Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 2
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Capítulo 2

Alice estaba acurrucada sola en la gran cama de madera, con las cortinas corridas, escuchando el batir de las olas contra las rocas, más abajo.

Sabía que era casi medianoche, pero Nathan le había advertido que llegaría tarde.

El nuevo comandante, el capitán Donaldson, acababa de arribar en el Mermaid.

A su marido, así como al resto del personal de la prisión de la isla de Norfolk, se le había pedido que se presentara a recibir al nuevo comandante.

Llevaban casi cuatro meses en la isla, reflexionó Alice, y, a pesar de que ella había venido con la determinación de aceptar las condiciones sin quejarse, su fortaleza ya había sido puesta a prueba hasta el límite.

No por su propia cuenta: la casa del capellán, aunque pequeña, era sólida y los muebles eran cómodos; tenía dos sirvientes convictos, raciones adecuadas e incluso un pequeño jardín en el que florecían árboles frutales y crecían abundantes hortalizas.

Además, contaba con el amor incondicional de Nathan…

Inquieta, extendió la mano y corrió la cortina de la cama.

La solitaria vela de la mesilla de noche estaba a punto de apagarse.

Si estuvieran viviendo en cualquier otro lugar…

En Windsor, tal vez, con los Cartwright, o incluso en los aislados campos más allá de las montañas Azules o en uno de los nuevos asentamientos que estaban surgiendo en las tierras recién descubiertas al oeste…

Si estuviera viviendo en cualquier lugar, menos allí, ¡qué feliz sería!

Pero en la isla de Norfolk, permitirse ser feliz era… casi una traición, porque a su alrededor había seres humanos, criaturas de Dios semejantes a ella, condenados a expiar, en la miseria y la degradación más abyectas, los crímenes cometidos.

El capitán Turton, el primer comandante, quien había comenzado la reconstrucción del asentamiento penitenciario, no era un hombre duro en exceso.

Tampoco era un hombre de naturaleza cruel, pero, como Nathan intentaba explicar, tenía órdenes precisas sobre cómo debían ser tratados los convictos y con qué clase de actos disciplinarios debían ser sometidos.

Las jornadas de trabajo eran largas y muy duras.

Todos estaban obligados a trabajar con grilletes y cadenas en los pies, salvo unos pocos que, por ser demasiado viejos y frágiles para las labores al aire libre, tenían puestos de cocineros, limpiadores o sirvientes de los oficiales.

Los prisioneros dormían y comían en la prisión militar, cuyos primitivos dormitorios estaban rodeados por un alto muro de troncos y cuya puerta estaba siempre vigilada.

Alice no había estado dentro de la empalizada, pero Nathan se la había descrito.

Con tristeza, su esposo había añadido que se estaban ampliando los barracones de la prisión, pues seguía creciendo el número de presos condenados a penas largas.

En ese momento había veinte hombres en cada división o pabellón, le había dicho.

Al anochecer, cuando terminaba la jornada de trabajo, les daban raciones de carne salada y harina de maíz cruda.

Si no estaban demasiado agotados, hervían su exigua ración de carne en una de las dos grandes calderas.

Con la harina hacían tortas que cocinaban en las cenizas de los fuegos de las calderas.

Hecho esto o no, se los encerraba en sus pabellones para pasar la noche. Allí, en total oscuridad, se quedaban dormidos como podían, con los grilletes aún puestos, en hamacas colgadas de las vigas del techo.

—Los tratan más como animales que como hombres —había dicho Nathan con amarga crudeza—. Y se ordena azotarlos por las faltas más insignificantes.

Cada mañana, cuando los convictos se reunían para ir a trabajar, él celebraba un breve círculo de oración.

Los domingos, el único día de la semana en que los condenados no salían a talar árboles, construir carreteras o trabajar la tierra, oficiaba un servicio religioso de una hora. La asistencia era obligatoria.

—Me iría mejor llevando el cristianismo a paganos salvajes —había afirmado más de una vez—.

Estos pobres diablos vienen a escucharme solo porque los azotarían si no lo hicieran.

Sin embargo, por todo el bien que hago, por lo que me esfuerzo en salvar sus almas, ¡bien podría estar a mil millas de aquí!

La triste desilusión de Nathan estaba empezando a afectarla, pensó con pesar.

Alice no tenía funciones oficiales, pero, por el bien de su marido, se mezclaba de buen grado con las mujeres y los niños.

Hacía lo poco que podía para ayudarlos y sostenerlos.

Había menos de una docena de mujeres en la isla y quince o dieciséis niños.

Las mujeres habían sido seleccionadas con cuidado y, en su mayoría, eran esposas de supervisores o convictos de confianza; pero, al igual que ella, se las mantenía alejadas de la prisión y de sus reclusos y vivían en pequeñas cabañas a cierta distancia de la empalizada.

A pesar de todo, su mera presencia, así como su asistencia al servicio dominical, ejercía una influencia estabilizadora y parecía tener un efecto lenitivo en todos los reclusos, salvo en los más endurecidos.

Había un anciano extraño, un poco loco, llamado Job Scaife.

Al parecer, se había quedado solo en la isla después de que esta fuera evacuada en la época del gobernador Macquarie.

Alice recordaba haberse topado con él por primera vez al poco tiempo de su llegada, un día que Ella y Nathan estaban visitando el antiguo cementerio.

Recelosos al principio, puesto que el capitán Turton había intentado ponerlo bajo vigilancia, el viejo, poco a poco, fue ganándose su confianza.

Luego de que Nathan convenciera al comandante de que dejara en libertad al inofensivo anciano, este empezó a visitarlos.

Siempre traía algún regalo, por pequeño que fuera.

Y hablaba… ¡Cómo hablaba! Gracias a sus relatos, Alice había aprendido mucho sobre el asentamiento penitenciario original.

Tras conocer las brutalidades de los primeros comandantes, en particular de uno llamado Job, al que siempre se referían como el Azotador Foveaux, había llegado a la conclusión de que el capitán Turton, si se lo comparaba, no era en absoluto el peor de los oficiales militares a quienes se había encargado la administración de la isla.

Sin embargo, el lugar seguía horrorizándola.

La visión de aquellos hombres moliendo grano durante horas interminables en el molino de manivela, sometidos a los latigazos del capataz si se atrevían a hacer una pausa, por breve que fuera, seguía conmocionándola en lo más hondo.

Y lo mismo podía decir del agotamiento absoluto de los presos encadenados cuando regresaban a la empalizada al terminar el día.

Exhaustos, acobardados y sucios, sus pesados grilletes los hacían tambalearse.

Había pocas concesiones para los viejos y débiles.

Los presos fuertes parecían indiferentes a sus sufrimientos, en tanto que los capataces blandían sus látigos con crueldad indiscriminada cada vez que el ritmo decaía.

Sin que Nathan lo supiera, ella había empezado a llevar…

no un diario, sino un relato escrito de la vida allí.

A sus propias observaciones cotidianas añadía algunas de las historias más creíbles de Job Scaife.

Alice se deslizó de la cama y, con la vela en alto, buscó el diario escrito con letra pulcra.

Ella aún no tenía ni idea de lo que haría con él, pero…

Se apretó con los dientes el labio inferior mientras leía la última entrada.

La había escrito después de visitar con Nathan el hospital de la prisión.

El hospital es un edificio largo y bajo con unas veinte camas.

Está construido en piedra y se encuentra tan cerca de la playa que el fuerte oleaje lo mantiene húmedo todo el tiempo.

El equipo médico es deficiente hasta un punto lastimoso, en tanto que los celadores, convictos ancianos y sin formación, son poco atentos con los enfermos que deben cuidar.

Nathan me pidió que lo acompañara porque el paciente al que tenía que visitar era un niño.

Lloré al ver el estado en que se encontraba el pobre pequeño.

Su cama está cerca de las de los pacientes adultos, cuyo lenguaje y comportamiento eran groseros en extremo.

Me dio gusto haberle llevado algunos manjares y un cuenco de caldo para que comiera, ya que parecía hambriento.

Nathan le leyó El progreso del peregrino, y creo que nuestra visita lo animó. El chico…

La puerta principal y el sonido de unos pasos anunciaron el regreso tardío de Nathan.

Alice guardó los papeles en su escondite y volvió de inmediato a la cama.

No era que intentara engañar a su marido, se dijo a sí misma, sino que, siendo Nathan una persona tan escrupulosa, podría considerar que lo que ella estaba haciendo contravenía las obligaciones de su contrato de trabajo…

Esa era una opinión que el comandante bien podría apropiarse.

A Alice le habían dejado muy claro que su lugar estaba en su casa, al cuidado de su marido, para tenerlo cómodo.

En ninguna circunstancia debía ocuparse de los asuntos administrativos de la prisión ni del trato a los reclusos.

Nathan entró en el dormitorio. Ella, al ver su rostro, sintió una opresión en el pecho. Su esposo parecía alterado, enfadado, y ella sabía por experiencia que era muy difícil enojarlo.

—Ay, Nathan —susurró ella con ansiedad—, querido Nathan, ¿qué ha pasado? ¿Qué ocurre?

Él se acercó a la cama con pasos lentos, se quitó la chaqueta y el alzacuello antes de dejarse caer a su lado. Era la viva imagen de la desdicha.

—El nuevo comandante, el capitán Donaldson, ha traído instrucciones del gobernador: todas las mujeres y los niños deben ser sacados de la isla en el Mermaid y enviados de vuelta a Sídney.