Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Durante unos segundos no entendió todas las palabras.

Luego las entendió demasiado bien.

El artículo era elegante.

Aquello lo volvía peor.

No había frases burdas. No había acusaciones directas. No decía que Wolf estuviera comprometido con Lady Aveline Morland. No afirmaba que Helena hubiera sido repudiada. No declaraba nada que pudiera llevar fácilmente a un tribunal.

Insinuaba.

Con delicadeza venenosa.

Lady Aveline había recibido al periodista en Ashford House.

Había hablado de Kalmara, de su difunto marido, del dolor de una viuda y de la comprensión particular que une a quienes han sobrevivido a lo mismo.

Había mencionado al duque de Coldhaven con respeto.

Había lamentado, con exquisita discreción, la "difícil posición" de una casa ducal sin presencia femenina estable.

Había afirmado que ciertas uniones nacen de la gratitud y otras de una afinidad más profunda.

El periodista había hecho el resto.

El matrimonio de Coldhaven atravesaba, según fuentes bien situadas, una separación casi definitiva.

Lady Helena Colligan había abandonado Bristol.

El divorcio, aunque difícil, no era impensable para familias de tal influencia.

Y Lady Aveline Morland, viuda distinguida, de noble cuna y probada entereza, ocupaba un lugar cada vez más visible junto al duque en la memoria pública de Kalmara.

Helena dejó de leer porque ya había leído bastante.

No creyó ni por un instante que Wolf deseara a Aveline.

El dolor no nacía de ahí. Nacía de verse convertida en una mujer apartada, en una esposa fallida, en una duquesa sustituible, en un espacio vacío que otra dama podía ocupar con más elegancia y mejor aceptación social.

Wolf tomó el periódico y recorrió el artículo en silencio.

Al principio su rostro no mostró cambio alguno; después, algo en la línea de su boca se endureció hasta volverlo casi irreconocible.

—Voy a Bristol —decidió él.

Helena levantó la vista.

Ahí estaba.

La acción inmediata.

La solución.

El carruaje antes que la pregunta.

—Por supuesto —dijo ella.

Wolf la miró.

Esta vez oyó lo que había bajo la frase.

Tiger también.

—No, hermano —dijo Tiger—. Vas a escuchar antes de ponerte a destruir imprentas.

Wolf no apartó la mirada de Helena. —Esto no quedará así.

—Nadie ha sugerido lo contrario —respondió Tiger—. Pero hay más.

Cassandra tocó con suavidad el borde de la mesa.

—Tiger.

—Tiene que saberlo.

Helena se obligó a mirar a su cuñado.

—Dígame.

Tiger ya no sonreía.

—El artículo no se ha quedado en Bristol.

Ha llegado a Londres. Y Aveline eligió muy bien el momento.

Dentro de pocos días habrá una reunión en Bregton.

Políticos, empresarios, benefactores. Un comité para veteranos, viudas, huérfanos y supervivientes de campañas coloniales. Kalmara será mencionada. Mucho.

Wolf plegó el periódico con una precisión que daba miedo.

—¿Quién lo organiza?

—Oficialmente, varias manos limpias y varios bolsillos sucios —dijo Tiger—. Extraoficialmente, gente que quiere posar junto al dolor ajeno sin mancharse los guantes.

—Nombres.

—Los tendrás. Pero ese no es el punto inmediato.

—Sí lo es.

—No, Wolf. El punto es que si no vas, parecerá que huyes. Si vas sin Helena, parecerá que el artículo dice la verdad. Y si Helena no va, Lady Aveline ocupará la silla vacía con la gracia de una mujer que ensayó delante de un espejo y de una tumba.

Helena sintió que el papel seguía sobre la mesa aunque Wolf lo tuviera en la mano.

Bregton.

Bristol.

Londres.

Kalmara.

Todo aquello que había intentado dejar fuera de Briarcombe acababa de cruzar la puerta y sentarse a comer su primera lechuga.

Cassandra fue quien se levantó primero.

—Helena, ¿me enseña el huerto?

No fue una pregunta casual.

Helena lo agradeció y lo odió un poco.

—Sí.

Afuera, el aire era más fresco. El huerto parecía ridículamente pacífico después de lo ocurrido en el comedor. Las lechugas seguían allí. Las judías se inclinaban hacia sus estacas. La tierra no sabía nada de periódicos.

Cassandra caminó a su lado sin prisa.

—Aveline ha cruzado una línea imperdonable —dijo al fin.

—Sí.

—Y lo ha hecho con una estrategia odiosa.

Helena miró hacia la casa.

—Todos parecen saber hacer daño.

—Las personas no creen los rumores porque sí, Helena. Los creen porque encajan con algo que ya temían.

Helena soltó una risa breve.

—Qué amable.

—No he venido a ser amable.

—Entonces ha venido a parecerse a su marido.

—Tiger habría empezado por insultar una maceta.

Helena casi sonrió.

Cassandra se detuvo junto al bancal de lechugas.

—Wolf se equivocó.

Helena la miró.

No había esperado aquello.

—¿Perdón?

—Se ha equivocado en todo en cuanto a usted. Quiere protegerla, pero eso no lo hace correcto.

El pecho de Helena se apretó de una forma extraña. —Lo dices con demasiada facilidad.

—Porque no estoy casada con él.

—No sé si quiero volver a Bristol.

—Lo sé.

—No sé si quiero ser duquesa.

—Eso también lo sospechaba.

—No sé si quiero seguir siendo su esposa si eso significa volver a desaparecer en una vida que él decide por mí.

Cassandra la miró con seriedad.

—Entonces no desaparezcas.

—Es fácil decirlo cuando una nació sabiendo cómo ocupar un salón.

—Sí —respondió Cassandra —Helena parpadeó.

Cassandra sonrió apenas—. Sí, nací sabiendo cómo entrar en un salón.

Sé cuándo inclinar la cabeza, cuándo sonreír, cuándo no mirar a una mujer que acaba de mentir y cuándo hacer que un hombre crea que ha tenido una idea que en realidad le plantaste tú media hora antes.

—Suena útil.

—Lo es. También es agotador porque tampoco elegí serlo.

Helena bajó la vista hacia las lechugas. —Yo no pertenezco a ese mundo.

—Quizás no del modo en que Lady Aveline pretende pertenecer. Ni del modo en que yo pertenezco. Pero la aristocracia necesita algo más que mujeres que sepan ordenar cenas y arruinar reputaciones con una ceja.

—¿Y qué necesitaría de mí?

—Que recuerdes a las personas a las que todos los demás convierten en causas benéficas lejanas —Helena no respondió.

Cassandra siguió, más baja: —No tienes que ser la duquesa que Aveline espera.

Ni la que Bristol imagina. Ni siquiera la que Wolf intentó construir para protegerte. Puedes ser otra cosa.

—¿Qué cosa?

—La que tú decidas.

El huerto pareció más grande de pronto.

O tal vez fue Helena quien dejó de sentirse tan pequeña dentro de él.

—Pero no puedes permitir que otra mujer escriba tu historia por ti —añadió Cassandra.

Helena miró hacia Briarcombe. La casa ya no le parecía únicamente una huida. Seguía siendo un refugio, sí, pero también empezaba a parecerse a una raíz. Y las raíces, comprendió, no obligaban necesariamente a quedarse quieta.

Mientras tanto, en el establo, Wolf fingía interesarse por una cincha que llevaba varios minutos perfectamente ajustada.

Los caballos no necesitaban atención alguna.

Él sí. Por desgracia, Tiger lo conocía demasiado bien para dejarlo entregarse a tareas inútiles en paz.

Se apoyó contra una de las puertas y observó a su hermano con la expresión divertida de un hombre que acababa de encontrar una debilidad nueva en alguien que llevaba años fingiendo no tener ninguna.

—Puedes dejar de revisar esa cincha —dijo Tiger—. El caballo no publicó el artículo.

Wolf soltó la hebilla.

—Aveline ha ido demasiado lejos.

—Sí.

—La arruinaré.

—Probablemente podrías.

Wolf lo miró.

Tiger apoyó un hombro contra la pared del establo.

—También podrías comprar el periódico, despedir al editor, amenazar al periodista, intimidar a medio comité de Bregton y hacer que nadie vuelva a pronunciar el nombre de Lady Aveline Morland en tu presencia.

—Me parece un comienzo razonable.

—Naturalmente. Eres tú. Para ti, aplastar un problema siempre parece limpieza doméstica—Wolf no respondió.

Tiger dejó de sonreír—. Ha conseguido exactamente lo que quería.

Ha herido a Helena. Te ha expuesto. Ha convertido Kalmara en arma social.

Y ha hecho que todo Bristol se pregunte si tu esposa ya ha sido sustituida.

—No lo ha sido.

—Díselo a ella.

—Lo sabe.

Tiger cerró los ojos un instante.

—¿Se lo has dicho? ¿O debe deducirlo por tu magnífico semblante de muerto viviente?

—Wolf se quedó inmóvil. Tiger se acercó un paso—.

Puedes desmentir un artículo. Puedes aplastar al periodista.

Puedes hacer que Aveline lamente haber nacido con acceso a papel y tinta.

Pero nada de eso le dirá a Helena lo que necesita saber.

—¿Qué necesita saber?

Tiger lo miró con algo casi parecido a lástima.

—Esa era la pregunta que debiste hacer hace seis años —Wolf volvió la vista hacia la puerta del establo.

Tiger habló con menos ironía—. Por primera vez desde Kalmara, pareces dispuesto a luchar por algo que no es una orden, una deuda o una vida ajena.

Bien. Pero decide qué eres antes de llegar a Bregton.

—Soy Coldhaven.

—Sí. Qué tragedia para todos. Pero también eres su marido.

Wolf no dijo nada.

Tiger hizo la pregunta sin adornos:

—¿Vas a ir como duque o como marido?

Wolf no encontró respuesta.

Más tarde, cuando la tarde empezaba a caer sobre Briarcombe, Helena y Wolf se encontraron en el pasillo de la galería.

No fue casual.

Nada lo era ya.

Él sostenía el periódico.

Ella venía del huerto con tierra en el borde de la falda.

Durante un instante se miraron como dos personas que habían compartido una cama, una casa, seis años de errores y un dolor que ya no cabía en las palabras correctas.

—Viajaré a Bregton —dijo Wolf.

Helena sintió el viejo aguijón.

—¿Pensaba decírmelo o informarme cuando el carruaje estuviera listo?

Él recibió la frase sin defenderse.

—Pensaba preguntarle.

Ella quiso creerlo.

Aquello la asustó.

—¿Preguntarme qué?

Wolf bajó la vista hacia el periódico.

Después volvió a mirarla.

—No tengo derecho a pedirle que venga.

—No. No lo tiene.

—Lo sé.

—Pero deseo que lo haga —dijo él.

No era una orden ni una solución. Tampoco una promesa de seguridad. Era algo mucho más sencillo y, por eso mismo, más peligroso: un deseo. El deseo de un hombre que por fin dejaba de decirle lo que consideraba correcto para admitir, simplemente, lo que quería.

—No sé qué haré yo —dijo.

Wolf inclinó la cabeza.

—Entonces esperaré su decisión.

Ella lo miró largamente.

—Eso se le da fatal.

—Estoy aprendiendo.

La frase no fue ingeniosa.

No fue brillante.

Ni siquiera fue suficiente.

Pero fue honesta.

Esa noche, Helena volvió a la habitación de su padre.

No a la de Wolf.

La casa dormía envuelta en un silencio extraño, roto únicamente por el murmullo lejano del viento contra las ventanas.

Avanzó por los pasillos con una vela entre las manos, sintiéndose más cansada de lo que recordaba haber estado nunca.

No era un cansancio del cuerpo, sino algo más profundo.

Como si hubiera pasado años luchando contra una corriente invisible y, de repente, hubiera dejado de resistirse.

El periódico estaba sobre la cómoda. Lo había llevado allí como se lleva una prueba a un juicio privado. La lámpara lanzaba una luz cálida sobre el papel, suavizando incluso las palabras más crueles.

Helena lo leyó otra vez.

«La esposa ausente. La duquesa incapaz de ocupar su lugar. La mujer que había abandonado a su esposo».

El hueco que Lady Aveline Morland parecía preparada para llenar.

Al principio dolió.

Después no.

Después llegó otra cosa.

Una rabia clara, fría, mucho más digna que las lágrimas.

Aveline había cometido un error.

Había creído que Helena seguiría escondida en Briarcombe, curándose en soledad, dudando de sí misma y preguntándose una y otra vez si tenía derecho a ocupar una vida que había llegado a ella envuelta en deberes, promesas y deudas que nunca había elegido. Había olvidado algo importante.

Nathaniel Vane no había criado a una cobarde.

Helena cerró el periódico despacio y se acercó a la cómoda.

Abrió la pequeña caja de madera y encontró el anillo donde siempre había estado.

Permaneció inmóvil unos segundos contemplándolo.

No se lo puso. Todavía no. Pero dejó que la yema de sus dedos recorriera el aro de oro, frío y familiar, como si estuviera recordándole algo que durante demasiado tiempo había permitido que otros definieran por ella.

No sabía si volvería a Bristol como esposa enamorada. No sabía si podría perdonar seis años de puertas cerradas. No sabía si Briarcombe sería refugio, hogar o raíz.

Pero sí sabía una cosa.

Lady Aveline Morland no decidiría quién era Helena Colligan.