Capítulo 16 #2
La recepción continuó. Helena habló con un capellán que había perdido a dos hermanos, con un veterano al que le faltaban tres dedos y que se disculpó por no saber inclinarse bien, con una madre cuyo hijo había muerto de fiebre antes de llegar siquiera al frente.
Los demás hablaban de campañas.
Helena preguntaba nombres.
Los demás hablaban de fondos.
Helena preguntaba quién recibía el dinero.
Los demás hablaban de viudas.
Helena hablaba con ellas.
Wolf la observaba.
No como antes, no con esa atención vigilante de hombre que esperaba una amenaza detrás de cada cortina. La miraba como si estuviera aprendiendo algo que ningún título le habría enseñado jamás.
En un momento, Helena giró la cabeza y lo sorprendió.
Él no apartó la vista.
Eso también era nuevo.
Aveline, desde el otro lado del salón, lo vio.
Y su rostro se volvió un poco más cerrado.
Por la noche, la velada benéfica hizo que Bath se cubriera de luces.
El salón de baile era más grande que el de la mañana, con arañas encendidas, música, vestidos de seda, uniformes militares, plumas, abanicos y donaciones anunciadas con una discreción cuidadosamente calculada para que todos pudieran enterarse.
Helena llevaba el mismo vestido gris, aunque Cassandra le había prendido en el hombro un broche pequeño de granates oscuros.
—No es un préstamo —había dicho Cassandra.
—Entonces no puedo aceptarlo.
—Es una estrategia. Si la rechazas, Tiger intentará elegir algo y terminarás con diamantes suficientes para guiar barcos.
Helena lo había aceptado.
Aveline estaba allí.
Más elegante que nadie.
Más serena que muchas.
Rodeada de personas que parecían atraídas por su dolor y por la posibilidad de convertirlo en discurso.
—Lady Aveline hablará mañana —comentó una dama cerca de Helena—. Dicen que nadie conoce mejor el precio de lo ocurrido en África que ella, porque ella estaba allí cuando ocurrió todo.
Helena sostuvo su copa sin variar el gesto.
El verdadero combate no había empezado.
Aún no.
La música comenzó.
Wolf apareció ante ella.
—¿Me concede este baile?
La petición fue formal.
La mirada no.
Helena supo que todos los observaban. Cassandra. Tiger. Aveline. Los periodistas. Medio Bath. Quizás también su padre, desde algún lugar donde los reverendos testarudos juzgaban a las hijas que tardaban demasiado en saber qué querían.
—Sí —dijo.
Wolf la condujo al centro del salón.
La primera vez habían bailado sin música, junto a una chimenea por fin obediente, en una casa que olía a hollín, manzanas y deseo. Ahora había violines, lámparas, ojos desconocidos y reglas suficientes para ahogar a cualquier emoción imprudente.
Y, sin embargo, resultó más íntimo.
La mano de Wolf en su espalda era correcta. La distancia entre ambos, impecable. Cada paso, medido. Pero su atención estaba por completo en ella. No en la sala. No en Aveline. No en los rumores.
En ella.
—Todos nos miran —dijo Helena.
—Sí.
—¿Le molesta?
—No.
—Antes le habría molestado.
Wolf tardó un segundo en contestar.
—Antes era más estúpido, he aprendido algunas cosas durante este tiempo de retiro.
Helena casi perdió el paso.
—No esperaba tanta franqueza.
—Estoy probando métodos nuevos.
—¿Y qué tal le parecen?
—Incómodos.
Helena no pudo evitar una sonrisa.
Wolf la vio.
Y aquella vez, en lugar de guardar el gesto como si no tuviera derecho a mirarlo, permitió que algo se suavizara en su boca.
Cuando la música terminó, Wolf no la soltó de inmediato. Bajó la cabeza sobre su mano y la besó.
No fue un gesto largo.
No fue indecente.
Fue peor.
Fue evidente.
Delante de todos.
La boca de Wolf rozó los nudillos de Helena con una reverencia que hizo que la sala entera pareciera inclinarse hacia ellos. Helena sintió calor en el rostro, pero no retiró la mano.
Aveline estaba mirando.
Y esa vez, la duda en su rostro no fue tan breve.
Tras la velada, Helena subió a sus habitaciones con el cuerpo todavía lleno de música y nervios. Wolf la acompañó por el pasillo. No habló. Tampoco ella.
Al llegar a la puerta de su cuarto, él se detuvo.
—Buenas noches, mi señora.
Hizo ademán de retirarse. Helena puso la mano sobre el pomo.
—Wolf.
Él se giró.
Ella abrió la puerta.
No mucho.
Lo bastante.
Wolf miró la abertura y luego a ella.
—Helena.
—Entre.
No hubo triunfo en su rostro.
Solo una especie de asombro que la desarmó más de lo que habría querido.
Entró y cerró la puerta tras de sí.
La habitación estaba iluminada por dos lámparas y el fuego bajo de la chimenea. El programa de la reunión seguía sobre la mesa. Al día siguiente Aveline hablaría de Kalmara. Al día siguiente todos volverían a mirar, medir y juzgar.
Aquella noche, Helena no quería ser juzgada.
Wolf se quedó cerca de la puerta.
—No tiene que hacer esto por lo ocurrido abajo.
—No lo hago por lo ocurrido abajo.
—Ni por el artículo.
—Tampoco.
—Ni para demostrar nada.
Helena se acercó un paso.
—Wolf, si enumera todos los motivos equivocados, acabará amaneciendo.
Él cerró la boca.
Ella casi sonrió.
Después no.
—Lo hago porque quiero y porque he comprendido una cosa: que ambos estábamos equivocados.
—¿Usted también? Esto es nuevo.
—Era más fácil enfadarme con usted que preguntarme por qué nunca exigí nada distinto. Más fácil pensar que no me veía que admitir que yo tampoco lo dejaba verme según fue creciendo el dolor. Acabé refugiándome en mis propias conclusiones igual que usted se refugió en las suyas.
—Helena...
—No. Déjeme terminar. —Alzó la cabeza—. Usted creyó que sabía qué era lo mejor para mí.
Y yo acabé creyendo que ya sabía todo lo que había en usted.
Los dos dejamos de hacer preguntas. Los dos dimos demasiadas cosas por sentadas.
Y creo que usted ya me ha demostrado que está dispuesto a entenderme, ahora yo debo demostrar que también estoy dispuesta a entenderlo.
.. y a ocupar mi lugar como esposa, duquesa.
.. y no solo el deber de un soldado herido. No sé cómo ser una duquesa...
—Hoy lo has hecho muy bien.
—Creo que puedo encontrar mi lugar en tu mundo... Wolf Colligan.
Wolf avanzó despacio. Le dio tiempo a cambiar de idea. Siempre lo hacía. A veces la enfurecía.
Cuando la tocó, fue con ambas manos en su cintura, como si todavía tuviera que recordarse que ella estaba allí por voluntad propia. Helena alzó el rostro.
Ella le quitó los guantes.
Uno.
Luego el otro.
Wolf miró sus propias manos desnudas como si no supiera qué derecho tenían allí. Helena tomó una y la llevó a su mejilla. El contacto fue cálido, firme, real.
Él la besó entonces.
No como en Briarcombe, con hambre desesperada y puertas derribadas. No al principio. Aquella vez hubo menos desesperación y más cuidado.
Helena se aferró a su chaqueta.
Wolf soltó un sonido bajo, gutural y la besó con más intensidad. Las manos de Helena encontraron los botones de su chaleco. Las de él desataron la cinta de su vestido con una destreza que se detuvo cada vez que ella cambiaba el ritmo o gemía.
Helena dijo sí con las manos, con la boca, con la forma en que lo atrajo hacia la cama y no apartó la mirada cuando él se desvistió. Vio la cicatriz de su pierna. Vio que él todavía se tensaba. Se inclinó y rozó con los dedos la piel dañada.
—No esconda esto de mí.
Wolf cerró los ojos.
—No.
Cuando volvió a mirarla, algo entre ambos dejó de doler del mismo modo.
Sobre todo para Wolf, que no dejaba de sorprenderse con la belleza de Helena cuando estaba desnuda.
Su pelo negro contrastaba con su piel ligeramente bronceada por el trabajo en el huerto de forma casi pecaminosa, sus pechos grandes y pesados se movían con demasiada facilidad con cualquier momento.
.. y sus caderas, sus caderas eran la perdición.
Wolf besó su cuello, aspirando su aroma sencillo a lavanda, luego sus senos, apretándolos con devoción al mismo tiempo mientras ella gemía contra las sábanas de seda rosa del hotel.
Cuando la tocó en su intimidad, la encontró completamente mojada, preparada para él.
Pero tampoco se acostumbraba a eso, así que cuando hizo resbalar sus dedos entre sus piernas, él también gimió con voz grave.
Se amaron con menos urgencia y más verdad.
Hubo deseo, sí, fuerte, profundo, inevitable.
Pero también pausas. Miradas. Un temblor que no venía solo del cuerpo.
Y Helena no podía evitar caer en una especie de abismo de placer del que no podía cansarse nunca.
Cuando Wolf gimió tras tocar su intimidad, ella abrió más las piernas, completamente entregada, sin barreras ni más dudas, a su marido.
Dejó que él hiciera lo que quisiera con ella, porque era gentil, atento, y la enloquecía.
.. hasta el punto de suplicarle que parara, pero él no le hizo caso.
Por una vez, Helena agradeció que no lo hiciera, porque el placer que la invadió, absoluto, fue devastador.
Wolf lo vio todo: las piernas de Helena tensándose alrededor de su mano, su vientre apretado a punto de soltar una tensión casi dolorosa, sus pezones endurecidos, su cara roja, sus ojos marrones completamente negros, el sudor de su pelo oscuro desparramado por las sábanas y, finalmente.
.. el alivio de su esposa. Se deshizo debajo de él con un gemido fuerte y las mejillas coloradas.
Pensó que solo quedaba entrar en ella y llegar al elixir más deseado. Pero fue ella quien tomó la iniciativa esta vez, lo tumbó debajo de ella y se subió encima de su miembro para cabalgarlo.
Quería verlo. Quería que él supiera que ella lo veía.
No al duque.
No al salvador.
No al hombre que Bath observaba.
A Wolf.
Y fue así como Wolf se dejó ir dentro de ella, con Helena saltando sobre él, con Helena mirándolo como si no existiera nada más en el mundo.
Después, mucho después, Helena permaneció despierta a su lado.
Wolf dormía cerca, aunque no la retenía. Helena se permitió observarlo unos segundos más.
Wolf Colligan había cruzado medio mundo por ella.
Había luchado por ella.
Había aprendido a escucharla.
Había empezado, por fin, a comprenderla y a dejarle espacio de decisión.
Y aun así seguía sin decir las dos palabras que podían cambiarlo todo.
Helena tampoco las había dicho.