Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 3
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Capítulo 3

Murdo estaba tumbado en su catre, desnudo, atormentado por la fiebre y su propia conciencia. Llevaba más de una semana ausente del servicio, sabedor de que su enfermedad no le serviría de excusa para justificar una ausencia mucho más prolongada.

El capitán Patrick Logan, comandante de la prisión de la bahía de Moreton, era un jefe severo, incluso con las tropas bajo su mando.

Para los desdichados convictos, era el diablo encarnado, pues ejercía su poder sobre ellos con una crueldad calculada.

Murdo, como todos los demás, odiaba a ese capitán alto y de potente vozarrón, hombre de rostro largo y pálido y ojos fríos.

Con su segundo al mando, empero, Logan era siempre correcto hasta la meticulosidad.

No daba espacio a las protestas y hacía oídos sordos incluso a las súplicas de clemencia formuladas con el mayor detalle.

Había solicitado dos veces ser relevado, reflexionó Murdo con cansancio.

Incluso bajo el régimen relativamente laxo del capitán Bishop, llevaba una vida miserable en ese lugar; sin embargo, por ninguna razón que pudiera entender, sus solicitudes habían sido rechazadas.

Por supuesto, eso podría deberse a que había elegido permanecer en la colonia.

De no haberse trasladado del Cuadragésimo, habría abandonado Sídney con el regimiento, igual que Bishop.

Pero, tal como estaban las cosas… Se levantó con dificultad de la cama arrugada, entre maldiciones por su debilidad, y se apoyó en la ventana abierta con la esperanza de que la leve brisa lo refrescara.

Fuera, en la superficie dura y arenosa del patio de ejercicios de la prisión, media docena de soldados, con sus ajustadas túnicas escarlatas, se afanaban en colocar los triángulos de los verdugos en preparación para el inevitable desfile de castigos matutinos.

Murdo vislumbró la figura coja y desgarbada de un convicto lisiado conocido como Old Bumble, a quien el capitán Logan había nombrado su verdugo oficial.

Ese cargo daba al despiadado viejo el derecho a raciones especiales y al pago de ocho peniques al día.

A Bumble lo odiaban casi tanto como al comandante, ya que aportaba un arte obsceno a su trabajo.

Se jactaba de que cualquier hombre al que marcara en la espalda quedaría marcado de por vida, antes de ir al infierno.

« Dios quiera que hoy no le toque a Nick » , rezó Murdo en voz alta, sin ninguna esperanza real de que su plegaria fuera escuchada.

Desde su llegada a la bahía Moreton, Nick Vincent había sido objeto de un rencor especial por parte de Logan.

Y eso se explicaba, según las suposiciones de Murdo, tanto por el acento y los modales de caballero de Nick como por el delito que lo había condenado.

—Este cerdo nefando asesinó a dos oficiales del rey —había anunciado Logan tras estudiar los documentos que acompañaban al prisionero—. Deberían haberlo ahorcado y que se fuera al demonio. ¡Terminará deseándolo, aunque sea lo último que yo haga!

Murdo dejó caer la cabeza dolorida sobre las manos extendidas.

El shock más terrible que había experimentado en su vida se produjo cuando vio a Nick tambalearse al llegar a tierra en el ballenero Clarence, reclutado como transporte de convictos.

El barco había traído al último grupo de setenta bandoleros y condenados a muerte desde la cárcel de Sídney y las minas de carbón abandonadas de Newcastle.

Nick estaba sujeto con fuertes cadenas. Era uno más de una larga fila de hombres barbudos con grilletes que parpadeaban bajo la fuerte luz del sol. Al principio…

Murdo maldijo entre dientes, todavía enfadado por la forma en que el destino los había vuelto a unir. En el embarcadero, a espaldas de Patrick Logan, no había reconocido al hombre al que tanto debía.

Murdo recordaba la escena como si se estuviera reproduciendo en ese mismo instante.

Oía en su memoria la voz áspera del comandante que pronunciaba las veladas amenazas con las que solía saludar a los delincuentes recién entregados a su custodia.

Montado sobre el enorme semental negro de dieciocho manos que había traído consigo de la yeguada de John Macarthur, Logan se había fijado en Nick.

Lo había señalado incluso entonces, porque su ropa, aunque raída, estaba bien cortada y porque el reo había mantenido la cabeza erguida en señal de desafío ante las amenazas.

Logan había disparado su látigo, en cuyo manejo era experto, y había dejado la cara de Nick marcada con sangre.

Fue ahí cuando se dio cuenta. Murdo había sentido consternación y un pánico creciente, pero, aunque la mirada de Nick había reparado en él, el reo no había mostrado ningún indicio de que se conocieran.

Por un momento, el pánico disminuyó. Murdo supuso que su túnica de oficial con ribetes dorados era un disfraz suficiente.

Habían pasado siete años, más de siete, desde la última vez que se habían visto en la taberna Alton Arms, de Buck’s Oak, en la lejana Inglaterra.

Nick lo había llevado allí para entregarlo a los sargentos reclutadores, después de haberlo liberado del carro de prisioneros que lo conducía a un transporte de convictos en Portsmouth.

Al poco tiempo, Murdo estaba en Waterloo, en las filas del Nonagésimo Segundo Regimiento de las Tierras Altas.

A esa astuta jugada de Nick debía su libertad.

Y sí, maldita sea, ¡todo lo que ahora tenía y todo lo que era!

Murdo gimió. La conciencia lo estaba atormentando una vez más.

Nick lo había reconocido, por supuesto, pero, con la rapidez mental que siempre lo había caracterizado, esperó hasta que estuvieran solos y a salvo de miradas indiscretas para revelarle la verdad.

Ni siquiera entonces Nick había intentado chantajearlo ni amenazarlo.

Nick Vincent era un caballero y, a pesar de que se ganaba la vida asaltando en los caminos de Inglaterra y de que había intentado ejercer la misma profesión en las tierras de su exilio, tenía principios y se atenía a ellos sin miedo ni favoritismos.

—Nos han separado, Murdo —dijo con tristeza—.

A los otros muchachos los han enviado a un lugar llamado isla de Norfolk.

Pero Joss Gifford sigue en Sídney y se podría decir que es libre.

Tiene permiso para deambular y trabaja como cochero del capitán Piper.

Y Piper es el oficial naval del puerto, por si no lo sabías.

Eso significa que Joss puede ponerse en contacto con algunos de los capitanes de los barcos.

Murdo recordaba que, entonces, su amigo había hecho una pausa a la espera de que las palabras calaran.

Y habían calado, sin poderlo evitar. Nick estaba planeando su escape.

A Gifford le había dejado dinero e instrucciones para que sobornara al capitán de un ballenero, un hombre llamado Harry Morgan.

Este debería llevar su barco a un punto de encuentro acordado en la costa y esperar en ese punto hasta que Nick pudiera reunirse con él.

—Puedo huir —había continuado Nick en voz baja—.

Sin tu ayuda, puedo escapar de uno de los grupos de leñadores, Murdo, y eso es lo que pensaba hacer.

Pero con tu ayuda será mucho menos arriesgado, ¿no?

No sabía que estabas aquí. ¡Dios mío, qué sorpresa me llevé cuando te vi allí, con tu casaca roja del rey!

Y además eres oficial, muchacho. Te ha ido bien, ¿verdad?

Me alegro por ti, en serio, aunque no envidio tu trabajo.

Trabajar para un tirano sanguinario como Logan no debe de ser fácil.

Al recordar aquellas palabras, Murdo apretó los labios.

Nick no llevaba mucho tiempo en la bahía Moreton cuando las pronunció.

Entonces no sabía lo cruel y monstruoso que era Logan ni era capaz de concebir el poder que ejercía.

Pero ahora sí, pobre Nick, ¡por Dios que lo sabía!

Y lamentaba el tiempo que estaba dejando pasar antes de que Gifford y el capitán ballenero Morgan pusieran en marcha el plan de su fuga.

—Le daremos tres meses, Murdo —le había dicho Nick—.

Creo que podré aguantar cualquier cosa durante tres meses.

Antes de que me embarcaran, Harry Morgan fue a visitarme a la cárcel de Sídney y lo acordamos así.

Se muere de miedo de que lo atrapen, ¿sabes?

, pero estos tres meses pasarán, ¿no es así?

Tengo que estar seguro de poder llegar al punto de encuentro sin cometer ningún error.

Pero, con tu ayuda, chico, no habrá ningún tropiezo, ¿verdad?

Tu secreto está a salvo conmigo. Jamás te delataré, tenlo por seguro.

¡Pero me debes una, Murdo! Llámalo deuda de honor si quieres. Mi vida depende de que me la pagues.

Por supuesto que se la pagaría, se dijo Murdo con tristeza.

Tenía que hacerlo, porque era una deuda y porque, gracias al papel que Nick le había asignado hacía tantos años en Buck’s Oak, había terminado por convertirse en un oficial y un caballero cuyas deudas eran cuestión de honor.

Solo que tenía miedo. El ataque de fiebre era real, pero el miedo lo estaba prolongando y…

Se humedeció los labios secos y agrietados y sintió que el sudor volvía a brotar en su frente y en el resto del cuerpo.

El miedo recorría su columna vertebral en forma de escalofríos.

Los tres meses se habían terminado. Si Morgan cumplía su parte del trato, esa misma semana estaría soltando el ancla en la apartada bahía que habían elegido.

Y no sería demasiado pronto para Nick Vincent.

El hombre había dicho que sería capaz de aguantar cualquier cosa durante tres meses, pero entonces no tenía ni idea de lo que el capitán Patrick Logan era capaz de hacerle en aras de «quebrantar el espíritu del pícaro», según el propio comandante decía.