Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

El negocio comenzó con lentitud, pero el subastador fue orquestándolo con habilidad.

A medida que las pujas aumentaban, la rapidez con la que se ofrecían y repetían cantidades aumentaba sin parar.

Al fin, se alcanzó el precio de salida y, cuando fue superado, Emily pudo ver que había tres postores principales.

Uno, un caballero con traje de chaqueta y sombrero de copa, hacía sus pujas con un gesto de la cabeza, apenas perceptible, pero claudicó cuando quedó superado el precio de garantía.

De los otros dos, uno era, sin duda, un empleado.

Al parecer, pujaba a nombre de algún cliente bien conocido por el subastador, pues este se dirigía a aquel por el nombre de su empresa.

Fue el tercero de ese heterogéneo trío el que más sorprendió a Emily.

Sin que ella pudiera explicarse muy bien las razones, sintió cierto recelo.

Era un hombre grande, barrigón, de barba negra, vestido con una chaqueta de tela gruesa y pantalones de corte irregular.

Durante toda la subasta estuvo fumando una maloliente pipa de brezo y llamaba la atención del subastador levantando la boquilla.

A pesar de su aspecto, parecía acomodado, ya que superaba cada puja de los otros dos.

Cuando el caballero de sombrero de copa se retiró, siguió enfrentándose con voz alta y desafiante al empleado del agente inmobiliario, como si lo quisiera intimidar.

—Estamos en ocho mil seiscientas cincuenta guineas, señor —anunció el subastador, que se dirigía a él con tono interrogativo—. La puja es contra usted, señor.

El rugido del hombre barbudo resonó de un extremo a otro de la abarrotada sala de subastas.

—¡Nueve mil! —gritó belicoso—, ¡malditos sean!

El empleado del agente inmobiliario no se dejó intimidar y levantó un dedo para reanudar la puja.

Emily vio que el señor Peake se frotaba las manos huesudas con satisfacción cuando la oferta llegó a diez mil.

Simon, en cambio, parecía desconcertado, solo que su pregunta en voz baja no se oyó entre el bullicio y quedó sin respuesta.

—Tengo diez mil doscientas cincuenta guineas —declaró el subastador— contra los señores Petty y Lovell. —Se hizo un silencio repentino—. Aceptaré pujas de cincuenta guineas —ofreció el joven de forma persuasiva. El empleado levantó la mano.

—Diez mil trescientas. ¿Quiere superar las diez mil trescientas, señor? —De nuevo se dirigía al barbudo desconocido, quien, tras una momentánea vacilación, inclinó su cabeza redonda.

—Sí, con cincuenta.

El empleado reconoció su derrota e hizo una reverencia a su oponente. El subastador, con el martillo en alto, miró alrededor de la sala.

—¿Hemos terminado, caballeros? ¡A la una, a las dos, vendida! Vendida por diez mil trescientas cincuenta guineas a… ¿Podría darme su nombre, señor?

El hombre corpulento se puso de pie.

—Sí, soy Daniel Raven, del Crown and Anchor, en North Quay —atronó.

Unos ojos oscuros en su rostro enrojecido brillaban con la luz del triunfo.

Su postura era agresiva. Recorrió la multitud con la mirada hasta posarla en Emily.

Entonces caminó hacia ella mientras la multitud se apartaba para dejarlo pasar.

Al llegar al asiento de la mujer, permaneció en pie, erguido sobre ella, con los labios torcidos en una sonrisa maliciosa.

—Los molinos de Dios muelen despacio —sentenció—, pero muelen muy fino.

¡Recuerde eso, señorita Willoughby! Y puede decirle a su miserable hermano, a ese cerdo asesino, que nunca, en toda su vida, volverá a poner un pie en su casa.

Van a reunirse con él, ¿no es así?, en la colonia penal de Nueva Gales del Sur, usted y su matasanos.

Sin decir palabra, Emily asintió. El venenoso arrebato del hombre había helado su corazón. Raven, sin hacer caso a los intentos de Simon por silenciarlo, continuó:

—Bueno, yo en su lugar me aseguraría de que se quedara allí.

Pero dígale que Daniel Raven ha comprado la hermosa mansión de su padre.

Asegúrese de que lo sepa, ¿quiere? Y puede decirle que he usado el dinero que su propio padre me dio para que no se enterara nadie, después de que mi pobre Becky muriera ahogada.

¡Dígale que ese dinero ayudó a pagar por la casa!

Simon consiguió por fin darle la vuelta a Raven y enviarlo por donde había venido, pero Emily se quedó conmocionada. Temblaba, pues las amargas y vengativas palabras seguían resonando en sus oídos como una campana fúnebre.

Aún podía oír el eco de esas palabras cuando, dos semanas más tarde, embarcó en el Countess of Harcourt para emprender el largo viaje a Australia.

La puñalada final de Daniel Raven había sido la más cruel de todas:

«Pedí que la furia de Dios cayera sobre su hermano, señorita Willoughby —le había espetado en la abarrotada sala de subastas— mientras mi Becky agonizaba en mis brazos. Tendrá un mal final. Eso es lo que le pasará a ese joven sinvergüenza y pecador, ¡recuerde mis palabras!».

Y, a pesar de la insistencia de Simon en que Dios perdonaba a los pecadores y no permitía que los simples humanos invocaran su castigo, los temores de Emily no podían disiparse.