Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo final #2
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Capítulo final #2

No había dramatismo en ella. Ninguna frase diseñada para herir. Solo una letra firme y un tono que, por primera vez, parecía pertenecer a una mujer que escribía desde el presente y no desde una tumba.

Lady Helena Coligan, duquesa de Coldhaven,

Samuel llegó ayer a Ashford House con una maleta rota, tres libros, un tirachinas que asegura no haber usado dentro de una iglesia y la firme convicción de que los perros entienden mejor las órdenes si se les grita en latín.

Ha roto ya dos jarrones. No los buenos, lo cual demuestra cierto criterio. Habla demasiado durante el desayuno y se niega a admitir que teme dormir solo, aunque deja la puerta abierta con una excusa distinta cada noche.

Julian lo habría adorado.

Yo estoy aprendiendo.

A.

Helena sonrió.

No una sonrisa de triunfo.

Algo más tranquilo.

—¿Buenas noticias? —preguntó Wolf, acercándose.

—Aveline ha adoptado a Samuel finalmente.

Él leyó la carta cuando ella se la ofreció.

—Ha roto dos jarrones.

—No los buenos.

—Un niño prudente.

—O muy afortunado.

Wolf dobló la carta con cuidado y se la devolvió.

—¿Te alegra?

Helena miró por la ventana hacia el huerto.

—Sí. Más de lo que esperaba.

—Bien.

—Creo que seremos buenas vecinas.

—Eso aterrorizará a Bristol y a mi madre.

—Y a mí—añadió la tía Ágatha, que había estado pendiente de todo.

Helena rio.

Aquella tarde, después de que los niños fueran alejados del arroyo por tercera vez y Tiger acusara a Briarcombe de fomentar conductas salvajes, Helena y Wolf se retiraron a la biblioteca de Nathaniel.

El cuarto olía a cera, papel viejo y sol de final de verano. Habían llevado allí una alfombra nueva desde Bristol, pero la mesa seguía siendo la misma. La silla de Nathaniel también. Helena no había querido cambiarlas. Algunas cosas necesitaban permanecer para que las nuevas pudieran tener sentido.

Wolf se inclinó sobre un estante.

—¿Este libro va a Coldhaven?

—No. Ese se queda aquí.

—¿Por qué?

—Porque en Coldhaven se portaría mal.

—¿La libreta de los sueños también se queda aquí?—preguntó Wolf, sacando su vieja libreta del cajón, aquella llena de viajes y vestidos de mujer rica.

—No, creo que eso podemos llevárnoslo.

Wolf asintió y la dejó sobre la mesa de cosas que se iban a llevar.

Helena, en cambio, se apoyó en la mesa.

El cansancio volvió de pronto, ligero pero insistente. Cerró los ojos un instante.

Cuando los abrió, Wolf ya estaba mirándola.

—Helena.

—No empieces.

—No he empezado nada.

—Has dicho mi nombre como si fueras a llamar a un médico, contratar a tres enfermeras y ordenar a la señora Pottle que hierva algo.

—Pensaba preguntar si querías sentarte.

Ella lo observó.

Él esperó.

Como siempre ahora.

Como si la pregunta fuera su forma de decir te amo en el idioma cotidiano.

—Sí —admitió.

Wolf acercó una silla.

No hizo comentario alguno cuando ella se sentó.

Aquello fue inteligente por su parte.

Por desgracia, Perla Colligan apareció en la puerta cinco minutos después y no tenía intención de ser tan discreta.

—Querida —dijo—, he enviado a buscar al doctor Finch.

Helena levantó la vista.

—¿Perdón?

—El doctor Finch está en Ashcombe esta semana, según me ha informado el señor Barrow. Me ha parecido oportuno que la vea, pues me ha dicho que es amigo de la familia.

Wolf se puso completamente inmóvil.

—Madre.

—No uses ese tono conmigo, Wolf. Lo he oído desde tres cunas a la vez y nunca me impresionó.

Helena sintió calor en el rostro.

—No estoy enferma.

Perla la miró con una ternura demasiado sabia.

—No he dicho que lo estés.

La señora Pottle, que pasaba por el corredor con una bandeja, murmuró:

—Algunas cosas no son enfermedad, gracias a Dios.

Helena cerró los ojos.

—¿Todo el mundo lo sabe menos yo?

Wolf se giró hacia ella.

Esta vez no había control en su rostro.

Solo una esperanza tan desnuda que a Helena se le apretó el pecho.

El doctor Finch llegó una hora después.

Fue cortés.

Fue discreto.

Fue insoportablemente amistoso para Wolf y encantadoramente amable para Helena.

Helena pasó veinte minutos respondiendo preguntas, permitiendo que le tomara el pulso y escuchando frases prudentes sobre señales, cuidados, descanso y alimentación. Cuando terminó, el médico sonrió de una manera que habría sido imperdonable si no hubiera sido un viejo amigo.

—Felicidades, duquesa.

Helena no respondió.

No al principio.

Se quedó sentada en la habitación de su padre, con las manos sobre la falda, oyendo la palabra dentro de sí como si perteneciera a otra mujer.

«Felicidades».

No pérdida.

No deuda.

No deber.

No refugio.

Vida.

Algo nuevo.

Algo que empezaba.

Matthew Finch salió para hablar con Wolf, pero Helena se levantó antes de que llegara a la puerta.

—No —dijo—. Se lo diré yo.

El médico inclinó la cabeza.

—Por supuesto, ¿se lo puedo decir a los señores Bell y a Peter?

—Oh, sí, estarán contentos.

—Yo también lo estoy, Helena. Muchas felicidades.

—Gracias, Finch.

Encontró a Wolf en el huerto, sin hacer nada.

Naturalmente.

Estaba junto al bancal de lechugas, aunque parecía no tener la menor idea de qué hacía allí. Tenía el rostro hacia la casa y las manos cerradas a los lados.

Helena caminó hacia él despacio.

Él la vio y dio un paso.

Luego se detuvo.

Preguntando sin palabras.

Helena llegó hasta él.

—El doctor Finch dice que debo descansar más.

Wolf palideció.

—¿Estás enferma?

—No.

—Helena.

Ella tomó su mano y la colocó sobre su vientre. Todavía no había casi nada que notar, apenas una leve diferencia bajo la tela, un secreto que empezaba a dejar de existir como tal. Wolf bajó la vista hacia su propia mano y luego volvió a mirarla a ella.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, como si intentara comprender algo demasiado grande para abarcarlo de una sola vez.

Helena observó cómo buscaba palabras, cualquier palabra, una explicación razonable, una pregunta, una de esas frases firmes que siempre parecían acudir en su ayuda cuando el mundo se volvía incierto.

Pero no encontró ninguna. Por primera vez desde que lo conocía, Wolf Colligan parecía completamente incapaz de hablar.

Helena sintió que los labios le temblaban al verlo así, tan desarmado, tan lleno de una emoción que no intentaba ocultar.

Entonces él volvió a mirar su vientre, después a ella, y una felicidad tan limpia, tan absoluta, apareció en su rostro que Helena comprendió que jamás olvidaría aquel instante mientras viviera.

—Parece que vamos a tener un hijo—dijo ella, al fin.

Wolf siguió mirándola. Lo hizo una vez, y luego otra, como si aquellas palabras acabaran de llegarle desde muy lejos y necesitara desentrañarlas poco a poco. Como si no estuviera escuchando únicamente una frase, sino intentando comprender todo lo que había detrás de ella.

—¿Es cierto?

Helena asintió.

—Eso dice Matthew Finch.

Wolf cerró los ojos.

Su mano no se movió de su vientre.

Cuando los abrió de nuevo, había en ellos una felicidad tan simple, tan pura, que Helena tuvo que parpadear para no llorar.

—Un hijo —dijo él.

—O una hija.

La expresión de Wolf cambió.

—Dios nos proteja si se parece a Cecily... o a ti.

Helena soltó una pequeña risa que se quebró a mitad de camino.

Wolf la rodeó con los brazos y la atrajo hacia él despacio, sin brusquedad, como si temiera romper aquel instante y, al mismo tiempo, hubiera dejado de temer que ella se apartara.

La estrechó contra su pecho con una ternura que Helena no recordaba haber visto nunca tan claramente en él.

Ya no había cautela ni distancia ni la necesidad constante de protegerse detrás de la prudencia.

Solo felicidad. Una felicidad tan sencilla y tan inmensa que le transformaba el rostro. Helena apoyó la frente contra él y cerró los ojos un instante. Escuchó el latido firme de su corazón y sintió cómo los brazos de Wolf la rodeaban con una seguridad distinta a cualquier otra que hubiera conocido.

No era la protección de un duque, ni la lealtad de un soldado, ni el peso de una deuda antigua. Era el abrazo de un hombre que acababa de descubrir que el futuro le ofrecía algo que no tenía que ganarse, reparar o salvar. Algo que simplemente podía amar.

—¿Estás feliz? —preguntó ella, aunque ya lo sabía.

Wolf besó su cabello.

—No sé cómo hacerlo bien.

—¿Ser feliz?

—Ser padre.

Helena cerró los ojos.

—Entonces aprenderemos.

—Preguntaré mucho.

—Eso espero.

—Probablemente demasiado.

—Eso también lo espero.

Él apoyó la mano otra vez sobre su vientre.

—Nathaniel habría estado insoportable.

Helena rio suavemente.

—Habría escrito un sermón sobre zanahorias, nietos y la providencia.

—Y habría corregido mi postura moral.

—Sin duda.

Wolf miró hacia la casa.

—Me habría gustado que lo viera.

Helena siguió su mirada.

Briarcombe, bajo la luz del atardecer, parecía casi dorada. Las ventanas abiertas reflejaban el cielo. De la chimenea subía una fina columna de humo. Desde la cocina llegó una exclamación de la señora Pottle, seguida de la risa de Tiger y una orden severa de Tim que nadie obedeció.

Nathaniel no estaba allí.

Y, de algún modo, sí.

En los libros.

En el huerto.

En la casa que había vuelto a vivir.

En la hija que ya no huía.

En el hombre que había aprendido a amar sin convertir el amor en una jaula.

—Te amo, Wolf Colligan —dijo Helena.

Wolf la besó.

La familia seguía dentro, probablemente discutiendo sobre nombres, herencias, cunas, médicos y la posibilidad de impedir que Tiger enseñara al futuro niño cualquier cosa antes de los dieciocho años.

Helena apoyó una mano sobre su vientre y otra sobre la de Wolf.

Bristol los esperaba.

Coldhaven House también.

Colligan House, con su ruido, sus niños y sus duques imposibles.

Y Briarcombe.

Siempre Briarcombe.

Ya no tendría que elegir una casa para negar la otra. Ya no tendría que escoger entre ser Helena Vane y Helena Colligan.

Podía ser ambas. Podía ser más.

Briarcombe ya no era un escondite.

Bristol ya no era una prisión.

Y el futuro, por primera vez en muchos años, no parecía una deuda que pagar.

Parecía un futuro libre de cargas.