Capítulo 3 #4
—Ahora, señor —confirmó Rolfe—. Tengo a los hombres ya reunidos, señor, y le he entregado veinte cargas a cada uno.
Cuando esté listo, señor Dean… —Muy amable, cogió los pantalones de Murdo y se los ofreció—.
Tengo un arma preparada para usted. Es un mosquete, señor, pues una pistola no le servirá de mucho en esos bosques.
—Con deliberado atrevimiento, agregó—: Me parece que a Vincent le haremos un favor si lo traemos muerto, ¿no cree, señor Dean?
Murdo asintió sin decir nada. Aún aturdido por el sueño, se enfundó el uniforme con dificultad. Estaba haciendo un esfuerzo por poner orden en sus pensamientos.
—¿El comandante se unirá a la búsqueda? —preguntó. Mientras se abrochaba la túnica, notó que le temblaban las manos de manera ostensible.
El sargento se encogió de hombros.
—No lo dudo, señor; sin embargo, el capitán está interrogando al guardia sobre la llave de la celda de aislamiento. Al parecer, alguien la ha cogido durante la noche, porque la cerradura no ha sido forzada. Pero yo no podría saber nada de eso, ¿verdad, señor?
—No.
Murdo evitó la mirada del hombre. Puso toda su voluntad para moverse con rapidez y fue a la puerta.
Quizá Rolfe sospechaba que había tenido algo que ver con la fuga de Nick Vincent.
Aunque así fuera, el sargento no diría nada: era un hombre leal, y su aversión por el capitán Logan era igual a la suya, por más que no la hubiera declarado.
Fuera, los hombres en fila se pusieron firmes.
Murdo se echó al hombro el mosquete que le había proporcionado el sargento y condujo a su gente a comenzar la búsqueda.
Todos iban a pie, pues el único caballo en el asentamiento era el de Logan.
El ritmo, rápido al principio, se ralentizó pronto cuando entraron en el bosque que rodeaba los edificios de la prisión.
Los grupos de trabajo ya estaban fuera. Interrogaron a los capataces y estos afirmaron no saber nada de ningún fugitivo ni de nada extraño, así que los soldados continuaron desplegándose para cubrir el mayor terreno posible.
Murdo hacía todo lo posible por evitar la ruta que había señalado a Nick.
Guiaba a sus hombres con aparente confianza y les daba permiso de descansar a intervalos regulares.
También hacía pausas frecuentes para consultar con Rolfe.
Sin embargo, el sargento, de rostro demacrado e inexpresivo, no criticaba la forma en que se estaba llevando a cabo la búsqueda ni ofrecía ninguna sugerencia.
Murdo estaba cada vez más seguro de que Rolfe era demasiado veterano para no darse cuenta de que los estaba llevando a una búsqueda inútil.
Al mediodía, cuando los detuvo para comer las raciones con que habían cargado sus mochilas, sus esperanzas eran cada vez más grandes.
Nick tenía ventaja, la más larga que él habría podido darle.
Sin duda, había conseguido escapar y estaba de camino al punto de encuentro con el ballenero de Morgan.
Y estaba armado. Los nativos no se atreverían a enfrentarse a un fugitivo armado y decidido, aunque era posible que lo siguieran a discreta distancia, a la espera de que se rindiera de cansancio.
Nick, débil por el hambre y el duro trabajo, se fatigaría pronto, por lo que quizá era prematuro suponer que había conseguido escapar sano y salvo.
Murdo contuvo un suspiro y le ofreció su petaca de ron al sargento.
—Muchas gracias, señor —comenzó Rolfe, pero no siguió hablando. Se quedó escuchando muy atento, con la petaca a medio camino de los labios—. Es el capitán, señor, que está por allí. Oigo los ladridos de sus perros.
Murdo aguzó el oído y, un instante después, también oyó los ruidos.
Su ánimo se hundió cuando hubo calculado la dirección de donde provenían.
Ya fuera por casualidad o a propósito, Logan estaba siguiendo la ruta que él había elegido para Nick, y, a juzgar por lo enérgico de los ladridos, sus malditos perros de caza debían de haber encontrado el rastro.
Sin embargo, aún había tiempo: Nick habría cubierto la distancia durante la noche, además de que, por otro lado, habría vadeado un arroyo cercano para ocultar su rastro, de haber tenido la presencia de ánimo necesaria.
—Si quiere reunirse con el comandante, señor —se ofreció Rolfe inesperadamente—, puede dejarme continuar la búsqueda cuando los muchachos hayan terminado de comer.
Murdo estudió el rostro de su compañero, pero lo notó tan inexpresivo como antes.
Quizá, pensó, sería una precaución acertada buscar a Logan con el único objetivo de retrasarlo.
Nick podría estar cansado o, peor aún, haberse perdido en ese bosque sin senderos.
Había sido una noche oscura y la poca luz de la luna no habría penetrado el frondoso follaje.
Asintió hacia Rolfe sin atreverse a decir nada.
Agarró su mosquete y echó a correr a trompicones, guiado por los ladridos febriles de los perros, que parecían acercarse.
La espesa maleza le cerraba el paso y reducía su velocidad hasta poco más que un paso lento, pero siguió adelante con tenacidad.
Usaba la culata del mosquete para protegerse la cara de las ramas y para evitar que las plantas trepadoras se le enredaran.
Delante, las presas de caza salían de su escondite, alarmadas por los ladridos de los perros y el ruido que el propio Murdo hacía al avanzar.
Media docena de pequeños ualabíes marrones se apartaron a saltos de su camino en una procesión agitada, en tanto que de un arroyo cercano se alzó hacia el cielo una bandada de patos silvestres.
Entre gorjeos casi metálicos, fueron a buscar refugio por encima de las copas de los árboles.
Llegado, por fin, a un claro, Murdo vio que uno de los grupos de presos encadenados estaba trabajando allí, desramando un cedro gigante que acababan de talar.
Logan, con sus perros en silencio, se había detenido junto a los reos con la intención, por lo visto, de preguntarles si habían visto algún rastro del fugitivo.
Murdo se detuvo a recuperar el aliento detrás de unos árboles.
Le servían de escudo mientras escuchaba la voz arrastrada del comandante, que se elevaba por encima del estruendo de las hachas.
—¡Muy bien, dejad el trabajo! Mis perros han perdido el rastro del fugitivo, pero hace solo unos minutos lo tenían calentito.
Está aquí, ¿no? ¿Dónde está el maldito sinvergüenza?
Si alguno de vosotros ha intentado esconderlo, haré que os azoten a todos hasta despellejaros la espalda. Hablad, ¿dónde está ese granuja?
Para consternación de Murdo, uno de los convictos levantó las manos esposadas y señaló el arroyo, que fluía poco a poco a unas treinta o cuarenta yardas más allá del árbol caído.
—Está ahí abajo, señoría, en el agua. Pero el cabrón está exhausto y no puede correr más, ¡los perros lo atraparán con toda facilidad!
No podía ser Nick, se dijo Murdo. Nick había tenido toda la noche y parte del día para alejarse de allí.
Tenía comida, agua y una pistola. Por el amor de Dios, ¡ya debía de haber llegado al lugar del encuentro!
Quizá se trataba de otro fugitivo, algún hombre del grupo de trabajo que hubiera intentado huir o…
Se quedó paralizado, roto de desesperación, al ver a Nick levantarse del arroyo e intentar, sin éxito, trepar al otro lado por la empinada y fangosa orilla.
Pero, tal y como había afirmado el convicto traidor, Nick estaba demasiado agotado, débil y maltratado para continuar.
Consiguió ascender en su segundo intento, pero ya era demasiado tarde, pues Logan lo había visto.
El capitán espoleó su caballo, desenvainó el sable y reanudó la persecución.
Echó a correr en su gran semental, lo que obligó a los hombres de la cadena de presos a dispersarse.
Enfiló el árbol caído, lo saltó sin esfuerzo y bajó a toda velocidad por la ligera pendiente con los perros por detrás.
—¡Eh, hala, tú! —gritó, exultante, a pleno pulmón—. ¡Arriba y adelante, bonitos! ¡Este granuja es hombre muerto!
Nick se detuvo y se volvió a medias para dar la cara al jinete. Pero el traicionero terreno lo hizo tropezar y la pistola se le escapó de las manos. Indefenso y solo, consiguió mantenerse en pie de algún modo. Sabía que se enfrentaba a una muerte segura, pero se negaba a huir…
Murdo ya no podía seguir siendo un mero espectador.
Nick había sido su héroe de la infancia, el líder en sus viejos tiempos de asaltante de carreteras, y la deuda que tenía con él, la deuda de honor, debía ser pagada sin importar el coste.
Se arrodilló, se llevó el mosquete hasta el hombro y apuntó al caballo que, salpicando una cascada de agua, salía del arroyo para comenzar a subir por la orilla.
Logan hacía brillar al sol su sable. Lanzó un tajo sobre la cabeza desnuda de Nick Vincent en el mismo instante en que Murdo disparaba. Era una distancia larga para un tiro certero, pero el gran caballo negro era enorme. Cayó con estrépito y lanzó a su jinete por encima de la cabeza.
Logan quedó tumbado, inmóvil. Era evidente que estaba aturdido, ya que no hacía ningún movimiento para levantarse. Entonces, los convictos, hasta entonces silenciosos, como si de repente se hubieran dado cuenta de que el odiado tirano estaba a su merced, lanzaron un aullido concertado.
Murdo oyó a un hombre gritar:
—¡Acabad con ese maldito, muchachos! ¡Vamos, acabemos con él!
El grito fue secundado por otros en un coro vengativo y salvaje.
—¡Sí, matémoslo antes de que nos mate!
—¡Enviad al infierno a ese demonio sanguinario, que ahí es donde debe estar!
—¡Acabad con él, acabad con él! ¡Nunca tendremos otra oportunidad como esta!
—Los soldados no nos detendrán, ¿verdad, muchachos? ¿Acaso este cerdo no os trata tan mal como nos tratan a nosotros?