Capítulo 12
Durante cinco días, Briarcombe tuvo la indecencia de parecer feliz.
No de un modo grandioso. Briarcombe no era una casa hecha para grandiosidades.
El tejado seguía teniendo opiniones propias sobre la lluvia, el suelo crujía donde le venía en gana y el comedor, aunque ya no ahumaba a sus ocupantes con tanta ferocidad, conservaba un leve aroma a chimenea ofendida.
Pero durante cinco días hubo en la casa una armonía nueva, algo que no podía atribuirse solo a las ventanas abiertas, a las cortinas lavadas ni a la chimenea por fin obediente.
Ni si quiera al huerto que empezaba a florecer.
Helena no sabía qué hacer con aquella felicidad.
Así que, naturalmente, la desconfió.
La primera mañana después de cruzar el pasillo despertó antes que Wolf.
Al principio no se movió. Tenía la mejilla apoyada sobre su pecho y una mano descansaba junto al corazón de él, que latía bajo sus dedos con una regularidad profunda, casi irritante.
Wolf dormía boca arriba, con un brazo alrededor de su cintura, como si incluso dormido hubiera decidido que el mundo era un lugar menos aceptable si ella se alejaba demasiado.
Aquello debería haberla irritado.
No lo hizo.
Lo cual, por supuesto, resultaba alarmante.
La segunda mañana fue Wolf quien despertó primero.
Helena abrió los ojos y lo encontró mirándola con una atención que habría podido parecer fría si no hubiera estado él desnudo bajo la misma manta y si ella no conociera ya el calor de sus manos.
Él no dijo nada. Solo le apartó un mechón de cabello de la mejilla con el dorso de los dedos y luego se levantó, como si aquel gesto no acabara de alterar de manera indecorosa toda la estructura de su mañana.
La tercera mañana, la señora Pottle dejó el desayuno en el salón y se retiró con el pretexto de inspeccionar las manzanas almacenadas.
Durante aquellos días, la vida en Briarcombe adquirió un ritmo extraño, casi conyugal.
Wolf seguía levantándose antes del alba, aunque ahora ya no desaparecía por completo.
Volvía a la habitación antes de que Helena despertara del todo, con el cabello húmedo por la niebla y el cuerpo frío bajo las manos de ella cuando se acostaba un momento a su lado.
Helena fingía molestarse. Él fingía creerle.
Desayunaban juntos.
Discutían sobre la casa.
Se besaban en sitios poco razonables en momentos escandalosos.
Una mañana, mientras Helena decoraba el salón con un par de objetos recién adquiridos en Ashcombe, Wolf se inclinó detrás de ella para alcanzar una caja en el estante superior y le besó la nuca.
—Estoy trabajando —dijo ella, cerrando los ojos pese a sí misma.
—Eso parecía.
—Me está usted distrayendo.
—Eso también parecía.
—Wolf.
—Sí, mi señora.
El tono fue tan correcto que resultó absolutamente indecente.
Helena le golpeó la mano.
Wolf se la atrapó antes de que pudiera apartarla del todo.
Ella se giró para protestar.
No tuvo ocasión.
La besó.
Aquello seguía sorprendiéndola. Después de años de corrección casi insoportable, todavía le costaba reconciliar al hombre reservado y templado que había conocido en Escocia con el que aparecía ahora cuando cerraban una puerta.
O cuando olvidaban cerrarla.
La besó despacio al principio, como si tuviera toda la intención de comportarse. Aquello duró exactamente unos segundos.
Helena soltó una pequeña risa contra su boca cuando sintió una de sus manos deslizarse hasta su cintura.
—Wolf...
—¿Sí?
—Estoy trabajando.
—Lo sé.
La respuesta resultó poco convincente teniendo en cuenta que acababa de acercarla más a él.
La otra mano descendió por su costado antes de desaparecer bajo los pliegues de la falda.
Helena cerró los ojos un instante.
Dios bendijera a la señora Pottle.
Y a Barrow.
Y a cualquier miembro del servicio que hubiera aprendido durante aquellos últimos días que, si encontraba a los dueños de Briarcombe solos en una habitación, era mucho más prudente retirarse discretamente y volver diez minutos después.
O veinte.
—Es una casa muy pequeña para tanto escándalo —murmuró ella.
—Estoy haciendo todo lo posible por contribuir a la felicidad del lugar—contestó él, besándola con más furor.
Helena intentó conservar la dignidad cuando él la hizo suya en medio del salón.
Después, Helena pasó el resto de la mañana pensando en aquella escena con una irritación improductiva.
Wolf tenía costumbres absurdas. Doblaba los periódicos con una precisión casi militar, como si el pliegue incorrecto pudiera conducir a la ruina del Imperio.
Ordenaba los libros por tamaño cuando se le dejaba solo más de diez minutos, lo cual horrorizó a Helena hasta que descubrió que él no sabía explicar por qué lo hacía.
Fumaba cuando estaba preocupado, aunque intentaba no hacerlo delante de ella desde que la señora Pottle declaró que los cigarros eran una forma aristocrática de convertir aire útil en mal carácter.
—No fumo tanto —dijo Wolf.
—No he dicho que fume tanto, excelencia —respondió la cocinera uno de esos días—. He dicho que cuando lo hace parece que está intentando ahumar también sus pensamientos, y eso no mejora el sabor de ninguno.
Barrow, que fingía revisar el tejado desde el patio, soltó una tos sospechosa.
Wolf miró a Helena.
—Su personal es insubordinado.
—Mi personal tiene excelente juicio.
—Son compatibles esas dos cosas.
—En Briarcombe, casi obligatorias.
—Empieza a aprender, señora Colligan—dijo la cocinera por primera vez, sorprendiendo a Wolf.
Wolf también la ayudaba en la casa. No como un duque que da órdenes.
No siempre, al menos. A veces como un hombre que se arrodillaba junto a una puerta para ajustar una bisagra, o que sostenía una estantería mientras Helena decidía que los libros de su padre debían ordenarse por tema, no por tamaño, aunque aquello pareciera herir algún principio profundo del duque de Coldhaven.
El quinto día amaneció con campanas.
No campanas de iglesia para un entierro ni para un sermón.
Campanas alegres, insistentes, demasiado entusiasmadas para una mañana que apenas había empezado.
Helena estaba en el patio, atándose el sombrero, cuando Ned llegó corriendo desde el camino con una manzana en la mano y una expresión de importancia.
—La feria, señora.
—Ya lo sé, Ned.
—Empieza a las diez.
—También lo sé.
—Peter Bell dice que Su Excelencia no se atreverá.
Helena se quedó inmóvil.
Wolf, que estaba ajustando la cincha de uno de los caballos junto al establo, levantó la cabeza.
—¿A qué no me atreveré?
Ned se dio cuenta, demasiado tarde, de que entregar mensajes entre muchachos y duques podía ser una ocupación de alto riesgo.
—No lo ha especificado, excelencia.
—Qué prudente.
—Aunque mencionó sacos.
—Oh, no—dijo Helena, cerrando los ojos.
—¿Sacos? —preguntó Wolf, mirándola.
—La feria de primavera de Ashcombe —explicó ella—. Hay carreras, puestos, pasteles, rifas, música mala y una cantidad de humillación pública cuidadosamente repartida entre los asistentes.
—¿Y sacos?
—Carreras de sacos.
Wolf pareció no comprender del todo.
Eso, por alguna razón, fue delicioso.
—Los participantes se meten en un saco y saltan hasta la meta —explicó Helena.
—¿Por qué?
—Porque el campo es cruel y las personas se aburren.
Ned soltó una risa que intentó convertir en tos.
Wolf miró hacia el camino.
—Peter Bell cree que no me atreveré.
—Peter Bell tiene trece años y una comprensión muy limitada de la supervivencia.
—Eso parece.
—No va a participar en una carrera de sacos.
—No he dicho que vaya a hacerlo.
Helena lo conocía ya lo suficiente para desconfiar de aquella respuesta.
Ashcombe estaba lleno de ruido cuando llegaron.
No mucho ruido, comparado con Bristol o Londres.
Pero sí el suficiente para que el pequeño pueblo pareciera haberse desbordado de sí mismo.
Había puestos alrededor de la plaza, mesas con pasteles, cestas, telas, huevos pintados por niños con más entusiasmo que pulso, cintas, flores, herramientas, frascos de mermelada y pequeñas tallas de madera.
La iglesia tenía las puertas abiertas. De algún lugar llegaba una música de violín tan animada como imprecisa.
Varias gallinas recorrían la plaza con expresión de pertenecer a una clase social superior a la de los visitantes.
Martha Bell presidía una mesa de pasteles como una reina mercantil.
—Señorita Helena —dijo al verla—. Ha llegado justo a tiempo. El concurso de tartas ya ha empezado y la señora Pratt ha tenido la desfachatez de presentar una de ciruelas después de que todos sabemos lo que ocurrió el año pasado.
—¿Qué ocurrió el año pasado?
—Hubo consecuencias digestivas. No hablemos de ello ante el duque.
—Agradezco la consideración—dijo Wolf, inclinando la cabeza.
Martha lo miró de arriba abajo. —Se ha puesto ropa demasiado buena para una feria.
—Me han dicho que habría sacos.
—Ah. Entonces no es ropa demasiado buena, solo demasiado optimista.
Helena ocultó una sonrisa. Peter apareció casi de inmediato, con dos muchachos detrás como si fuera comandante de una fuerza militar irregular.
—Su Excelencia.
—Peter.
—La carrera empieza después del concurso de manzanas.
—Qué organización tan avanzada.
—¿Participará?
—Peter —dijo Helena—, no provoques a los duques antes del almuerzo.
—La abuela dice que los duques no sirven de mucho si no se les provoca.
Martha, desde su mesa, gritó: —¡Yo no he dicho esto!
—Lo pensó —respondió Peter.
Wolf miró a Helena. —Empiezo a apreciar a su pueblo.
—Eso demuestra que no ha estado suficiente tiempo en él.
La mañana fue ridículamente agradable.
Esa fue la palabra exacta.
Ridícula.
Y agradable.