Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Se oyeron risitas divertidas cuando Bella negó de inmediato y le susurró a la niña que se callara. Simon apretó la mano de Emily con rápida y comprensiva simpatía. Y ella sonrió a su novio, pero no avergonzada, sino divertida.

Simon pronunció sus votos con voz clara y profunda. Luego, el viejo rector Theobald, a quien ella conocía desde la infancia, se volvió a mirarla.

—Emily Margaret Willoughby, ¿aceptas a este hombre como tu legítimo esposo, para vivir juntos según los mandamientos de Dios en el santo sacramento del matrimonio?

¿Lo obedecerás y lo servirás, lo amarás, lo honrarás y lo cuidarás, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, y renunciarás a todos los demás y le serás fiel mientras viváis?

Emily respondió con tranquila convicción, aunque su mano tembló un poco mientras Simon le colocaba el anillo. Oyó a su novio repetir las hermosas y antiguas palabras.

—Con este anillo yo te desposo, con mi cuerpo te adoro y con todos mis bienes te doto…

Enseguida, el rector anunció:

—Os declaro marido y mujer. Lo que Dios ha unido, que ningún hombre lo separe.

* * *

A partir de entonces, los acontecimientos se sucedieron a una velocidad casi vertiginosa.

La nueva pareja, acompañada de las dos niñas, apenas había ido a despedirse de Jamie y a verlo alejarse cuando Simon recibió instrucciones de la Sociedad Misionera para abordar, junto con su esposa y su familia, el transporte Countess of Harcourt, que zarparía de Plymouth en seis semanas.

Simon aseguró a su esposa que el barco era grande y bueno para navegar, un velero rápido de más de quinientas toneladas de arqueo comandado por Magnus Johnson, un capitán muy experimentado.

Iría a bordo un superintendente médico, el doctor Charles Linton, a quien él ayudaría, y tendrían a su cargo ciento ochenta y cuatro convictos varones.

Aunque Emily estaba ansiosa por comenzar su nueva vida, aún le quedaba mucho por hacer, y seis semanas era muy poco tiempo para organizar la partida.

En ausencia de Jamie, se vio obligada a tomar decisiones en su nombre que le causaron grandes remordimientos, pero su nuevo marido fue un gran apoyo.

Además, el señor Augustus Peake, el abogado, aunque era sin duda un hombre de naturaleza lenta y cautelosa, respondió a la urgencia de la situación y se ocupó de los asuntos de la herencia de su padre con una rapidez encomiable.

Los caballos y los carruajes se vendieron pronto a compradores bien dispuestos.

Eso le proporcionó a Emily fondos suficientes para cubrir las necesidades inmediatas, como los billetes a Sídney para Bella y las dos niñas y las pensiones de los demás sirvientes.

También la de Hawkins, quien, por cierto, había decidido quedarse en Inglaterra.

Emily compró ropa, almacenó material para uso futuro y seleccionó muebles de la casa para llevárselos.

Luego puso el resto de los muebles a la venta en una subasta, los cuales también salieron con facilidad.

La casa, sin embargo, no encontró comprador al precio que el señor Peake consideraba adecuado según su tamaño y ubicación.

—Tendrá que dejar el asunto en mis manos, señora Yates —le dijo con tristeza—.

Si recibiera una oferta adecuada por la propiedad, la tramitaría de inmediato y, una vez restados mis honorarios y mi comisión, le enviaría el dinero a su hermano en Sídney.

Por supuesto, también podría ponerla a subasta y dejar que sea adjudicada al mejor postor.

—¿Qué me aconseja, señor Peake? —preguntó Emily con ansiedad. Había llegado a confiar a ojos cerrados en el pequeño abogado de cabello blanco. Aun así, por el bien de Rob y Jamie, dejarlo a cargo del único activo que les quedaba era, tal vez, una osadía.

—La decisión tendrá que ser suya, mi querida señorita —respondió un grave Augustus Peake.

Luego, indeciso sobre si confiar en ella, llegó a lo que, a todas luces, era una conclusión dolorosa, y añadió con pesar—: Una de las inversiones en que sir Francis, su difunto padre, se embarcó siguiendo mi consejo no resultó rentable.

Invirtió una considerable suma de dinero en una mina de estaño, la Hensbarrow Mining and Smelting Company, de Cornualles.

Por desgracia, la empresa se vio obligada a declararse en quiebra hace dieciocho meses.

Me veo en la obligación de decirle, señora Yates, que las acciones, que aún conservo en la cartera de su difunto padre, ya no tienen ningún valor.

De hecho, esa es una de las razones, aparte de las pérdidas que el propio sir Francis sufrió en las mesas de juego, por las que la herencia de su pobre hermano es tan modesta.

Y, bueno, me gustaría mucho conseguir una buena suma por Murton Chase.

Si está dispuesta a confiarme la venta, haré todo lo que esté en mi mano para garantizar que se obtenga el máximo beneficio posible.

Emily permaneció en silencio, dividida entre pensamientos contradictorios.

Su primer impulso fue posponer una decisión definitiva hasta haber consultado con Simon, pero él estaba en Londres.

Había hecho el largo viaje para asistir a una última reunión con el consejo de la Sociedad Misionera.

Emily no esperaba que su esposo estuviera de vuelta hasta, como mínimo, el fin de semana.

Debía decidir en su ausencia, ya que, como le había dicho el señor Peake, si la venta debía hacerse en subasta pública antes de su partida, no había tiempo que perder.

Tendrían que anunciarla con amplitud, y eso llevaría tiempo…

Frunció el ceño, atormentada por la indecisión.

El abogado rompió el breve silencio que se había instalado entre los dos:

—Por supuesto, querida señora Yates —dijo—, es posible fijar un precio de salida para la propiedad. Los subastadores sabrán que no pueden vender la casa por debajo de esa suma.

—¿Y si no se alcanzara el precio de salida, señor Peake? —preguntó Emily—, ¿qué pasaría?

—Querida mía —respondió el señor Peake, un poco más animado—, en ese caso, el remate se cancelaría y usted podría dejarme a mí la tarea de encontrar un comprador adecuado, como le sugerí al principio.

—¿Eso no provocaría ningún menoscabo?

—Ninguno en absoluto. Es una práctica muy habitual cuando se pone a la venta una propiedad grande.

—Sí, ya veo.

Emily frunció el ceño. Fue darse cuenta de que Rob, y no Jamie, podría reprocharle no haber llevado consigo a Sídney el dinero de la venta de la casa lo que le permitió tomar una decisión final.

—Entonces, por favor, organice una subasta, señor Peake —logró decir con compostura—, y fije el precio de salida.

Si el viejo se sintió ofendido, no lo demostró, y, una vez más, se puso manos a la obra con celeridad.

La prensa local publicó anuncios y los subastadores imprimieron folletos que se distribuyeron por todo Plymouth y los pueblos y aldeas vecinos.

Atraída por los avisos, tres semanas más tarde, en las instalaciones de los subastadores en Citadel Road, se reunió una gran multitud compuesta más por espectadores que por posibles compradores.

Emily estuvo ahí. Nerviosa, del brazo de su marido, que la sostenía con fuerza, entró en la sala abarrotada.

Tenía planes de sentarse al fondo, pero el viejo señor Peake, que se movía oficioso, la vio y envió a su empleado a traer a la pareja a los asientos que había reservado para ellos en la primera fila.

Allí, consciente de que era objeto de mucha curiosidad y de muchos susurros furtivos, se aferró a la mano de Simon.

Habría preferido estar a muchos kilómetros de ahí, pero, cuando comenzó la subasta, cesaron los gestos y los susurros y el interés se centró en las pujas.