Capítulo 2 #3
y la libre lluvia aligere, quizás,
tu triste espíritu agonizante.
Si llevase una brisa delatora
tu mensaje al otro lado de la mar,
tañerá un feliz corazón por regar
de bendiciones la mano redentora.
A Alice, las palabras le resultaban extrañas, pero no la melodía, pues a Bridie O’Flyn la había oído cantarla muchas veces mientras trabajaba.
Alice la entonó entonces, con el corazón a punto de romperse.
Cuando el bote empezó a alejarse hacia la abertura del arrecife, una veintena de voces masculinas repitieron el estribillo desde la orilla.
* * *
Jessica ya había visto el Mermaid fondear en la ensenada de Sídney. Cuando Justin y Red terminaron de subir desde el muelle por el estrecho sendero del jardín, ella, acompañada de su hijo menor, Johnny, los esperaba junto a la puerta abierta.
Ella y Justin se saludaron con cálido afecto y los dos niños los imitaron. Como siempre, Red, que lucía con orgullo su nuevo uniforme de cadete, estaba dispuesto a presumir ante su hermano de lo que había visto y hecho durante el viaje. Johnny disimulaba su envidia fingiendo no creerle.
—Hemos visto una tromba marina frente a la isla Lord Howe —afirmó Red.
—Venga ya, en esa zona no hay trombas marinas. Estás intentando burlarte de mí —replicó Johnny.
—No, en serio. Era una tromba marina. Y papá ha bajado un bote a tierra y hemos pescado unas tortugas gigantes, las más grandes que he visto en mi vida.
—Supongo que ahora me dirás que os las habéis comido.
Red echó la cabeza atrás y se puso a reír a carcajadas.
—¡Tonto, el cocinero ha hecho sopa con ellas! Hemos desembarcado en la isla de Norfolk, pero…
—Fuera de aquí —los reprendió Jessica—. Quiero hablar con vuestro padre y no puedo ni oírme con tanto ruido.
Cuando los dos niños, obedientes, se hubieron marchado, ella entró en la casa cogida del brazo de Justin. Se movía con cierta torpeza debido al peso del bebé que llevaba en el vientre. Él la miró con seriedad.
—Si Dios quiere, estaré contigo cuando nazca —dijo.
—Sería un milagro —replicó Jessica con fingida reprobación.
—Habrá que calafatear el Mermaid y quiero que lo carenen para que el trabajo quede bien hecho. Si así se hiciera, tendríamos dos o tres semanas como mínimo, Jessie; tiempo suficiente para que llegue el nuevo integrante de nuestra familia, ¿no?
—La nueva —corrigió Jessica—. No quiero más hijos con sangre marinera. Quiero una hijita, Justin, antes de que me quites a Johnny.
—¿Johnny te ha dicho que quiere hacerse a la mar?
—Ay, Justin, ¿no ves que se está consumiendo por dentro? —El reproche era real, y Jessica no intentó ocultarlo—. No deja de decirme que a Red te lo llevaste contigo cuando tenía nueve años. ¡Y Johnny cumplirá nueve en menos de tres meses!
—Esperemos, entonces, que se cumpla tu deseo de tener una hija —dijo Justin a la defensiva. Cerró la puerta y le tendió los brazos, con una gran sonrisa—. Pero, si resulta ser un varón, no me lo vas a echar en cara, ¿verdad?
—Supongo que sí —respondió Jessica, pero se dejó abrazar. Él la besó con ternura—. Te he echado mucho de menos, esposa.
—Y yo a ti, Justin. —Titubeó, y luego, con un cambio brusco de tono, preguntó—: Que tu barco necesite que lo carenen significa que te espera un largo viaje, ¿no? ¿Adónde te envían ahora?
Justin suspiró. Nunca había tenido intenciones de mentirle a su esposa. Pensó con tristeza que era inútil intentarlo ahora.
—Hay planes para establecer un nuevo asentamiento en la bahía Raffles, en la costa norte —admitió—.
El Almirantazgo va a enviar un barco de la Corona , la fragata Success, al mando del capitán James Stirling.
Me han advertido de que quizá tenga que acompañarlos o, incluso, ir por delante para llevarle hombres y provisiones al capitán Campbell, que está en la isla Melville.
Aún no hay nada decidido; aun así, debo preparar mi barco por si acaso.
—Ya veo —dijo Jessica con un tono más de resignación que de enfado.
Se apartó, fue al aparador y le sirvió una copa de brandy sin que él se la pidiera. Justin sonrió y alzó la copa hacia ella.
—El sol aún no se ha puesto, mi amor, ¿por qué brindamos?
El buen humor de Jessica superó los resentimientos momentáneos.
—Por tu hermano William —le respondió— y su flamante esposa.
—¿Su esposa? ¿Se ha casado Will, por el amor de Dios? —En su rostro, Justin revelaba todo el asombro—. ¿Con quién se ha casado ese joven?, ¿no será Dorothea Dawson?
—Sí, se fugaron a Windsor hace dos semanas. Allí los casó el reverendo Robert Cartwright. Abigail y Timothy sí asistieron a la boda —añadió Jessica con una sonrisa—. Por lo que me contó Abigail, deduje que, una vez superada la sorpresa, ella y Tim aprobaron la unión con entusiasmo.
—¿Y dónde están ahora? —preguntó Justin—. Me refiero a Will y Dodie.
—De camino a la Tierra de Van Diemen, a Launceston.
—La sonrisa de Jessica creció—. Me temo que has llegado veinticuatro horas tarde.
Zarparon a bordo de un ballenero llamado Esmeralda con las mejores ovejas que Will tenía en Ulva.
Tu hermana Rachel y George De Lancey les dieron una recepción antes de que salieran de Sídney.
Estaban todos, incluidos el gobernador Darling y su esposa.
—¿Y Julia?
—Sí, Julia también, aunque de muy mala gana.
Justin levantó su copa.
—Entonces brindaré por William y su esposa con mucho gusto. ¡Que disfruten de una larga vida y mucha felicidad!
Jessica se unió al brindis.
—¡Que Dios así lo quiera! William es un joven excelente, Justin, y Dodie es un encanto.
Intercambiaron otras noticias. Luego, durante el almuerzo, Justin comenzó a hablar de su breve visita a la isla de Norfolk.
—Llevamos al nuevo comandante, el capitán Donaldson, y trajimos a todas las mujeres y los niños de vuelta a Sídney por instrucciones del gobernador.
Eso fue…, Jessie, fue un momento muy emotivo.
Las pobres mujeres no querían marcharse.
—Describió la despedida con tristes detalles—.
El pobre Turton estaba furioso por cómo se había manejado todo el asunto, pero era poco lo que podía hacer.
Habló mucho durante el viaje de vuelta. No tiene muy buena opinión de su sucesor, te lo aseguro, y yo tampoco.
La isla de Norfolk no era un paraíso bajo su mando, que digamos, pero, bajo el de Donaldson, me temo que se convertirá en un infierno.
Los pobres diablos a los que se les concedieron prórrogas desearán no haberlas pedido.
Y Donaldson no mostró ninguna piedad hacia las mujeres.
Turton me dijo que una huyó al bosque con sus hijos y que él la hizo traer de vuelta, encadenada.
Y, por lo visto, al capellán, un joven decente de apellido Cox, lo trataron con dureza cuando intentó intervenir.
Su esposa tuvo que marcharse con el resto.
—¿La esposa del señor Cox? —preguntó Jessica.
—Sí. Solo llevan unos meses de casados. La esposa, Alice Cox, había llegado en el Mary Anne .
—¿Como convicta, Justin?
Justin asintió.
—Estuvo asignada a Lucy Van Buren, pero se fugó. La historia es bastante romántica. Al parecer, escapó con la ayuda de ese niño mestizo, Claus, de quien se dice que es hijo de Van Buren. Cuando iban a Upwey a pedir ayuda a Abigail, Alice y el joven Cox se conocieron en el camino.
—No la culpo por haber huido de la casa de los Van Buren —intervino Jessica pensativa—. Y, después de lo que les pasó a esos desafortunados colonos… —No terminó la frase, pero Justin volvió a asentir en señal de que estaba de acuerdo.
—Hay graves sospechas sobre Van Buren por esos sucesos —dijo él—.
El gobernador indultó a los fugitivos acusados del asesinato, algo que resulta, como mínimo, inusual.
A cuatro de ellos los llevamos a la isla de Norfolk en este viaje.
El quinto, un antiguo bandolero llamado Vincent, fue enviado a la bahía Moreton, creo.
—¿Y tú crees que ellos son los asesinos de esos dos pobres jóvenes? ¿Hablaste con ellos?
—Sí, y lo negaron. Pero… —Justin se encogió de hombros—. Como sabes bien, yo estaba en la mar cuando los juzgaron, así que no escuché las pruebas en su contra. Pero los declararon culpables, ¿verdad? Y no he podido ver a Rick, así que no sé qué opina él sobre el asunto. Él fue testigo, ¿no?
—Sí, fue testigo, pero yo tampoco asistí al juicio —dijo Jessica—.
Rick se quedó aquí durante los dos días que duró el juicio y en seguida regresó a Pengallon, de modo que no sé más de lo que se publicó en el Gazette.
Pero se habla mucho, Justin. Siempre se habla en Sídney, claro, solo que esta vez es…
Bueno, lo que se dice del mayor Van Buren no es muy agradable.
Cuentan que George De Lancey, quien presidió el juicio de los fugitivos, fue en persona a ver al gobernador para pedirle que conmutara las penas de muerte.
No sé si es cierto. Eso nunca se ha admitido de manera oficial, y ahora George y Rachel se han ido a Newcastle a inspeccionar unas tierras en el distrito del río Hunter.
Llevan fuera más de un mes. Nada de esto deja bien parados a los Van Buren, porque también se habla de Lucy.
Ella… —El regreso tardío de los dos hijos hizo que Jessica dejara de hablar para reprenderlos con suavidad—.
Red, Johnny, ambos sabéis a qué hora comemos. ¿Dónde estabais, por el amor de Dios?
Los dos chicos intercambiaron miradas inquietas. Al final, fue Red quien respondió.
—Mamá, lo sentimos, teníamos cosas que hacer.
—El chico le dedicó a su madre una sonrisa cautivadora y se sentó a la mesa.
Le hizo señas a su hermano de que hiciera lo mismo—.
¡Qué hambre tengo! Será estupendo volver a probar tu comida después de estar en la mar.
El cocinero del Mermaid ya no da la talla, ¿verdad, papá? Él…
—Red —lo reprendió su madre con severidad—, estás tratando de ocultar algo, ¡conozco esa mirada! ¿Qué estabais haciendo?
—Nada, mamá —protestó Red. Se sirvió una pródiga ración del plato que tenía delante como si no hubiera oído la pregunta.