Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

Bath, a media mañana, olía a piedra caliente, agua mineral y reputaciones en remojo.

Helena habría sonreído ante aquella idea si no hubiera estado demasiado ocupada intentando no parecer fascinada por el espectáculo de los Colligan reunidos en torno a las termas como si fueran una familia corriente y no una amenaza aristocrática organizada.

El salón de aguas estaba lleno de damas con sombreros, caballeros con bastones, inválidos esperanzados, viudas con acompañantes y médicos que parecían convencidos de que toda dolencia humana podía resolverse con suficiente agua tibia y una factura adecuada.

Los visitantes caminaban despacio bajo las columnas, bebían de vasos de cristal con expresión resignada y fingían que aquello no sabía a castigo antiguo.

Tiger fue el primero en probarla.

Miró el vaso.

Luego a su padre.

—Esto explica muchas cosas sobre la moral inglesa.

Tim Colligan le dirigió una mirada severa.

—Bébela.

—Padre, he sobrevivido a duelos, acreedores y a tres hijas con opiniones muy firmes sobre la hora de dormir. No pienso caer vencido por una fuente.

—Tiger —dijo Cassandra, sin apartar los ojos de un folleto médico—, bébela antes de que tu padre recuerde que todavía puede desheredarte de algo sentimental.

—No puede desheredarme de la fortuna Colligan. Wolf la ganó en esa apuesta indecente de nuestros padres.

—No fue indecente —dijo Perla, con una serenidad absoluta.

Bear, que permanecía junto a Eleanor con una mano en la espalda de su esposa, miró a su madre.

—Madre, apostasteis qué hijo se casaría primero porque, siendo trillizos, no podíais decidir de manera razonable quién heredaría qué.

—Exactamente —respondió Perla—. Fue una solución práctica.

—Fue una lotería matrimonial —dijo Tiger.

—Y tú perdiste con gran elegancia —añadió Cassandra.

—Me casé contigo. Yo diría que gané de forma escandalosa.

Cassandra lo miró con una mezcla de afecto y advertencia.

—Procura no usar esa expresión delante de las niñas.

Tim carraspeó. —Tiger, bebe el agua.

Tiger obedeció.

Hizo una mueca.—Si el Imperio se construyó bebiendo esto, deberíamos devolverlo por compasión.

Eleanor soltó una risa dulce de las suyas. Bear intentó mantener la dignidad y fracasó en la comisura de la boca. Incluso Wolf, de pie junto a Helena, dejó escapar una sombra de diversión.

Helena los miró a todos.

Bear, grande, serio, con aquella ternura torpe hacia Eleanor que parecía sorprenderlo todavía.

Tiger, brillante, sarcástico, vivo de una forma que convertía cada estancia en algo menos solemne.

Wolf, más callado, más oscuro, heredero de una fortuna que nunca había pedido y de culpas que nadie le había impuesto con tanta dureza como él mismo.

Tres hermanos nacidos casi al mismo tiempo.

Tres hombres rotos de maneras distintas.

Tres duques que el mundo llamaba héroes porque era más cómodo que llamarlos supervivientes. Aunque en Bristol, por supuesto, seguían llamándolos los«Duques Salvajes».

Y, alrededor de ellos, una familia que los amaba con todas sus diferencias.

Helena había creído durante años que Wolf pertenecía por completo a aquel mundo. A aquella seguridad, aquel apellido, aquella riqueza , aquella forma de ocupar espacio sin disculparse.

Solo ahora comprendía que también él había estado buscando su sitio entre los Colligan.

Quizás los dos habían sido, cada uno a su manera, menos Colligan que los demás.

Y aun así, estaban allí.

Aceptados.

Amados.

Helena había descubierto que las famosas aguas de Bath resultaban mucho menos emocionantes de lo que imaginan quienes nunca han visitado Bath.

Nadie nadaba. Nadie chapoteaba. Nadie aparecía con la menor intención de mostrar tobillos de forma escandalosa.

Los visitantes recorrían las galerías de las termas vestidos exactamente igual que en cualquier otro paseo respetable: caballeros con levita y sombrero, damas con vestidos de mañana, guantes y sombrillas.

Después bebían aquella agua de aspecto inocente y sabor criminal mientras fingían disfrutarla.

—Querida, no has probado el agua—le dijo Perla, sacándola de su reflexión.

—Estoy reuniendo valor.

—No esperes a tener demasiado. En esta familia, el exceso de valor suele acabar en matrimonios complicados.

—O en apuestas sucesorias —murmuró Bear.

—Ravenshire —advirtió Perla—, puedo desheredar a todos mis hijos de mi afecto durante una tarde completa.

—Sería devastador —dijo Tiger—. Especialmente para Wolf, que se alimenta de aprobación materna y oscuridad.

Wolf miró a su hermano.

—Puedo ahogarte en menos de un minuto.

Tim señaló a Tiger con el bastón.

—No obligues a tu hermano a mejorar el ambiente de Bath.

Helena rio.

No se sintió invitada.

No aquella mañana.

Se sintió parte de ellos.

Un criado del hotel se acercó con una bandeja. Sobre ella había una tarjeta. Helena la tomó, reconociendo la letra antes de leer el nombre.

Lady Aveline Morland solicitaba verla.

A solas.

Wolf, que había visto la tarjeta, se quedó inmóvil.

—No tienes que ir —dijo.

Helena lo miró.

—Pero deseo ir.

Esa fue la razón por la que fue.

Aveline la recibió, a media tarde, en una salita privada del hotel, lejos de las termas y de la multitud. No había periodistas. No había damas escuchando tras abanicos. No había público que pudiera decidir una vencedora.

Solo dos mujeres.

Aveline estaba de pie junto a la mesa desprovista de flores o de jarrones.

Vestía de azul oscuro. No parecía enferma ni derrotada, pero sí cansada de una forma nueva.

No la fatiga de una noche sin dormir, sino la de alguien que lleva años aguantando algo demasiado doloroso y acaba de descubrir que podría soltarlo sin caer al suelo.

—Gracias por venir —dijo lady Aveline, sin guantes en las manos.

Helena inclinó la cabeza.

—Ha pedido verme.

—Sí.

—Entonces supuse que por una vez deseaba hablar conmigo de verdad, no como la primera vez en Londres. O mejor, que no deseaba hablar de mí con otras personas.

Aveline aceptó el golpe sin apartar la mirada.

—Lo merecía.

—No he venido para ser cruel.

—Yo sí lo he sido.

Helena no respondió enseguida.

La claridad de aquella frase era más difícil que cualquier defensa.

—Sí —dijo al fin—. Lo ha sido.

Aveline cerró los dedos sobre el borde del mantel blanco. El encaje se arrugó bajo su mano, aunque su rostro permaneció sereno, como siempre.

—Nunca quise a Wolf Colligan.

—Lo suponía.

—No siempre lo supuse yo. O quizás no quise saberlo. Era más sencillo creer que deseaba algo que usted tenía. Un marido. Un nombre. Un lugar junto a él.

—¿Y no lo deseaba?

Aveline giró la vista hacia la calle.

—Deseaba la vida que Julian debía haber tenido conmigo. Deseaba despertar un día y no ser la viuda de Kalmara. Deseaba que alguien pudiera devolverme al hombre que perdí. Y como nadie podía hacerlo, necesitaba que alguien pagara por ello.

—Wolf estaba ahí.

—Sí. Vivo. Poderoso. Honrado. Parcialmente culpable, si una mira solo el resultado y no la noche entera. Me salvó la vida y dejó a Julian allí. Ambas cosas son ciertas. Durante años elegí mirar solo una.

Helena sintió que la rabia, que había esperado encontrar intacta, se volvía más compleja. No desaparecía. No debía desaparecer. Pero cambiaba de forma.

—Él no dejó de sufrir por haber vivido—dijo Helena.

—Lo sé ahora.

—No. Creo que empieza a saberlo.

Aveline aceptó aquella corrección.

—Es posible.

Hubo una pausa.

—Voy a adoptar a un niño —dijo Aveline.

Helena la miró con sorpresa.

Aveline pareció avergonzarse un poco, lo cual la hizo parecer más joven.

—Un huérfano de Kalmara del que me ha hablado un reverendo estos días.

Tenía parientes en Bath, pero nadie que quisiera hacerse cargo de él de forma permanente.

El comité hablaba de colocarlo en una institución.

Yo... —Se detuvo—. No tengo hijos. Julian y yo hablábamos de ellos. Creíamos que habría tiempo.

Helena sintió un dolor pequeño y limpio.

—¿Cómo se llama?

—Samuel.

—¿Cuántos años tiene?

—Ocho—Aveline bajó la mirada—. No sé si seré una buena madre.

—Nadie lo sabe antes de intentarlo.

—Usted habla como su padre.

Helena sonrió un poco.

—Él lo habría dicho mejor que yo.

Esa vez, Aveline sí sonrió. Poco. Casi nada.

Pero fue real.

Luego su rostro volvió a componerse.

—Durante años creí que Wolf se había casado con usted por deber.

Que si hubiera querido, podría haber hecho lo mismo por mí —Helena guardó silencio—.

Necesitaba creerlo —continuó Aveline—. Porque era más fácil enfadarme con él que aceptar que Julian había muerto y que nadie podía cambiarlo.

También era más fácil pensar que Wolf tenía una vida perfecta mientras yo sufría.

Ahora sé que no era verdad —El aire entre ambas cambió.

Aveline se giró hacia Helena por completo—. No puedo deshacer lo que hice.

—No, no puede.

—Tampoco puedo prometer que mañana seré una mujer distinta. No soy tan noble.

—Eso sería sospechoso.

La boca de Aveline se curvó un instante.

—Pero tampoco quiero seguir haciéndolo. No quiero seguir usando su matrimonio como si fuera el campo donde entierro mi duelo. Y somos vecinas en Bristol, aunque eso quizás sea una desgracia para ambas. Me gustaría que, algún día, pudiéramos ser buenas vecinas.

Helena la miró durante un largo momento.

No olvidaba Half Moon Street y las palabras dolorosas que esa mujer le dijo.

No olvidaba el artículo.

No olvidaba el modo en que aquella mujer había tocado su herida con tanta precisión.

Pero comprendía.

Y, a veces, comprender era una forma más difícil de perdón.

Se acercó y abrazó a Aveline.

La viuda se quedó rígida al principio.

Después, poco a poco, cedió.

No lloró.

Helena tampoco.

No hacía falta.

Aveline vio a Wolf poco después, esperando a Helena en una galería de su hotel.

La conversación duró menos de lo que cualquiera habría esperado.