Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Algo cambió en sus ojos. No fue deseo, al menos no únicamente.

Helena ya conocía esa mirada. La había visto en el salón, junto a la chimenea, en los silencios que seguían a los besos.

Esto era distinto. Más profundo. Más difícil de nombrar.

Como si una parte de Wolf hubiera dejado de luchar contra ella y otra, mucho más vulnerable, acabara de comprender que la batalla estaba perdida.

Durante un instante pareció un hombre al borde de algo que no sabía cómo afrontar, y precisamente por eso resultó más peligroso que cualquier muestra de fuerza.

—No sabe lo que está diciendo.

—Sí lo sé.

—Ha tenido un día largo. Está conmovida. Ha visto la cicatriz. Ha oído parte de una historia que no entiende.

—Entonces explíquemela mañana.

—Márchese ahora.

—No.

La palabra fue tranquila.

Definitiva.

Wolf soltó la camisa sobre la silla.

—No haga esto por compasión.

Helena se acercó otro paso.

—Si quisiera compadecerme de usted, excelencia, lo haría desde una distancia segura. Probablemente con té. Y tal vez con la señora Pottle presente para impedir que ambos nos comportáramos como imbéciles.

La boca de Wolf se movió un poco.

No una sonrisa.

Pero algo.

Algo humano.

Helena sintió una emoción absurda, casi dolorosa.

—No he venido por compasión —dijo.

—Entonces ¿por qué?

Ella desató el lazo de su bata con dedos que no estaban tan firmes como habría deseado.

Wolf dejó de respirar.

—Porque lo deseo —dijo ella—. Porque estoy cansada de fingir que no. Porque he pasado seis años pensando que era la única que ardía al otro lado de una puerta cerrada. Y porque, si va a seguir apartándose de mí por mi propio bien, tendrá que encontrar una excusa mejor que mi ignorancia.

La bata cayó de sus hombros.

El camisón era sencillo, de lino blanco, sin adornos, demasiado fino para el aire primaveral de la habitación.

Helena sintió la tela rozarle los senos, los pezones endurecidos por el frío y por la mirada de Wolf.

Era consciente de su cuerpo con una claridad casi insoportable: la curva pesada de sus pechos bajo el lino del camisón, la cintura, las caderas, los muslos ocultos por la tela, el latido húmedo y profundo de un deseo que ya no sabía disfrazar de curiosidad.

Wolf la miró como un hombre al borde de una guerra.

—Mi señora...

—Sí, su esposa, y es hora de que lo sea del todo...

Él cerró las manos a los lados.

—No estoy tan seguro.

Helena llegó hasta él. No lo tocó todavía. Levantó la cabeza.

—Entonces por una vez permita que yo esté segura por los dos.

Wolf cedió.

La besó.

No hubo cautela esta vez. No al principio.

Su boca tomó la de ella con una necesidad que la hizo estremecerse de pies a cabeza.

Helena le rodeó el cuello con los brazos y sintió el pecho desnudo de Wolf contra el suyo, caliente, duro, vivo bajo la tela fina de su camisón.

La piel de él olía a sueño, a humo apagado, a hombre. A Wolf.

Él la atrajo contra sí, empujándola con una mano en su espalda casi desnuda.

La otra en su cintura.

Durante un instante se quedó allí, sujetándola, como si necesitara comprobar que era real, que ella seguía allí, que no se apartaba.

Helena abrió la boca bajo la suya y él emitió un gruñido, casi desesperado.

Aquello fue el final de la última distancia.

Wolf la besó con más violencia. Sus manos empezaron a moverse, ya no con la reverencia contenida del salón, sino con el hambre de un hombre que había pasado demasiado tiempo sin permitirse nada.

Le recorrió la espalda, la cintura, las caderas.

Se detuvo en ellas como si no pudiera evitarlo, como si la forma de su cuerpo bajo sus manos lo estuviera torturando y aliviando a la vez.

Luego bajó un poco más, apretándola contra él.

Helena sintió la evidencia de su deseo.

Duro.

Inconfundible.

Presionando contra su vientre.

La atravesó una oleada de calor tan intensa que tuvo que aferrarse a sus hombros.

Wolf se apartó un poco, pero no le preguntó nada, solo se aseguró de que ella seguía convencida de aquello.

Él cerró los ojos un instante, como si ya no hubiera marcha atrás.

Después la levantó en brazos.

Helena soltó un pequeño sonido de sorpresa, pero no protestó. Sus dedos se cerraron en los hombros desnudos de Wolf. Él cruzó la habitación con ella sin esfuerzo. La dejó sobre la cama con un cuidado que contrastaba de forma brutal con la tensión de su cuerpo.

Helena se incorporó sobre los codos.

Wolf permaneció de pie junto al lecho, respirando con dificultad.

La luz de la vela lo tocaba de lado. El pecho marcado por cicatrices. Los hombros tensos. La cicatriz de la pierna visible bajo la tela mal cerrada del pantalón. El rostro severo, hermoso, atormentado.

—Míreme —dijo ella.

—Lo estoy haciendo.

—No. A mí. No a lo que cree que debo pensar.

Aquello lo detuvo.

Helena se puso de rodillas sobre la cama. Tomó el borde del camisón y se lo quitó por la cabeza antes de permitir que el pudor la venciera.

El aire frío la envolvió.

Wolf se quedó completamente inmóvil.

Helena sintió un rubor subirle por el pecho, pero no se cubrió. No después de haber pasado seis años deseando que aquel hombre la mirara como una mujer y no como una obligación protegida por una puerta.

Sus pechos, llenos y pesados, se elevaron con su respiración. La cintura, las caderas, los muslos. Todo aquello que había llevado bajo vestidos correctos, cenas silenciosas y noches solas. Todo aquello que había creído no deseado.

Wolf la miró como si aquella visión fuera a matarlo.

Y quizás, pensó Helena, una parte de él merecía morir esa noche.

La parte que había confundido distancia con respeto.

La parte que se había condenado a desear en soledad.

La parte que había dejado que ella creyera que no era deseable.

—Diga algo —murmuró ella, aunque la voz le falló un poco.

Wolf tragó saliva.

—No sé ninguna palabra decente.

Helena sintió que una risa temblorosa le subía por la garganta.

—Entonces no use ninguna.

Él se inclinó sobre ella, obligándola a ella tumbarse también, y le besó los pechos.

El primer roce de sus labios sobre la piel desnuda la dejó sin aire.

Fue reverente, sí, pero no frío. Jamás frío.

Wolf besó el nacimiento de sus senos como si aquello fuera una promesa largamente negada, y cuando su boca cubrió uno de sus pezones, Helena arqueó la espalda con un gemido que no pudo contener.

Él se detuvo de inmediato.

Ella le sostuvo la cabeza con las manos.

—No se detenga.

Wolf levantó los ojos hacia ella. Había tormenta en ellos.

—No sabe cuánto...

—Sí —lo interrumpió—. Empiezo a saberlo.

Aquello pareció quebrarlo.

Volvió a besarla. Con la boca. Con las manos.

Con el aliento. Helena se perdió en la sensación de su lengua sobre sus pechos, de sus dedos recorriéndole el costado, de su mano abriéndose sobre la curva de su cadera.

Cada caricia parecía preguntarle y responderle al mismo tiempo.

Cada gesto decía lo que Wolf no sabía decir.

Te vi.

Te deseo.

No puedo más.

Helena tiró de él.

Quería piel.

No camisas, ni pantalones, ni seis años de distancia cosidos a cada prenda.

Wolf se incorporó para quitarse lo que quedaba de ropa, y por primera vez no intentó ocultar la pierna. No del todo. La tensión de su rostro le dijo que habría preferido hacerlo. Pero no lo hizo.

Helena lo miró.

Todo él.

La fuerza.

Las heridas.

La belleza severa.

La cicatriz.

El cuerpo de un hombre que jamás había sido intacto, pero sí suyo en aquella habitación, en aquella noche, si ella tenía valor para aceptarlo.

Cuando él volvió a la cama, Helena extendió una mano y tocó la cicatriz de su muslo.

Wolf se estremeció.

—No.

—Sí.

—Helena...

—También quiero esto.

Él cerró los ojos.

Helena inclinó la cabeza y besó la piel dañada.

No con lástima.

Con ternura.

Con deseo.

Con una aceptación que la hizo temblar tanto como a él.

Cuando Wolf abrió los ojos, algo en su rostro había cambiado. Una defensa menos. Una puerta menos.

Y Helena se estremeció.

Él la besó de nuevo mientras una mano descendía por su vientre. Sus dedos encontraron la suavidad húmeda entre sus muslos y Helena sintió que todo su cuerpo se tensaba contra él.

Wolf se quedó inmóvil un segundo.

Solo uno.

El último resto de incredulidad.

Luego exhaló junto a su boca.

—Dios.

Helena habría sonreído si no hubiera estado demasiado ocupada en no deshacerse.

Él la tocó con una delicadeza que se volvió seguridad, y luego con una seguridad que la hizo morderle el hombro para no gemir demasiado alto.

La habitación, la noche, Kalmara, Bristol, todas las habitaciones separadas, todo empezó a reducirse a una sola cosa: la mano de Wolf, su boca, su peso sobre ella, la presión dulce y terrible que crecía en su interior.

—Wolf.

—Estoy aquí.

Aquellas dos palabras la atravesaron.

«Estoy aquí».

No en el pasillo.

No al otro lado de una puerta.

«Aquí».

Con ella.

Helena se aferró a él cuando la primera oleada la alcanzó. Fue más íntima que cualquier vergüenza, más fuerte que cualquier pensamiento. Wolf la tocó con más crueldad en su intimidad, la besó, le susurró su nombre contra la garganta mientras ella temblaba bajo él.

Después, cuando todavía no había recuperado del todo el aliento, lo sintió colocarse entre sus muslos.

La realidad del momento la hizo abrir los ojos.

Wolf la miró.

Helena le tocó el rostro.

La mandíbula áspera.

La boca.

Los ojos grises.

—Soy su esposa, ahora sí.

Él entró en ella despacio.

Muy despacio.

Aun así, Helena supo que él estaba sufriendo por esa lentitud, por sus venas marcadas en todo el cuerpo, por sus ojos que ya no eran grises sino negros.

Fue un dolor breve, por la extrañeza, por la enormidad de algo que había imaginado tantas veces y que, aun así, no se parecía a nada imaginado.

Wolf se quedó inmóvil de inmediato, con los músculos rígidos y los ojos cerrados como si aquel control estuviera costándole la vida.

—Lo siento —dijo.

Helena soltó una risa ahogada.