Capítulo 1 #2
Su padre las había mimado mucho más que a sus hijos mayores.
Sin embargo, ellas no lo reverenciaban de manera especial, y su muerte no las había afectado mucho, ni siquiera con toda la pompa y ceremonia del funeral.
Cada noche, bajo la tutela de Emily, rezaban con fervor para que «el querido papá se pusiera bien», pero visitaban su habitación con renuencia y, a veces, incluso solo si se las obligaba.
Emily las arropó, les dio un beso en cada mejilla sonrosada y bajó las escaleras para volver al salón a esperar a Jamie.
Pasó otra media hora antes de que él saliera de la biblioteca.
Al cabo de ese tiempo, oyó los graves pasos que cruzaban el vestíbulo de baldosas mientras Hawkins acompañaba al señor Augustus Peake hasta la puerta.
Luego Jamie entró en la sala de estar con el joven rostro casi exangüe, y se dejó caer a su lado, en el sofá.
Emily pensó con aprensión que era como si las revelaciones del abogado de su padre le hubieran causado una profunda conmoción.
Echando mano de toda su prudencia, no lo presionó para que le diera explicaciones, sino que pidió una copa de la sidra que a él le gustaba y se sentó en silencio mientras él bebía. Al fin, su hermano dejó el vaso vacío con mano temblorosa y le dedicó una mirada de incertidumbre.
—Emmy, no sé cómo decirte esto —comenzó con el tartamudeo que lo afectaba cuando estaba nervioso o alterado—, pero…
—Dímelo sin rodeos —suplicó Emily—. Y trata de no angustiarte, Jamie, querido. Sea lo que sea, no me sorprenderá, te lo prometo.
Pero, a pesar de la valiente confianza que ella le transmitía, las siguientes palabras de Jamie sí que lograron conmocionarla.
—No hay casi nada que pueda heredar —dijo—.
Papá vivía de su capital, según el señor Peake, y lo gastaba sin pensar en el futuro.
Tenía una pensión naval, por supuesto, pero se ha extinguido con su muerte.
Están la casa y los muebles, el carruaje y los caballos.
Tendremos que venderlo todo para pagar el viaje de las niñas a Australia, así como el de Hawkins y Bella.
O las pensiones para ellas y los demás sirvientes.
Mira… No sé cómo… No sé cómo se lo diré a Rob, Emmy.
O… O qué dirá cuando se lo diga. ¿Crees que se enfadará?
Emily se recompuso y esbozó una sonrisa.
—No, Jamie, claro que no. Él no espera que le des tu herencia, en ningún caso. Aunque fuera una gran suma, no la espera.
—Sí que la espera, Emmy —afirmó su hermano con tristeza—. Rob espera heredar.
—Papá le dio todo lo necesario.
—Pero no lo que él consideraba justo.
Conmovida por la palpable angustia por su hermano mayor, Emily, por primera vez en su vida, se permitió criticarlo. Dijo con firmeza:
—Rob recibió lo que se merecía.
—¿Cómo puedes decir eso? —la recriminó Jamie indignado—. Ese tipo, Raven, el posadero, lo acusó con cargos falsos por pura malicia. Y ni siquiera buscaba perjudicar a Rob; era a papá a quien quería hacer daño.
Emily negó con la cabeza.
—No, Jamie —replicó con lástima—, las acusaciones no eran falsas.
Rob me lo contó todo. Simon se enteró del final de la historia por un anciano párroco llamado Parson Crickley, quien fue a buscarlo después de que papá se negara a recibirlo.
Se suponía que yo debía contárselo a papá, pero no lo hice.
—¿Qué sucedió? —preguntó un Jamie receloso—. ¿Qué dijo el pastor Crickley que había pasado?
—Rebecca Raven, la chica que, según las acusaciones, Rob había violado, se suicidó.
Se arrojó al agua cuando el barco de Rob zarpó sin ella.
Rebecca… —Emily respiró hondo y se obligó a continuar—.
Rebecca pretendía reunirse con Rob. El pastor Crickley había abordado la lancha con ella y su padre para casarlos a bordo del barco.
O… —Hizo una pausa—. Eso fue lo que le contó a Simon.
Quizá Rob nunca se enteró. El señor Raven podría haber estado haciendo un último intento por forzarlo a casarse con la pobre chica.
—Juraría que Rob no sabía nada de eso —insistió Jamie, pero Emily vio que estaba menos convencido de la inocencia de su hermano que unos momentos antes.
Por favor, Dios, rezó ella en silencio, Jamie ya debía dejar de sentir remordimientos por esa herencia, pues a Rob no le faltaba sustento.
Eran Jamie, Emily y las dos pequeñas para quienes su padre no había hecho las provisiones adecuadas.
La casa era grande y tenía muebles de cierto valor, además de que estaba situada en un terreno extenso, pero aún pendía sobre ella una hipoteca de varios cientos de libras.
Incluso si pudieran venderla de inmediato y a buen precio, ella dudaba que el dinero, repartido entre los cuatro, ascendiera a la suma que Rob había recibido cuando su padre le dio órdenes perentorias de que aceptara el exilio en Nueva Gales del Sur. Sin duda, no sería mucho más.
—Le he dicho al señor Peake que ponga la casa en venta —le explicó Jamie—.
Me temo que eso te dejará a ti la tarea de ocuparte del asunto, Emmy.
Apenas me queda una semana antes de tener que presentarme a bordo del Success.
Pero te daré un poder notarial. El señor Peake dice que no se necesitará nada más.
—Yo me encargaré de la venta —le aseguró Emily—. Solo espero que no se lleve mucho tiempo, Jamie, porque Simon tiene que reservar el pasaje y… queremos casarnos. No será una ceremonia muy elaborada; solo algo íntimo en Saint John, cuando el rector pueda organizarla.
—Ojalá se arregle antes de que yo zarpe —dijo Jamie con cierta aflicción—. Me gustaría mucho verte casada y… bueno, quizá entregarte en el altar, Emmy.
Ya se habían publicado las amonestaciones, recordó Emily con algún remordimiento.
El viejo almirante llevaba varias semanas al borde de la muerte, así que Simon la había convencido de que se adelantara.
De haber recibido Simon órdenes de zarpar antes de lo previsto, se habrían casado en secreto antes de la partida; y, en caso de que ella no hubiera podido viajar con él, lo habría hecho más tarde, acompañada de sus hermanitas.
Emily inclinó la cabeza en un intento por ocultar el rubor que llenaba sus mejillas y respondió en voz baja:
—Creo que se podría arreglar, Jamie, si de verdad lo quieres. Mira… No hay motivo para retrasarlo. Papá ya no necesita que cuide de él. Papá… Bueno, me temo que no aprobaba a Simon, así que no pude contarle mis pretensiones; pero siempre he tenido la intención de casarme con él, y tú lo sabes.
—¡Bien hecho, Emmy! —la aplaudió su hermano, que había recuperado la sonrisa—.
Recuerdo que Rob dijo una vez que papá nunca aprobaría a ningún pretendiente que tuvieras mientras te necesitara para gobernar la casa.
Bueno, has cumplido con tu deber, y con creces.
—Se puso de pie con una sonrisa aún más amplia y lleno de entusiasmo—.
¿Quieres que vaya a hablar con el rector y con tu prometido?
Podría explicarles que me queda poco tiempo y rogarles que sean considerados, ¿no?
Emily levantó un rostro radiante.
—Oh, Jamie, ¿lo harías?
—Encantado —afirmó él—. De hecho, iría ahora mismo.
No tuvo que echar mano de sus poderes de persuasión. El viejo rector aceptó de buen grado la sugerencia, y, cuando se fijó la boda para tres días después, Simon Yates lo abrazó agradecido.
La ceremonia, como correspondía a una familia en reciente duelo, fue todo lo sencilla que Emily había deseado.
Solo asistieron los familiares más cercanos y los sirvientes de la casa, así como los padres y los dos hermanos menores de Simon, que hicieron el viaje desde la cercana Walkhampton para estar presentes.
Emily se puso el vestido de novia de su madre.
Fue a sacarlo del armario en que estuvo guardado, envuelto con mucho esmero en una sábana de lino, durante más de treinta años.
Para su regocijo, el precioso vestido estaba muy bien conservado y apenas necesitaba retoques.
Emily tenía la dichosa certeza de que se veía guapísima mientras avanzaba por el pasillo a paso lento, del brazo de Jamie, hasta ocupar su lugar ante el altar, junto a su novio.
Simon Yates, un gigante rubio que medía, descalzo, seis pies y cinco pulgadas, volvió hacia ella unos embelesados ojos azules.
Emily sintió que el corazón se le salía del pecho cuando la grande mano de su novio se cerró suave sobre la suya.
Se preguntaba cómo era posible que su padre hubiera visto en Simon un cazafortunas, un hombre interesado tan solo en lo que, hasta el momento, el almirante había supuesto que era una cuantiosa herencia.
Bien, ella no tenía nada, y, aun así, Simon le había dicho que se alegraba.
—Si vamos a llevar la palabra de Dios a los maoríes paganos, querida mía —le había dicho él—, es justo y correcto que vivamos entre ellos sin más bienes mundanos que los que ellos poseen. Dios nos proporcionará alimento y refugio. No necesitamos nada más.
—Queridos fieles, estamos reunidos ante Dios y esta congregación —entonó el viejo párroco— para unir a este hombre y a esta mujer en santo matrimonio…
Emily escuchaba muy seria, consciente de la solemnidad del momento y del alcance de los votos que, en breve, le pedirían que pronunciara.
Los latidos acelerados de su corazón se calmaron.
Levantó la vista hacia la gran vidriera que tenía delante, sobre el altar, e hizo un voto propio, acompañado de una oración que brotó del fondo de su ser.
«Siempre seré fiel a este hombre, a quien tomo como esposo. Por favor, querido Jesús, ayúdame a seguirlo dondequiera que vaya y, por tu divina misericordia, concédeme la fuerza para no fallarle nunca».
Detrás de ella, en la iglesia iluminada con luces tenues, la pequeña Biddy, con tono agudo y penetrante, preguntó de pronto:
—Ay, Bella, el doctor Yates no nos quitará a nuestra querida Emmy, ¿verdad?