Capítulo 18
Tiger entró en el comedor privado del hotel con tres periódicos bajo el brazo y la expresión de un hombre que había encontrado un arma, un juguete y una excusa para ser insoportable antes del desayuno.
Helena, que aún no había decidido si el té de Bath merecía el nombre de té o debía ser denunciado ante alguna autoridad competente, levantó la vista.
—Eso no parece prometedor.
—Al contrario, querida cuñada. Parece impreso.
Cassandra dejó la taza sobre el platillo.
—Tiger.
—Todavía no he dicho nada ofensivo.
—Precisamente por eso estoy interviniendo a tiempo.
Wolf estaba sentado junto a Helena. No enfrente. No al otro lado de la mesa. Junto a ella.
—"La duquesa de Coldhaven conmueve a Bath".
Helena cerró los ojos.
—Dios mío.
—No invoque a Dios todavía. El segundo es mejor. "Lady Helena desafía a la viuda de Kalmara". Menos elegante, pero más vendible.
—Tiger —advirtió Cassandra.
—Y mi favorito —continuó él, abriendo el tercero—: "La hija del reverendo Vane da voz a los olvidados".
Helena se quedó inmóvil.
Wolf giró la cabeza hacia ella.
No dijo nada.
Por una vez, Tiger tampoco.
Aquellas palabras no dolían como habría esperado. No del todo. Había en ellas algo extraño, casi imposible de aceptar. No hablaban de ella como esposa abandonada. No como duquesa ausente. No como mujer reemplazable. Hablaban de ella. De su padre. De lo que había dicho.
Como si su voz hubiera existido de verdad.
Tiger se dejó caer en una silla.
—Jamás imaginé que las lechugas de Briarcombe acabarían provocando una crisis política.
Helena soltó una pequeña risa.
—Yo tampoco.
—Las lechugas son inocentes —dijo Wolf.
Tiger lo miró con gravedad.
—Ninguna lechuga relacionada con esta familia es inocente.
La puerta se abrió antes de que Cassandra pudiera contestar, y Larkin apareció en el umbral con una dignidad que ni siquiera Bath podía mejorar.
—Sus Excelencias el duque y la duquesa de Ravenshire. Lady Perla y lord Tim Colligan.
Wolf se levantó de golpe.
—No.
—Qué bienvenida tan conmovedora —dijo Bear desde la puerta.
Eleanor entró a su lado, bella, serena, con aquella dulzura suya que no tenía nada de débil.
Tras ellos aparecieron Tim y Perla Colligan.
Tim parecía haber viajado con la única intención de comprobar que sus hijos seguían vivos y de encontrar un brandy aceptable.
Perla, en cambio, entró como entraban las mujeres que jamás llegaban tarde al centro de una crisis familiar.
—No era necesaria vuestra presencia —dijo Wolf.
Perla se quitó los guantes.
—Querido, si solo fuéramos donde somos necesarios, la vida social inglesa se derrumbaría en quince días.
Tim besó la mejilla de Helena.
—Mi nuera favorita, has provocado que tres periódicos hablen con admiración antes del almuerzo. Eso merece café, si este establecimiento sabe lo que hace.
Helena no esperaba sentir ganas de llorar.
No de tristeza.
Quizás de alivio.
Eleanor la abrazó con suavidad. —Estuviste magnífica.
—Fui imprudente.
—Una cosa no quita la otra, pero yo también debo felicitarte —dijo Bear.
Wolf miró a su hermano mayor por unos segundos.
Bear le sostuvo la mirada.
—Vinimos porque somos Colligan —añadió—. No tenemos mejor explicación.
—Ni peor —dijo Tiger.
Perla se acercó a Helena y le tomó las manos.
—Estoy orgullosa de ti.
La frase fue sencilla. No teatral. No maternal en exceso. Precisamente por eso alcanzó un lugar que Helena no tenía bien protegido.
—Gracias —dijo, porque no se le ocurrió nada más.
—Y ahora —continuó Perla—, desayunemos antes de que Tiger lea otra cosa en voz alta y alguien decida prohibir la prensa por motivos de salud familiar.
A unas calles de allí, en otro hotel, Lady Aveline Morland también tenía periódicos sobre la mesa.
Tres.
Los mismos, quizás.
Ninguno le había dado lo que esperaba.
Había imaginado titulares severos. Una discusión pública sobre los Colligan, sobre Kalmara, sobre ducados construidos sobre cenizas. Había esperado que su discurso empujara al comité hacia una culpa útil, hacia fondos reales, hacia una incomodidad que obligara a hombres importantes a moverse.
No había esperado que todo Bath hablara de Helena.
No porque Helena la hubiera destruido.
Eso habría sido más fácil de odiar.
No. Helena había hablado de amor.
De un padre que no quería estatuas. De personas, no de causas. De nombres. De hambre. De carbón. De niños. De viudas que necesitaban cartas correctas antes que discursos correctos.
Aveline dobló uno de los periódicos con mucho cuidado.
La rabia no se había ido.
Seguía allí, como un huésped que llevaba tantos años instalado que ya conocía la casa mejor que su dueña.
Pero algo había cambiado.
La rabia ya no parecía tan segura de sí misma.
Se puso en pie y caminó hasta la ventana.
Bath brillaba bajo la mañana, elegante e indiferente.
En la calle, una dama reía mientras subía a un carruaje.
Aveline pensó en Julian. En su risa. En la primera vez que le dijo que pensaba ir a África y ella le respondió que entonces tendría que casarse con él antes de partir, porque no pensaba permitirle morir heroicamente sin haberla convertido antes en una viuda legítima.
Qué jóvenes habían sido.
Qué insoportablemente seguros de que la bondad protegía de algo.
Un golpe suave sonó en la puerta.
—No recibo visitas —dijo.
La puerta se abrió de todos modos.
Lady Perla Colligan entró.
Aveline giró despacio.
—Lady Perla.
—Lady Aveline.
—Creí haber dicho que no recibía visitas.
—Y yo creí haber criado hijos sensatos. Todas sufrimos desilusiones.
Aveline no sonrió, aunque quizás en otro tiempo lo habría hecho.
—Si ha venido a defender a su nuera o a su hijo...
—Helena se defendió sola ayer con bastante eficacia. No necesita que yo la convierta en menos impresionante. Y mis hijos ya no necesitan esconderse tras mis faldas, si es que alguna vez lo hicieron.
—Entonces ¿a qué ha venido?
Perla avanzó hasta el centro de la habitación. Llevaba un vestido gris oscuro y una expresión tranquila. Aveline comprendió, no por primera vez, de dónde había aprendido Wolf esa forma de no retroceder.
—Somos vecinas en Bristol —dijo Perla—. Y las vecinas, por desgracia, tienen deberes.
—¿También cuando se detestan?
—Especialmente entonces. No me gustaría volver a tener por vecinos a personas tan desagradables como Robert Ashford y su esposa antes de arrendar la propiedad.
Entiendo que tomó la casa para permanecer cerca de nosotros, quizás con la intención de observarnos o incluso de perjudicarnos si se presentaba la ocasión.
Aun así, jamás la he creído una mujer ruin, ni tan insensata como lo fueron ellos.
Aveline se acercó a la mesa y apoyó una mano sobre el periódico.
—No me arrepiento de nada de lo que he hecho.
—No he dicho que deba hacerlo.
—Perdí a mi marido.
—Lo sé.
—No. Usted tiene hijos vivos. Esposo vivo. Nietos. Una casa llena de personas que entran sin llamar y creen que eso es afecto. No sabe lo que sé yo. No sabe nada sobre mi soledad...
—No me creo que tenga algún interés romántico en Wolf.
—No, no lo tengo. Solo quería...
—Lo que tiene Helena, y es injusto y despreciable. Wolf la salvó.
—Me dejó sola.
Por primera vez, algo en el rostro de Perla se volvió más severo.
—Tiene razón. No sé lo que es perder a un marido en Kalmara.
Pero sé algo de hijos con secuelas que vuelven a casa convertidos en hombres a los que una debe amar con cuidado para no asustarlos.
Y sé algo de mujeres que confunden el dolor con justicia porque, si no lo hacen, lo único que les queda es el dolor.
Aveline apartó la vista.
—No busco su compasión. Ni la de Wolf. Solo digo que por su culpa...
—Al principio, quizás. Wolf ha hecho muchas cosas por culpa. Comer poco. Dormir menos. Guardar heridas como si fueran objetos de familia. Casarse, tal vez. Pero quedarse seis años no fue culpa.
Aveline volvió a mirarla.
—Usted no sabe eso.
—Soy su madre. Sé más de lo que mis hijos consideran conveniente.
—Él nunca la eligió.
—Querida, durante años Wolf no fue capaz de elegir a nadie. Ni siquiera a sí mismo.
Aveline cerró la mano sobre el periódico.
Perla continuó, más baja:
—No perdió contra Helena. Nunca fue una competición. Usted estaba luchando por un lugar que no existía. Wolf no pertenecía a Helena cuando se casó con ella, eso es cierto. Pero tampoco le pertenecía a usted. Ni a Kalmara. Ni a la Corona. Apenas se pertenecía a sí mismo.
Aveline sintió un cansancio tan grande que casi tuvo que sentarse.
—¿Y ahora?
Perla la miró con una compasión que no intentó disfrazar de cortesía.
—Ahora usted ama a su difunto esposo, del mismo modo que él ama a su esposa. Puede odiar a mi hijo durante el resto de su vida o perdonarlo por haber hecho cuanto estuvo en su mano en una situación en la que muchos otros habrían corrido únicamente hacia su propia salvación.
Aveline no respondió.
No porque no tuviera una réplica.
Porque la frase no la atacó.
La atravesó.
Esa tarde, durante una recepción más pequeña en uno de los salones del hotel, Helena descubrió que las personas podían cambiar de opinión con una rapidez desconcertante cuando los periódicos les daban permiso.
Damas que el día anterior la habían mirado como una esposa abandonada se acercaban ahora para felicitarla con sinceridad variable.
Un clérigo le pidió su opinión sobre la administración de un fondo.
Dos viudas quisieron saber si sería posible escribirle.
Un empresario, después de saludar a Wolf, se dirigió a Helena para preguntarle si creía que el comité debía incluir mujeres en la distribución de recursos.
Helena miró a Cassandra.
Cassandra levantó las cejas, como diciendo: ahí tienes tu salón, duquesa de Coldhaven.