Los pioneros (Los australianos 12) Capítulo 1
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Los pioneros (Los australianos 12)

Los pioneros (Los australianos 12)

Por Vivian Stuart

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Capítulo 1

El funeral había terminado y los últimos miembros de la numerosa multitud de dolientes abandonaban la casa con pesar. Mezclaban sus condolencias con consejos bienintencionados para el futuro. Emily Willoughby escuchaba todo con los ojos bajos y una determinación cada vez mayor.

Su padre estaba muerto. Tras una larga enfermedad, el contralmirante sir Francis Willoughby había fallecido mientras dormía.

Según la costumbre, la Marina Real se había encargado de todos los preparativos del funeral, con portadores navales, la bandera cubriendo el ataúd y salvas de mosquetería sobre la sepultura.

Emily, agotada por el esfuerzo de cuidar a su padre, había caminado aturdida detrás del coche fúnebre.

Sus dos hermanitas la tuvieron agarrada de las manos, ansiosas, en tanto que su hermano Jamie, un extraño alto y delgado, irreconocible, con el uniforme de guardiamarina y parches blancos, había hecho el recorrido unos pasos delante de ella.

Emily reprimió un suspiro de cansancio y miró con incertidumbre a su hermano menor. Desde su graduación entre los diez mejores cadetes del Royal Naval College, Jamie había pasado un año en la mar. Esta era la primera vez que lo veía en más de un año, aparte del breve permiso de graduación.

Aún no habían tenido tiempo de conversar, dado el ajetreo del funeral y el constante ir y venir de visitas a la casa.

En ese momento, mientras esperaban la llegada del abogado de su padre para la lectura del testamento, Jamie, retraído en apariencia, guardaba un inusual silencio.

En otros tiempos, él siempre había confiado en ella y había acudido a buscar su consejo, pero en el presente, abrumado por las nuevas responsabilidades que se le venían encima como heredero de su padre, no parecía dispuesto a retomar la intimidad de la infancia.

Emily se preparó para un rechazo y cogió la tetera que el mayordomo, Hawkins, había preparado para ellos. Llevaba diez minutos intacta en la bandeja.

—¿Quieres un poco de té, Jamie? —preguntó con timidez.

Jamie asintió, pero no rompió el silencio hasta que hubo bebido el té con avidez y le hubo pasado la taza para que se la volviera a llenar. Estalló entonces con una vehemencia inesperada:

—¡Lo odiaba, Emmy, lo sabes! Es una confesión terrible, puesto que papá aún no se ha enfriado en su tumba. Pero no puedo fingir un dolor que no siento, sobre todo ante ti.

—Deberías bajar la voz —le advirtió Emily—. Que no nos oigan los sirvientes, ni Charlotte ni Biddy.

Su hermano se sonrojó.

—Está bien, pero quiero que lo entiendas, Emmy.

Lo respetaba, incluso lo admiraba, hasta aquel horrible día en que nos reunió a todos en su estudio: a ti, a Rob y a mí.

Eso fue lo que me hizo odiarlo: la forma en que trató al pobre Rob.

Desheredarlo, obligarlo a irse a Australia…

y darme la herencia de Rob. Nunca la quise y ahora tampoco la quiero.

—Lo que te haya legado —señaló Emily— tendrás que aceptarlo, Jamie.

—Lo haré, lo sé, pero… —Los ojos oscuros de Jamie se iluminaron de repente—.

Me aseguraré de que los abogados te dejen una parte a ti y a las dos niñas, algo adecuado.

Lo que quede, lo que llaman el remanente, se lo entregaré a Rob cuando lleguemos a Sídney.

En cierto modo, es una suerte que papá haya muerto cuando lo ha hecho, porque eso significa que podré llevarle dinero.

—¿Siempre quisite que Rob que lo heredara? —preguntó Emily.

Él asintió.

—Sí, por supuesto que sí. Es el hijo mayor.

Pero todo esto habría llevado mucho más tiempo si el Success hubiera zarpado antes de la muerte de papá.

Cuando me ofrecí voluntario para embarcarme, lo hice con la esperanza de ver a Rob; quizá dejar la marina y unirme a él, si él quisiera.

Seré bienvenido dos veces si, cuando lo vuelva a ver, llego en condiciones de devolverle su herencia, ¿no es así?

—Imagino que sí, querido Jamie —asintió Emily.

El ligero tono árido de su voz pasó inadvertido. Jamie, que había recuperado su antigua actitud afectuosa, extendió ambas manos para coger las suyas.

—Querida Emmy, lo entiendes, ¿verdad? Sin importar lo que papá quería, sin importar de qué acusaba a Rob, yo no podría quitarle lo que es suyo por derecho, ¿verdad? Ahora él heredará el título de baronet y el dinero, y, con la ayuda de Dios, quizá vuelva a casa. Y esta casa lo estará esperando.

—Puede que viva feliz en Australia y no quiera volver —argumentó Emily.

—No estaba muy convencido de irse.

—No, pero eso fue porque papá insistió en que se fuera. A estas alturas, puede que tenga una granja, ovejas y ganado. En su última carta me decía que había solicitado una concesión en lo que él llamaba las «nuevas tierras», más allá de las montañas Azules.

—¿Es la única carta que has recibido —preguntó Jamie— aparte de la de Cabo?

—Sí —admitió Emily—. La envió al cuidado del señor Yates; el doctor Simon Yates, el antiguo ayudante del doctor Vine. Yo…

Se interrumpió y se sonrojó. No le había contado a Jamie cierta noticia y dudaba si hacerlo, ya que su hermano parecía mantenerse distante y no le ofrecía ni le pedía confidencias. Pero era una noticia trascendental, así que dijo con entusiasmo:

—Jamie, mira… Cuando supimos que al pobre papá no le quedaba mucho tiempo de vida, Simon me pidió que… me casara con él. Ha sido aceptado por la Sociedad Misionera y va a ser destinado a Nueva Zelanda tras un período de prueba en Nueva Gales del Sur.

Jamie soltó una exclamación de alegría.

—¡Ah, Emmy, eso es maravilloso! Espero que hayas aceptado.

Al recordar la propuesta de matrimonio de Simon, solo unos días antes, Emily se sonrojó con un ancho rubor.

«¡Te amo! —le había dicho él—, y no puedo soportar la idea de dejarte atrás.

Ven conmigo, mi amor, tan pronto como seas libre.

Sé que tu padre no me aprobaba, que no me consideraba digno de ti…

, y no lo soy. Pero no hay nadie más, ¿verdad, Emmy?

Igual que nunca habrá nadie para mí, querida, mientras viva».

Ella se había alegrado mucho de que él hubiera encontrado por fin el valor para pedirle que fuera su esposa.

Y la alegraba, además, el hecho de que su matrimonio significaría reunirse con Robert, un anhelo compartido con Jamie.

Toda la familia estaría congregada de nuevo, ya que Simon había insistido en que debían llevarse con ellos a las dos pequeñas.

—He aceptado —dijo Emily—, sí, por supuesto que he aceptado su propuesta.

Nunca me atreví a decirle nada a papá, Jamie, pero Simon Yates y yo…

estamos enamorados desde que él llegó a Murton.

Y, cuando nos vayamos, quiere que nos llevemos a Charlotte y a Biddy con nosotros. Ha prometido ser un padre para ellas.

—¡Emmy, me alegro mucho por ti! —Jamie la atrajo y le dio un cálido beso en la mejilla—. ¡Será una maravillosa reunión familiar al otro lado del mundo! Todos juntos, incluso las pequeñas. ¿Sabes cuándo zarpa el barco?

Emily negó con la cabeza.

—No hemos podido organizar nada, puesto que papá me necesitaba. Pero la Sociedad Misionera pagará el pasaje de Simon; y también el mío, creo, y…

—Yo pagaré los de Charlotte y Biddy —se ofreció Jamie—.

Los abogados no deberían tardar mucho en liquidar la herencia de papá.

Es más, aunque tenga que marcharme antes de que la liquiden, es seguro que podré dejar algo para ti y las niñas.

—Miró a su alrededor, a la habitación en penumbra—.

¿Qué hacemos con esta casa, Emmy? ¿Deberíamos venderla?

—Supongo que sí —confirmó Emily.

—Rob podría quererla si volviera.

—No sabemos si volverá.

—No. —Jamie frunció el ceño—. Podríamos pedir consejo a los abogados.

Pero conservar esta enorme casa no parece que tenga mucho sentido si va a estar desocupada, ¿verdad?

Excepto por los sirvientes, Hawkins en particular.

Llevaba más de veinte años con papá. A menos que nosotros…

—Su expresión se relajó—. ¿Por qué no lo llevas contigo, Emmy, si él quisiera?

Y la niñera también. Necesitarás sirvientes cuando llegues a Australia.

—Los misioneros no suelen contratar sirvientes, Jamie —le recordó Emily con delicadeza—, pero, si ellos quisieran venir, al menos Hawkins y Bella, creo que deberíamos ofrecerles el pasaje. O, si prefirieran quedarse, tal vez podrías conseguirles una pensión.

—Hablaré con el abogado de papá al respecto —prometió Jamie. Echó un vistazo al reloj de la repisa de la chimenea—. Me pregunto cuánto tardará.

Como en respuesta a su pregunta, el viejo Hawkins llamó a la puerta y anunció la llegada del abogado.

—El señor Augustus Peake, señor —dijo—. He acompañado al caballero al estudio. Me he tomado la libertad de servirle una copa de jerez.

Jamie se levantó y miró a Emily con un gesto interrogante, pero ella negó con la cabeza.

—Ve a verlo, Jamie. Es contigo quien quiere hablar, no conmigo. Yo iré a leerles un cuento a las niñas mientras hablas con el señor Peake.

Un año antes, Jamie le habría rogado que lo acompañara a ver al abogado, pero el tiempo en la mar le había dado confianza en sí mismo.

Él asintió con la cabeza y siguió a Hawkins a la biblioteca.

Emily subió las escaleras y encontró que a sus hermanitas ya las estaban preparando para ir a la cama.

Bella, la niñera, era una chica de campo, un tanto rolliza, a la que las dos niñas estaban muy unidas.

—Las dos están muy cansadas, señorita Emily —dijo Bella—. Ha sido un día muy largo para ellas. Con toda la agitación, creo que se quedarán dormidas antes de que usted termine de leerles el cuento.

El pronóstico de Bella fue acertado. Emily apenas había leído dos páginas del libro de cuentos de hadas que le había regalado a Charlotte por Navidad cuando las dos cabecitas de cabello oscuro comenzaron a caer. Al terminar la página, las dos niñas dormían profundamente.