CAPÍTULO 3
EL SALVADOR
POV: MIRA
El cordero ya no tiene ojos.
Un día de los años cincuenta, el agua se coló por el tejado de St. Hedwig, justo aquí, sobre la nave lateral izquierda.
A Agnes la perdonó; al cordero que lleva en brazos, no.
Donde antes estaba su cabeza, el yeso ha florecido como el moho en el pan, gris y blanco, y debajo no hay más que pared desnuda.
Llevo tres semanas sin poner un pie aquí. Mi andamio sigue montado. Mis botecitos siguen aquí, etiquetados con cinta de carrocero, bol rojo, creta, cola. Alguien les ha quitado el polvo.
Sé quién es ese alguien.
Me pongo los guantes y empiezo por la oreja.
Abajo, en la nave, reina el silencio. Una mujer, en el penúltimo banco, reza el rosario entre dientes, en polaco.
Un turista fotografía el púlpito. Andrej está junto a las puertas principales, con las manos en los bolsillos del abrigo, y no se mueve.
Revisó la sacristía antes de dejarme entrar, y el campanario, y la cripta, y el confesionario.
El confesionario, más tiempo que todo lo demás.
Lo miré cuando entramos. No pude evitarlo.
Roble, oscuro, pulido allí donde lo tocan las manos.
La cortina es nueva. Roja en lugar de verde.
La archidiócesis la mandó cambiar después de que encontraran dentro al padre Konrad, desplomado sobre la rejilla, con una garganta que ya no parecía una garganta.
Ahora, los martes se sienta ahí un sacerdote suplente, un anciano de Cracovia, y es duro de oído.
Miré la cortina roja nueva y no sentí más que un calor inmenso y silencioso. La iglesia huele a incienso, como siempre después de la misa temprana, y pensé en su garganta, en el punto bajo la oreja donde su olor es más fuerte.
«Lo hizo por ti».
Preparo la masilla. Creta, cola, un soplo de ocre. Extiendo la primera capa en el hueco donde estaba la oreja del cordero, la aliso y pienso en esta mañana.
Cuando me desperté, el dibujo había desaparecido.
Ni una palabra en el desayuno. Se tomó el café, leyó el periódico y le dictó a Andrej la lista de accesos, y yo, sentada enfrente, le miraba las manos y esperaba. Nada.
Luego se levantó y se puso la chaqueta. Y cuando se giró hacia la puerta, lo vi. En el bolsillo interior, sobre el corazón, una esquina de papel. Blanca, con el canto tiznado de carboncillo.
Se volvió en el umbral y me miró como si supiera exactamente dónde estaba mirando. Por supuesto que lo sabía.
Antes del desayuno volví a subir el cuaderno de bocetos a la torre, al cajón donde había estado dos años. Es su sitio. Con él. Lo único que me llevé fue esa página, y ahora él la lleva sobre el corazón.
Sigo trabajando la masilla y sonrío para mis adentros.
***
A las dos tengo la oreja. A las dos y media, la frente.
Trabajo con la lupa, tan cerca de la pared que noto cómo mi propio aliento me vuelve rebotado del yeso húmedo.
La mujer polaca se ha ido. El turista también.
Debajo de mí cruje un banco, pero los bancos siempre crujen en esta iglesia, crujen cuando el viento se apoya en las ventanas, crujen cuando se enciende la calefacción.
—Le quitaron la sonrisa.
No me giro de inmediato.
La voz es masculina, agradable, suave. Una voz con oficio en explicar cosas. Viene de abajo, del tercer banco, en diagonal bajo el andamio.
—La vi antes —dice la voz—. Hace unos años. Con mi hija, que entonces tenía doce. Dijo que la santa parecía una profesora encantada de que se te hayan olvidado los deberes.
Dejo la espátula sobre el tablón.
Está sentado en el tercer banco, con los brazos apoyados en el respaldo del banco de delante, como un hombre que no reza desde hace años y ya no sabe qué hacer con las manos.
Cuarenta y tantos. Un abrigo de pelo de camello, bien cortado pero no nuevo.
Pelo rubio con entradas en las sienes, peinado hacia atrás con esmero.
Una alianza que hace girar mientras me mira.
Tiene los ojos claros. Azules como tinta con demasiada agua.
—Nunca fue así —digo—. La sonrisa era un repinte. De mil novecientos doce.
—¿Y debajo?
—Debajo, ella sabe algo.
Asiente despacio, como si yo hubiera dicho algo muy inteligente.
—¿Puedo hablar un momento con usted, señora Graf?
Señora Graf. Lo dice con ligereza, como se dice un nombre que acabas de leer en un formulario. Nunca lo había oído en boca de un desconocido.
Miro hacia las puertas. Andrej no está. La puerta está entreabierta y, fuera, en la plaza, le veo la espalda, el pelo rubio platino, la barbilla apuntando hacia un coche gris que se detiene en la esquina por segunda vez.
—¿Quién es usted?
Se lleva la mano al abrigo. Despacio, con la mano abierta, como si supiera que la gente que me rodea echa mano de las armas muy rápido. Abre una cartera de cuero. Una identificación, un águila, una foto en la que es más joven y tiene más pelo.
—Martin Reindl. Inspector jefe. Policía Criminal Federal. —Cierra la cartera de golpe—. Dirijo un grupo especial. Internamente lo llamamos Grupo Especial Graf. No muy original, lo sé.
El corazón me late una vez, fuerte, contra la jaulita que llevo al cuello. Una sola vez. Luego bajo.
***
No me siento a su lado. Me siento en el banco de delante, de lado, con la espalda contra la columna, para poder verlo a él y las puertas y la cortina roja del confesionario. Se da cuenta. Y yo lo veo darse cuenta.
—No me tiene miedo —dice.
—¿Debería?
—No. Todo lo contrario. —Sonríe. Tiene una buena sonrisa, una sonrisa para reuniones de padres y conferencias de prensa—. Probablemente soy la única persona de esta ciudad a la que no tiene por qué tener miedo.
—¿Qué quiere?
—Mostrarle algo.
Se saca un sobre del abrigo. Marrón, de media cuartilla, sin cerrar. Lo deja sobre el respaldo del banco, entre los dos, y lo desliza hacia mí con dos dedos.
No lo abro.
—¿Sabe quién es su marido, señora Graf?
—Sí.
—¿De verdad lo sabe? —Su voz se vuelve aún más suave—. Lo llaman el Confesor. ¿Lo sabía? Porque la gente le cuenta todo antes de morir. Él cree que es una broma. Yo he visto a los que le contaron cosas.
Señala el sobre con la cabeza.
Lo abro.
Fotografías. Satinadas, de diez por quince, con un sello en la esquina.
La primera muestra el confesionario. La cortina vieja, la verde, apartada de un tirón.
Y detrás, el padre Konrad, en el asiento del sacerdote, la cabeza caída hacia delante contra la rejilla, las gafas doradas torcidas sobre la nariz.
Alrededor de la garganta le corre una línea oscura, roja y morada, con pequeñas marcas redondas, a intervalos regulares, como un collar de perlas.
Conozco esas marcas.
Las vi en mi propia cadera después de la torre, donde había estado su mano izquierda.
La segunda foto muestra un espacio de vigas de acero y aparejos de cables.
El subescenario de la Ópera Estatal. Un hombre de frac yace al borde de una plataforma elevadora, la pajarita blanca empapada de sangre.
No queda gran cosa de su cara. Lo reconozco por la mano derecha, tendida junto a él sobre el acero, los dedos doblados al revés, y en medio del dorso un pequeño agujero redondo.
Mi horquilla. Hundida hasta el crucifijo.
En la antesala de nuestro palco me acorraló contra el espejo y me puso la mano en el pecho.
Nenad Kovač.
Se rio, en el pasillo. Me susurró al oído lo que me haría cuando Lucian estuviera muerto.
Ya no se ríe.
Sostengo la foto y espero lo que una mujer normal sentiría en este momento. Asco. Horror. Esa náusea fría que sube reptando por la garganta.
No llega.
Lo que llega es otra cosa. Empieza detrás del esternón y se extiende, cálida, erguida, como la sensación de cuando una hoja de oro se asienta sobre el bol sin un solo desgarro y sabes que va a aguantar.
Orgullo.
Estoy orgullosa.
De cada una de las perlas en la garganta de Konrad.
De la sangre en la pajarita de Nenad. Del hecho de que un hombre camine por esta ciudad y liquide a cualquiera que me toque, y ni siquiera respire más deprisa al hacerlo.
Reindl me pone delante a su monstruo para asustarme. Yo lo miro y pienso: mío.
Y ese es el momento en que, por primera vez hoy, tengo miedo. De lo grande que es este sentimiento. De lo bien que me hace sentir.
«No estás enferma, Mira. Nunca lo estuviste. Eres exactamente lo mismo que él.»
Vuelvo a meter las fotos en el sobre. Con cuidado. Borde con borde.
—Ni siquiera tiembla —dice Reindl.
—Tengo el pulso firme. Es mi trabajo.
—Eso es el shock, señora Graf. —Se inclina hacia delante—. Es completamente normal. Lo he visto cien veces. Las mujeres que viven con hombres así se construyen un muro. No pueden evitarlo. Si no, se volverían locas.
Lo miro. No digo nada.
—El sábado murieron dos hombres en la Schillerplatz —dice—. Tiros en la cabeza, limpios, a bocajarro. Un tercero desapareció. Hay testigos que vieron cómo lo metían a rastras en un coche negro. Sangraba por el cuello.
—Fue un mal día.
—Una testigo, una jubilada que paseaba al perro, dice que después una joven rubia se lavó las manos en la nieve. Junto al monumento. Con toda tranquilidad. Como si estuviera enjuagando pinceles.
—Ese día había mucha nieve.
—Sí. —Me sonríe con indulgencia—. No creo que sea una asesina, señora Graf. Creo que se defendió. Eso es una diferencia. Ante un tribunal, una diferencia enorme.
«No tiene ni idea de lo que soy.»
—Sé cómo acabó en esa casa —dice en voz baja—. Sé lo de su padre. El casino. El papel que firmó. Sé que tenía once euros en la cuenta y una orden de desahucio en el buzón. Sé que no tenía elección.
«No sabe nada.»
—No tenía elección —repite, como si fuera una absolución—. Nadie se lo va a reprochar. Pero ahora sí tiene una.
—¿Y cuál sería?
—Protección de testigos.
Las palabras quedan suspendidas entre los dos en el aire frío de la iglesia.