Capítulo 2 #2
Hablaba en tono rudo, irritante para los nervios tensos de Alice. Ella lo miró sin pestañear. Por un momento, se había quedado sin palabras.
—¿Todas las mujeres? —logró articular por fin—. ¿Eso significa que tengo que marcharme?
—Eso es lo que significa, mi amor —respondió Nathan con amargura—.
Ni siquiera el comandante podrá tener aquí a su esposa.
La isla de Norfolk se convertirá en un lugar de disciplina severísima del que no habrá esperanza de regreso para ningún convicto.
Todas las condenas serán perpetuas. —Se le quebró la voz—.
En palabras del gobernador, este será «un lugar de castigo terrible, solo superado por la muerte».
—¿Y tú tienes que quedarte? —preguntó Alice. Se sentía al borde de la desesperación de solo advertir lo que evocaban esas palabras—. Nathan, ¿estás obligado a quedarte?
Nathan se le acercó y la abrazó con fuerza. Cuando apretó su cara contra la de ella, Alice pudo sentir en su mejilla la humedad salada de las lágrimas.
—No puedo irme contigo, mi amor, pero solicitaré el traslado. Sin ti, sin tu amor que me sostiene, esta isla será insoportable. No me quedaré aquí sin ti, aunque eso signifique renunciar al servicio penitenciario.
Alice atrajo hacia su pecho la cabeza casi pelada de su marido. Dejó que Nathan llorara mientras ella escuchaba, sin ponerle mucha atención, su airada condena del sistema penitenciario tal y como se aplicaba en la isla de Norfolk.
—El buen Dios sabe ya lo mal que se trata a esos pobres desgraciados, cómo se los mata de hambre y se los castiga.
Pero Vance Donaldson es un hombre duro y en sus ojos hay un brillo malvado.
¡Tiene el poder de empeorar aún más las condiciones de este lugar!
Alice, me lo ha dicho él mismo, me lo ha dicho a la cara; me ha dicho que, por lo que a él respecta, puedo largarme.
«No necesitaremos capellán aquí —dijo—, como no sea para enterrar a los muertos. Y yo puedo prestarles ese servicio.»
En la habitación oscura y en penumbra, con los ojos ardientes, Alice miró a su alrededor.
Ese había sido su primer hogar, su casa como esposa de Nathan.
Aquí, solos, se habían amado y habían conocido cierta felicidad, alejados del cruel mundo exterior.
Aquí habían podido olvidar durante unas breves horas lo que había más allá de estas cuatro gruesas paredes.
En ese lugar habían soñado con el hijo que bendeciría su unión y ella había rezado para poder concebir.
Incluso, durante las últimas semanas, había tenido la esperanza de estar embarazada.
Ambos deseaban un hijo. Los hijos de los convictos alegraban cada día.
Sus voces alborozadas ofrecían esperanza, consuelo y una razón para vivir a quienes trabajaban hasta la extenuación, al igual que las mujeres ofrecían consuelo a quienes sufrían.
Pero iban a ser desterrados. Solo quedaría una prisión, con sus guardias y alguaciles. Si el capitán Donaldson prescindía de su capellán, ya no habría himnos en los servicios religiosos matutinos. El chasquido de los látigos de los capataces resonaría en el silencio que los niños dejarían detrás.
Alice sollozó al recordar el diario al que debía añadir una nueva página o, tal vez, incluso un nuevo capítulo. Nathan levantó la cabeza, la miró con intensidad a la tenue luz de la vela y dijo con voz entrecortada:
—Todo debe hacerse muy rápido, Alice, en los próximos dos o tres días.
Después de que el capitán Turton advirtiera al nuevo comandante de que las mujeres intentarían oponerse a la orden, este no ha hecho otra cosa que encogerse de hombros y decir que cualquiera que se obstinara sería arrestada por sus soldados y llevada a bordo del barco; «a rastras», según él.
Tengo claro, mi amor, que se espera que des el ejemplo. Donaldson lo ha dicho con claridad.
—¿Y qué será de mí y de las demás mujeres cuando estemos de vuelta en Sídney? —preguntó Alice—. ¿O es que al capitán Donaldson no le importa, siempre y cuando haya conseguido deshacerse de nosotras?
—Me han asegurado que se tomarán medidas —respondió Nathan con cansancio—. Se os asignarán alojamientos. A las demás se les asignarán empleos domésticos. La mayoría son libres o emancipadas, ¿no es así?
—Son tan libres como yo —replicó Alice con un retintín poco habitual en ella—, y, de hecho…
Conmocionada, se interrumpió al ver dolor en los ojos de su esposo.
No era culpa de Nathan, él no había hecho nada, pensó, llena de remordimiento; pero sería él quien tendría que permanecer en ese lugar infernal hasta que su dimisión fuera aceptada y se enviara a su sustituto a la isla.
Ella, por mucho que no quisiera separarse de él, estaba a punto de ser enviada de vuelta a la civilización, libre.
Rodeó con sus suaves brazos el cuello de Nathan y él la besó con avidez.
—Dios mío, te echaré tanto de menos —susurró él con los labios en su cabello—. ¡Oh, Alice, mi querida esposa, te amo! ¿Cómo podré vivir sin ti?
Hicieron el amor con una pasión desesperada que se asemejaba al dolor. Después de que sus emociones se agotaran, permanecieron abrazados durante un largo rato, reacios a dormir, por temor a que el olvido les robara esas últimas y preciosas horas juntos.
A la mañana siguiente, cuando se comunicó a las mujeres la orden del nuevo comandante, se produjo un clamor general.
Las mujeres quedaron desconsoladas, pues eran incapaces de comprender el motivo de esa disposición.
Suplicaron entre lloriqueos, algunas de rodillas, para que la orden fuera revocada.
El capitán Vance Donaldson escuchó sus súplicas con el rostro impasible y, cuando todos los argumentos se hubieron agotado, les dijo con rudeza que cumplía instrucciones del gobernador y que no estaba en su mano modificarlas.
—Su Excelencia actúa en obediencia a una decisión de la Oficina Colonial —añadió con frialdad—.
Solo los peores convictos, los culpables de delitos graves, pueden ser recluidos aquí.
Vuestros hombres se han ganado sus propias sanciones; son merecedores de sus castigos y deben asumir las consecuencias.
¡Dad gracias de que se les haya perdonado la vida!
Tenéis veinticuatro horas para preparar vuestro regreso a Sídney a bordo del Mermaid.
Cualquiera que no aborde el barco será llevada a la fuerza.
Nathan intentó en vano suavizar el terrible golpe.
Sus esfuerzos por reunirlas en oración no obtuvieron respuesta.
Alice contuvo las lágrimas de dolor con muchas dificultades mientras ayudaba a las mujeres a recoger sus pocas pertenencias y a cargarlas en carretillas para llevarlas al embarcadero, donde esperaban las lanchas del Mermaid.
Una de ellas, madre de tres niños pequeños, cuya cabaña era un modelo de limpieza y orden y cuyo jardín había sido, por mucho tiempo, la envidia del resto, se negó en redondo a obedecer la controvertida orden.
Cogió a sus hijos, todos apenas vestidos, y huyó al bosque después de jurar que no volvería hasta que el Mermaid hubiera zarpado.
El capitán Donaldson no hizo caso al consejo de su predecesor ni a la oferta de Nathan de ir en busca de la fugitiva.
Por un lado, envió un grupo de soldados tras ella y, por el otro, a uno de convictos a destruir el pequeño y cuidado jardín y talar los árboles frutales y los arbustos.
Betsy Goff fue devuelta al día siguiente, encadenada por las muñecas.
Con ella trajeron también al viejo Job Scaife, a quien ella había pedido refugio para su hijo menor.
En un juicio sumario, al viejo lo condenaron a cien latigazos, de los que solo la airada intervención del capitán Turton pudo salvarlo.
Por fin, vigilados por una guardia armada, las mujeres y los niños fueron reunidos y conducidos por la carretera.
Tuvieron que pasar delante de la cárcel antes de llegar al embarcadero.
Allí, bajo la supervisión del nuevo comandante, dijeron sus nombres antes de embarcarse en las dos lanchas de remos que las llevarían a través de la estrecha abertura del arrecife, azotada por las olas, hasta donde se encontraba anclado el barco del gobierno.
Por ironía, pensó Alice, era el mismo barco que la había traído allí, con Nathan, cuatro meses antes.
Recordaba la amabilidad del comandante, el teniente Broome.
En el presente, con la mano sobre la de su marido y haciendo un valiente esfuerzo por no llorar, la gentileza de Broome era poco consuelo.
El capitán Turton, que también se controlaba con evidente dificultad, le hizo señas para que subiera al segundo bote, delante de él.
Alice irguió la cabeza. Sostenida en el brazo de Nathan, subió a bordo.
Luego oyó el ahogado adiós de su esposo mientras el joven guardiamarina a cargo del bote la ayudaba a sentarse en la popa, a su lado.
Algunos hombres observaban la escena detrás de las ventanas enrejadas del hospital.
Otros escuchaban todo, aunque no podían ver nada desde dentro de los altos muros de la empalizada.
Y las cuadrillas encadenadas, por muy lejos que las hubiera llevado el trabajo, también eran conscientes de que había llegado el momento de la partida.
Alice sintió de repente el deseo de darles alguna señal, de ofrecer alguna esperanza a aquellos que no la tenían, a los que quedaban atrás en su tortuoso exilio.
Y, aunque el impulso de empezar a cantar había sido suyo, fue una de las otras mujeres, Bridie O’Flyn, la esposa de un irlandés condenado por rebelión armada, quien tradujo ese impulso en acción.
La mujer, ya pasada la juventud, aún poseía una voz dulce y pura. Cuando las primeras palabras de la vieja y desafiante balada rebelde empezaron a brotar de sus labios, las demás la imitaron, y los niños con ellas.
… y me marcho, pero llevo conmigo
el corazón que te sigue siendo fiel.
Retornará un amanecer brillante
cuando nuestras lágrimas no fluyan más,