Capítulo 15 #2
La sinceridad fue tan torpe que casi dolió.
Helena apartó la vista.
—Entonces quizás pueda aprender.
—Lo intento.
El carruaje avanzó entre campos cada vez más amplios. El segundo coche los seguía a distancia prudente, aunque Helena no dudaba de que Tiger encontraría un modo de hacer llegar una impertinencia si el viaje se alargaba sin entretenimiento.
A media tarde se detuvieron en una posada de piedra clara, con un patio estrecho y un letrero que anunciaba un cisne de aspecto más agresivo que elegante. Tiger bajó del segundo carruaje como un hombre que había sufrido más de lo que merecía.
—Los caminos ingleses son una conspiración contra la columna vertebral —anunció.
Cassandra descendió detrás de él.
—Has dormido casi todo el trayecto.
—Eso no impide el daño moral.
—Nada lo impide en tu caso.
El posadero, que había reconocido al menos dos títulos en menos de diez segundos, se convirtió en una criatura de reverencias, servilletas y nervios. Les ofrecieron un salón privado, té, pan, queso y una carne que Tiger miró con sospecha.
—¿Esto ha sido cocinado o interrogado?
Cassandra dejó los guantes sobre la mesa.
—Compórtate.
—Estoy intentando identificar al enemigo.
Helena aceptó una taza de té y descubrió, contra todo pronóstico, que agradecía la presencia de ambos. Tiger animaba el ambiente. Cassandra miraba lo justo, intervenía lo necesario y parecía comprender que Helena no quería ser tratada como una enferma de sentimientos.
Wolf permaneció junto a la ventana hasta que Tiger le lanzó un trozo de pan.
Wolf lo atrapó por reflejo.
Helena parpadeó.
Tiger sonrió.
—Solo comprobaba si seguías entre nosotros.
—Podrías haber preguntado.
—Y tú podrías haber respondido con tres palabras deprimentes. Preferí el método científico.
Cassandra tomó la tetera.
—No hagas que me arrepienta de haber dejado a las niñas con tu madre.
—Querida, me temo que eso ocurrió antes de salir de Bristol.
Helena rio por lo bajo.
Wolf la miró.
No como antes, con aquella punzada de dolor al verla reír por Tiger.
Esta vez pareció simplemente mirarla.
Como si quisiera guardar el gesto sin reclamarlo.
Eso fue nuevo.
Y peligroso.
Reanudaron el viaje antes de que anocheciera. Las colinas se suavizaron, los caminos mejoraron y la presencia de Bath empezó a anunciarse mucho antes de aparecer: más carruajes, más viajeros, más ropa elegante en lugares donde no se esperaba encontrar tanta seda cerca del polvo.
Cuando por fin llegaron, Helena sintió que Briarcombe quedaba a un mundo de distancia.
Bath brillaba.
Las fachadas de piedra clara capturaban la última luz del día y la devolvían con una elegancia que parecía aristocrática.
Las calles ascendían en curvas, ordenadas, limpias, llenas de carruajes, lacayos, damas con sombreros caros, caballeros de levita impecable y ancianas transportadas en sillas con la dignidad de reinas menores.
Todo olía a lluvia reciente, caballos, perfume caro y vida social.
Helena vio periodistas junto a la entrada de un hotel.
Vio militares.
Vio damas de negro.
Vio hombres con insignias, políticos con sonrisas falsas, comerciantes ricos intentando parecer nobles y nobles intentando parecer caritativos.
Bath no era Londres.
Tampoco Bristol.
Era un escenario.
Y todos parecían saber su papel.
El carruaje se detuvo ante un gran hotel en una calle amplia, cerca de los salones donde tendría lugar la reunión. La entrada estaba iluminada con lámparas. Criados iban y venían. Nombres eran anunciados. Miradas se volvían.
Helena sintió el peso de cada ojo antes incluso de bajar.
Wolf descendió primero.
Esta vez no extendió la mano de inmediato.
La miró.
Preguntó sin palabras.
Helena colocó su mano en la de él.
No porque la necesitara para bajar.
Porque elegía hacerlo.
El contacto duró poco. Lo suficiente para que las cabezas más cercanas se inclinaran unas hacia otras. Lo suficiente para que Helena comprendiera que el artículo ya había llegado allí antes que ellos.
Tiger apareció detrás con Cassandra.
—Ah, Bath —dijo—. Donde los enfermos vienen a beber agua horrible y los sanos a enfermar de reputación.
—Esta vez coincido contigo, Bath es peor que la avenida donde viven mis padres—reconoció Cassandra—. Pero ahora que estamos aquí, no decepcionemos a nuestro público.
—Eso nunca—concedió Tiger, besando su mano con galantería.
El interior del hotel era demasiado brillante después de Briarcombe. Mármol. Alfombras. Espejos. Flores frescas. Criados entrenados para ver sin parecerlo. En el vestíbulo había grupos de invitados conversando con voces medidas. Algunos callaron al reconocer a Wolf.
Otros miraron a Helena.
No con descaro.
Con algo peor.
Interés.
Helena mantuvo la cabeza alta.
No huyó.
Un empleado les condujo a sus habitaciones. Wolf había reservado una suite para ellos, y otra para Tiger y Cassandra en el mismo piso. Al llegar al pasillo, Helena notó la breve duda de Wolf junto a la puerta.
Eran habitaciones comunicadas. No una sola habitación compartida. No una decisión tomada por ella. No una imposición. Solo otra de esas preguntas que Wolf parecía haber aprendido a formular sin palabras.
—Pediré que suban su equipaje al cuarto principal —dijo él—. Yo ocuparé el contiguo.
Helena lo miró.
—¿Lo ha decidido usted?
El rostro de Wolf se cerró un poco.
Luego se obligó a corregirse.
—No. Se lo propongo.
La diferencia fue pequeña.
También enorme.
—Muy bien, entonces estoy de acuerdo con su idea —dijo ella.
No añadió más.
Wolf inclinó la cabeza y se apartó para dejarla entrar.
Helena permaneció un rato a solas.
La habitación era hermosa. Demasiado hermosa para su estado de ánimo.
Cortinas de seda clara, una cama amplia, una chimenea encendida, flores sobre una mesa y una ventana que daba a la calle iluminada.
Abajo, Bath seguía recibiendo carruajes.
Las ruedas golpeaban los adoquines. Las voces subían mezcladas con el aire fresco de la tarde.
Helena se quitó los guantes despacio.
Sobre una mesa junto a la ventana había un programa impreso.
Lo vio de inmediato.
No supo por qué le costó tanto tomarlo.
El papel era grueso, de buena calidad. Las letras, elegantes. La reunión tenía un nombre demasiado largo y noble: Comité de Auxilio a Familias, Veteranos y Supervivientes de las Campañas de Ultramar.
Kalmara aparecía en la segunda línea.
Helena siguió leyendo.
Nombres.
Títulos.
Horas.
Salones.
Discursos.
Recepciones.
Y entonces lo vio.
«Su Excelencia Lady Helena Colligan, duquesa de Coldhaven».
Se quedó inmóvil.
Durante años aquel título había sido una prenda molesta, colocada sobre sus hombros por la muerte de su padre, por una carta manchada de sangre y por un hombre que creyó que casarse con ella era la manera más honorable de salvarla.
En Briarcombe había vuelto a ser Helena Vane por un tiempo.
La hija de Nathaniel.
La mujer del huerto.
La dueña de una casa pequeña con goteras y lechugas.
Pero allí, en Bath, el mundo había escrito su nombre entero.
«Lady Helena Colligan. Duquesa de Coldhaven».
No supo si estaba preparada. No supo si quería serlo. No supo si podría enfrentarse a Aveline Morland sin que el dolor se le reflejara en el rostro. Tampoco supo si algún día sería capaz de mirar a Wolf sin recordar todas las puertas que ambos habían dejado cerradas durante demasiado tiempo.
Pero sí sabía una cosa.
Ya no pensaba esconderse.
No había viajado hasta Bath por Wolf. Ni por la prensa. Ni siquiera por el deber. Había venido porque estaba cansada de que otros decidieran quién era. Porque se negaba a convertirse en una nota al pie de la historia de otra persona.
También se negaba a que su padre hubiera muerto para que otros convirtieran a su hija en un títere. Debía de luchar por ella, pero también por él.
Helena dejó el programa sobre la mesa, junto a los guantes.
Al otro lado de la ventana, Bath brillaba bajo las luces de la noche.
Los carruajes seguían llegando. Las fachadas de piedra clara reflejaban el resplandor de los faroles.
Hombres y mujeres acudían a la ciudad con sus títulos, sus intereses y sus ambiciones, convencidos de conocer el papel que debían representar.
Por primera vez en mucho tiempo, Helena no sintió deseos de dar media vuelta.
Se quedó allí, observando la ciudad.
Y no la miró como una mujer que acababa de llegar para ser interrogada, ayudada o silenciada.
La miró como una mujer que había decidido entrar en la batalla.