Capítulo 17
La mañana llegó a la habitación del hotel con una luz demasiado pálida para ser amable.
Helena abrió los ojos despacio y tardó unos segundos en recordar dónde estaba.
No en Briarcombe, con sus vigas que protestaban y el olor a tierra familiar entrando por las ventanas.
No en la habitación de su padre. No en aquella cama estrecha donde había pasado tantas noches convencida de que la soledad podía, al menos, ser elegida.
Bath.
El hotel.
La reunión.
Aveline.
Y Wolf.
Wolf estaba a su lado.
Dormía boca arriba, con un brazo doblado junto a la almohada y el rostro hacia ella.
La luz de la mañana suavizaba los ángulos severos de su cara, aunque no lo volvía menos Wolf.
Ni dormido parecía un hombre fácil. Tenía el cabello oscuro revuelto, una sombra en la mandíbula y una marca leve entre las cejas, como si incluso en sueños discutiera con algo que no estaba dispuesto a obedecer.
Helena permaneció inmóvil.
Wolf abrió los ojos.
No se sobresaltó. No habló enseguida. Solo la miró, y en aquella mirada gris había algo tan sincero que Helena sintió el impulso absurdo de tocarle el rostro.
No lo hizo.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días.
La formalidad de la frase habría sido ridícula si no hubiera sonado casi tierna.
Wolf bajó la vista hacia la mano de ella, que descansaba sobre la sábana a medio camino entre ambos. No la tomó. No hizo nada. Esperó.
Helena movió los dedos primero.
Él cubrió su mano con la suya.
El gesto fue pequeño.
Peligroso.
—Hoy le toca hablar a Lady Aveline como viuda de las colonias inglesas, del honor del imperio —dijo Helena.
La mano de Wolf se tensó un poco sobre la suya.
—Sí.
—No haga nada terrible antes del mediodía.
—¿Terrible?
—Comprar periódicos. Amenazar periodistas. Arruinar a mujeres heridas.
La boca de Wolf se movió un poco.
—Intentaré moderarme.
—Qué consuelo tan escaso.
—Es el único que puede ofrecerle, mi señora.
—Si vuelve a llamarme«mi señora», lo ahogaré con la almohada.
—Entonces usted deje de tratarme con formalidad.
—De acuerdo, empecemos a tutearnos.
Wolf sonrió por primera vez en seis años. Helena se llenó de orgullo al verlo, luego recordó dónde estaban, lo que les esperaba y cuántas personas deseaban verlos fallar.
Retiró la mano.
Wolf la dejó ir.
Siempre la dejaba ir. Solo que ahora Helena empezaba a notar cuánto le costaba hacerlo y que no era frialdad, sino respeto. Y el respeto, en un matrimonio, era imprescindible.
En el desayuno, Tiger estaba insoportable.
Eso, según Cassandra, significaba que estaba nervioso.
—No estoy nervioso —dijo él, untando mermelada sobre una tostada con una tranquilidad insultante—. Estoy filosófico.
—La filosofía no suele necesitar tanta mermelada —respondió Cassandra.
—La buena sí.
Helena tomó asiento junto a Wolf. No al otro lado de la mesa. Junto a él. Nadie comentó el cambio. Tiger lo observó, por supuesto. Cassandra también. Ambos tuvieron la rara decencia de no decir nada.
Durante tres segundos.
—Una mañana conmovedora —dijo Tiger—. Nadie ha muerto, mi hermano no ha destruido Bath y mi cuñada se sienta a su lado sin parecer dispuesta a clavarle un cuchillo de mantequilla.
—El día solo empieza, querido cuñado —dijo Helena.
Tiger alzó la taza.
—Excelente espíritu.
—Lady Aveline hablará a las once —dijo Cassandra—. El salón estará lleno.
—¿De amigos? —preguntó Helena.
—De curiosos —respondió Tiger.
Wolf no había tocado casi nada de la comida.
Helena lo notó.
—No harás nada, Wolf, esta vez tienes que dejármelo a mí —le dijo en voz baja.
Él giró la cabeza hacia ella.
—¿Me lo ordenas?
—Te lo recomiendo.
—Eso requiere menos obediencia.
—Wolf.
—Me quedaré tranquilo.
Tiger dejó la tostada.
—Santo Dios. Anotad la fecha. Acaba de obedecer una instrucción matrimonial sin discutir durante veinte minutos.
—No era una instrucción —dijo Wolf.
—Eso empeora el milagro.
Helena no rio, pero algo dentro de ella se aflojó.
No bastante.
Nunca bastante.
El salón de conferencias del hotel parecía diseñado para convertir la caridad en espectáculo.
Había hileras de sillas ocupadas por damas de negro, militares retirados, políticos de rostros serios, periodistas con cuadernos discretos y benefactores cuyos chalecos costaban probablemente más que la pensión anual de algunas viudas presentes.
En el estrado, una mesa larga sostenía jarras de agua, papeles, flores y una cantidad de solemnidad cuidadosamente colocada.
Helena se sentó entre Wolf y Cassandra.
Tiger ocupó el otro lado de Cassandra, aunque se inclinó hacia Helena antes de que empezara el acto.
—Recuerde, querida cuñada: si alguien dice "sacrificio nacional" más de tres veces, tiene usted permiso moral para dormirse.
—No voy a dormirme.
—Entonces es mejor mujer que yo—dijo Cassandra.
Wolf no sonrió.
Su mirada estaba fija en el estrado.
Aveline Morland ya estaba allí.
No en el centro.
Todavía no.
Se encontraba sentada a un lado, con las manos enguantadas sobre el regazo y el rostro paciente. Vestía de gris azulado, sin joyas salvo aquel broche oscuro que parecía más una declaración que un adorno. No parecía una mujer a punto de atacar.
Parecía una mujer a punto de cumplir un deber.
Aquello la hacía más peligrosa.
El presidente del comité habló primero. Un caballero de mejillas rosadas, voz redonda y mirada complacida consigo misma. Habló de fondos, gratitud, deberes imperiales y memorias honorables. Nadie podría haberlo acusado de decir nada indecente. Tampoco de decir nada útil.
Después habló un coronel retirado.
Luego un político.
Luego una dama que administraba un refugio para huérfanos y que, al menos, mencionó cifras reales.
Y entonces anunciaron a Lady Aveline Morland.
La sala cambió.
No de forma ruidosa.
Peor.
Con expectación casi morbosa.
Aveline se levantó y caminó hasta el centro del estrado. No llevaba notas visibles. O, si las llevaba, no las necesitó al principio. Se detuvo ante los presentes, miró la sala y esperó el tiempo exacto para que todo el mundo sintiera que lo que iba a decir importaba.
Helena no quiso admirarla.
Lo hizo.
—Señoras y caballeros —empezó Aveline—, se nos ha pedido hoy que hablemos de ayuda.
Es una palabra noble. También es una palabra cómoda.
Permite reunir fondos, escribir listas, organizar comités y marcharse después a casa con la sensación de haber tocado el dolor sin mancharse demasiado las manos —Nadie se movió.
Tiger dejó de parecer divertido—. Yo no vengo a hablarles de números —continuó Aveline—.
Los números son necesarios, desde luego.
Pero los muertos rara vez se sienten honrados por una columna bien sumada.
Vengo a hablar de nombres. De hombres que no regresaron.
De mujeres que aprendieron a abrir cartas con miedo.
De niños que crecieron con retratos en lugar de padres.
De heridas que no se ven porque Inglaterra prefiere que sus tragedias vistan de forma imperial.
Helena sintió que la sala se inclinaba hacia ella.
Aveline hablaba bien.
Demasiado bien.
No había falsedad en aquellas primeras palabras. Ese era el problema. Helena pensó en Nathaniel. En Kalmara. En la carta manchada de sangre. En Wolf despertando en mitad de la noche con el cuerpo cubierto de sudor frío y los ojos llenos de dolor.
Aveline no mentía.
No todavía.
—Mi marido se llamaba Julian Morland, era un barón, un noble —continuó Aveline—.
Era médico. No buscó gloria, ni ascenso, ni medallas.
Creyó que curar cuerpos era una forma decente de servir a Dios y al mundo.
Murió en Kalmara. Como murieron otros. Algunos con nombres que llegaron a los periódicos.
Otros sin más epitafio que una línea en un informe.
Varias mujeres bajaron la vista.
Helena también estuvo a punto de hacerlo.
No lo hizo.
Aveline respiró hondo y su voz se volvió más tranquila. Más peligrosa.
—Después de Kalmara, algunos hombres regresaron convertidos en héroes.
Recibieron honores. Títulos. Propiedades.
Lugares seguros desde los que recordar, o desde los que escoger no hacerlo.
No digo esto para negar su valor. Sería injusto.
Algunos de ellos arriesgaron la vida. Algunos salvaron a quienes pudieron.
Wolf no se movió.
Helena sintió la quietud de su cuerpo junto al suyo.
—Pero una nación que recompensa a sus supervivientes —siguió Aveline— también debe preguntarse qué debe a quienes no pudieron volver para recibir nada.
¿Quién decide qué vidas merecen mármol? ¿Quién recibe ducados?
¿Quién recibe gratitud? ¿Y quién recibe una tumba olvidada en una tierra que jamás pidió nuestros discursos?
La pluma de un periodista se movió.
Luego otra.
Tiger ya no sonreía en absoluto.
Helena sintió que el ataque se extendía por la sala sin nombrar a nadie. No hacía falta. Todos sabían de quién hablaba. Los Colligan. Bear. Tiger. Wolf. Tres ducados nacidos de cenizas.
Aveline esperó.
Y entonces pronunció el nombre que Helena no estaba preparada para oír allí.
—El reverendo Nathaniel Vane murió en Kalmara.
El mundo se redujo a eso.
Nathaniel Vane.
Su padre.
—Algunos lo recordamos —dijo Aveline— como un hombre que entendía que la fe no consiste en bendecir banderas, sino en arrodillarse junto a quien sangra.
No recibió título. No recibió fortuna. Su hija recibió, quizás, protección.
Pero él recibió el olvido conveniente reservado a los hombres que saben demasiado y mueren demasiado lejos de casa.
Helena dejó de oír a la sala.
No porque Aveline insultara a su padre.
No lo hacía.
Eso fue lo que más la enfureció.
Lo estaba utilizando.
Lo tomaba con cuidado, como se toma un objeto sagrado, y lo colocaba sobre una mesa de guerra.
Nathaniel Vane, que habría detestado convertirse en argumento de damas heridas, periodistas satisfechos y políticos incómodos.
Helena se levantó.
No lo decidió.
O quizás sí.
Tal vez llevaba años decidiéndolo.