Capítulo 2 #4
—Estoy esperando —advirtió Jessica.
Justin dijo con brusquedad:
—Suéltalo, hijo. Aquí no hay secretos, ya lo sabes.
Red se sonrojó.
—Está bien, señor. Nos hemos encontrado con Claus, ya sabes, Claus Karimon, de los Van Buren, y nos ha dicho que el mayor Van Buren zarpa mañana hacia Batavia en el Dorcas. Se lleva a Claus con él y dice que lo va a dejar allí. Él…
Johnny lo interrumpió con su voz que, aunque infantil y aguda, sonaba llena de indignación:
—¡Quiere dejar a Claus allí para siempre y que no vuelva nunca! Pero Claus quiere quedarse aquí. Ahora, este es su hogar. Nosotros, o sea, Red y yo, hemos decidido ayudarlo. Teníamos que hacerlo, papá; tú lo habrías hecho si te lo hubiera pedido, ¿verdad?
Ante una súplica así, Justin decidió que quizá lo habría hecho.
Sentía debilidad por ese pequeño muchacho de rostro moreno, que tanto valor había exhibido cuando el Flinders era empujado contra las traicioneras rocas del cabo Hawke.
Pero, en su papel de oficial naval responsable y respetuoso de la ley, y, además, padre, no podía admitir tal debilidad.
Miró a Jessica a los ojos, imitó su severidad y preguntó:
—¿Cómo lo estáis ayudando? Por el amor de Dios, ¿lo habéis incitado a desobedecer a su…, es decir, al mayor Van Buren?
—Lo hemos escondido, señor —confesó Red—, y hemos prometido mantenerlo escondido hasta que zarpe el Dorcas . Y eso es lo que pensamos hacer. Claus y Saleh, el criado de los Van Buren, son javaneses.
—Eso ya lo sé, muchacho, ¿qué más da?
—Según la ley holandesa, ningún javanés puede ser esclavizado —afirmó Red con convicción—.
Saleh es un hombre culto y le ha hablado a Claus sobre la ley.
Pero todos los sirvientes de los Van Buren son tratados como esclavos: los golpean y no les pagan.
A Claus lo tratan peor que a cualquiera de ellos, y eso que es hijo del mayor Van Buren.
Él mismo nos lo dijo, papá, y no mentiría.
El pobre diablo le había dicho lo mismo, recordó Justin, y luego le había rogado que olvidara la afirmación, porque el cerdo de su padre se negaba a reconocer el parentesco.
—¿Por qué quiere el mayor Van Buren llevarlo de vuelta a Java, Red? —preguntó.
Red se encogió de hombros con impotencia.
—No lo sé. Y no creo que él lo sepa. O, si lo sabe, no nos lo ha dicho, ¿verdad, Johnny?
Johnny negó con su cabecita oscura.
—No. Pero hace un tiempo me dijo que el mayor Van Buren no confiaba en él para guardar un secreto sobre algo. No dijo de qué se trataba; solo que sí se podía confiar en él.
Justin frunció el ceño. A la luz del reciente juicio de Nicholas Vincent y su banda de salteadores, y, sí, también a la luz de las evidentes dudas de George De Lancey sobre la culpabilidad del bandolero, Josef Van Buren podría tener una razón muy poderosa para deshacerse de su hijo mestizo, pensó inquieto.
El chico lo estaba acompañando cuando tuvo lugar el duelo.
¿Habría visto más de la cuenta y estaría guardando silencio por lealtad?
Según se manifestaban las cosas en ese momento, esa era una lealtad muy equivocada.
—¿Y dónde habéis escondido a Claus? —exigió Justin con tono severo—. ¡Maldita sea, Red! —añadió, dirigiéndose a su hijo mayor—, ¡esto es un asunto serio! No lo habrás llevado al barco, ¿verdad? Porque, si lo has hecho, no volverás a navegar conmigo.
Red se mostró sorprendido, pero su negación fue rápida.
—No, señor, yo no haría eso.
—Entonces, ¿qué? Habla, muchacho, tengo que saberlo.
De nuevo, sus hijos intercambiaron miradas preocupadas. Con un destello de rebeldía, Johny dijo:
—Papá, le hemos prometido a Claus que no diríamos nada. No podemos romper nuestra promesa, ¿verdad? Ni siquiera por ti.
Justin lo miró con ira. Estaba a punto de responder con enfado cuando Jessica lo sujetó por el brazo e intervino.
—Los chicos no pueden romper su promesa, Justin. Pero no te preocupes, creo que sé adónde han llevado a Claus.
Los dos niños se quedaron en silencio, pero con los ojos fijos en ella. Era un silencio suplicante. Ella les sonrió para tranquilizarlos.
—Comed —les dijo—. Si ha de depender de mí, el mayor Van Buren zarpará mañana por la mañana sin Claus. Y vosotros podéis dejarme tratar el asunto con vuestro padre.
Justin contuvo su ira momentánea. Era consciente de que, en cualquier caso, su simpatía estaba con Claus y no con el arrogante holandés que lo había engendrado.
No fue hasta el mediodía siguiente, cuando vio el Dorcas levar anclas e izar sus deslucidas velas, que volvió a sacar el tema.
—Van Buren se ha ido, mi amor —le recordó Justin con delicadeza—, así que puedes decirme dónde decidieron ese par de granujas esconder al joven Claus. Porque tú lo sabes, ¿verdad?
Jessica le dedicó una de sus cálidas y entrañables sonrisas.
—Querido Justin, está aquí, por supuesto, en nuestro cobertizo, escondido bajo el traje de repuesto del Flinders que aún guardas allí.
Lo supe cuando vi a Red meter pan y queso en su bolsillo y a Johnny servirse el doble de lo que suele comer.
—Sonrió aún más—. No tuvieron tiempo de llevarlo a ningún otro sitio, así que no me fue difícil adivinar lo que habían hecho.
Por favor, tesoro, no te enfades con ellos, ¿quieres?
Justin se rio.
—¡Por Dios, no!, ¡claro que no! Los pequeños diablillos me han engañado. Pero no estarás pensando en tener al chico para siempre en el cobertizo, ¿verdad?
Jessica negó con la cabeza.
—Por supuesto que no, almorzará con nosotros.