin remedio los disensos internos.
Es una desgracia que estos desacuerdos hayan trastornado nuestra comunidad desde la llegada y partida del excomisario de investigación, el señor Bigge.
A juicio de la señora Darling, la nota continuaba de forma algo oscura:
Hay […] en el territorio una raza de hombres, ya adultos. Estos hombres, desconocidos y nunca escuchados como cuerpo político, dispersos en los bosques lejanos y silenciosos de su país, están destinados a ser los padres de la siguiente generación y los herederos de nuestras tierras.
Siempre han menospreciado el clientelismo de los cargos públicos […
] Pero los concesionarios del suelo, hombres que lo consideran de su propiedad, como si fuera una herencia natural, han visto en los últimos años otorgar con liberalidad tierras a extranjeros que ni siquiera tienen la capacidad para mejorarlas.
¿Era eso, se preguntó la señora Darling, una defensa de los derechos de los emancipados de la comunidad?
, ¿de aquellos que, en la época del gobernador Macquarie, se habían ganado el perdón y, una vez restaurado su anterior rango social, habían recibido tierras de un benevolente mecenas?
O… Volvió a leer el último párrafo. ¿Era eso una condena a la política del gobernador Brisbane de otorgar grandes concesiones a aventureros ricos recién llegados de Inglaterra?
,¿hombres del tipo de aquellos dos desafortunados jóvenes asesinados por bandoleros en tierras agrestes, más allá de las montañas Azules?
Sin duda, se les habían concedido miles de acres de tierra virgen y, con toda probabilidad, no eran capaces de mejorarlas.
A lo lejos, el sonido de un tambor lúgubre se coló por la ventana abierta.
La señora Darling se tensó y, por un momento, apartó la vista de las páginas del Australian.
Entendía la decisión de su marido de tomar medidas contra los soldados innobles, esos que, por carecer de lealtad a su regimiento y de orgullo de pertenecer a él, habían cometido actos criminales con tal de ser expulsados del ejército.
De hecho, estaba de acuerdo con esa decisión.
Era justo que esos hombres fueran castigados, pero…
el castigo que el gobernador había ordenado ¿no era demasiado severo?
Su marido era un hombre recto y honorable, un oficial valiente que había servido a su país con distinción tanto en la paz como en la guerra, y ya había demostrado ser un administrador admirable, tanto en Mauricio como aquí.
Pero tenía grandes expectativas de los hombres a su mando.
Sus estándares eran muy altos, quizá demasiado para un ejército que el gran duque de Wellington había descrito como…
¿Cuál era la palabra que había utilizado?
Infame, sí, esa era la palabra. La esposa del gobernador se levantó de nuevo y se acercó inquieta a la ventana.
En el patio de armas del Quincuagésimo Séptimo, a los dos soldados condenados se les leerían sus sentencias.
Al son de los tambores, los despojarían de sus uniformes, y luego, vestidos con trajes de convicto, les colocarían grilletes de hierro en las muñecas y los tobillos antes de llevarlos, primero, a la cárcel, y, luego, a una de las cuadrillas de presos encadenados que trabajaban en las carreteras.
Tembló. Sentía un miedo persistente. En ese lugar, en esa colonia penal, tales sentencias eran habituales. De verdad, ¿el cruzado señor Wentworth podría encontrar en aquello una razón justa para lanzar un nuevo ataque contra el gobernador y comandante en jefe de la colonia?
Un criado entró y comenzó a recoger la mesa en silencio.
La señora Darling le permitió hacer su trabajo y le pidió que le trajera más té.
Se sentó de nuevo para seguir leyendo el periódico.
No olvidaba que era hija, hermana y esposa de distinguidos oficiales del ejército.
No permitiría que un hombre de la talla de William Charles Wentworth la alterara o intimidara.
Cogió la segunda hoja del periódico y comenzó a leer la carta de la supuesta Alcestis.
Unos días antes la habían comentado en la fiesta de jardín de los Dawson.
Ella había escuchado la conversación y, de hecho, había participado en ella, pero, hasta el momento, no había leído la carta ofensiva.
A la luz de la reacción de los demás invitados, había considerado deseable o necesario hacerlo.
Todas las damas habían expresado su desaprobación y muchas habían mostrado un patente disgusto.
Entonces, cuando la señora Van Buren afirmó que conocía la identidad de la autora, casi todas se le unieron en su condena a la convicta fugitiva.
Solo la señora Dawson había expresado su desacuerdo, pero Abigail Dawson era…
La esposa del gobernador buscó una palabra adecuada para describir a su anfitriona.
No liberal, no, pues esa palabra se estaba convirtiendo en algo desagradable a sus ojos, ya que se aplicaba con frecuencia al propietario del Australian.
Era amable y confiada y, en el sentido más auténtico, una dama que veía lo bueno en todos.
En ese sentido, sin embargo, quizá pecaba de ingenua.
Su tolerancia hacia su maleducada hijastra era loable, aunque insensata. Esa mujer…
El criado regresó con la bandeja de té y la señora Darling se sirvió una taza. Ahora que llegaba el momento, sentía cierta renuencia a leer la carta de Alcestis.
Si, como había afirmado Lucy Van Buren, esa Alcestis era esposa de un capellán de prisiones al servicio del gobierno, la joven era desleal, ya que sus actos podían tener graves consecuencias para su marido.
Los hombres condenados a prisión en la isla de Norfolk se enfrentan a una muerte en vida…
Palabras crudas en su simplicidad. Parecían saltar de repente de la página impresa. Casi en contra de su voluntad, la esposa del gobernador siguió leyendo.
La carta ocupaba tres columnas completas y tenía forma de un diario en el que cada entrada describía con brevedad los acontecimientos cotidianos en la isla.
Relataba, sin embargo, sufrimientos y privaciones de tal naturaleza que, quizá debido a la brevedad del texto y al hecho de que la autora no tenía mucha educación, el efecto era convincente.
La partida forzosa de las mujeres y los pequeños se describía en términos que podría haber utilizado uno de los niños.
La señora Darling encontró ese detalle aún más conmovedor.
Para ella, cualquier sospecha de que el editor del Australian hubiera puesto su pluma a trabajar en la carta quedó del todo disipada.
Las mujeres habían ido a la isla por su propia voluntad.
Habían renunciado a la libertad para vivir cerca de la prisión.
Con su presencia, daban esperanza a todos los hombres mientras cuidaban sus jardines con flores y árboles frutales.
Sin embargo, cuando abordamos el barco que nos llevaría lejos, vimos a través de nuestras lágrimas cómo los jardines estaban siendo arrasados, y los árboles frutales, talados.
Cantamos en un intento de consolar a los que dejábamos atrás, y los niños también cantaron con nosotras. Pero los presos sabían, como nosotras, que nunca volverían a ver a sus esposas ni a sus pequeños.
Son hombres malvados y merecen un castigo por las atrocidades que han cometido. Esto no se puede negar. Pero robarles la esperanza, aunque pudieran reformarse, ¿no es eso crueldad?
¿Es esto lo que Su Excelencia el gobernador entiende por el castigo más cercano a la pena de muerte? En la isla de Norfolk se muere en vida.
La señora Darling se sintió muy conmovida.
Apartó el periódico cuando sintió que las lágrimas nublaban su vista.
Era una feligresa devota y asidua, con una fe inquebrantable en Dios y en las enseñanzas cristianas.
No necesitaba recordarse a sí misma que el Señor Jesucristo, en innumerables ocasiones según su Evangelio, había exhortado a los pecadores arrepentidos a acudir a él en busca de perdón.
Si Alcestis estaba diciendo la verdad, entonces el gobernador, su amado esposo, el hombre a quien siempre había sido fiel, no estaba ofreciendo ninguna oportunidad de redención a los delincuentes que enviaba a la isla de Norfolk.
Cierto que eran hombres malos, como admitía Alcestis, reos condenados a muerte por los delitos que habían cometido desde su llegada a la colonia.
Ralph había sido misericordioso con ellos al conmutar sus penas de muerte por la de cadena perpetua, pero…
Sintió que se le hacía un nudo en la garganta.
Los había salvado de la soga del verdugo solo para condenarlos a lo que la carta de Alcestis llamaba una muerte en vida.
Al ordenar la salida de las mujeres y los niños, había privado a esos hombres desesperados de la última influencia civilizadora que habían conocido.
Y… si los jardines de las mujeres habían sido destruidos, y también sus árboles frutales, no había sido por orden suya.
El nuevo comandante, el capitán Donaldson, estaba exagerando.
Su marido no era rencoroso, nunca; era inflexible, pero siempre justo.
Al establecer las condiciones de encarcelamiento para lo que se denominaba «pena capital con indulto», tanto en la isla de Norfolk como en la bahía Moreton, no estaba haciendo otra cosa que aplicar la política de la Oficina Colonial.