Capítulo 13
Briarcombe había empezado a dar lechugas.
Helena no sabía si aquello debía considerarse un triunfo agrícola, una señal divina o una burla de la naturaleza, pero aquella mañana se arrodilló junto al bancal con una cesta en el brazo y decidió aceptarlo como victoria.
La casa tenía todavía demasiadas goteras para una mujer prudente y demasiados crujidos para una mujer supersticiosa.
La galería seguía oliendo a madera vieja cuando llovía, una ventana del ala oeste continuaba cerrando con la terquedad de un lord ofendido y el comedor conservaba, pese a todos los esfuerzos, un rastro de humo que la señora Pottle atribuía al carácter moral de la chimenea.
Pero Briarcombe ya no parecía abandonada.
Eso era algo.
Las ventanas estaban abiertas. Las cortinas lavadas se movían con el aire de primavera.
El huerto, que semanas atrás no era más que tierra obstinada y malas hierbas con aspiraciones de dominio, empezaba a ofrecer pequeñas pruebas de obediencia.
Había brotes de judías, zanahorias que quizás algún día merecerían ese nombre y tres lechugas tan verdes que Helena las miró con una ternura impropia de una duquesa.
Tal vez ese fuera el problema.
Cada vez hacía más cosas impropias de una duquesa.
Y cada vez le importaba menos.
Cortó una de las lechugas con cuidado y la colocó en la cesta.
—Si la mira con más orgullo, señora, la pobre planta acabará creyéndose un rosal —dijo la señora Pottle desde la cerca.
Helena alzó la vista.
La cocinera llevaba un delantal limpio, las mangas arremangadas y una expresión de mujer que había visto bastante mundo como para no dejarse impresionar por una hortaliza.
—Es la primera lechuga decente de Briarcombe en años.
—Eso dice más de Briarcombe que de la lechuga.
—Qué falta de sensibilidad.
—La sensibilidad no aliña ensaladas.
Helena casi sonrió. Casi. Había descubierto en los últimos días que las sonrisas debían manejarse con prudencia.
Una sonrisa podía aparecer sin permiso. Podía recordar cinco días de felicidad indecente.
Podía traer consigo el recuerdo de Wolf riendo en Ashcombe con un saco de arpillera alrededor de las piernas.
No.
No pensaría en eso.
Cortó otra lechuga.
Naturalmente pensó en eso.
En Wolf.
En su risa.
En su boca.
En su mano cerrándose alrededor de la suya en el camino.
Y después, en los baúles frente a la casa. Las telas. Los criados. El regreso decidido sin ella.
La hoja que sostenía entre los dedos se rompió.
—Esa no tenía culpa, señora —observó la señora Pottle.
Helena dejó la lechuga en la cesta con excesiva dignidad.
—Tenía una actitud complicada.
—Como todos en esta casa.
Helena no respondió.
La señora Pottle tampoco insistió. Aquello, viniendo de ella, fue casi una delicadeza.
Más tarde, Helena se sentó con el señor Barrow en la biblioteca pequeña. El administrador había colocado los libros de cuentas sobre la mesa con una solemnidad propia de un ministro que presentaba tratados de paz. Llevaba los anteojos en la punta de la nariz y una expresión de modesto triunfo.
—Las rentas no son grandes, señora —dijo—, pero tampoco son tan vergonzosas como temí. Con el tejado arreglado en parte, la chimenea corregida y el huerto en marcha, Briarcombe no sangra dinero. Gotea. Es distinto.
—Una descripción muy optimista.
Helena recorrió las cifras con la punta del dedo. No eran brillantes. No había fortuna escondida entre aquellas líneas, ni promesas de grandeza. Pero sí orden. Posibilidad. Una casa que podía sostenerse si nadie intentaba convertirla en algo que no era.
Briarcombe podía vivir.
Aquello la llenó de satisfacción.
Y de tristeza.
Porque algunas reparaciones llevaban la marca invisible de Wolf.
La ventana del pasillo. La cerca del huerto. La chimenea. La estantería de su padre. Incluso la forma en que Barrow hablaba ahora de contratar solo lo necesario, nada de ejércitos domésticos ni lacayos brillantes enviados para ocupar habitaciones que no los necesitaban.
Wolf había entendido algo.
No bastante.
Pero algo.
Había ordenado devolver a Bristol casi todo lo que había hecho traer sin preguntarle.
Los criados, las telas caras, las cajas innecesarias, los obreros de más.
Solo habían quedado dos hombres para el tejado, porque incluso Helena admitía que morir aplastada por una viga por principios de independencia habría sido una tontería.
Aquel gesto debería haber bastado para suavizarla.
No bastó.
Porque Wolf seguía llamándola «mi señora».
Porque volvía a ofrecerle la silla, la taza, el paso por una puerta con una cortesía tan perfecta que dolía.
Porque no había vuelto a tocarla.
Porque no la había seguido.
Porque había decidido respetar su distancia con tanta obediencia que Helena, de pronto, habría querido golpear algo.
Era injusto.
Lo sabía.
Ser consciente de una injusticia no siempre impedía sentirla.
—¿Está satisfecha, señora? —preguntó Barrow.
Helena miró las cuentas.
—Sí.
—Qué alivio. Temí que frunciera el ceño como Su Excelencia.
—Yo no frunzo el ceño como Su Excelencia.
Helena cerró el libro con más fuerza de la necesaria.
La puerta de la biblioteca se abrió entonces.
Wolf apareció en el umbral.
Oscuro, alto, correcto, como si alguien hubiera introducido un fragmento de tormenta en una habitación llena de papeles modestos. Llevaba la chaqueta abotonada y los guantes en una mano. No parecía cansado. Wolf rara vez parecía nada.
Sus ojos se posaron primero en Barrow.
Después en Helena.
—Mi señora.
Ahí estaba.
La puñalada envuelta en terciopelo.
—Excelencia —respondió ella.
Barrow miró con intensidad un libro de cuentas, como si esperara encontrar en él un pasadizo secreto hacia cualquier otra habitación.
—El hombre del tejado pregunta si desea revisar la galería norte antes de que cierre el presupuesto —dijo Wolf.
—¿Me lo pregunta a mí?
La pausa fue mínima.
—Es su casa.
Helena debería haber agradecido la respuesta.
No pudo.
—Entonces dígale que subiré en un momento.
—Como desee.
Wolf inclinó la cabeza y se retiró sin esperar, sin añadir nada, sin hacer el menor intento por suavizar la distancia que había quedado entre ellos. Aquella corrección perfecta, de una manera absurda, resultó mucho peor que cualquier reproche. Barrow se aclaró la garganta.
—La galería norte, señora.
—Sí, Barrow. La he oído mencionada.
—Por supuesto.
—Si vuelve a parecer tan incómodo, acabaré creyendo que Briarcombe necesita añadir un cuarto para esconder administradores.
—Sería una mejora práctica, señora.
El ruido de ruedas llegó desde el exterior antes de que Helena pudiera responder.
No eran los carros de los obreros.
Ni el carruaje pequeño de Briarcombe.
Era otro sonido: firme, elegante, caro. Un sonido que parecía permitir al camino existir bajo sus ruedas.
Helena se levantó.
Wolf ya estaba en el vestíbulo cuando ella llegó. La señora Pottle salió de la cocina con un paño en las manos. Barrow apareció detrás de Helena con los libros aún bajo un brazo, porque incluso el asombro no le hacía abandonar una cuenta a medio cerrar.
El carruaje que se detuvo frente a la casa no llevaba los colores de Coldhaven.
Tampoco el sello de Perla.
La portezuela se abrió y Tiger Colligan descendió con la facilidad de un hombre que jamás había permitido que un viaje, una deuda o una familia entera lo sorprendieran con el aspecto equivocado.
Vestía de manera impecable, con una elegancia más atrevida que la de Wolf. Más brillante. Más peligrosa, pero en otro sentido. Donde Wolf parecía una sentencia, Tiger parecía una invitación a un pecado caro.
Observó Briarcombe.
Observó el tejado.
Observó la fachada.
Luego a Helena.
—Querida cuñada —dijo—, he visto ruinas romanas con mayor confianza en su futuro.
Helena no pudo evitarlo: se rio. No mucho, pero sí lo suficiente para que el gesto se le escapara antes de recordar que no estaba de humor para nada parecido a la alegría. Tiger sonrió, satisfecho. Wolf no dijo nada, aunque Helena sintió su mirada.
—Briarcombe es una casa muy sensible —respondió ella—. No le conviene oír críticas antes del almuerzo.
—Entonces hablaré bajo. No quisiera que el ala oeste decidiera rendirse de golpe.
—Ya lo intentó la semana pasada.
—Admiro su espíritu.
Detrás de Tiger descendió Cassandra.
Si Tiger parecía diseñado para hacer que una habitación se volviera más peligrosa, Cassandra parecía hecha para entrar en cualquier lugar y obligarlo a admitir que era suyo.
Era hermosa de una manera franca, segura, sin disculpa.
Llevaba un vestido de viaje elegante, guantes impecables y un sombrero que habría parecido exagerado en otra mujer, pero que en ella solo resaltaba su pelo rojo.
Helena sintió, contra su voluntad, una punzada.
Cassandra era todo aquello que ella no era.
Hija de duques.
Criada entre salones.
Dueña de su sitio.
Cassandra miró la casa con atención.
No con burla.
No con lástima.
Con curiosidad.
Sus ojos pasaron por las ventanas abiertas, las macetas, las lechugas en la cesta de Helena, la puerta de la cocina, los muros envejecidos.
—Es pequeña —dijo. Helena se tensó. Cassandra la miró entonces, y algo en su expresión cambió—. No he dicho que sea poco.
Tiger se quitó los guantes. —Hemos dejado a las niñas con mi madre, mi padre, dos niñeras y un perro que no será útil salvo como testigo. La supervivencia de Bristol está ahora en manos de Dios.
—Qué imprudente —dijo Wolf.
Tiger lo miró.
La sonrisa de su hermano no desapareció, pero se volvió más fina.
—Coldhaven.
—Blackmoor.
—Sigues vivo. Me alegra. Aunque viendo la casa, quizás deberíamos esperar a la inspección del techo antes de afirmarlo con autoridad.
La comida se organizó con una rapidez que solo podía explicarse por la señora Pottle, quien de pronto se transformó en criada de una duquesa y un duque visitantes sin perder del todo su aire de reina ofendida por las circunstancias.
Se sirvió en el comedor, porque la chimenea se comportaba aquella tarde con una docilidad sospechosa. Había pan, queso, un plato frío de ave, manzanas, mantequilla y la primera ensalada del huerto de Briarcombe.
Tiger miró la fuente de lechuga.
—He viajado desde Bristol para ser derrotado por una ensalada.
La señora Pottle, que colocaba una jarra sobre la mesa, bajó la vista.
—La ensalada no suele vencer a nadie que sepa manejar un tenedor, milord.
Tiger la miró.
Luego miró a Helena.
—Me gusta esta casa.
—No se lo diga —respondió Helena—. Se volverá insoportable.
—Demasiado tarde —murmuró Wolf.
Helena lo miró.
Wolf estaba observando su plato.
La frase había sido breve. Seca. Casi como antes.
Y eso la molestó más de lo razonable, porque le gustó.
Cassandra habló con naturalidad de la casa, del huerto, de las ventanas reparadas. Preguntó por la biblioteca de Nathaniel, por las habitaciones abiertas, por la señora Pottle y por Barrow con una amabilidad que no sonaba condescendiente. Helena se descubrió contestando más de lo que había pensado.
Tiger, mientras tanto, hacía que incluso la humedad pareciera un invitado gracioso.
Wolf no hablaba.
Pero miraba.
A Helena.
A Tiger cuando Helena reía.
A Cassandra cuando esta preguntaba por Briarcombe como si de verdad importara.
A la mesa, cada vez que Helena y él coincidían en una cortesía demasiado pulida.
Nadie en aquella habitación era tan necio como para no notarlo.
Al terminar la comida, Tiger dejó su copa sobre la mesa.
—Bien —dijo—. Ahora que hemos fingido que solo veníamos a admirar lechugas, pasemos a la parte desagradable.
Cassandra bajó la mirada.
Wolf se volvió hacia su hermano.
—Tiger.
—No me mires así. No he escrito yo el condenado artículo.
Helena sintió que algo se helaba dentro de ella.
—¿Qué artículo?
Tiger sacó un periódico doblado del interior de su chaqueta y lo dejó sobre la mesa.
No con cuidado.
El papel cayó como una bofetada.
Helena leyó el encabezado antes de que nadie dijera nada.