Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Wolf no parecía pertenecer al lugar y, sin embargo, Ashcombe empezó a aceptarlo con esa rapidez pragmática de los pueblos pequeños cuando alguien poderoso demuestra no ser completamente inútil.

Ayudó al señor Bell a mover una mesa sin que nadie se lo pidiera.

Tomó a un niño del suelo cuando tropezó cerca del puesto de manzanas.

Escuchó a un anciano explicar durante siete minutos la historia de una cerca como si aquello no fuera un castigo social.

Incluso aceptó un pastel pequeño de Martha sin preguntar qué contenía.

—¿Está bueno? —preguntó Helena.

Wolf miró el pastel. —Es... contundente.

—Eso significa que no.

—Significa que si lo arrojaran contra una puerta, probablemente la abriría.

Helena rio.

Martha, que había oído lo bastante, entrecerró los ojos.

—Ese pastel ganó en el año noventa y ocho.

—La puerta debió rendirse entonces también —dijo Wolf.

Durante un instante, Helena creyó que Martha se ofendería. Luego la anciana soltó una carcajada tan fuerte que varias personas se giraron.

La carrera de sacos atrajo a medio pueblo.

Peter se presentó con un saco demasiado grande, el cabello alborotado y una confianza que habría resultado admirable en un general.

Los niños se alinearon primero. Después algunos jóvenes.

Luego, por razones que nadie explicó del todo, varios hombres adultos fueron empujados hacia la línea con distintos grados de dignidad.

Wolf permanecía junto a Helena.

A salvo.

Hasta que Peter gritó:

—¡Su Excelencia prometió ayudar con los sacos!

—Prometí tener cuidado con ellos —corrigió Wolf.

—Eso incluye meterse dentro —respondió Peter.

—No necesariamente.

—¿Tiene miedo?

Helena cerró los ojos.

Martha Bell murmuró: —Muchacho insensato.

Wolf miró a Peter.

Peter sostuvo la mirada.

Durante un segundo, el pueblo entero pareció recordar que el duque de Coldhaven era un hombre que había reducido a Silas Crowe con un cuchillo bajo la garganta.

Luego Wolf dijo: —Sí.

Peter parpadeó.—¿Sí?

—Tengo miedo de perder contra un niño de trece años y no recuperarme socialmente.

Hubo una pausa.

Después, risas.

Helena sintió que algo cálido le llenaba el pecho.

Porque Wolf no solo había hecho reír al pueblo.

Se había reído de sí mismo.

Un poco.

Lo suficiente.

Y terminó dentro de un saco.

Aquello fue una imagen que Helena sospechó que conservaría hasta el final de sus días: Wolf Colligan, alto, oscuro, con el rostro más serio del mundo y las piernas metidas en un saco de arpillera, escuchando con atención las instrucciones de Peter como si estuviera a punto de dirigir una maniobra militar.

—Tiene que saltar —dijo Peter.

—Había deducido esa parte.

—Pero no demasiado largo, o caerá.

—Eso parece una debilidad del sistema.

—Es una carrera de sacos, excelencia, no el Parlamento.

Martha se llevó una mano a la boca.

Helena se rio.

El silbato sonó.

La carrera empezó.

Durante los primeros tres saltos, Wolf resultó alarmantemente competente. Peter iba en cabeza, seguido muy de cerca por otros dos muchachos que parecían tomarse aquella competición con la seriedad de una campaña militar.

En el cuarto salto, fue uno de los niños más pequeños quien perdió el equilibrio. Cayó de lado, se enredó en el saco y terminó arrastrando consigo a otro participante. Varias personas gritaron. La carrera continuó.

—¡Siga! —gritó Peter desde delante.

Wolf no siguió.

Se detuvo, salió de su propio saco y se agachó para liberar al niño atrapado. Lo puso en pie, comprobó que no se hubiera hecho daño y, cuando el pequeño insistió entre lágrimas y orgullo herido en terminar la carrera, Wolf se lo echó sobre un hombro como si no pesara más que una chaqueta.

El público estalló en carcajadas.

—¡Eso es trampa! —gritó Peter, sin dejar de saltar hacia la meta.

—¡Gana primero y protesta después! —le respondió alguien desde la multitud.

Wolf regresó a la carrera con el niño sobre el hombro y el saco sujeto de cualquier manera alrededor de las piernas. Llegó a la meta bastante después que los vencedores, para enorme satisfacción de Peter.

Y entonces, mientras el muchacho celebraba su triunfo con una modestia completamente inexistente, Wolf se rio.

No una sonrisa.

No una sombra de diversión.

Rio de verdad.

Un sonido bajo, verdadero, inesperado. Breve, sí. Pero inconfundible.

Helena se quedó inmóvil.

El sol de primavera caía sobre la plaza, sobre el cabello oscuro de Wolf, sobre su camisa arrugada, sobre el saco ridículo alrededor de sus piernas y el niño que lo acusaba de haber cometido fraude aristocrático.

Martha Bell reía con los ojos húmedos. Los niños chillaban.

La señora Pratt declaraba que aquella carrera debía repetirse porque nadie había previsto la categoría "duque con carga menor".

Y Wolf, el mismo hombre que había sido frío como una hoja en aquella misma plaza días atrás, estaba allí, riendo.

Helena pensó: No sabía que existía este hombre.

Y después pensó algo peor: Podría quererlo.

No por su protección.

No por su deseo.

No por la deuda, ni por el matrimonio, ni por el dolor que compartían.

Por aquello.

Por él.

El pensamiento la dejó tan vulnerable que tuvo que apartar la vista.

Martha Bell apareció a su lado.

—Bien —dijo.

—¿Bien?

—El duque. Quizás no sea tan malo para usted.

Helena sintió calor en el rostro.

—Martha.

—Soy vieja, no ciega. Además, ha cargado al niño sin dejarlo caer. Eso cuenta mucho en un hombre.

Wolf se acercó entonces con Peter a su lado.

—He sido acusado de trampa —dijo.

—Con fundamento —respondió Helena.

—El reglamento no prohibía transportar participantes caídos.

Peter abrió la boca.

Luego la cerró.

—Eso es cierto —dijo, sorprendido por la injusticia del razonamiento.

—Tendremos que redactar normas más estrictas el año que viene —concluyó Helena.

—¿Vendrá el año que viene? —preguntó Peter.

La pregunta fue inocente.

A Helena le atravesó el pecho.

Wolf no respondió de inmediato.

Luego dijo: —Quizás sí.

Martha miró a Helena.

Peter también.

Helena no supo qué decir.

No porque no quisiera contestar.

Porque por un instante imaginó el año siguiente. Briarcombe reparada. La feria. Wolf junto a ella. Quizás algún niño alrededor. Quizás risas. Quizás una vida que no se pareciera ni a Coldhaven ni a Bristol ni a una deuda pagada con cortesía.

«Quizás».

Aquella palabra era un precipicio.

Regresaron a Briarcombe al atardecer.

No regresaron enseguida en el carruaje. El aire de la tarde era agradable y, por una vez, ninguno parecía tener prisa por llegar a ninguna parte.

Caminaron juntos por el camino de regreso a Briarcombe mientras Ned los seguía a distancia con el carruaje, soportando con admirable resignación la lentitud de dos personas que se empeñaban en fingir que no estaban disfrutando de la compañía del otro.

Wolf llevaba la chaqueta sobre un brazo. Helena llevaba el sombrero colgando de la mano.

En algún punto del camino sus dedos se tocaron.

Esta vez fue ella quien tomó su mano.

Wolf se quedó quieto medio segundo.

Luego cerró los dedos alrededor de los suyos.

No dijo nada.

Gracias a Dios.

Helena no habría sabido soportar una frase razonable.

—Ha hecho trampas —dijo ella.

—No había reglamento.

—Eso es exactamente lo que diría un hombre culpable.

—O un abogado competente.

—¿También sabe ser abogado?

—No. Pero conozco varios y todos comparten esa falta de vergüenza.

Helena sonrió hacia el camino.

La felicidad era algo muy peligroso , pensó.

No porque uno pudiera perderla.

Sino porque podía hacer que una persona empezara a imaginar quien merecía conservarla.

Cuando llegaron a Briarcombe, la luz era dorada sobre la fachada.

Durante un instante, la casa pareció casi hermosa.

Y luego Helena vio el carruaje.

No el pequeño vehículo de Briarcombe.

Uno grande, oscuro, perfectamente cuidado, con los colores de los Colligan discretamente ocultos pero imposibles de no reconocer para cualquiera que hubiera vivido años en aquella familia.

Dos mozos descargaban cajas junto a la entrada.

Había baúles en los escalones. Un hombre con ropa de proveedor hablaba con el señor Barrow.

Una doncella joven aguardaba junto a la puerta, nerviosa.

Detrás de ella, otro criado sostenía una pila de telas cubiertas con paños.

Helena se detuvo.

La mano de Wolf seguía cerrada alrededor de la suya.

Hasta que ella la retiró.

Él la miró.

—¿Qué es esto? —preguntó.

No sonó enfadada. Todavía no. Sonó confundida.

Wolf dirigió la vista hacia la casa y Helena reconoció de inmediato aquella expresión.

Era la misma que aparecía cada vez que terminaba un asunto complicado: la de un hombre que ya había tomado una decisión, la había ejecutado con eficacia y estaba razonablemente satisfecho con el resultado.

—Llegaron antes de lo previsto —dijo.

—¿Quiénes?

—Criados de Colligan House. Un carpintero. Dos hombres para el tejado. Una doncella para usted, si la acepta. Provisiones. Telas para las habitaciones. Algunas cosas de Bristol.

Helena miró los baúles.

—¿Cosas de Bristol?

—Ropa. Libros. Lo que consideré que necesitaría.

«Lo que consideré».

La feria, la risa, la mano en el camino, todo pareció alejarse un poco.

—¿Que necesitaría para qué?

Wolf pareció no comprender la pregunta.

—Para el regreso.

—¿El regreso?

Barrow, que acababa de verlos, se quedó inmóvil junto a las cajas.

La señora Pottle apareció en la puerta con un paño en las manos. Su expresión cambió al ver el rostro de Helena.

Wolf respondió con tranquilidad.

—Nos marcharemos dentro de una semana, cuando Briarcombe quede en condiciones decentes.