Los pecados que confesó (Santos de Viena nº 2) CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

Abro la puerta. Tobias está tumbado en una mesa de exploración, bajo una lámpara redonda y blanca.

Le han cortado el jersey. Un paño verde le cubre el pecho.

Tiene la cara amarilla de yodo y, en el lado izquierdo, desde la oreja, cruzando el pómulo, hasta la comisura de la boca, se abre un corte que por dentro ya está unido con suturas finas y transparentes y por fuera sigue abierto, rosado, húmedo. Su letra. Inclinada y afilada.

Me ve. Intenta incorporarse. Consigue apoyarse en un codo.

—Señor Graf. —Habla con la lengua pastosa; la mitad izquierda de la boca no se le mueve—. Señor Graf, por favor, puedo…

—Túmbate.

Se tumba.

Me quito los guantes. Los dejo en la bandeja del instrumental, junto a las pinzas, los portaagujas, las tijeritas. Después dejo el escalpelo al lado. El de ella. Con su sangre en la hoja, seca, marrón.

Lo ve. Sabe lo que es.

—Te apuntaba a la garganta —digo.

—Yo…

—Giraste la cabeza. Eso fue un error.

—Señor Graf…

—Habla.

Habla. Habla como hablan todos cuando están en una habitación conmigo y no hay salida.

Habla rápido y mucho y sin orden, y solo lo interrumpo cuando miente.

Sé cuándo miente. Entonces le pongo el pulgar sobre la herida abierta, en el punto por encima del pómulo donde no llega la anestesia local, y aprieto hasta que deja de mentir.

Mi padre. Desde hace un año. Cinco mil al mes, en efectivo, en un sobre, en el club.

El expediente. Mi padre abrió la caja fuerte de la torre, en enero, una noche en que yo estaba en la ópera.

Tobias le dio las seis cifras, leídas de una grabación antigua, mi propia mano sobre el teclado.

Después apagó la cámara de la torre durante veinte minutos y lo ayudó a subir los setenta y dos escalones.

Mi padre fotografió cada página. El informe. El recibo. La foto de ella con la vela.

Schillerplatz. La ruta. Tobias se la dio a Kovač una hora antes de que ella saliera hacia la Academia con Andrej.

El inhibidor de señal. Instalado hace tres semanas, en el sótano, en la línea principal, disfrazado de amplificador de wifi. Yo firmé la factura.

Gruber. Un solo disparo. No sufrió. Tobias lo dice dos veces, como si eso cambiara algo.

Y Reindl.

—Reindl retiró la furgoneta —dice Tobias.

Ahora llora. Le caen lágrimas del ojo derecho; el izquierdo lo tiene cerrado por la hinchazón—.

La furgoneta de vigilancia. El grupo especial la tenía aparcada en el Burggarten desde febrero, enfrente del Palais, una furgoneta blanca.

Ordenó que la retiraran esta noche a las diez. Para que nadie viera cómo…

—Cómo sacaban a mi mujer de mi casa.

—Sí.

—¿Dónde?

—No lo sé.

Le pongo el pulgar sobre la herida.

Grita. Grita mucho rato. Cuando para, se queda ahí tumbado, respirando en bocanadas cortas y silbantes.

—No lo sé —susurra—. Se lo juro, señor Graf.

Se lo juro por Dios. Los hombres de Kovač la metieron en una furgoneta.

Blanca. Una Mercedes Sprinter. Fueron hacia el norte.

Hacia el Canal del Danubio, hacia la autopista.

Es todo lo que sé. No me lo dijeron. —Traga saliva—.

Dijeron que cuanto menos supiera, mejor, porque usted me encontraría de todas formas.

Lo miro. Es lo único que ha acertado esta noche.

—¿Y mi padre?

—No lo sé. Estaba en el barco. Con usted. Me llamó a las 22:41 y le dije que estaba hecho.

22:41.

Veo la sonrisa de mi padre por encima del borde de su copa. Veo la foto de mi madre en su despacho, la mano sobre los ojos para protegerse del sol.

Cojo el escalpelo de la bandeja.

Tobias lo ve. Empieza a negar con la cabeza, despacio, después más rápido, y la carne abierta de la cara se le retuerce al hacerlo, de un modo que él no puede sentir.

—Señor Graf, por favor. Se lo he contado todo. Se lo he contado to…

—Durante meses vigilaste la pantalla uno.

Deja de negar con la cabeza.

—Todas las noches que yo no estaba en la torre.

La veías desnudarse. La veías dormir. La veías tocarse.

—Le pongo la mano izquierda en la frente y le aprieto la cabeza contra la mesa, con suavidad, sin ceder, como hizo mi padre conmigo junto a la tumba—.

Esta noche le cortaste la cadena. En la garganta.

Con un cuchillo. En el mismo sitio donde yo la mordí.

No dice nada más. Solo me mira. Sabe que ya no queda nada que decir.

—Ella apuntaba a la garganta —digo.

Yo no fallo. Por ella.

Es rápido. Más rápido que Weyrich, más rápido que Nenad. Su hoja es buena. Se hunde como en cera. Da una sacudida, contra mi mano en su frente, y entonces el verde de su pecho se vuelve oscuro y pesado, y entonces ya no se sacude más.

Vuelvo a dejar el escalpelo en la bandeja.

Me lavo las manos en el fregadero de acero del rincón, a conciencia, con el jabón verde de la clínica. Veo desaparecer el rojo por el desagüe. Ya he hecho esto antes, en otro lavabo, otra noche, mientras ella dormía a mi espalda.

Ahora también duerme. En algún sitio.

En algún sitio al norte del Danubio, en una furgoneta blanca, en una autopista, en un sótano, en una casa que pertenece a Dragan Kovač o a un hombre que le debe algo.

Kovač tiene casas en Favoriten y almacenes en Simmering y viñedos en el Weinviertel y amigos en cada comisaría entre Viena y la frontera checa.

Tiene un casino en la Favoritenstraße donde sus hombres juegan a las cartas todas las noches.

Tiene hombres que saben dónde está ella.

Se lo preguntaré. Uno por uno. Hasta que uno conteste.

***

Sigo sentado en el coche, frente a la clínica, en la Hasenauerstraße, y llamo a mi padre.

No suena. La persona a la que llama no está disponible en este momento.

Vuelvo a llamar. La persona a la que llama…

Llamo al capitán del Katharina. Lo coge al cuarto tono, con la voz pastosa de sueño. El barco está de vuelta en el Handelskai. El señor mayor bajó a tierra a medianoche, con el señor Kovač y la señorita, en el coche del señor Kovač. No, no dijo adónde.

Cuelgo. Fuera empieza a nevar. Copos pequeños y secos a la luz de la farola, que bailan sin llegar a caer. Nevaba así la noche en que compré a su padre.

Abro la mano. Dentro está la cadena. El hilo cortado, la jaulita con la tapa abierta. He vuelto a doblar el papel y lo he metido dentro, borde con borde, como lo hizo ella, en su cuarto frío, la primera noche, antes de ponerse la cadena. Cierro la tapa.

Me enrollo la cadena en la mano izquierda, sobre el rosario de mi madre, plata y oro, y tiro hasta que la jaula queda encajada en el puño, caliente de mi piel, igual que se calentaba sobre ella, en el hueco de la garganta.

Halm le sacó la bala del hombro a Andrej en la mesa de la cocina del ala de servicio y lo cosió. Dice que vivirá. Andrej le dijo que se diera prisa, porque por la mañana viene conmigo. El motor está en marcha.

Miro la pantalla trece. Gris. Sin señal.

No la borro.

—Ya voy, Santa —le digo a la oscuridad—. Y traigo el infierno conmigo.