Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo final
96%

Capítulo final

Briarcombe había aprendido a presumir.

No de un modo vulgar. La casa no tenía recursos para la vulgaridad.

El tejado seguía inclinándose con cierta falta de vergüenza, la puerta trasera continuaba cerrando solo cuando se le hablaba con firmeza, y una de las ventanas del ala oeste había decidido que abrirse a la primera era una concesión indigna de su antigüedad.

Pero, aun así, Briarcombe presumía.

Lo hacía en los cristales limpios, en las cortinas claras, en la hiedra recortada junto al muro sur y en el huerto, que a finales de verano se había convertido en una pequeña nación verde bajo el gobierno severo de la señora Pottle y la supervisión orgullosa del señor Barrow.

Helena estaba arrodillada junto a las zanahorias cuando comprendió que la casa ya no parecía un lugar al que una mujer acudía para esconderse.

Parecía un lugar al que una mujer volvía.

Aquello la obligó a quedarse quieta unos segundos.

No porque la idea doliera.

Porque no dolía.

Seis meses atrás, Briarcombe había sido barro, goteras, cansancio y orgullo herido.

Ahora era tierra removida, ventanas abiertas, pan enfriándose en la cocina, libros de Nathaniel ordenados sin demasiada obediencia y un marido que había aprendido a preguntar antes de mandar arreglar media propiedad.

—Señora —dijo Barrow desde la cerca—, si mira esas zanahorias con tal severidad, no crecerán rectas por miedo.

Helena alzó la vista.

—¿Está usted acusándome de intimidar hortalizas?

—Jamás me atrevería, señora.

—Lo ha hecho con bastante claridad.

—Entonces culparé a la edad.

Barrow llevaba el sombrero ladeado, los anteojos torcidos y una satisfacción casi paternal en el rostro. Briarcombe no era rica. Probablemente jamás lo sería. Pero los libros de cuentas empezaban a parecer menos un tratado sobre la resignación y más una propuesta razonable para sobrevivir.

—Las zanahorias están mejor que el mes pasado —dijo Helena.

—Todo está mejor que el mes pasado, señora.

Helena sonrió.

—No permita que la señora Pottle lo oiga. Pensará que nos estamos volviendo optimistas.

—La señora Pottle no cree en el optimismo antes de las diez.

—Ni después.

—Tampoco.

Helena se puso en pie con más lentitud de la que habría querido.

Llevaba unos días cansándose con facilidad.

Culpa del calor, había dicho. Del viaje desde Bristol, quizás.

De las visitas familiares. De la obstinación del huerto.

De cualquier cosa menos de la posibilidad que Perla Colligan observaba desde hacía semanas con demasiada atención.

No pensaría en eso.

Todavía no.

Se sacudió la falda y miró la casa.

Briarcombe estaba viva.

No perfecta.

Viva.

—¿Desea que dejemos ese bancal para el otoño? —preguntó Wolf a su espalda.

Helena se giró.

Él venía del sendero que bajaba desde la casa, con la chaqueta sobre un brazo y las mangas de la camisa remangadas. Aquella visión aún tenía el poder de desordenarle los pensamientos, lo cual ella consideraba una falta grave de disciplina matrimonial.

—¿Me lo preguntas a mí? —dijo.

Wolf se detuvo junto a ella.

—Estoy practicando.

—Mejoras.

—Lentamente.

—Eso también.

Él miró el huerto con gravedad.—La señora Pottle dice que si plantamos más lechugas, Tiger exigirá derechos de autor sobre ellas.

—Tiger exige derechos sobre todo aquello que logra volver ridículo.

—Entonces media Inglaterra está en peligro.

Helena rio.

Wolf la miró.

Ya no con sorpresa, como al principio, como si la risa de ella fuera una rareza que hubiera que conservar en una caja. La miraba con placer. Con esa forma callada y profunda que tenía de demostrar que algo le importaba demasiado.

—¿Cuánto tiempo quieres quedarte? —preguntó él.

Helena lo observó.

Aún le resultaba nuevo. Aquellas preguntas. Aquella espera. Esa manera de dejar el futuro abierto entre ambos sin cerrarlo con su decisión antes de que ella alcanzara siquiera la puerta.

—Hasta las primeras lluvias fuertes —respondió—. Después Bristol.

—¿Colligan House o Coldhaven House?

—Primero Colligan House. Tu madre espera que me someta a una cena familiar completa y ha escrito "completa" subrayado dos veces.

—Eso suele significar que nadie puede huir.

—Después Coldhaven House —añadió Helena.

Wolf se quedó un poco más quieto.

—¿Estás segura?

—Sí.

Coldhaven House ya no la asustaba como antes.

No del todo. La había visitado varias veces durante aquellos meses.

Al principio solo por una tarde. Después por dos días.

Habían abierto habitaciones cerradas, cambiado cortinas, retirado la lavanda que aún aparecía en rincones olvidados y convertido una salita fría en un lugar donde Helena podía leer sin sentirse una visitante educada en su propio matrimonio.

Wolf no había ordenado nada.

Había preguntado.

A veces demasiado.

Helena había descubierto que tener un marido que preguntaba podía ser tan agotador como tener uno que decidía, aunque bastante más satisfactorio.

—Podríamos llevar algunos libros de mi padre a Coldhaven —dijo ella.

Wolf asintió.

—¿Cuáles?

—Los menos peligrosos.

—¿Tenía libros peligrosos?

—Diría que sí.

Wolf sonrió un poco.

—Entonces todos.

Helena le tocó la manga con los dedos.

Un gesto pequeño.

Cotidiano.

Suyo.

Desde el camino llegó el ruido de carruajes.

Barrow, que había empezado a retirarse con la discreción de un hombre que no quería presenciar ternuras ducales entre judías, se detuvo.

—Visitas, señora.

Helena miró a Wolf.

—¿Cuántos Colligan caben en un carruaje?

—Depende de si Tiger ha traído a las niñas.

—Entonces demasiados.

No eran todos, gracias a Dios y a la misericordia de las niñeras.

Pero sí suficientes para que Briarcombe, que había conocido años de calma por abandono, se viera invadida en cuestión de minutos por voces, pasos, risas y el viejo perro Milton, pero que parecía compartir su filosofía de ocupar el peor lugar posible.

Tiger bajó primero.

—Briarcombe sigue en pie —dijo, mirando la fachada mientras cargaba con Rose—. Me conmueve su tenacidad y me inquieta su rencor.

Cassandra descendió detrás de él, hermosa como siempre, con un sombrero demasiado elegante para Somerset y una expresión de mujer dispuesta a no permitir que su marido insultara edificios ante testigos débiles.

—Te advertí que no empezaras antes de saludar.

—Estoy saludando a la casa. Tiene más carácter que muchos parientes.

Bear y Eleanor llegaron en el segundo carruaje, acompañados de sus dos hijos que fueron capturados por una niñera antes de que Cecily y Honora lograran iniciar una expedición militar hacia el arroyo.

Perla apareció con Tim en el tercero, porque naturalmente Perla no dejaba que otros organizaran su llegada si podía convertirla en acontecimiento.

La casa se llenó de vida.

Y Helena, para su propia sorpresa, no se sintió desplazada.

Se sintió ocupada.

Reclamada.

Parte del desorden.

—Querida —dijo Perla, besándole la mejilla—. Tienes buen color.

Helena se puso en guardia.

—Es el sol.

—Por supuesto.

Cassandra, a sus espaldas, fingió mirar las rosas.

La señora Pottle apareció en la puerta de la cocina con un delantal impecable y la expresión de quien iba a alimentar a un batallón solo porque ninguna autoridad competente había impedido la llegada.

Tiger inclinó la cabeza ante ella.

—Señora Pottle. Me alegra encontrarla viva y gobernando.

—Milord. Veo que no ha mejorado.

—No he deseado hacerlo.

—Eso se nota.

Tim, que acababa de ayudar a Perla a subir los escalones, se giró hacia su hijo.

—Tiger, no provoques a la cocinera antes de comer. Es una regla que incluso tú deberías comprender.

—Padre, he construido una vida sobre desafiar reglas razonables.

—Y todos hemos sufrido las consecuencias.

Bear intentó imponer orden.

Los niños corrieron.

Eleanor rio.

Cassandra le quitó a Tiger el sombrero antes de que lo dejara sobre una bandeja de pan.

Perla dio tres instrucciones sin levantar la voz y organizó a la casa entera en menos de un minuto a pesar de que no había traído con ella ningún criado, por petición expresa de Wolf y por miedo de Helena.

Y entonces apareció la tía Agatha, con otro carruaje más viejo, pero no menos caro.

No entró con los demás. Naturalmente que no. Lady Agatha Ashford jamás habría consentido mezclarse con una entrada familiar tan desordenada cuando podía aparecer medio minuto después y hacer que pareciera una decisión estratégica.

Llevaba un sombrero negro, un bastón que no necesitaba y una expresión de absoluta desaprobación.

—Veo que Briarcombe sigue en pie —dijo al entrar sin ser anunciada por ningún mayordomo, pues no existía—. Contra todo pronóstico y, sospecho, contra su propia voluntad.

—Tía Agatha —dijo Wolf—, es un honor recibirla.

—El honor es que hayas de dejado de mirarnos a todos como si quisieras enterrarnos.

Wolf permaneció junto a Helena.

—¿Demasiado? —preguntó él.

Ella miró el diminuto vestíbulo de la rectoría lleno de Colligan, sombreros, cestas, risas, niños, una tía Agatha juzgando el techo con ferocidad profesional y la señora Pottle amenazando con enviar a varios duques al establo si pisaban su cocina.

—No —dijo—. Justo lo bastante.

Comieron en el salón, porque la cocina era impensable.

Hubo burlas sobre las lechugas. Muchas. Demasiadas.

Tiger propuso fundar una sociedad para protegerlas de su influencia política.

Bear dijo que no firmaría nada sin leerlo antes.

Cassandra opinó que esa era la razón por la que los hombres no debían estar a cargo de nada.

Perla declaró que el huerto de Helena era más sensato que el Parlamento.

Después de la comida, cuando la casa se dispersó entre jardín, biblioteca y salón, un criado de Coldhaven House entregó una carta.

Helena reconoció la escritura.

Aveline .

Se apartó hacia la ventana y abrió el sobre.

La carta era breve.