Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 15
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Capítulo 15

Helena bajó a desayunar con los ojos secos y dejando el periódico doblado dentro del cajón de la cómoda.

Aquella fue toda la preparación que se permitió.

No había dormido. O, si lo había hecho, no recordaba haber obtenido ningún beneficio de ello.

La noche había transcurrido entre la luz menguante de la vela, el papel abierto sobre la colcha y una sucesión de pensamientos que no habían tenido la cortesía de ordenarse.

Aveline. Wolf. Bath. Briarcombe. Su padre. El anillo.

Sobre todo el anillo.

Seguía en la caja.

Todavía no en su mano.

Al entrar en el salón encontró a Wolf de pie junto a la ventana, con una taza de té intacta entre los dedos.

Tiger estaba sentado a la mesa, completamente despierto de una forma ofensiva, untando mantequilla sobre una rebanada de pan como si todos los dramas familiares fueran más soportables con grasa suficiente.

Cassandra, impecable incluso a aquella hora, levantó los ojos hacia Helena y no dijo nada.

La señora Pottle estaba sirviendo a falta de lacayo, muy ocupada en no mirar a nadie, mientras el señor Barrow desayunaba en la cocina y Ned en algún lugar de los establos.

Helena se detuvo en el umbral.

Todos la miraron.

Wolf fue el único que no pareció hacerlo.

Eso significaba que lo hacía con más cuidado.

—Viajaré a Bath —informó ella.

Nadie se movió durante un instante.

Después Tiger dejó el cuchillo sobre el plato.

—Excelente idea, cuñada —dijo—. Siempre he pensado que las guerras sociales resultan más llevaderas en una ciudad con buenos baños y malos rumores.

—Tiger —murmuró Cassandra.

—Estoy apoyando a Helena.

Helena habría podido sonreír si no sintiera todavía las letras del periódico bajo la piel.

Wolf no habló enseguida.

Se limitó a mirarla.

No con triunfo. No con alivio visible. Eso habría sido más fácil de detestar. Había en sus ojos algo más peligroso: un agradecimiento humilde.

—Como desee, mi señora —dijo al fin.

La frase debería haberla irritado.

Lo hizo.

Pero no tanto como esperaba.

Quizás porque, por primera vez, "como desee" sonó menos a obediencia y más a comprensión.

Helena ocupó su lugar en la mesa y aceptó el té que la señora Pottle le sirvió con una energía innecesaria.

—Bath está lleno de personas que creen que beber agua caliente de sabor sospechoso cura los pecados —declaró la cocinera, incapaz de morderse la lengua, no había sido educada para servir a duques.

—No vamos por el agua, tampoco fui por el agua cuando mi padre murió... —dijo Helena.

—Que en paz descanse...

Tiger levantó su taza.

—Señora Pottle, empiezo a lamentar no haber traído a mis hijas. Habrían aprendido mucho de usted.

—Nada adecuado, excelencia.

—Precisamente.

Aquello aligeró la mañana lo justo para que todo no se viniera abajo.

Después del desayuno, Helena recorrió Briarcombe.

No lo hizo con aires de melancolía. No se permitió tal indulgencia.

Solo caminó por la casa mientras los demás preparaban baúles, carruajes y mensajes.

Entró en la biblioteca de su padre y pasó los dedos por los lomos de los libros ya ordenados.

Algunos estaban torcidos. Otros no pertenecían a ninguna categoría comprensible.

Nathaniel habría aprobado el desorden con una frase irónica y un sermón de veinte minutos sobre la inutilidad de clasificar el alma humana.

Helena cerró un cajón, donde guardaba la libreta de los sueños, allí donde había anotado que algún día viajaría lejos con vestidos preciosos. De momento, debía regresar a Bath, donde los hombres solían reunirse para hablar de las colonias inglesas y sus muertos.

Luego fue a la cocina.

La señora Pottle estaba envolviendo pan, queso, manzanas y un pastel pequeño que, según ella, no era para el camino sino para evitar que los cocineros de las posadas creyeran que podían alimentarlos con cualquier indecencia.

—No hace falta tanto —dijo Helena.

—No lo sabe, señora Colligan.

—Volveré pronto.

La señora Pottle no levantó la vista del paño que anudaba alrededor del pan.

—La casa seguirá aquí cuando vuelva, señora.

Cuando.

No si.

Helena notó que aquella palabra se le quedaba dentro.

—¿Está tan segura?

—Las casas viejas tienen muchas faltas, pero no se hunden tan fácilmente como las nuevas que construyen en la ciudad.

—Cuide del señor Barrow.

—El señor Barrow cree que es él quien cuida de la casa. No conviene privarlo de esa ilusión.

Helena miró alrededor: la mesa larga, las ollas, las hierbas, la ventana por la que entraba luz sobre los cuencos. Aquella cocina, que al llegar le había parecido un resto de infancia, se había convertido en algo propio.

—Gracias —dijo.

La señora Pottle se enderezó.

—Vaya a Bath, señora. Haga lo que tenga que hacer. Y no permita que ninguna dama con guantes caros le diga que no es suficiente —Helena la miró. La cocinera volvió a sus paños—. El pastel está en la cesta grande. No lo deje en manos de milord Blackmoor.

Barrow la esperaba en el vestíbulo con el sombrero en la mano, aunque no iba a ninguna parte.

—Señora Colligan.

—Barrow.

El administrador pareció luchar con una emoción que consideraba poco profesional.

—Cuidaré Briarcombe.

—Lo sé.

—Los hombres del tejado terminarán la parte norte en dos días. La galería necesitará revisión si llueve fuerte. He anotado los gastos. Y Ned ha prometido no dormir en el pajar si hay que vigilar la entrada.

—Un avance considerable.

—Sí, señora. Aunque no pondría mi vida en manos de esa promesa.

Helena sonrió un poco. Barrow tragó saliva.

—Su padre habría estado complacido.

—¿Por la casa?

—Por usted, señora.

Helena no tuvo respuesta.

No una segura.

Así que tomó la mano huesuda del administrador entre las suyas y la apretó un instante.

—Volveré, señor Barrow.

El rostro de él se suavizó.

—Sí, señora.

Afuera, los carruajes aguardaban.

Tiger y Cassandra viajarían en el segundo, porque Tiger había declarado que acompañar a un matrimonio con problemas en el mismo vehículo era una forma de martirio que ni siquiera él merecía. Cassandra le había respondido que nadie lo habría invitado al primer carruaje de todos modos.

Wolf estaba junto a la portezuela del coche delantero.

Helena salió con los guantes puestos, el sombrero bien sujeto y una pequeña maleta que no habría permitido a nadie tomar si no hubiera sido por la expresión del lacayo. El pobre parecía convencido de que dejar a una duquesa cargar equipaje podía terminar con su carrera o con su alma.

Wolf extendió la mano hacia la maleta.

Se detuvo.

Aquello fue tan pequeño que nadie más lo habría visto.

Helena sí.

—¿Desea que la lleve? —preguntó él.

Preguntó.

No tomó.

No decidió.

Preguntó.

Helena le entregó la maleta.

—Gracias.

Wolf la colocó en el portaequipajes del carruaje. Después se giró hacia ella.

—¿Está segura?

Helena miró la casa. Briarcombe parecía más pequeña bajo el sol de la mañana. Más imperfecta. Más querida.

—No —Wolf no se movió. Ella giró la vista hacia él—. Pero voy igualmente.

Algo cambió en su rostro. No alivio. No orgullo. Algo más hondo, como si acabara de comprender que la valentía de Helena no tenía nada que ver con no sentir miedo.

—Entonces vamos —dijo.

El carruaje se puso en marcha poco después.

Helena se sentó frente a Wolf. Había suficiente espacio entre ambos para mantener la decencia, la dignidad y todas esas cosas absurdas que una mujer podía usar como defensa cuando recordaba demasiado bien el cuerpo de su marido.

Wolf miraba por la ventanilla.

Helena también.

Durante varios minutos solo estuvieron el camino, los setos, los campos y la certeza de que no había puerta alguna entre ellos. Ni pasillo. Ni habitación de su padre. Ni biblioteca donde refugiarse. Solo el carruaje y el viaje hacia Bath.

—Detesto Bath, me trae malos recuerdos —dijo ella al fin.

Wolf giró la cabeza.

—Es un lugar conveniente.

—Qué frase tan suya.

Él aceptó el golpe sin defenderse.

—Está entre Londres, Bristol y varias rutas importantes. Los políticos pueden acudir sin parecer demasiado implicados. Los benefactores pueden fingir que van por salud. Y la prensa siempre encuentra Bath suficientemente respetable para convertir una reunión en acontecimiento.

—Es decir, un lugar donde todos pueden hacer algo desagradable con apariencia elegante.

—Exactamente.

Helena miró de nuevo el camino.

—Cuando murió mi padre me citaron allí —Wolf no dijo nada.

Pero esta vez ella notó que no era desinterés.

Era espera—. Me tuve que refugiar en una habitación de hotel que apenas podía pagar.

.. y soportar a los periodistas cada día.

.. y a los "benefactores" empeñados en encontrarme un sitio menos molesto.

—Lo recuerdo.

—Por supuesto, allí empezó nuestra historia.

—Sí.

—La historia de un duque cargado de pecados y la hija de un reverendo.

—¿Pecados?

—¿No son sus pecados lo que lo atormentan? Aunque yo no lo llamaría así, sino más bien la falta de ellos. Porque usted no dejó morir a nadie, excelencia. Salvó a cuantos pudo, en eso hay una gran diferencia. Una diferencia que, al parecer, lady Aveline no está dispuesta a comprender.

—Lady Aveline debe pagar por lo que ha hecho.

—Lady Aveline es una viuda, está dolida. Deberemos buscar una forma de odiarla teniendo en cuenta eso...

Wolf bajó la vista hacia sus guantes, no estaba de acuerdo con ella.

—¿Le gustaban los bollos de canela?—cambió de tema.

Helena lo miró.

La pregunta era sencilla. Casi absurda. Y, aun así, la descolocó más que cualquier frase rebuscada.

Porque durante años Wolf había sabido cómo tomaba el té, qué perfumes detestaba, qué escalón prefería evitar al bajar de un carruaje. Pero no recordaba que le hubiera preguntado por nada.

—Sí —dijo al fin—. Todavía me gustan.

Wolf asintió.

Solo eso.

Pero Helena supo que lo recordaría.

Y aquella certeza la enfadó y la ablandó al mismo tiempo.

—No tiene que hacerlo —dijo.

—¿Qué cosa?

—Anotar mentalmente cada respuesta como si fuera una instrucción.

—No sé hacerlo de otro modo—dijo él, serio.