Capítulo 3 #3
Aturdido, Murdo se irguió y saludó, invadido por un sentimiento de alivio. Esa noche ayudaría a Nick a escapar y, tal vez en el transcurso de la semana siguiente, él también podría abandonar aquel lugar infernal.
—Gracias, señor —balbuceó. Se preguntaba si el nuevo gobernador, por muy marcial que fuera su reputación, había sido el verdadero autor de las órdenes que acababa de transmitirle el comandante.
¿O habría sido el propio capitán Logan, en su creciente locura, quien había aplicado su propia interpretación delirante?
Estaba en la puerta de la pequeña y oscura oficina cuando el comandante le pidió que esperara.
—Ese maldito caballero de la carretera, el asesino Nicholas Vincent —gritó, de nuevo en su tono intimidatorio—.
Ayer por la tarde, cuando salí a inspeccionar a los leñadores, sorprendí a ese miserable rufián cometiendo una grave falta de disciplina.
Había escapado, en contra de mis órdenes, a refrescarse en el río, y se mostró insolente cuando lo reprendí.
Va a cumplir una semana de aislamiento. Después, pienso darle una paliza que no olvidará.
¡Trescientos latigazos, señor Dean! Quebrantaré el espíritu de ese cerdo, ¡por Dios que lo haré!
Murdo no respondió, pero su magullada bravura cobró ánimos.
Que Nick estuviera en aislamiento era, según su mente, un golpe de suerte inesperado.
La jaula de madera en la que cumpliría su condena de una semana era una de varias, y todas estaban situadas a cierta distancia entre sí.
Para garantizar su aislamiento, las habían puesto fuera del alcance de la vista y el oído de la fortificación principal.
Eran jaulas hechas de madera resistente, encadenadas y cerradas con candados para impedir cualquier intento de fuga.
Por lo tanto, no era necesario vigilarlas por la noche.
Tanto al anochecer como al amanecer, un carcelero se encargaba de ellas.
Las llaves de los candados se guardaban en la sala de guardia, de modo que Murdo no preveía ninguna dificultad para apoderarse de ellas.
De hecho, sería mucho menos arriesgado organizar la fuga de Nick de su prisión solitaria que si hubiera estado encerrado en la fortaleza principal, reflexionó con creciente optimismo.
En ese segundo caso, habría tenido que arriesgarse a ser observado cuando se pusiera en contacto con él.
Y quizá Nick habría tenido que echar mano de la pistola de contrabando para escapar de su grupo de trabajo a plena luz del día, con el peligro de que lo persiguieran al instante.
Tal y como estaban las cosas, ¡el tirano infernal Logan les había hecho el juego!
Murdo se sorprendió a sí mismo sonriendo.
Si pudiera hacerse con las llaves durante el cambio de guardia, mientras reinara la confusión momentánea, liberaría a Nick al caer la oscuridad y le daría comida y la pistola cargada.
El bandolero tendría toda la noche para llegar al punto de encuentro con el ballenero.
Y, si el capitán del barco se retrasara, Nick estaría escondido por allí, a salvo, ya que tendría comida y un arma con la que defenderse.
Y… Murdo se sentía eufórico. Habría pagado su deuda de honor.
Con la llegada del próximo transporte, podría marcharse y, al menos por eso, viajaría con la conciencia tranquila.
Veía incluso la posibilidad de llamar la atención del oficial al mando, o la del propio gobernador, con respecto a la espantosa crueldad de Patrick Logan, un hombre que, al parecer, había perdido la razón.
Tendrían que creerle. Si presentara un informe detallado, ellos…
El sargento Rolfe atravesó el patio de armas abrasado por el sol y se le acercó.
—Sargento, vuelvo al servicio —dijo Murdo con voz monótona— y tengo la intención de inspeccionar la guardia esta noche. Encárguese de avisar al comandante de la guardia, por favor.
Rolfe lo miró con agrado mientras acusaba la recepción de la orden. Le parecía evidente que el comandante había puesto fin a su baja por enfermedad.
El resto del día, caluroso y sin aire, transcurrió muy rápido.
Murdo se hizo lo más visible que pudo. Cuando el capitán Logan se marchó para su inspección vespertina de los grupos que se despertaban, se dispuso a hacer sus últimos preparativos.
Consiguió del intendente del comedor comida seca y poco apetecible, pero los alimentos tenían la ventaja de que eran fáciles de transportar en una mochila.
A su almuerzo, que no había tocado, compuesto de carne de cerdo salada fría, añadió pan y galletas de barco, media botella de ron y una bolsa de tabaco.
Llenó una cantimplora y limpió la pistola y la cargó.
Envolvió la pólvora y las balas en una funda de lona para protegerlas de la humedad, por si Nick se viera obligado a lanzarse al río.
Luego visitó la sala de guardia y, como esperaba, le resultó muy fácil robar la llave de la jaula.
Por último, dio un paseo, casual en apariencia, junto a las jaulas de madera. Encontró a Nick en la más alejada y se las ingenió para entregarle la advertencia, junto con la pistola y la llave.
—Espera hasta que oscurezca —le susurró—.
Silbaré cuando no haya moros en la costa y me quedaré esperándote junto a aquellos árboles, a cincuenta yardas detrás de ti.
Trae la llave, pues tendré que devolverla a la garita para no dejar rastro.
Y te traeré agua y provisiones, además de una camisa sin marcas.
La voz ronca de Nick invocó la bendición de Dios para su amigo. Murdo volvió sobre sus pasos hacia el comedor. Seguía actuando despreocupado, aunque el corazón le palpitaba con fuerza y tenía todo el cuerpo empapado en sudor.
El capitán Logan regresó. Para gran alivio de Murdo, fue directo a su casa sin pasar por el comedor.
La cena fue servida con la única compañía del doctor Tyler y el contramaestre.
Murdo tuvo que hacer un esfuerzo considerable para tragarse la comida mal cocinada mientras mantenía una conversación superficial con sus dos compañeros.
Pero la cena llegó a su fin y, con la excusa de que aún tenía fiebre, regresó a su cuarto.
Dejó a los otros dos seguir su habitual noche de borrachera.
Todo estaba en silencio cuando, cargado con la mochila y la camisa enrollada, salió cauteloso a la oscuridad para ocupar un lugar al borde de los árboles.
Su suave silbido no obtuvo respuesta inmediata, y, nervioso, estaba a punto de repetirlo cuando oyó pisadas.
Unos instantes después, la figura demacrada de Nick, con ropas sucias y andrajosas, se desplomó a su lado. El hombre respiraba con dificultad.
—¿Has traído la llave? —le preguntó Murdo.
A la tenue luz de la luna, Nick estaba blanco como la muerte, con los ojos hundidos en el rostro huesudo y los labios hinchados de una forma grotesca por la falta de agua.
Pero sonreía mientras le devolvía la llave.
Su viejo y temerario valor estaba de nuevo a la vista, ahora que el sueño de la fuga se estaba convirtiendo en realidad.
Murdo lo ayudó a ponerse la camisa que le había traído y le dio instrucciones urgentes en voz baja sobre la ruta que debía seguir para llegar al lugar de encuentro con el ballenero.
—No confíes en los nativos, a menos que no tengas otra opción, Nick —le advirtió—.
Logan los recompensa si le traen a los fugitivos.
Ahora bien, si te sientes desesperado o el ballenero de Morgan se retrasa, echa mano del ron o incluso de tu pistola para sobornarlos y pídeles que te lleven ante un hombre llamado Mullalong.
Unos náufragos que encontramos aquí hace unos años nos dijeron que él los ayudó y fue muy bueno con ellos.
Recuerda sus nombres, Pamphlet y Finnigan, puede que eso te sirva de ayuda.
Nick cogió la mochila, inspeccionó el contenido y se la colgó al hombro.
—¿Cómo encuentro a los nativos? —preguntó.
—Ellos te encontrarán —respondió Murdo con gravedad— si los dejas.
Pero sigue la ruta que te he indicado y estarás a salvo: no te perseguirán hasta que amanezca, así que aléjate todo lo que puedas.
Logan utiliza perros. Si oyes ladridos, corre hacia el río tan rápido como puedas.
Yo intentaré mantenerlos alejados de tu rastro.
Nick asintió con la cabeza rapada. Dio en el hombro de Murdo un golpecito de agradecimiento, se marchó y desapareció entre los árboles.
Murdo regresó a la jaula con pasos cautelosos.
Sabía que no había forma de borrar sus huellas sin levantar sospechas, pero sería difícil demostrar su complicidad si volvía a cerrar la puerta de reja y devolvía la llave a la sala de guardia.
Logan no arrestaría a toda la guardia. Lo peor que podía hacer era acusarlos de negligencia.
Devolvió la llave a su lugar y regresó a su habitación.
Se sentía al límite de sus fuerzas, agotado por la fiebre.
En un intento de calmar sus nervios, se bebió de un trago lo que quedaba en la botella de brandy.
No esperaba poder dormir, pero la debilidad y el agotamiento le proporcionaron una bienvenida inconsciencia.
El sol ya había salido cuando el sargento Rolfe lo sacudió para despertarlo.
—Ha habido una fuga, señor —le dijo con tristeza el sargento canoso—: Vincent, ese pobre diablo a quien el capitán guarda tanto rencor.
De alguna manera logró escaparse de la celda de aislamiento.
Tenemos órdenes de traerlo de vuelta, vivo o muerto.
El capitán Logan le envía sus saludos, señor.
Ha dicho que usted debe hacerse cargo de la partida de búsqueda.
—¿Ahora, sargento? —logró decir Murdo. Se humedeció los labios. De repente, los sentía rígidos y secos.