Capítulo 11 #3
—No se atreva a disculparse ahora.
Él abrió los ojos.
Y entonces ella lo vio.
No al héroe.
No al hombre frío.
No al duque.
A Wolf.
Deshecho.
Vulnerable.
Suyo de una manera que ninguno de los dos habría sabido soportar a plena luz del día.
Helena movió la mano hasta su nuca y lo atrajo hacia ella.
—Béseme.
Él obedeció.
Y cuando volvió a moverse, el dolor cedió poco a poco ante algo más lento, más hondo, más devastador.
Helena aprendió el ritmo de su cuerpo con asombro.
Wolf aprendió el suyo como si cada respuesta hubiera sido destinada a él desde antes que naciera.
No fue perfecto. Nada entre ellos lo había sido.
Hubo respiraciones rotas, movimientos detenidos demasiado pronto, susurros incompletos, una risa temblorosa de Helena cuando él maldijo en voz baja contra su cuello por ir demasiado deprisa.
Pero fue real.
Y quizás por eso la destruyó más que cualquier fantasía.
Cuando Wolf perdió finalmente el control, lo hizo con el rostro enterrado contra su garganta y una mano aferrada a las sábanas para no cargar todo su peso sobre ella.
Su cuerpo se tensó, poderoso y vulnerable a la vez, y el sonido que escapó de él fue tan bajo, tan íntimo, que Helena sintió lágrimas en los ojos sin saber por qué.
Después no se apartó enseguida.
Tampoco la aplastó.
Permaneció sobre ella, respirando con dificultad, como si necesitara unos segundos para regresar al mundo.
Helena le acarició el cabello.
No pensó hacerlo.
Simplemente ocurrió.
Wolf se quedó inmóvil.
Luego giró la cabeza y besó la parte interior de su muñeca.
El gesto fue tan pequeño que la desarmó por completo.
—¿Le he hecho daño? —preguntó.
—Un poco.
Su rostro cambió.
Helena le puso los dedos sobre la boca antes de que pudiera disculparse.
—No se atreva.
Él la miró. —Está empezando a dar muchas órdenes, mi señora.
—Alguien tiene que hacerlo. Usted lo estaba haciendo fatal.
Aquel sonido que salió de Wolf fue casi una risa.
Casi.
Y esa vez, Helena no tuvo miedo de cuánto le gustó.
Más tarde, cuando la vela se había consumido casi por completo y el frío de la habitación los había obligado a buscarse bajo las mantas, el silencio llegó de nuevo.
Pero ya no era el mismo.
Helena yacía de lado, con la mejilla apoyada sobre el pecho de Wolf. Oía su corazón. Le parecía imposible que aquel sonido hubiera existido todos esos años al otro lado de una puerta sin que ella hubiera podido escucharlo.
Wolf tenía una mano en su espalda.
Quieto.
Como si temiera que si se movía demasiado pudiera despertarla de algún error.
—A partir de ahora dormiré aquí —murmuró ella.
La mano de Wolf se tensó.
—Helena.
—No esta noche solamente.
—No tiene que decidirlo ahora.
—Ya lo he decidido —Él guardó silencio—. Puede discutirlo —añadió ella.
—No.
—Qué decepción. Me había preparado.
La mano de Wolf se movió por su espalda. Apenas una caricia.
—No sé qué hacer con usted cuando está así.
—¿Desnuda?
—Valiente.
Ella no respondió.
No podía.
Poco después, Wolf se durmió.
No de inmediato. Helena lo sintió resistirse al sueño, como si incluso aquello fuera una rendición. Pero al final su respiración cambió. Se volvió más profunda. Más lenta. La mano sobre su espalda se relajó.
Helena permaneció despierta.
La noche empezaba a aclarar en los bordes de la ventana. Antes del amanecer, Briarcombe adquiría un color azul oscuro, casi irreal. La habitación olía a piel, humo apagado, lino y a algo nuevo que no se parecía a ninguna soledad conocida.
Wolf dormía.
Por primera vez desde que lo conocía, lo vio sin vigilancia.
Su rostro parecía más joven en reposo. No suave.
Wolf jamás sería suave, ni siquiera dormido.
Pero la severidad se había retirado un poco, dejando al descubierto el cansancio.
Las sombras bajo los ojos. La línea de la boca, menos dura.
Una cicatriz fina cerca de las costillas que no había notado antes.
La pierna herida bajo la sábana, todavía visible en parte.
Helena lo observó y sintió una ternura tan inesperada que casi quiso apartarse de ella.
Durante años había creído que era la única persona sola dentro de aquel matrimonio.
Había sido fácil pensarlo. Fácil recordar las noches, los silencios, las puertas cerradas y la constante sensación de ser una mujer deseada por nadie en una casa que también era la suya.
Sin embargo, mientras observaba a Wolf dormir a su lado, comprendió que la historia quizás nunca había sido tan simple.
Él no había sabido ser marido. Y ella, por dolor, orgullo o simple ceguera, tampoco había sabido ver al hombre que no sabía serlo.
Aquella comprensión no borraba nada. No borraba las heridas, ni los años perdidos, ni la tristeza que todavía habitaba algunos rincones de su corazón.
Pero alteraba algo fundamental. La distancia había desaparecido.
Las heridas no. Seguían allí, bajo la piel, bajo las palabras dichas demasiado tarde y bajo todas las que aún quedaban por decir.
Helena apoyó una mano sobre el pecho de Wolf y sintió el latido firme de su corazón bajo los dedos.
Permaneció unos instantes escuchándolo en la penumbra, consciente de que aquel sonido había existido siempre.
Quizás llegaban tarde. Quizás demasiado tarde para recuperar todo lo que habían perdido.
Pero estaban allí. Los dos. Y por primera vez desde que se casaron, el futuro ya no le pareció una condena ni una obligación.
Le pareció algo mucho más incierto, mucho más esperanzador y, precisamente por eso, mucho más angustioso.