Capítulo 12 #3
Se hizo el silencio. No el que llenaba el salón cuando compartían un libro o una taza de té, ni el de las madrugadas en que despertaban juntos antes de que el resto de la casa cobrara vida.
Era otro. Uno que Helena conocía demasiado bien.
El mismo que había habitado su matrimonio durante años.
El que aparecía cuando algo importante acababa de romperse y ninguno de los dos sabía todavía cómo repararlo. Helena levantó los ojos hacia Wolf.
—¿Nos marcharemos?
—Sí.
—¿A dónde?
—A Bristol primero. Después, si prefiere Coldhaven, podemos...
—¿Si prefiero?
La frase lo detuvo.
Al fin.
—Helena.
—No. Continúe. Quiero oír cómo termina la frase. Después, si prefiero Coldhaven, podemos ir a Coldhaven. Si prefiero Bristol, quizás Bristol. Qué generoso. ¿He participado en alguna parte de esta decisión o solo estoy siendo informada de mi itinerario?
Wolf se quedó muy quieto.
La quietud de antes.
La que ella había empezado a creer menos frecuente.
—Creí que era evidente —dijo él.
Ahí estaba.
La herida.
No porque quisiera hacer daño.
Porque ni siquiera entendía que había levantado la mano.
—¿Evidente?
—Briarcombe nunca fue una solución permanente, Helena. Somos los duques de Coldhaven. Tengo propiedades, responsabilidades, personas que dependen de mí. No puedo pasar el resto de mi vida escondido en una rectoría de campo como si el mundo se hubiera detenido.
Helena sintió que algo dentro de ella se cerraba.
Despacio.
Con mucho cuidado.
Porque si no lo hacía con cuidado, quizás se rompería allí mismo, delante de los criados, del señor Barrow, de la señora Pottle, de la casa y del atardecer que hacía apenas un minuto le había parecido una promesa.
—¿No?
—La casa no está preparada para usted.
—Parece que ha decidido prepararla sin preguntarme.
—Precisamente para que no tuviera que preocuparse por ello, soy su marido, ¿no?
Helena soltó una risa breve.
Sin alegría.
Wolf se tensó.
Ya estaba empezando a comprender.
Demasiado tarde.
Siempre demasiado tarde.
—No está castigándome —dijo ella.
—¿Castigarla?
—No está intentando herirme.
—No.
—No está siendo cruel.
—No.
—Lo sé.
Aquello pareció desconcertarlo más que una acusación.
—Entonces...
—Ese es el problema, Wolf. Lo sé. Sé que no está siendo cruel.
Sé que probablemente ha organizado todo esto pensando que me facilitaba la vida.
Sé que para usted Briarcombe era un refugio temporal, una casa húmeda que debía arreglarse lo justo para no matarme de frío antes de llevarme de vuelta al lugar al que pertenece una duquesa.
—No es eso.
—¿No?
—No pensé en duquesas.
—No. Pensó en soluciones.
Él no respondió.
Porque era verdad.
La señora Pottle no se movió en la puerta.
Barrow parecía desear que el suelo se abriera bajo sus pies y lo tragara por fin.
Helena miró la casa.
Su casa.
Pequeña. Imperfecta. Absurda. Llena de hollín reciente, libros torcidos, ventanas reparadas y mañanas que habían empezado a parecer suyas. Miró los baúles. Las telas. Los criados esperando órdenes. Todo aquello práctico, caro, útil, conveniente.
Todo perfectamente Wolf.
—Hoy en la feria —dijo ella—, durante un momento pensé que quizás entendía.
—¿Qué?
—Que este lugar no es algo temporal para mí.
Wolf la miró.
Y entonces, por fin, la comprensión empezó a llegar.
No toda.
Solo lo suficiente para palidecerle un poco el rostro.
—Briarcombe es suyo —dijo él.
—No. Briarcombe era lo primero que sentí mío en mucho tiempo. Hay diferencia.
—Quería que estuviera segura.
—Y cómoda. Y bien atendida. Y rodeada de criados eficientes. Y trasladada de vuelta a una casa correcta cuando usted decidiera que la temporada de independencia rural había terminado.
—No está siendo justa, mi señora.
—No. Probablemente no —Aquello lo dejó sin respuesta. Helena respiró hondo—. Pero tampoco es completamente falso.
El dolor que cruzó su rostro fue breve.
Ella lo vio.
Y esta vez no sintió satisfacción.
Solo cansancio.
—Helena —dijo él—, si quiere quedarse...
—No lo haga.
—¿Qué?
—No convierta ahora mi dolor en otra orden inversa —dijo Helena, pero la voz ya no tenía filo. Solo cansancio—. No diga "entonces nos quedaremos" como si acabara de cambiar una ruta de carruaje. Ese no es el punto.
Wolf cerró la boca.
Ella miró los baúles, los criados, las cajas perfectamente ordenadas junto a la entrada. Todo aquello era útil. Sensato. Incluso generoso. Y quizás eso era lo peor, porque no podía odiarlo por ello sin sentirse un poco mezquina.
—Sé que tiene obligaciones —añadió—. Sé que no puede quedarse aquí fingiendo que no es quien es. No soy tan injusta como para pedirle eso.
Algo cambió en el rostro de Wolf.
No alivio.
Atención.
—Entonces...
—Pero tampoco puedo despertar una mañana y descubrir que mi vida ya ha sido organizada por usted otra vez.
El golpe fue más suave.
Y precisamente por eso pareció alcanzarlo más hondo.
Helena respiró despacio, intentando encontrar una ira que se le escapaba entre los dedos.
No estaba furiosa. No del todo. Estaba asustada.
Asustada de lo fácil que había sido volver a sentirse feliz.
Asustada de lo deprisa que Wolf podía convertir esa felicidad en un plan, en un traslado, en una solución razonable.
—No ha sido cruel —dijo—. Lo sé. Y eso lo hace más difícil.
Wolf permaneció inmóvil.
—Helena...
—No sé cómo vivir entre dos mundos —confesó ella, y la frase pareció sorprenderla tanto como a él—. No sé cómo ser la mujer que ríe con usted en Ashcombe y la duquesa que debe volver a Bristol como si Briarcombe hubiera sido solo una convalecencia. No sé cómo hacer eso todavía.
La señora Pottle, en la puerta, no dijo nada.
Barrow bajó la vista.
Helena se obligó a mirarlo.
—Necesito pensar.
—¿Quiere que me vaya?
La pregunta le dolió, porque no había orgullo en ella. Solo una disposición inmediata a concederle espacio si eso era lo que necesitaba.
—Quizás sea lo mejor —dijo Helena con honestidad.
Pasó junto a él y subió los escalones. La señora Pottle se apartó sin decir nada.
Los criados bajaron la vista. Helena sintió cada mirada como una acusación, no contra Wolf, sino contra ella misma, porque una parte de su corazón deseaba volver atrás, tomarle la mano y fingir que nada de aquello importaba.
Pero importaba.
No porque Wolf hubiera pensado en Bristol.
Sino porque no había pensado en preguntarle.
Helena cruzó el vestíbulo, subió la escalera y caminó por el pasillo que ya no era ridículamente corto. Pasó de largo la habitación de Wolf, la habitación donde había dormido cinco noches, donde había aprendido la forma de su cuerpo y el sonido de su respiración en la oscuridad.
Entró en la habitación de su padre.
Su antigua habitación.
La misma que había abandonado creyendo, quizás, que una puerta cerrada podía abrirse para siempre con una sola noche de valor.
Se detuvo junto a la cama.
No lloró.
Aquello la sorprendió.
Se quitó el sombrero y lo dejó sobre la cómoda. Después cerró la puerta. No con fuerza. Con cuidado.
Ese cuidado fue lo que más le dolió a Wolf.
Había subido detrás de ella, aunque no para detenerla ni para exigirle una explicación. Solo para llegar demasiado tarde, como parecía haber hecho tantas veces con Helena. Se quedó inmóvil ante la puerta cerrada, escuchando el silencio del otro lado.
Durante años, ella había mirado puertas como aquella.
Puertas que él no cruzaba. Puertas que él respetaba y que, al respetarlas, convertía en muros.
Había creído que dejar una puerta cerrada era una virtud.
Ahora estaba al otro lado y comprendía, por fin, la crueldad exacta de una puerta que nadie abría.
Abajo, en el vestíbulo, los criados esperaban instrucciones. Había baúles en la entrada, telas, provisiones, muebles, soluciones. Todo lo que él sabía ofrecer. Todo lo que había aprendido a dar.
Y, sin embargo, mientras miraba aquella puerta, Wolf comprendió algo que debería haber comprendido mucho antes.
Helena nunca había nacido para ser duquesa.
No en el sentido en que su familia entendía aquella palabra.
No había crecido entre institutrices, temporadas, bailes, administradores, obligaciones aristocráticas y casas donde una mujer aprendía desde niña a sonreír mientras otros decidían su vida por ella.
Helena había sido la hija de un reverendo de campo.
Había conocido nombres, no títulos; necesidades, no protocolos; habitaciones pequeñas, no salones interminables.
Había aprendido a llevar sopa a una anciana antes que a recibir reverencias.
A remendar, a leer junto a una ventana, a caminar por caminos embarrados, a pertenecer a un lugar por lo que hacía en él y no por el rango que ocupaba.
Y él, con la torpeza solemne de un hombre convencido de estar salvándola, la había llevado de golpe a una vida que le pesaba demasiado.
Duquesa de Coldhaven.
Su esposa.
Su responsabilidad.
Su solución.
Había creído que un apellido podía protegerla.
Y quizás lo había hecho. Pero también la había encerrado en una forma de existencia para la que nadie la había preparado.
Ella había intentado estar a la altura. Durante seis años había ocupado su sitio en la mesa, en los salones, en las casas Colligan, en los carruajes, en las conversaciones en las que ella siempre hablaba poco, ahora entendía que por miedo a quedar en ridículo.
Había vestido como debía, aunque sin gastar demasiado de una fortuna que no había querido usar como suya, hablado cuando era correcto y callado cuando parecía más seguro hacerlo.
Y él había confundido aquella obediencia triste con adaptación.
Wolf apoyó una mano contra la madera de la puerta, sin llamar.
No tenía derecho todavía.
Amar a Helena —si aquello era lo que era, y la palabra empezaba a resultar menos absurda que negarla— no bastaba. Desearla no bastaba. Protegerla no bastaba. Ni siquiera bastaba con reparar ventanas, chimeneas, tejados y caminos.
Porque Helena no necesitaba solo que le hicieran la vida más cómoda.
Necesitaba una vida que también pudiera reconocer como suya.
Tendría que aprender algo mucho más difícil que salvarla.
Tendría que aprender a construir con ella, no para ella.