Los pecados que confesó (Santos de Viena nº 2) CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—Usted me cuenta lo que ve en esa casa. Lo que oye.

Nombres, fechas, lugares. El puerto. El casino.

Quién va de visita, y cuándo. —Lo va contando con los dedos, como una lista de la compra—.

Y cuando tengamos bastante, la saco de allí.

Nombre nuevo. Ciudad nueva. Un piso con calefacción.

Una vida en la que nadie le ponga una cadena.

Me mira la garganta.

La jaulita de oro.

Pongo la mano encima. No para esconderla. Para sujetarla.

—Puedo salvarla, Mira.

Dice mi nombre de pila. Lo dice como lo decía el padre Konrad, a través de la rejilla, con una voz cada vez más espesa.

—Señora Graf —se corrige al instante—. Discúlpeme.

—¿Salvarme de qué?

—De él.

—¿Y quién me salva de usted?

Pestañea. Luego se ríe, en voz baja, como si hubiera hecho un chiste que le gusta.

—Tengo una hija de su edad —dice—. Si ella estuviera en su situación, querría que alguien le tendiera la mano. Nada más.

Saca una tarjeta de visita del bolsillo de la pechera. Cartulina blanca, el logo del BKA, un número de teléfono y otro debajo, a bolígrafo.

—El de abajo es mi móvil privado. De día o de noche. —Me tiende la tarjeta—. Supongo que le tiene el teléfono vigilado. Llame desde otro sitio. Una cabina, si queda alguna. Una cafetería. Diga solo su nombre.

Miro la tarjeta. La mano que la sostiene. El anillo de casado. Las uñas, cortas y limpias, más limpias que las de un hombre que trabaja al aire libre.

—¿Y si no llamo?

—Entonces rezaré por usted. —Vuelve a sonreír—. Y esperaré. Soy un hombre paciente.

Cojo la tarjeta.

Él la retiene un instante más de lo necesario. Solo un instante. Nuestros dedos se tocan en el borde del papel, y los suyos están cálidos y secos, y pienso en una mano húmeda sobre mi rodilla hace tres semanas, a unos metros de aquí, delante de este mismo confesionario.

Luego la suelta.

Se levanta, se abotona el abrigo y le hace un gesto con la cabeza a Agnes, allá arriba.

—Tiene razón —dice—. Sin la sonrisa, parece que sabe algo.

—Sí que sabe algo.

—¿Qué?

—Quién la está vigilando.

Me mira. Por un momento la sonrisa desaparece, y debajo hay algo liso, alerta, un rostro sin ningún cuadro pintado encima.

Después vuelve.

—Cuídese, señora Graf.

Se marcha. No por la puerta principal. Por la puerta lateral junto a la sacristía, la que debería estar cerrada y no lo está. Sus pasos son silenciosos sobre la piedra. No mira atrás.

Me quedo sentada en el banco, con el sobre en las rodillas, mirando la tarjeta que tengo en la mano.

Martin Reindl. Inspector jefe.

***

Andrej entra por la puerta un minuto después. Camina rápido, más rápido que de costumbre, y su mirada recorre la nave entera de una pasada, los bancos, las columnas, el confesionario, antes de detenerse en mí.

—El coche gris —dice con su voz áspera—. Dos vueltas a la manzana. Tengo la matrícula.

—Bien.

Mira el sobre que tengo en las rodillas.

Yo lo miro a él. Espera. Andrej siempre espera, igual que Lucian, solo que en él no parece una amenaza. Parece buena educación.

—Un hombre ha rezado —digo—. Y luego se ha ido.

No es mentira.

Andrej mira la puerta lateral. La puerta que debería estar cerrada. Su cara no cambia, pero se acerca, y lo oigo probar la cerradura, lo oigo echar el pestillo, lo oigo decir algo en serbio que no entiendo y que no suena a oración.

Aprovecho los diez segundos.

Doblo la tarjeta una vez por la mitad. Meto la mano bajo el jerséy, bajo la camiseta interior, y la guardo en el sujetador, a la izquierda, donde queda contra la piel, fresca y con los bordes afilados.

El sobre con las fotos va a mi bolsa de herramientas, entre los bastoncillos de algodón y los disolventes.

Cuando Andrej vuelve, ya estoy otra vez arriba, en el andamio.

Se detiene abajo, justo debajo de mí, y levanta la vista.

—Señora Graf.

—Mira —digo. Llevo tres semanas diciéndoselo.

—Señora Graf. —Lleva tres semanas contestándome lo mismo—. El coche gris pertenece a una empresa de Favoriten. Le daré la matrícula esta noche.

—Dásela.

—¿Y el hombre del tercer banco?

Apoyo la espátula contra la frente del cordero. La arrastro en un solo trazo hasta dejarla lisa, sin levantarla.

—Ese no te pertenece, Andrej.

Guarda silencio. Me mira un buen rato con esos ojos pálidos y cansados que han visto demasiado y que aun así bajan al suelo cada vez que le sostengo la mirada demasiado tiempo.

—No —dice al fin—. Le pertenece a él.

Luego vuelve a la puerta y se queda donde puede ver la puerta lateral y a mí a la vez.

***

Trabajo hasta las seis.

Trabajo bien. La frente del cordero queda lisa, la primera capa de masilla se seca y mañana podré pintar el ojo. La espátula se me acomoda en la mano igual que cualquier otro día.

La tarjeta reposa contra mi piel.

Se calienta despacio, igual que la jaulita aquella primera noche, cuando me la abroché al cuello. El papel se ablanda en los bordes. Lo noto con cada respiración, un recordatorio pequeño y afilado a la izquierda, encima del corazón.

Sé lo que haría ahora una mujer lista. Una mujer de esas películas que mi madre veía los domingos por la tarde. Llamaría. Desde una cafetería, desde una cabina. Diría: Sáqueme de aquí.

Yo no quiero salir de ninguna parte.

Quiero estar justo aquí, en este andamio, con este abrigo que él pagó, con un hombre en la puerta que moriría por mí y otro en una torre del Ring que mata por mí. Quiero volver a casa, y sé a qué casa me refiero.

Y aun así no tiro la tarjeta.

Lo ha visto. Por supuesto que lo ha visto.

He estado arriba, en la torre, conozco la pantalla cuatro y la pantalla cinco, la puerta principal y la nave lateral con mi andamio.

Ha visto a un hombre sentado en el tercer banco y me ha visto bajar.

Me ha visto coger algo. Lo único que no ha oído es lo que se ha dicho, porque el único micrófono de esta iglesia está debajo del reclinatorio del confesionario.

Así que lo sabe. La única pregunta es quién dice algo primero.

Lo único que sé es que Martin Reindl me miró como si fuera algo que uno saca en brazos de una casa en llamas. Algo pequeño. Algo que no sabe lo que hace.

Yo sé exactamente lo que hago.

Cuando bajo del andamio, alzo la vista hacia Agnes una vez más. Hacia la cara que tardé tres meses en descubrir. Ella mira a un lado, abajo, a la nave, al punto donde hace unas horas un hombre se sentó en el tercer banco y se ofreció a salvarme.

Ella no sonríe.

Yo sí.

Me pongo el abrigo. Apoyo la mano en la garganta. A la izquierda, bajo el jersey, la tarjeta, tibia de mi piel. Encima, la jaulita de oro, con su palabra y mi pecado.

Dos hombres me quieren. Los dos dicen que quieren salvarme.

Solo uno de los dos ha visto alguna vez quién soy.