Capítulo 4
El gobernador Darling estaba enfadado. Tenía la fría cólera y bajo un severo control, pero su esposa, que estaba sentada frente a él en la larga mesa de caoba pulida a la que se habían reunido para desayunar, percibía su fastidio. Con su encanto y su tranquilidad habituales, trató de animarlo.
Sus esfuerzos obtuvieron escasa respuesta.
El gobernador, encorvado en su silla, respondía con brusquedad a los intentos de conversación mientras picaba con desagrado la comida que tenía delante.
Decepcionada, la señora Darling miró al otro lado de la mesa en busca del apoyo del nuevo secretario militar de su marido.
Le caía bien el capitán de treinta años que había venido a sustituir al mayor Ovens.
Charles Sturt era inteligente y revelaba una cultura excepcional.
Se había integrado con entusiasmo a la vida social de la colonia y, desde el principio, había expresado su deseo de participar en las expediciones exploratorias destinadas a abrir nuevas tierras vírgenes para la colonización.
Había servido en Canadá, Francia e Irlanda y tenía un repertorio de historias ingeniosas y divertidas que, por lo general, gustaban a su serio marido, solo que…
La esposa del gobernador miró inquieta al otro lado de la mesa. Aquella mañana, parecía que nada podía apartar a su marido de los pensamientos más sombríos y coléricos.
—¡Maldita sea! —exclamó de repente—. ¡Tiene que haber alguna forma de frenar la campaña de ese infernal Wentworth contra mí!
Primero fue la carta que publicó en su miserable periodicucho, se supone que escrita por la esposa de un convicto.
Se hacía llamar…, ¿cómo?, «Alcestis» o algo así, para eludir las acusaciones.
Me hacía responsable del supuesto trato despiadado que recibían los delincuentes en la isla de Norfolk.
Pero ahora, maldita sea, ha presentado otro supuesto testigo; esta vez, según dice, de atrocidades cometidas en la bahía Moreton.
Y este entrometido también tiene el cuidado de llamarse a sí mismo con un seudónimo clásico: «Eumen… » no sé qué.
—Euménides, señor —lo ayudó Charles Sturt—, las tres diosas de la venganza, si no me falla la memoria, dedicadas al castigo de quienes infringen las leyes fundamentales de la sociedad. Eso es típico del joven Wentworth, por supuesto, un erudito en los clásicos.
El gobernador lo miró con recelo, como acusándolo de frivolidad, así que la señora Darling intervino de inmediato:
—En la fiesta en el jardín de los Dawson, la señora Van Buren, quien, por cierto, debo admitir que no me cae bien, estuvo insistiendo en voz alta en que sabía quién era Alcestis. No supe si creerle o no… Su afirmación me pareció absurda.
—¿Quién cree que es? —preguntó su marido.
—La esposa del capellán de la isla de Norfolk —respondió la señora Darling con inocencia—.
¡La señora Van Buren le dijo a todo el que quiso escucharla que la joven era una convicta!
, una chica que había huido de su trabajo y de la fábrica de mujeres para casarse con el capellán.
Creo que dijo que se apellida Fox o Cox.
En cualquier caso, querido Ralph, anunció su intención de revelar la identidad de la chica en una carta al periódico del señor Wentworth.
—Espero que lo haga —dijo irritado el gobernador—.
Y espero que Wentworth tenga la integridad de publicar esa carta, si lo que dice es cierto.
Aunque me permito dudar de que lo haga, pues está demasiado ocupado llevando a cabo una campaña de difamación contra mí.
Pero tiene la responsabilidad de decir la verdad, ¿no es así, Charles?
Ante tal consulta, Charles Sturt inclinó la cabeza.
—Sí, señor, y estoy seguro de que se dará cuenta. Lo que quiero decir, señor, es que, si está haciendo campaña a favor de la libertad de prensa, él…
—El pueblo —lo interrumpió Darling con tono cortante— está instruido por sus periódicos para hablar de los derechos de los ingleses y de las instituciones libres y democráticas de la madre patria.
Pero incluso la inteligencia más mediocre debe darse cuenta de que, aunque esta es una colonia inglesa, es una colonia penal.
No hay ni la más mínima similitud entre la constitución de este lugar y la de Inglaterra, pero Wentworth parece incapaz de reconocerlo.
No se puede tener una democracia ni un gobierno representativo de verdad cuando la mitad de la comunidad está privada de sus derechos civiles.
Y hay razones para tener a esa gente así, ya que son criminales o lo fueron.
Y esta no es solo mi opinión, es también la opinión de la Oficina Colonial.
Sturt miró a la señora Darling y bajó la vista.
—Así es, señor —murmuró en tono tranquilizador.
Pero el gobernador se negaba a calmarse.
—He reformado la administración pública —continuó con tono agraviado—.
Ahora todos los departamentos funcionan con eficiencia, donde antes había exceso de personal, confusión y el más escandaloso despilfarro del dinero público.
Pero Wentworth y Waddell siguen exigiendo un consejo más amplio, con el único objetivo, supongo, de restringir mi autoridad e impedirme llevar a cabo reformas.
Quieren juicios con jurado, ¡y el juez Forbes los respalda!
Pero, maldita sea, eso es impracticable, a menos que se permita a los delincuentes emancipados servir como jurados y dictar veredictos cuando sus propios compañeros están bajo juicio.
¿De verdad quieren eso, por el amor de Dios?
La señora Darling se levantó y se acercó a la ventana. En un intento por cambiar de tema, dijo risueña:
—Ralph, querido, ¿eso que oigo es la banda del regimiento? Me parece que están tocando una melodía muy triste, ¿hay algún desfile especial hoy?
Charles Sturt murmuró algo que ella no alcanzó a entender, y, para su consternación, su marido se levantó con tal presteza que derribó la silla en la que estaba sentado.
—Sí —confirmó él con los labios apretados—, sí, querida.
Voy a poner fin a una práctica que socava la disciplina militar.
Esta mañana, dos soldados rasos del Quincuagésimo Séptimo, Sudds y Thompson, serán expulsados del regimiento y enviados a una cuadrilla de obras durante siete años.
Estoy decidido a dar ejemplo con ellos. Mi orden general al respecto se leerá en el desfile para que todos los presentes la entiendan con absoluta claridad.
—Suspiró con impaciencia cuando su esposa lo miró perpleja.
Sturt le dijo con mucho tacto:
—Verá, señora Darling, el Quincuagésimo Séptimo partirá a la India y muchos soldados se resisten a abandonar la colonia.
Han creado vínculos en este lugar y quieren quedarse como colonos.
Hasta ahora, en algo que solo puedo calificar de abuso de la ley, han cometido algún tipo de hurto con tal de conseguir licencias por deshonra.
Ya han sido acusados y, si fueran declarados culpables, serían condenados a la deportación, y no a trabajos forzados, como comprenderá.
La deportación significa que se quedan aquí, sin más, y…
El gobernador Darling lo interrumpió.
—Sí, sí —dijo con voz ronca—. No es necesario entrar en detalles, Charles.
Lo que ocurre, querido amigo, es que esos sinvergüenzas, que tenían compromisos de por vida, están incumpliendo los términos de su alistamiento con toda intención.
El regimiento se está quedando sin hombres.
Lockyer está muy preocupado, como puedes imaginar, y yo también.
Así que voy a poner fin a esto, como te he dicho.
¿Y bien? —Su fría mirada se posó en el rostro de su secretario militar—.
Será mejor que vayamos a ver cómo se ejecuta la sentencia, ¿no?
Al menos, estoy en mi derecho en este asunto, ya que se trata de una cuestión de administración militar.
Wentworth no tendría motivos para protestar, ¿o sí?
—No creo que pueda, señor. —Charles Sturt sacó de su bolsillo un periódico doblado y se lo ofreció a la señora Darling—.
Este es un ejemplar del Australian, señora.
Es posible que usted nunca lo haya visto, porque Dios sabe que es un periodicucho difamatorio, pero, por si acaso desea leerlo, aquí lo tiene.
—Hizo una reverencia cortés y siguió al gobernador fuera de la habitación.
Una vez sola, la señora Darling volvió a su asiento en la mesa. Extendió las dos hojas del periódico y alisó los pliegues del papel arrugado. Lo primero que le llamó la atención fue el titular, que leyó con atención.
Al contrario de lo que creía su marido, el señor Wentworth no parecía estar haciendo campaña a favor de la democracia.
Afirmaba, más bien, que su objetivo político era «la fundación de un Estado británico autónomo en Australia, basado en la Constitución británica».
Una constitución que, según él, «reconoce todas las formas de distinción, tanto personal como de clase, compatibles con la libertad individual y los derechos populares».
En cambio, refutaba y detestaba la democracia «porque se basaba en una teoría falsa: la de la igualdad humana».
Para su sorpresa, la señora Darling descubrió que el liberal señor Wentworth visualizaba el estado autónomo como uno gobernado por una clase alta australiana, correspondiente a la aristocracia terrateniente británica.
También parecía defender el sistema de deportar a Australia barcos llenos de malhechores provenientes de la madre patria, con el fin de que «pudieran ser utilizados como sirvientes y trabajadores asignados», por su propia reforma y en beneficio final de su país de adopción.
Con la curiosidad bien despierta, la esposa del gobernador siguió leyendo. Se citaba parte del «discurso de bienvenida» con el que su marido había sido recibido a su llegada a Sídney. Cada vez más asombrada, leyó: