CAPÍTULO 12
EL CAFÉ
POV: LUCIAN
Su corazón está en el punto de mira.
Lo tengo ahí desde hace tres minutos. Lado izquierdo del pecho, dos dedos por debajo de la solapa de su chaqueta gris, donde un hombre como él lleva un bolígrafo en el bolsillo interior y, debajo, un corazón que cree decente.
La mira telescópica lo acerca tanto que puedo contarle la caspa del hombro.
Once.
El rifle es de Andrej. Un Steyr viejo, pesado, con una culata de nogal que ha engrasado hasta dejarla brillante como un banco de iglesia.
Descansa sobre un trípode, detrás de la cortina de una oficina vacía del segundo piso, en Herrengasse, enfrente del Café Hartauer.
Graf Bau restauró la fachada de este edificio en otoño.
El andamio estuvo ahí cuatro meses. En la lona que lo cubría estaba nuestro logo, de dos metros de alto.
Ella lo vio. Por supuesto que lo vio. Ve todos los andamios de esta ciudad.
Muevo el punto de mira un centímetro a la derecha.
Ahora la tengo a ella.
Está sentada junto a la ventana, en una mesita de mármol, de espaldas a la pared, como le dije.
Un vestido gris. Un abrigo de pelo de camello echado sobre el respaldo de la silla.
Hace seis semanas se habría quedado con el abrigo puesto, abotonado hasta la barbilla.
Eso fue antes de que yo empezara a vestirla con abrigos que no venían de Cáritas.
El pelo recogido, con un lápiz en lugar de un pincel.
Delante de ella, un melange, intacto. Un vaso de agua.
Tiene las manos sobre el mármol, extendidas, una al lado de la otra, como una colegiala que espera un examen.
En la mano derecha, la luz arranca un destello. Mi anillo.
Veinte metros detrás de ella, en una mesa junto al guardarropa, Andrej está sentado con un periódico que no lee.
—Respira —digo.
El micro en mi oído me devuelve su respiración, muy tenue, y luego su voz, apenas más que un movimiento de labios.
—Respiro.
—Te está mirando por el escote.
—Lo sé.
—Quiero que lo sepas.
Se lleva el melange a la boca. Detrás de la taza, donde Reindl no puede verlo, sonríe.
***
Se llama Martin. Martin Reindl, cuarenta y cinco años, inspector jefe de la Policía Criminal Federal, jefe de un grupo especial que lleva mi nombre. Conduce un Skoda que lava él mismo. Vive en Hietzing, en media casa adosada que no puede permitirse. Está casado.
Lleva el anillo de casado en la mano derecha, como se hace aquí. Lo gira mientras mira a mi mujer.
—Ha venido.
—Le dije que vendría.
—Mucha gente me lo dice.
Se inclina hacia delante, con los antebrazos sobre la mesa.
—Muy pocos vienen.
—No tengo elección. Usted me lo explicó.
—Siempre hay elección, Mira.
Pronuncia su nombre despacio, como si lo saboreara.
—Eso es lo que quiero devolverle. La elección.
Pongo el dedo junto al gatillo. No encima. Al lado, en el guardamonte, donde descansa un dedo que todavía no se ha decidido.
Yo ya lo he decidido. Solo falta el cuándo.
Le entrega al aduanero.
Lo hace como lo ensayamos esta mañana en el coche, solo que mejor.
Titubea justo donde debe. Dos veces mira hacia la ventana, como si temiera que hubiera alguien ahí fuera, y las dos veces mira justo en mi dirección, y las dos veces Reindl no se da cuenta.
Da el nombre de la empresa que un día fue de mi abuelo.
Da el nombre de un muerto. Reindl lo apunta en una libretita negra, y los ojos se le entornan y le brillan como a un perro al que le ponen bajo el hocico el rastro de una liebre.
—Eso está bien —dice—. Eso está muy bien, Mira.
—¿Es suficiente?
—Es un comienzo.
Cierra la libreta de golpe.
—Pero ya sabe lo que necesito.
—Algo grande.
—Algo que lo meta entre rejas. Entonces será libre. Entonces el expediente que tengo…
Hace un gesto, un barrido con la mano, como si espantara el polvo del mármol.
—Olvidado.
—Olvidado —repite ella.
—¿Cómo la trata? —pregunta—. Con sinceridad. Aquí no nos escucha nadie.
Andrej, veinte metros detrás de ella, pasa una página.
—Me vigila —dice ella—. Siempre. Cuando duermo. Cuando como. Cuando me baño. Tiene cámaras en cada habitación. Nunca sé si me está mirando ahora mismo.
Es la verdad. Le da la verdad con la voz de una mentira, y él la toma como un hambriento toma el pan.
—Eso se acaba —dice Reindl—. Se lo prometo. Eso se acaba.
—No —le digo al oído—. Eso no se acaba nunca.
Ella baja la vista a la mesa, como si luchara contra las lágrimas. Su pulso sube cuatro latidos.
Y entonces le pone la mano sobre la suya.
Lo veo a través del cristal de la mira, con un aumento que me muestra cada poro del dorso de su mano. Unos pelos rojizos. Una tirita en el pulgar. La mano de un hombre que se corta al afeitarse y luego va en coche a la oficina y monta expedientes sobre hombres como yo.
Esa mano está sobre la de mi mujer. Sobre mi anillo.
—Aparta la mano —digo.
Ella no aparta la mano.
—Mira.
La deja ahí. Incluso deja que los dedos le tiemblen un poco bajo los de él, un temblor pequeño, indefenso, que nunca he visto en la pantalla trece, porque ella no lo tiene. Su pulso, que corre en la esquina de mi tableta, marca sesenta y seis.
Está actuando.
Está jugando con él, y está jugando conmigo.
—Estás temblando —dice Reindl en voz baja.
—No recuerdo la última vez que alguien me tocó así —dice ella—. Con tanto… cuidado.
Las cuentas que me rodean el puño izquierdo, encajado bajo la culata del rifle, se me clavan en los nudillos. Noto cómo un borde me abre la piel. Noto el calor que se desliza dentro del guante.
—Te compró, Mira —dice Reindl. Ahora mueve el pulgar. Sobre los nudillos de ella, adelante y atrás—. Como un mueble. Como un cuadro. Te colgó en la pared y se sentó delante de ti. Eso no es un matrimonio. Eso es una exposición.
—¿Y tú?
—Yo no quiero exhibirte. Quiero liberarte. —Sonríe. Tiene buenos dientes—. Y cuando todo esto acabe… cuando seas libre y esto sea solo un recuerdo… me gustaría invitarte a cenar algún día. No como policía.
El anillo de casado de su mano derecha, la mano que descansa sobre la de ella, brilla a la luz de la ventana.
La cruz de la mira deriva. Dejo que derive. Del corazón, por el hombro, brazo abajo, hasta la muñeca. Tengo su muñeca en la cruz. A esta distancia, con este rifle, un solo disparo le arrancaría la mano del brazo y haría estallar el mármol de debajo sin tocarle un pelo a mi mujer.
Lo sé. He acertado en blancos más pequeños y desde más lejos.
—Tienes las manos calientes —le dice ella—. Las suyas están siempre frías.
En la tableta, su pulso salta a setenta y dos.
No por Reindl.
Por mí. Porque sabe que lo estoy oyendo. Porque ahora mismo, con la mano de él sobre la suya, a través de veinte metros de cristal y de calle y de una mira telescópica, me está susurrando al oído lo que quiere de mí esta noche.
Aparto el dedo del guardamonte.
Exhalo. Despacio. Hasta que no me queda aire dentro.
—Buena chica —digo—. Ahora retírala.
Ella retira la mano. Despacio, con una mirada rápida por debajo de las pestañas, como si le costara un esfuerzo. Reindl se recuesta, satisfecho, un hombre que cree que acaba de empezar algo.
—Cuarenta y ocho horas —dice—. Dame algo en cuarenta y ocho horas, Mira. Y te saco de ahí.
—Lo intentaré.
—Puedes hacerlo. —Se levanta, deja un billete de diez sobre la mesa, demasiado para un melange y un agua, y se abotona la chaqueta—. Eres más fuerte de lo que él cree.
Se va. Lo sigo con la cruz de la mira hasta la puerta, hasta la calle, hasta la esquina, donde se enciende un cigarrillo y se aparta el humo de la cara con el índice de la mano derecha, la del anillo.
Luego giro de vuelta con la mira a la ventana del café.
Está ahí sentada, mirando hacia este lado. Directamente al cristal. Directamente hacia mí. Levanta el melange frío que no ha probado, un palmo por encima de la mesa.
Un brindis.
Luego bebe.
***
No le hablo en el coche.
Va sentada a mi lado en el asiento trasero, mira por la ventanilla y tampoco habla, y Andrej, al volante, mantiene la vista en la carretera como un hombre que sabe que conduce entre dos tormentas. Dejo la mano izquierda en el regazo. La sangre del guante se ha secado.
Ella no la mira.
Sabe que está ahí.
La dejo en el Palais. No bajo del coche. Andrej sigue conduciendo, atraviesa el Prater, cruza el puente, y solo cuando las grúas de Freudenau se alzan ante nosotros mira por el retrovisor.
—Ha estado bien —dice.
—Lo sé.
—Mejor que bien. Dejó un billete de diez. Por un melange. Llevo un año siguiéndole la pista a ese hombre, jefe. Nunca deja propina. Hoy ha pagado como un hombre sentado frente a una reina.
—¿Te vio?
—Me miró. Al único que vio fue a ella. —Andrej gira hacia la carretera del puerto—. Si usted no va a dispararle, jefe… ¿puedo yo?
—No.
Asiente, como si no esperara otra cosa.
—Le pertenece a ella —digo.
Andrej vuelve a mirarme por el espejo, esta vez más rato. Luego sonríe. Es la segunda vez este mes.
Paso la tarde en una oficina sobre el almacén nueve, con un práctico que me enseña el horario del jueves y un gruista que asiente sin hacer preguntas.
El barco de Kovač llega en la noche del jueves al viernes, a las dos.
Un contenedor, rojo, rotulado con plantilla con el nombre de una empresa serbia de agua mineral.
A las cuatro estará al final del muelle, donde oficialmente se almacenan materiales de construcción de Graf Bau.
A las cinco y media de la tarde estoy de vuelta en el Palais.
Tobias espera abajo, en la capilla, al pie del andamio, con la tableta bajo el brazo. Desde que le prohibí entrar en la torre, me trae los informes aquí, cada tarde a la misma hora. Está erguido cuando entro. Siempre está erguido.
—La grabación del café —dice—. ¿La archivo?
—Déjamela a mí.
—También podría…
—Déjamela a mí.
Asiente. Se va. En la puerta de la capilla no se vuelve, pero la tableta que lleva bajo el brazo sigue encendida, y veo lo que tiene abierto: pantalla uno, duplicada. Nuestro dormitorio. Mi mujer, sentada al borde de la cama, quitándose los zapatos. Cambia la imagen. Un segundo demasiado tarde.
Lo apunto.
Luego subo y reproduzco el vídeo.