Capítulo 17 #2
Wolf giró hacia ella.
No la detuvo.
Cassandra inclinó la cabeza, apoyándola.
Tiger murmuró algo que pudo ser una oración o una grosería, Helena se inclinó por lo segundo.
Helena avanzó hasta el pasillo central.
El presidente del comité la vio y se puso pálido.
—Duquesa de Coldhaven...
—Quisiera decir unas palabras —dijo Helena.
Su voz no fue alta.
No hizo falta.
La sala la escuchó porque nadie esperaba que hablara.
Aveline permaneció de pie en el estrado.
Sus ojos se encontraron.
Helena subió los dos escalones y se situó junto a ella. No la miró más. Miró a la sala.
Durante un instante volvió a sentirse la muchacha de Bath. La hija del misionero muerto. La mujer perseguida por preguntas, periódicos y hombres convencidos de saber qué debía hacerse con ella.
También pensó en su pariente, Elias Vane, asesinado; y en cómo ella, aunque le doliera aceptarlo, había sobrevivido gracias al apellido de su esposo.
De hecho, allí, en medio de todo, comprendió cuánto le debía. Y no por deber. No ya.
Por amor.
Luego pensó en Briarcombe.
En las lechugas.
En la señora Pottle.
En el anillo guardado en una caja.
Y en Wolf esperando.
—Mi padre se llamaba Nathaniel Vane —empezó, empoderándose—. Y si estuviera aquí, lo primero que haría sería encontrar una silla incómoda, sentarse en ella y fingir que no le duele la espalda porque habría una anciana cerca con más derecho a quejarse.
Algunas personas parpadearon.
No era el comienzo que esperaban.
—No era un santo —continuó Helena—. Ruego a quienes deseen recordarlo que no cometan esa crueldad.
Los santos son más fáciles de admirar y mucho menos molestos.
Mi padre era terco. Discutía con médicos, oficiales, cocineras, niños y con cualquier persona que pretendiera convertir el sufrimiento ajeno en una frase hermosa.
La sala seguía muy quieta.
Helena no buscó a Wolf.
No todavía.
—Murió en Kalmara. Eso es cierto. Murió salvando a un hombre. También es cierto. Pero mi padre no murió para ser usado. Ni por la Corona. Ni por periódicos. Ni por los Colligan. Ni por Lady Aveline. Ni siquiera por mí.
Aveline se tensó a escasos metros de ella.
Helena la sintió a su lado.
No se giró.
—Si desean honrarlo, no lo conviertan en mármol.
Recuerden lo que hacía. Preguntaba nombres.
Preguntaba quién tenía hambre, quién necesitaba carbón, qué niño no sabía leer, qué viuda no había recibido la carta correcta, qué soldado volvía sin saber dónde dormir.
No hablaba de causas cuando tenía personas delante.
Una mujer en la segunda fila llevó un pañuelo a los labios.
—No puedo hablar por todos los muertos de Kalmara —dijo Helena—. Nadie debería arrogarse ese derecho con demasiada facilidad. Pero puedo hablar de mi padre. Y les aseguro que Nathaniel Vane no desearía que su nombre sirviera para dividir a los vivos. Ya hay demasiados muertos para eso.
Miró entonces a Aveline.
No con odio.
Con dolor.
—El dolor no se vuelve más puro porque consiga herir a alguien más.
La frase cayó entre ellas.
Aveline palideció un poco.
Helena volvió a la sala.
—Si este comité desea hacer algo útil, empiece por dejar de hablar de los sacrificios como si fueran propiedad de quienes tienen mejor voz.
Pregunten a las viudas con menos recursos qué necesitan.
Pregunten a los veteranos dónde viven. Pregunten a los hijos de los muertos cómo se llamaban sus padres.
Y cuando tengan sus respuestas, hagan algo con ellas.
No sabía cómo terminar.
Aquello habría preocupado a una duquesa bien educada.
Helena ya no estaba segura de querer ser esa clase de duquesa.
—Mi padre habría dicho algo más largo —concluyó—. Tengan la bondad de agradecer que yo no heredé todos sus defectos.
Hubo una pausa. Después llegó un sonido pequeño, una risa contenida que rompió la tensión de la sala.
Luego alguien aplaudió. No fue un aplauso grande ni entusiasta, sino algo tímido, casi cauteloso.
Pero era real. Y a ese le siguió otro. Y después otro más, hasta que el murmullo de las palmas llenó el salón.
Helena bajó del estrado antes de que pudiera arrepentirse de algo de lo que había dicho. Sentía las mejillas calientes y el corazón golpeándole las costillas con una fuerza impropia de una mujer de su edad.
Entonces lo vio.
Wolf estaba de pie.
No aplaudía.
La observaba.
Y aquello resultó mucho peor.
O mucho mejor.
Más íntimo que cualquier ovación.
Aveline no se movió durante varios segundos. Cuando al fin volvió al centro del estrado, su rostro seguía intacto. Pero algo en ella había cambiado. Helena no habría sabido decir qué.
Después del acto, Bath se convirtió en una gran habitación llena de personas que fingían no estar comentando lo único que comentaban.
Los periodistas escribían con renovada urgencia.
Los políticos repasaban mentalmente declaraciones que apenas unas horas antes les habían parecido brillantes.
Las viudas buscaban a Helena con la mirada, como si quisieran comprobar que seguía allí, que era de carne y hueso y no una figura nacida de su propia necesidad de justicia.
Las conversaciones flotaban por el salón en susurros. Cada vez que Helena pasaba cerca de un grupo, las voces descendían un tono para volver a elevarse en cuanto se alejaba.
Un veterano de cabello blanco y espalda encorvada se abrió paso entre los asistentes. Llevaba las condecoraciones prendidas a la chaqueta oscura, gastadas por el tiempo. Al llegar ante ella, inclinó la cabeza con una solemnidad que parecía pertenecer a otra época.
—Gracias, milady —dijo—. Su padre habría estado orgulloso, milady.
Helena no supo contestar.
Cassandra la rescató de tres damas, Tiger de un empresario demasiado conmovido para ser breve, y Wolf de nadie, porque Wolf no la interrumpió ni se colocó delante. Permaneció cerca. Lo bastante para que ella supiera que estaba allí. No tanto como para quitarle espacio.
Eso también le importó.
Lo encontró más tarde en una galería lateral, junto a una ventana que daba a los jardines de Bath. O quizás él la encontró a ella. Helena había salido porque necesitaba aire que no oliera a flores caras, tinta y emoción pública.
—Ha sido imprudente —dijo él.
Helena cerró los ojos un instante.
—Wolf.
—Y magnífico —Ella lo miró. Él estaba muy serio. Demasiado—. Hoy he conocido a tu padre —dijo.
Helena se quedó inmóvil.
De todas las cosas que habría esperado oír, aquella no estaba entre ellas.
—Tú lo conociste en Kalmara.
—No —dijo Wolf—. Lo vi morir. No es lo mismo.
Helena sintió que algo se le aflojaba por dentro.
Wolf miró hacia el jardín.
—Hoy lo he conocido un poco.
No había ninguna declaración en aquellas palabras. Ninguna disculpa capaz de borrar los años perdidos, los silencios o las heridas. No pretendían reparar nada ni cambiar el pasado.
Y, sin embargo, mientras lo observaba, Helena comprendió que quizá era una de las cosas más íntimas que Wolf le había dicho jamás.
Porque no había orgullo en ellas.
Ni estrategia.
Ni siquiera defensa.
Solo verdad.
Una verdad sencilla, desnuda y tardía, pronunciada por un hombre que había pasado media vida escondiéndose detrás de uniformes, títulos y responsabilidades.
Y, por alguna razón, aquello la conmovió más de lo que habría hecho cualquier promesa.
—Era insoportable —dijo ella, porque si no decía algo sencillo, quizá se rompería.
La boca de Wolf se suavizó.
—Empiezo a sospechar que esa cualidad es hereditaria.
—Ten cuidado, Wolf.
—Lo intento.
Durante unos segundos miraron juntos el jardín. No se tocaron. No hacía falta. O quizás sí, pero ninguno se atrevió.
—No defendí a los Colligan —dijo Helena.
—Lo sé.
—Tampoco a ti.
Wolf volvió la cabeza.
—Lo sé.
—Defendí a mi padre.
—Sí.
—Y aun así...
—¿Sí?
Helena lo miró.
—Y aun así, de algún modo, creo que también te defendí a ti.
Wolf no respondió.
Pero su rostro cambió.
Y Helena comprendió que él también lo sabía.
Al otro lado del hotel, en una habitación privada cedida a los oradores, Lady Aveline Morland estaba sola.
El primer boletín de la tarde reposaba sobre la mesa. No era aún el artículo completo, solo una hoja rápida, escrita para circular entre quienes no podían esperar al día siguiente para alimentarse de lo ocurrido.
Aveline leyó su propio nombre.
Leyó el de Helena.
Leyó la frase: "La intervención inesperada de la duquesa de Coldhaven dio rostro humano a lo que hasta entonces había sido debate político."
Permaneció con la hoja entre los dedos.
Se dijo que no había sido derrotada. La derrota tenía otras formas, más limpias y definitivas. Aquello era peor.
Helena no la había atacado. No había suplicado. No había defendido con desesperación a su marido ni exigido compasión para sí misma. Se había limitado a hablar de su padre y, al hacerlo, la había desarmado sin necesidad de rozarla siquiera.
Aveline cerró los ojos y el pasado acudió a ella con una claridad insoportable.
Volvió a ver las llamas devorando la noche, el humo espesándolo todo, el caos, los gritos.
Vio a Julian. Vio a Wolf Colligan cubierto de ceniza, sacándola de entre los restos mientras ella luchaba por regresar y salvar a su marido.
Durante años había odiado a Wolf porque seguía vivo, porque ella seguía viva.
Había odiado a Helena porque ocupaba un lugar que, en su mente, solo existía gracias a una muerte.
Había convertido a ambos en los rostros de una injusticia que nunca había sabido dónde depositar.
Sin embargo, aquella mañana, mientras observaba a la duquesa de Coldhaven hablar ante toda Bath, algo había comenzado a resquebrajarse.
Porque no había visto a una rival. Tampoco a una usurpadora.
Había visto a una hija. A una mujer marcada por la misma tragedia, perseguida por las mismas desgracias, obligada a cargar con pérdidas que no había elegido.
La puerta se abrió al fondo de la habitación y alguien preguntó si se encontraba bien.
Aveline no respondió de inmediato. Bajó la vista hacia la hoja del periódico que sostenía entre las manos y volvió a leer algunas líneas.
Las palabras no habían cambiado, pero ella sí.
Y, por primera vez desde Kalmara, Lady Aveline Morland empezó a preguntarse si llevaba años librando una guerra contra las personas equivocadas.