Capítulo 16
Helena escogió el vestido más sencillo que podía permitirse llevar a una sala llena de personas dispuestas a juzgarla.
Era de seda gris perla, sin más adorno que una cinta estrecha en la cintura y un pequeño encaje en los puños. No era nuevo. Tampoco era pobre. Había pertenecido a esa categoría incómoda de prendas que una mujer compraba porque resultaban correctas, discretas y útiles para no llamar la atención.
Aquella mañana, sin embargo, Helena no deseaba desaparecer.
Tampoco deseaba brillar.
Se miró en el espejo de la habitación del hotel y alisó la falda con ambas manos. No llevaba diamantes. No llevaba perlas. Solo el anillo de bodas en una cadena bajo el corpiño, oculto contra la piel.
Todavía no en el dedo.
No aquella mañana.
Cuando bajó al comedor privado del hotel, encontró a Wolf junto a la ventana, Tiger ante una bandeja de pan tostado y Cassandra leyendo una nota con la expresión de una mujer que podía encontrar defectos en una invitación incluso antes de abrirla.
Tiger la vio primero.
—Ah —dijo—. La duquesa de Coldhaven ha decidido honrarnos con su presencia. ¿Nada de joyas?
—Nada de joyas —respondió ella.
Wolf no dijo nada. Se limitó a observarla desde el otro extremo de la mesa mientras ella tomaba asiento.
No parecía interesado en el vestido ni en la ausencia de joyas.
Tampoco en el peinado sencillo que había elegido para aquella mañana, pues sabía que seguía careciendo de una doncella que la atendiera personalmente. La miraba a ella. Solo a ella.
Helena sintió aquella mirada gris de una forma extraña.
No hacía nada. No exigía nada. Simplemente estaba allí, recordándole algo que habría preferido ignorar: que Wolf la veía.
De verdad. Y que, últimamente, parecía verla más que en muchos años de matrimonio.
O quizás no verla, sino comprenderla. Como si por fin hubiera empezado a distinguir a la mujer que existía detrás de la esposa, del título y de todas las decisiones que otros habían tomado por ella.
Desvió la vista hacia la taza de té antes de que él pudiera notar el efecto que aquello tenía sobre ella. Sin embargo, la sensación permaneció. Persistente. Incómoda. Casi cálida.
Durante años había deseado aquella mirada.
Ahora que la tenía, no sabía muy bien qué hacer con ella.
—¿Ha leído ya la lista de asistentes? —preguntó Cassandra.
—Anoche.
—Entonces sabe que media Inglaterra ha venido a parecer caritativa.
—Y la otra media a observar a quienes lo parecen —dijo Tiger.
—¿Y nosotros?—preguntó Helena, tomando la taza una taza de té.
—Nosotros hemos venido a impedir que mi hermano compre un periódico, arruine una reputación y provoque tres duelos antes del almuerzo—respondió Tiger.
Wolf dejó la taza sobre la mesa. —Eso era una posibilidad, no un plan.
—En ti la diferencia suele ser alarmantemente breve.
Cassandra dobló la nota. —La recepción empieza a las once. Habrá demasiada gente, demasiadas manos extendidas y demasiadas frases sobre sacrificio pronunciadas por hombres que nunca han sacrificado más que una tarde agradable.
—Cada vez me animas más, Cassandra —dijo Helena con ironía.
—No tienes que parecer una de ellas.
—No sé si eso me tranquiliza—replicó Helena, dejando la taza de té sobre el platillo del hotel.
—No pretendía tranquilizarte. Solo evitar que malgastes energía—dijo Cassandra.
—Si desea marcharse en cualquier momento, lo hará—quiso consolarla Wolf.
—No he venido para marcharme—dijo ella, mirándolo.
—Lo sé—le dio la razón él, haciendo una pequeña reverencia hacia ella.
La recepción de bienvenida ocupaba una sala amplia de techos altos, paredes con papel crema y ventanas que dejaban entrar la luz limpia de Bath con generosidad.
Había mesas con flores, bandejas de refrescos, grupos de caballeros junto a los balcones y damas vestidas con la clase de elegancia que no parecía comprada, sino heredada.
Todo el mundo hablaba.
Todo el mundo sonreía.
Todo el mundo miraba.
No de manera grosera. Aquello habría sido más fácil.
Las miradas educadas eran mucho peores. Miraban un instante sobre Helena, bajaban a sus manos, buscaban el anillo que no llevaba, volvían a su rostro y después se desviaban hacia Wolf con esa delicadeza terrible de las personas que ya creen conocer una desgracia ajena.
Helena mantuvo la cabeza alta.
Wolf caminaba a su lado, no delante de ella.
Aquello era nuevo. Tiger avanzaba unos pasos más allá, convirtiendo a un militar retirado en víctima de una cortesía tan encantadora que el pobre no parecía darse cuenta de que estaba siendo interrogado.
Cassandra saludaba a damas, caballeros, viudas y esposas de ministros con una exactitud envidiable.
Helena no sabía hacer aquello.
No del mismo modo.
No conocía todos los nombres. No sabía qué mujer había sido amante de qué político ni qué coronel había perdido dinero en un asunto de ferrocarriles. No sabía qué sonrisa convenía a cada rango ni qué frase servía para cortar una impertinencia sin dejar sangre visible.
Pero sabía mirar a las personas.
Eso, al menos, sí.
Una mujer joven vestida de negro permanecía junto a una columna, con las manos apretadas sobre un pañuelo. Nadie parecía hablar con ella más de unos segundos. Helena se acercó antes de pensarlo demasiado.
—Soy Helena Colligan —se presentó.
—Señora Ellis, milady —dijo ella, parpadeando de sorpresa—. Mi esposo sirvió en la campaña del este. No en Kalmara. En la línea de suministros.
—¿Cómo se llamaba?
—Arthur—nombró la viuda, mirándola con verdadero agradecimiento.
—Hábleme de Arthur.
La señora Ellis abrió la boca. Después la cerró. Y al final habló.
Helena escuchó.
No hizo promesas. No dijo "la nación le debe gratitud" ni ninguna de esas frases que convertían a un muerto en una estatua y a una viuda en parte del decorado. Preguntó por él. Por su oficio antes del ejército. Por si tenían hijos. Por quién la acompañaba en Bath.
Cuando se alejó, la señora Ellis ya no tenía el pañuelo tan apretado entre los dedos.
Cassandra apareció a su lado poco después.
—Te están mirando.
—Lo sé.
—Bien. Que miren.
Helena casi sonrió.
Y entonces vio a Aveline.
No entró.
Ya estaba allí.
Eso fue lo peor.
Lady Aveline Morland ocupaba un lugar junto a un caballero de edad, un empresario de mirada ya cansada y una dama con plumas mal aconsejadas en el sombrero.
Vestía de malva apagado, sobrio, exquisito, con guantes pálidos y un broche oscuro en el cuello.
Seguía pareciendo viuda sin parecer vencida.
La gente inclinaba la cabeza hacia ella. La escuchaban.
Helena comprendió con una punzada fría que Aveline había convertido su dolor en autoridad.
No gritaba.
No suplicaba.
No acusaba abiertamente.
Solo existía allí como una prueba viviente de la guerra.
Y Bath la aceptaba.
Aveline giró la cabeza.
Sus ojos se encontraron.
Durante un instante no hubo nada entre ellas salvo la memoria de aquella salita en Half Moon Street, las violetas torcidas, el baúl abierto y las palabras que habían enviado a Helena hacia Briarcombe.
Aveline sonrió primero.
Se acercó.
—Duquesa de Coldhaven —dijo con una reverencia perfecta—. Me alegra verla recuperada. En Bristol existía cierta preocupación por usted.
—Qué amable —dijo ella, sin inclinarse—. Yo desconocía que Bristol se preocupara tanto por personas a las que apenas conoce.
La sonrisa de Aveline no cambió.
Sí sus ojos.
—Bristol se preocupa por todo aquello que puede convertirse en conversación.
—Entonces quizás no deba decepcionarles.
Aveline la observó con más atención.
Tal vez había esperado encontrar a la mujer de Half Moon Street. Dolida, sí. Orgullosa, también. Pero sola. Movible. Fácil de llevar hacia una conclusión si una escogía bien las palabras.
Helena sintió el momento exacto en que Aveline comprendió que aquella mujer ya no estaba allí.
No del todo.
—Me alegra que haya venido —dijo Aveline.
—Estoy segura de ello.
—Kalmara pertenece a más personas de las que los Colligan suelen recordar.
Helena sintió a Wolf antes de verlo. No se interpuso.
No habló. Simplemente apareció a su lado y le ofreció el brazo.
Helena bajó la vista hacia su mano enguantada.
Años atrás habría supuesto que era una decisión tomada por ambos.
Una de tantas. Pero Wolf no avanzó. No insistió.
No la empujó con una mirada ni con una palabra.
Esperó. Y aquella espera, tan sencilla, la conmovió más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Delante de Aveline. Delante de los periodistas que fingían examinar una lista. Delante de damas que habían dejado de oír a sus propias acompañantes.
Helena puso la mano sobre el brazo de Wolf.
Entonces él cubrió sus dedos con los suyos.
No fue posesión.
No fue teatro.
Fue una elección.
La sala lo vio.
Aveline también.
Por primera vez, algo verdadero se movió bajo el rostro impecable de Lady Aveline Morland. No derrota. No remordimiento. Todavía no. Pero sí una duda breve, como si hubiera encontrado una grieta en una pared que creía sólida.
—Lady Aveline —dijo Wolf.
—Lord Coldhaven.
Él inclinó la cabeza.
—Mi esposa y yo tenemos personas a quienes saludar.
«Mi esposa».
Helena sintió las palabras en la piel. Wolf la condujo sin prisa hacia un grupo cercano.
No la arrastró ni marcó el rumbo por ambos, como había hecho tantas veces en el pasado.
Caminó a su lado, acompasando el paso al suyo, permitiéndole detenerse cuando lo deseaba o intervenir cuando le parecía oportuno.
Era un cambio pequeño, tan discreto que quizá nadie más lo habría advertido.
Pero Helena sí. Lo notó en cada gesto. En cada pausa.
En la forma en que él parecía recordar, por fin, que ella no necesitaba que la llevaran a ninguna parte, sino que la acompañaran.
—Gracias —dijo ella, en voz baja.
—No lo he hecho por gratitud.
—Igualmente, se lo agradezco.