Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

La familia Colligan estaba alrededor de ella como una muralla que fingía no serlo.

Bear hablaba con un coronel. Eleanor escuchaba a una viuda anciana.

Tiger estaba haciendo reír a un hombre que, según Cassandra, no había reído desde Waterloo, lo cual quizás era culpa de Waterloo o de su digestión.

Tim había encontrado un buen número de empresarios con los que hablar.

Perla dominaba una esquina del salón sin moverse de ella.

Wolf, en cambio, permanecía cerca de Helena, como un marido atento.

Aquello también lo notó.

Un veterano se acercó a ella cuando la recepción empezaba a dispersarse. Era un hombre de rostro curtido, cabello gris y una rigidez en una pierna que le obligaba a apoyarse en un bastón sencillo.

—Duquesa de Coldhaven.

—Señor...

—Hale, milady. Sargento Thomas Hale, antes del regimiento del coronel Ashby. Estuve en Kalmara.

Helena sintió que Wolf, a pocos pasos, se quedaba muy quieto.

—Conoció a mi padre —dijo ella.

—Sí, milady. Y a Su Excelencia también. Aunque él quizás no se acuerde de mí.

—Me acuerdo —dijo Wolf.

El sargento inclinó la cabeza.

—Entonces recordará que no todos obedecimos como debimos aquella noche.

—Recuerdo que nadie obedeció lo suficiente y que demasiados sobrevivieron por pura falta de disciplina.

El hombre sonrió un poco, satisfecho con la respuesta.

Luego volvió a Helena.

—Quería decirle algo. Sobre el reverendo Vane —Helena esperó—. Su Excelencia volvió por él —Ella no entendió—. ¿Perdón?

—Después. Cuando las barcazas ya habían cruzado y los disparos se habían alejado. No aquella misma noche; habría sido suicidio incluso para un Colligan. Pero volvió con cuatro hombres al amanecer siguiente. Buscó el cuerpo del reverendo. Lo encontró entre lo que quedaba de la escuela y la capilla.

Helena no podía mirar a Wolf.

No todavía.

—Yo estuve allí —continuó Hale—. Su Excelencia no dejó que lo llevaran como un cuerpo cualquiera.

Se quitó la chaqueta para cubrirlo. Cavó parte de la tumba él mismo, aunque tenía la pierna abierta y fiebre.

Cuando un oficial dijo que no había tiempo para ceremonias, Su Excelencia lo hizo callar de un modo que el hombre recordará en el infierno.

Luego dijo unas palabras. No muchas. No era predicador.

Pero dijo su nombre completo. Nathaniel Vane.

Y dijo que había salvado vidas, incluida la suya propia.

Helena sintió que el salón se alejaba.

—Nunca me lo dijo —murmuró.

Hale bajó la mirada un instante.

—Siempre supuse que Su Excelencia se lo habría contado.

Wolf tampoco habló.

Eso fue peor.

El veterano apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Ayer dijo que su padre no debía convertirse en una estatua, milady. Tiene razón. Pero tampoco fue olvidado. No por todos.

Cuando el hombre se alejó, Helena giró hacia Wolf.

—¿Es cierto?

—Sí.

—¿Volviste por él?

—Sí.

—¿Lo enterraste?

—Con ayuda.

Aquella respuesta, tan suya, la enfureció de un modo que nada tenía que ver con Kalmara y todo con seis años de matrimonio.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Wolf no apartó la vista.

—Porque no lo hice por ti.

Helena soltó una risa breve, incrédula.

—Precisamente por eso deberías habérmelo dicho.

Él no respondió.

—Wolf, me diste la carta de mi padre, me diste un apellido, una casa, protección, médicos, carbón, distancia, respeto... y omitiste decirme que habías vuelto por el cuerpo de mi padre. ¿No entiendes la diferencia?

—No quería convertirlo en una deuda más.

—¡No era una deuda! Era amor.

La palabra quedó entre ellos.

Helena se calló de golpe.

Wolf también.

No habían dicho te quiero.

No aún.

Pero aquella palabra había entrado en el espacio entre ambos y ninguno pudo fingir no haberla oído.

Helena bajó la voz.

—Ocultar las cosas buenas no las vuelve menos importantes. Solo las vuelve invisibles. Y yo pasé años creyendo que no había nada que ver.

Wolf pareció recibir cada frase sin defensa.

—Creí que si sabía que había hecho eso por él, pensaría que todo lo demás también venía de la misma obligación.

—¿Y no era así?

—No.

La respuesta salió baja.

Helena no se movió.

Wolf miró hacia el salón, como si necesitara sacar las palabras de algún lugar difícil.

—La deuda ya estaba pagada antes de casarme contigo. Entregué la carta de despedida. Te saqué de Bath. Te puse a salvo. Hice callar a quienes te amenazaban. Podría haber buscado otra solución. Un tutor. Una casa protegida. Dinero a tu nombre. Mi madre. Mis abogados. Habría sido más sensato.

Helena apenas respiró.

—Entonces ¿por qué lo hiciste?

Wolf volvió a mirarla.

—Porque te vi en aquella pensión con dos vestidos decentes, la espalda demasiado recta y el valor de alguien que aún no sabía cuánto le iba a costar mantenerse de pie. Y pensé que no soportaría dejarte en manos de nadie más.

Helena sintió que el mundo se volvía pequeño.

—Eso no es una respuesta razonable.

—No.

—Usted suele tener respuestas razonables.

—Esta no lo fue nunca.

No dijo nada más porque no hacía falta. La respuesta estaba allí, entre ellos, más clara de lo que había estado nunca, y Helena la comprendió.

Comprendió también por qué no lograba aliviar del todo el peso que llevaba dentro.

Habían perdido demasiados años para que una sola verdad bastara.

Habían llegado hasta aquel momento tarde, como llegaban siempre las cosas importantes entre ellos, después de demasiados malentendidos, demasiados silencios y demasiadas conclusiones equivocadas.

Lo que Wolf acababa de darle era valioso, quizás más de lo que él mismo imaginaba, pero no podía devolverles de golpe todo lo que habían dejado atrás.

Aquella noche, mientras los Colligan cenaban en uno de los salones reservados del hotel, Helena y Wolf salieron a caminar por los jardines iluminados de Bath.

No estaban solos; siempre había alguien en Bath fingiendo tomar aire mientras escuchaba asuntos ajenos.

Pero entre los árboles y las lámparas encontraron un tramo más tranquilo.

No hablaron de Aveline.

Ni de periódicos.

Ni de Kalmara al principio.

—¿Qué pensaste de mí en Bath? —preguntó Helena —Wolf la miró—. La primera vez.

—Pensé que eras demasiado joven.

—Qué halagador.

—Y demasiado orgullosa para dejar que nadie viera tu miedo.

Helena caminó unos pasos.

—Yo pensé que eras frío.

—Lo era.

—No. Creo que pensé que eras frío porque eras un duque, no porque tuvieras tanto dolor ni tantos sentimientos.

Wolf tardó en responder.

—Quizás no estabas equivocada.

Pasaron junto a una fuente. El agua recogía la luz de las lámparas en pequeños reflejos dorados.

—También pensé que eras guapo —añadió Helena.

Wolf se detuvo.

Ella siguió andando dos pasos más antes de mirar atrás.

—¿Eso te sorprende?

—Sí.

—Qué insulto a mi criterio.

—Creí que me encontrabas intimidante.

—Una cosa no excluye la otra.

La boca de Wolf se suavizó.

—Yo pensé que tenías los ojos más insolentes que había visto en una mujer que fingía ser dócil.

Helena lo miró, ofendida y divertida al mismo tiempo.

—Yo nunca fingí ser dócil.

—Sí lo hacías, pero muy mal.

Aquello le arrancó una risa.

No grande.

No perfecta.

Real.

Wolf la miró como si aquella risa valiera más que cualquier ovación del comité.

Siguieron caminando.

Hablaron de cosas pequeñas. De la pensión de Bath que habían visto de pasada al llegar a la ciudad y en que se habían conocido.

Del primer desayuno incómodo. De cómo Helena había odiado las cortinas de Coldhaven House.

De cómo Wolf recordaba cada perfume que ella había dejado de usar.

De los bollos de canela que comía escondidas.

De las lechugas, naturalmente, porque Tiger jamás permitiría que un vegetal con semejante importancia política cayera en el olvido.

Por primera vez, no parecían dos personas revisando heridas.

Parecían dos personas descubriendo una historia que siempre había estado allí, escondida bajo un matrimonio dormido.

Más tarde, sin despedirse del resto de la familia, se retiraron a la habitación de Wolf, juntos.

—Cuando te marchaste a Briarcombe, pensé que estaba perdiendo a mi esposa—confesó Wolf, cerrando la puerta de la habitación tras él —Helena se quedó quieta. Wolf sostuvo su mirada—. Ahora creo que fue entonces cuando empecé a encontrarla.

Helena, por primera vez en seis años, no tuvo miedo de lo que sentía por Wolf Colligan.

Lo que la aterraba era la posibilidad de que él sintiera exactamente lo mismo.