Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 3 #5
32%

Capítulo 3 #5

Ningún soldado se movió, los capataces no protestaron. Animados, los convictos cruzaron el arroyo poco profundo, aún unidos por los grilletes, arrastrando a los temerosos y renuentes y gritando su odio mientras trotaban.

Logan los oyó e hizo un débil intento por levantarse. Enseguida se desplomó en el barro, gimiendo de dolor y profiriendo amenazas. Pero todas sus protestas se ahogaron entre los gritos de la multitud.

Consciente de su impotencia para detenerlos, Murdo observó con horror cómo se abalanzaban sobre la figura postrada y cubierta de sangre en la orilla opuesta del arroyo.

Los presos usaban como armas las hachas, las palancas y las ramas arrancadas de los árboles; incluso el sable de Logan.

Y los que no podían llegar al indefenso comandante se abalanzaban con casi igual salvajismo sobre el caballo y los perros que gruñían.

Ningún hombre habría sido capaz de sobrevivir a un ataque tan brutal. Todo terminó pronto, sin que los capataces ni los guardias hicieran el menor intento por intervenir. Entonces, los hombres de la cadena empezaron a retroceder, tambaleándose en medio del agua fangosa del arroyo.

Trastabillando, Murdo salió de entre los árboles que lo habían protegido, pero el sargento Rolfe, que apareció de repente por detrás, se apresuró a bloquearle el paso. Le quitó el mosquete aún humeante de las manos entumecidas, miró su rostro pálido y conmocionado y dijo lacónico:

—Es mejor que no diga nada, señor Dean. Mejor será, señor, que ni siquiera recuerde lo que acaba de ver, ¿no es así? Con su permiso, señor…

Levantó el mosquete, giró la culata y lo golpeó con fuerza en la frente. Perdido el conocimiento, Murdo dobló las piernas y empezó a caer, pero Rolfe lo atrapó con un hábil movimiento e impidió que terminara en el suelo.

* * *

Cuando recuperó la conciencia, estaba en su propia cama. El sargento Rolfe le limpiaba con suavidad la cabeza magullada y palpitante.

—Por el amor de Dios, Rolfe —protestó Murdo mientras los recuerdos volvían llenos de dolor—, ¿qué ha pasado? ¿Está…? Ah, maldita sea, hombre, ¿qué hago aquí? ¿De verdad ha muerto el comandante?

El rostro arrugado de Rolfe no expresaba ni arrepentimiento ni culpa. Asintió y dijo con tono pragmático:

—Sí, señor, él y el fugitivo Vincent. Los hemos enterrado a ambos en el bosque.

—¿Los habéis enterrado allí?

El sargento tosió en señal de disculpa.

—No podíamos permitirnos otra cosa, señor, no estaban en condiciones.

Los perros y el caballo, ya sabe… —Y reanudó su cuidadosa limpieza—.

Tiene un moratón muy feo, señor Dean. El cirujano debería haberlo visto, pero el señor Tyler…

bueno, señor, no quisiera andarme con rodeos: el señor Tyler estaba borracho y no podía cumplir con sus obligaciones; con ninguna, señor.

Quizá eso haya sido una bendición disfrazada.

Poco a poco iba comprendiendo lo que el sargento le quería decir. El joven médico Tyler no había visto el cadáver del comandante, y ahora era dudoso que pudiera verlo. El clima se encargaría del resto.

Rolfe dejó su cuenco sobre la mesa.

—Ahora usted es el oficial de mayor rango aquí, señor, es el comandante en funciones. No hace falta que le recuerde que es su deber redactar un informe sobre la muerte del capitán, ¿verdad, señor?

—¡Oh, Dios! —Murdo lo miró con fijeza. No podía pensar con claridad.

La cabeza le palpitaba sin clemencia y tenía la boca tan seca que apenas podía articular palabras.

Pensativo, el viejo sargento llenó un vaso con agua y se lo acercó a los labios.

Murdo bebió con avidez y se recostó. Se sentía del todo confundido—.

¿Qué diablos puedo decir, sargento Rolfe?

—Bueno, señor —sugirió Rolfe en voz baja—, sería acertado decir que el comandante se cayó del caballo cuando perseguía a un convicto fugado, ¿no es así, señor?

Si usted incluyera eso en su informe, nadie se daría cuenta de nada y todos quedaríamos limpios, supongo.

Por la forma en que cayó, se rompió el cuello, señor Dean, es lógico.

También es posible, señor, que algunos nativos lo hubieran visto allí tendido, indefenso, y lo hubieran rematado.

—Sí, pero… —A pesar del agua, Murdo seguía teniendo la boca seca. Tragó saliva con dificultad—. Rolfe, mire…

—No se altere, señor —lo instó con gentileza el sargento Rolfe, que había fijado su mirada en las puntas de sus botas recién lustradas—.

Yo soy el único que sabe que fue su bala la que derribó al caballo del comandante.

Y soy un hombre que guarda bien sus secretos, señor Dean, ya lo sabe.

Lo que hacen mis oficiales no es asunto mío.

En veintisiete años de servicio, nunca lo ha sido.

Estoy deseando cobrar mi pensión, señor, para poder marcharme de aquí.

Murdo se incorporó con dificultad.

—Espero en Dios que los dos podamos marcharnos de aquí, sargento —dijo con las pocas fuerzas que le quedaban—. Y… escribiré un informe en las líneas que usted… eh… me ha sugerido.

Rolfe le sonrió.

—Muy bien, señor —respondió. Su sonrisa iba desvaneciéndose mientras añadía—: Me he tomado la libertad de ordenar cien latigazos para el viejo Bumble en su nombre, señor.

Supongo que solo recibirá lo que se merece desde hace tiempo, ¿no cree, señor?

—Se puso firme—. Él y el capitán, a decir verdad.

Ahora lo dejaré dormir un poco, señor Dean.

Salió trastabillando y cerró la puerta. Murdo dejó caer sobre la almohada la cabeza dolorida. No sentía remordimientos, solo un cansancio abrumador y una profunda tristeza por Nick.

—Por favor, Dios —rezó en voz alta—, ¡libérame de mi deber aquí o desearé estar en el infierno con Logan!

Pasaron casi seis semanas antes de que su plegaria fuera escuchada y el Mermaid de Justin Broome trajera su relevo y otros cuarenta condenados a muerte. Llegaron a tierra a trompicones, encadenados con fuerza, para comenzar su largo y punitivo exilio.

Miraban a su alrededor con aprensión. Sin duda, habían oído historias sobre los horrores que los esperaban en su nueva prisión.

Pero solo Murdo y algunos de los veteranos podían ver, en su memoria, al oficial de mirada fría sobre el gran caballo negro; aquel tirano que solía pararse en el muelle a observar a los recién llegados desembarcar…

Y el recuerdo ya se estaba desvaneciendo, incluso para ellos.

Justin vino a tierra para darle, con orgullo comprensible, dos anuncios: que Jessica había dado a luz a una niña, a la que llamaban Jenny en honor a su abuela, y que su ascenso al rango de comandante había sido publicado en el boletín oficial. Entonces, Murdo pudo sonreír con su antigua calidez.

—Me alegro mucho —dijo—. Por ambas noticias, Justin, pero debo admitir que lo que más me alegra es poder viajar a Sídney contigo. ¡Mientras viva, no quiero volver a ver este lugar!

—¿Tan malo ha sido? —Justin lo miraba muy serio—.

Sí, ya lo veo. Pero espero que las condiciones mejoren pronto, y creo que lo harán, Murdo, tanto aquí como en la isla de Norfolk.

William Charles Wentworth y otros han creado un nuevo periódico llamado Australian.

Están luchando sin ambages por las reformas y ya han publicado una carta con seudónimo, firmada por una supuesta Alcestis.

En realidad, la escribió una de las mujeres que hace poco fueron expulsadas de Kingston por orden de Su Excelencia el gobernador Darling.

—Justin hizo una pausa y apretó los labios—.

La carta de Alcestis lo cuenta todo con detalles.

Ha causado un furor tremendo en Sídney, hasta provocar la furia del gobernador y los oficiales del Quincuagésimo Séptimo.

Pero ha tenido algún efecto, al menos: Donaldson ha sido sustituido como comandante de la isla de Norfolk, y tu comandante, Logan, si estuviera vivo, también habría sido destituido.

En su lugar será nombrado un capitán del Decimoséptimo, un tal Clunie, tan pronto como el hombre llegue a la colonia.

La pobre Alcestis, sin embargo, está siendo atacada por todos lados y se especula mucho sobre su verdadera identidad.

—¿La conoces? —preguntó Murdo con curiosidad.

—Por supuesto —respondió Justin con una sonrisa irónica—. Es amiga de Jessica y se está hospedando en nuestra casa. Es una exconvicta, emancipada por matrimonio, lo que la hace muy vulnerable. Por esa razón, no puedo revelar su nombre; ni siquiera a ti, Murdo.

—¿Y si yo uniera mi voz a la suya? ¿Y si yo también escribiera una carta para el Australian ? —El tono de Murdo era duro—. Podría revelar muchas cosas sobre lo que se estaba perpetrando aquí, ¡por Dios que podría!

—Te presentaré a Alcestis —prometió Justin, inquieto—, pero será bajo tu responsabilidad. Unirte a la cruzada de Wentworth podría costarte el cargo, Murdo.

—Al diablo con eso —replicó este—. ¡Sería un precio muy barato!

Y, desafiante, pensó que ese era un precio que estaría más que dispuesto a pagar.