Capítulo 2 #5
—¿Y después? ¿Lo enviarás de vuelta con Lucy Van Buren?
—Supongo que eso debería hacer. Pero Claus me dice que quiere ir con la señora Cox, la esposa del capellán, la chica que trajiste de la isla de Norfolk.
—Jessica dejó de sonreír—. He preguntado por ahí y tengo entendido que, por ahora y hasta que regrese su marido, le han asignado una de esas casitas destartaladas de la calle Church.
Más tarde desembarcará con las demás mujeres, ¿no es así?
—Así está previsto —confirmó Justin—. Tendré que ir al barco para supervisar el traslado.
—Entonces, ¿podrías mencionarle a la señora Cox el deseo de Claus? —sugirió Jessica con tono persuasivo.
—Se lo diré —prometió Justin—. Y estoy seguro de que le encantará la idea. Alice Cox es muy joven, ya sabes, y bastante tímida, pero me habló de Claus varias veces durante el viaje. También habló con mucho sentimiento de las condiciones en la isla de Norfolk.
Frunció el ceño al recordar una de sus conversaciones con la joven y guapa esposa del capellán, una tarde en que ella se desahogó con él en la cubierta del Mermaid .
Lo que le había contado era confidencial, pero…
Eso no iría a ningún lado si se lo contaba a Jessica, y las revelaciones de la chica lo tenían preocupado.
—Me dijo que llevaba una especie de diario, un registro de la colonia penitenciaria tal y como ella la veía, con añadidos de lo que le había contado el viejo Job Scaife.
¿Recuerdas al hombre que encontramos en la isla cuando hicimos el reconocimiento inicial?
, ¿el que nos dijo que se había escondido allí después de la evacuación de 1814?
—Sí, lo recuerdo. —La voz de Jessica sonaba preocupada; incluso ansiosa—. Justin, ¿qué piensa hacer con su diario? No será tan imprudente como para ofrecérselo a un editor, ¿verdad?
—¿Quién lo publicaría aquí? —replicó Justin.
—El señor Wentworth podría publicarlo en su nuevo periódico, el Australian.
Es… —Jessica frunció el ceño, pensativa mientras buscaba las palabras adecuadas para describir el propósito del diario—.
Supongo que se podría decir que es liberal hasta la intrepidez.
Me temo que el señor Wentworth se está buscando problemas.
Se dice que algunas de las opiniones que ha expresado han enfurecido al gobernador, Justin.
No lo has leído, pero… Bueno, aunque estarías de acuerdo con algunas de sus intenciones, creo que lo considerarías demasiado directo para Sídney.
—Tengo que leerlo —dijo Justin—. William Charles es un tipo valiente y no hace distinciones entre las personas; nunca las ha hecho. Me cae muy bien, Jessie, ¡y nunca más que cuando se reveló como autor de aquel famoso poema contra el coronel Molle!
Con el recuerdo de la sensación que había causado la maliciosa y satírica estrofa del joven Wentworth, se rio en voz baja. Sin embargo, Jessica seguía mirándolo con ansiedad, pues era incapaz de compartir su diversión. Él le cogió la mano y se la llevó a los labios. Apagó su risa de inmediato.
—No te preocupes por mí, amor mío —dijo con seriedad—.
Mientras tenga el cargo del rey, no puedo decir lo que pienso ni tener opiniones liberales.
Y mis padres eran emancipados, como todo el mundo sabe.
Pero admiro el valor de Wentworth y, entre tú y yo, Jessica India, no me ha gustado en absoluto el nuevo comandante de Norfolk.
Sospecho que es una especie de monstruo, al igual que Logan, el tipo a quien han nombrado comandante de la bahía de Moreton.
El gobernador ha elegido mal en ambos casos.
La severidad del castigo impuesto a los condenados a muerte y a los incorregibles es una cosa, pero ir más allá de la severidad nunca podrá justificarse.
Y privar a un hombre de la esperanza es…
¡Por el amor de Dios, eso es destruirlo!
Quizás debería publicarse el diario de Alice Cox, en caso de que William Charles tenga las agallas de enfrentarse a este gobernador. Creo que se lo mencionaré.
—No —le suplicó Jessica—, no lo hagas, Justin, por favor. Era una convicta y lo pasaría mal. El señor Wentworth no podría protegerla. Déjalo, te lo ruego, solo cuéntale lo del pequeño Claus. Y… ¿Has olvidado que Murdo sigue en la bahía Moreton?
—No, pero habrá solicitado su relevo hace meses.
—Su solicitud fue denegada. —Jessica se soltó de su mano y fue a la puerta—.
Les diré a los chicos que ya pueden sacar a Claus de su escondite.
Imagino que debe de estar hambriento, pobrecito.
Y… —Titubeó al llegar al umbral y se volvió para mirar a su esposo—.
¿Por qué no traes a Alice Cox aquí a comer? Me gustaría conocerla.
—¿Para que la convenzas de que destruya su diario, querida? —bromeó Justin.
Jessica se sonrojó.
—No, para poder leerlo, si me lo permite… Y entonces decidiré qué consejo darle.
La puerta se cerró tras ella y Justin oyó que llamaba a gritos a los chicos. Un poco más tarde, Claus entró con timidez en la habitación, hizo una reverencia y balbuceó un agradecimiento.