Capítulo 19 #2
Helena no estuvo presente porque había ido al tocador, pero más tarde Wolf se lo contaría con la misma brevedad con que contaba las cosas que más le importaban.
Aveline le entregó un pequeño reloj de plata. Había pertenecido a Julian. Wolf lo había encontrado entre los restos de la enfermería y se lo había dado años atrás, junto con lo poco que pudo recuperar.
—Lo he llevado conmigo como si fuera una prueba —dijo Aveline—. De lo que perdí. De lo que usted me debía. Creo que ya no lo necesito.
Wolf miró el reloj, pero no lo tomó al principio.
—No me pertenece.
—No. Pero la culpa tampoco le pertenecía entera. Y aun así la cargó.
Él cerró los dedos alrededor del reloj y se lo devolvió.
—Creo que yo tampoco lo necesito ya.
Aveline inclinó la cabeza.
—Entonces quizás pueda entregárselo a Samuel cuando sea mayor. Para que sepa que hubo hombres buenos en Kalmara. Más de uno. Lord Coldhaven.
—Lady Aveline.
Aquello fue todo.
Y fue suficiente.
La última recepción de Bath se celebró aquella misma noche con menos discursos y más champán.
La ciudad, que dos días antes había llegado dispuesta a diseccionar una separación ducal, parecía ahora encantada de celebrar la firmeza de un matrimonio que nunca había comprendido.
La prensa observaba con una avidez menos venenosa.
Los políticos ya hablaban de fondos reorganizados.
Las viudas, más prácticas que todos ellos, habían empezado a preguntar cuándo llegaría el dinero.
Helena permaneció en el salón rodeada de los Colligan.
Perla conversaba con una marquesa como si pudiera dirigir el destino de tres condados sin alterar el abanico.
Tim discutía inversiones con dos empresarios y parecía disfrutar cada cálculo.
Bear y Eleanor formaban una imagen de estabilidad tan evidente que varias damas los miraban con envidia.
Tiger y Cassandra eran, como siempre, una amenaza bellamente vestida.
Y Wolf estaba a su lado.
No encima.
No delante.
A su lado.
Cuando un periodista se acercó demasiado, Wolf no lo hizo desaparecer con una mirada asesina, aunque Helena sospechó que la tentación existió. Esperó.
Helena fue quien habló.
—Mañana enviaré al comité una lista de mujeres que deben participar en la distribución de los fondos —dijo al periodista—. Puede imprimir eso si necesita llenar espacio.
Tiger, que pasaba cerca, murmuró: —Cuidado, cuñada. Así empiezan las revoluciones.
—Con mujeres sensatas, espero —respondió Helena.
Wolf la miró de esa forma suya, quieta, profunda.
No dijo nada.
No necesitó hacerlo.
Más tarde, cuando la recepción empezó a dispersarse, Helena salió a una terraza que daba a las luces de Bath. El aire de la noche era fresco y olía a lluvia. Wolf la siguió, no de inmediato. Le concedió unos minutos. Después apareció junto a ella.
—¿Quieres volver al salón? —preguntó.
Helena negó con la cabeza.
—Quiero volver a Bristol.
Wolf se quedó muy quieto.
—¿Qué?
Ella miró la ciudad iluminada.
—Quiero volver a Bristol.
—Helena...
—No porque sea mi obligación. No porque sea duquesa. No porque tú lo necesites. Y no porque Bath haya decidido esta semana que nuestro matrimonio merece una tregua periodística.
Wolf no se movió.
Helena volvió hacia él.
—Quiero volver porque yo lo he decidido. Porque quiero intentarlo. Porque no pienso seguir viviendo como si cada casa fuera una prisión o una huida.
La expresión de Wolf cambió con tanta lentitud que casi le rompió el corazón.
—¿Estás segura?
—No del todo.
La boca de él se suavizó.
—Eso empieza a parecer una costumbre.
—Una costumbre saludable.
—Entonces acepto Bristol.
—No he terminado—Él se quedó atento. Helena respiró hondo—. También quiero Briarcombe.
Wolf asintió despacio.
No como un hombre que concede.
Como un hombre que entiende.
—Sí.
—No como refugio para cuando no soporte tu mundo.
—No.
—Como nuestro hogar también.
—Sí.
—Pasaremos temporadas en Bristol. Y temporadas en Briarcombe. No pienso perder una casa para conservar la otra.
—No tendrás que hacerlo.
La rapidez de su respuesta la desarmó.
—Antes habrías intentado organizarlo todo en diez minutos.
—Probablemente.
—¿Y ahora?
Wolf miró hacia Bath.
—Ahora preguntaré qué habitaciones quieres reparar primero.
Helena sonrió.
No pudo evitarlo.
Y entonces, dijo: —Creo que llevo enamorada de ti mucho tiempo —Wolf dejó de respirar un instante. Helena siguió antes de que el valor la abandonara—. Solo estaba demasiado enfadada para admitirlo. Y demasiado herida. Y quizás demasiado orgullosa.
—Helena.
—No lo diga como si fuera a detenerme. Me ha costado llegar hasta aquí.
—Yo también —dijo Wolf entonces, dejando sin aliento a Helena.
—¿Desde cuándo?
Wolf tardó en responder.
—Eso es lo terrible.
—¿Qué?
—Que no lo sé. Quizás desde el principio. Quizás demasiado tarde. Quizás siempre, de alguna forma torcida que no supe reconocer.
Wolf tomó su mano.
Esta vez no esperó del todo.
Pero tampoco la atrapó.
La ofreció y la sostuvo cuando ella cerró los dedos.
—Te quiero, Helena.
La frase fue sencilla.
Directa.
Sin adornos.
Precisamente por eso la dejó sin defensas.
Durante años había imaginado que, si alguna vez Wolf Colligan decía algo así, sonaría extraño en su voz. Demasiado grande. Demasiado torpe. Pero no fue así. Sonó como si hubiera estado allí mucho tiempo, esperando encontrar una posibilidad, una oportunidad.
Helena apoyó la mano libre sobre su pecho.
—Yo también te quiero.
Wolf cerró los ojos un instante, como si hubiera recibido un golpe que llevaba media vida esperando.
Después la besó.
No para demostrar nada a Bath.
No para acallar rumores.
No para corregir seis años de errores.
La besó porque podía.
Porque ella quería.
Porque por fin ambos lo sabían.
Ella apoyó la cabeza en su hombro cuando el beso llegó a su fin.
—Bristol ya no me parece tan terrible —murmuró.
—No.
—Briarcombe seguirá esperando.
—Sí.
—Y tú vas a preguntar antes de enviar criados, telas, carpinteros o ejércitos enteros.
—Intentaré limitarme a ejércitos pequeños.
Helena rio, y sintió la boca de Wolf rozarle el cabello.
Por primera vez desde que se convirtió en Helena Colligan, la idea de volver a Colligan House no le produjo miedo.
Le produjo felicidad.