Capítulo 11
Helena despertó en mitad de la noche con el corazón golpeándole el pecho.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
La habitación era oscura, salvo por una línea de luna que entraba por la ventana y caía sobre el suelo gastado.
El crucifijo que había retirado de la pared seguía apoyado dentro del cajón superior de la cómoda, envuelto en un pañuelo.
La casa crujía con esas quejas menudas de las casas viejas que no duermen nunca del todo.
Briarcombe.
Estaba en Briarcombe.
En la habitación de su padre.
Sola.
No. No exactamente sola.
Al otro lado del pasillo estaba Wolf.
Aquella certeza llegó antes que el sonido.
Luego lo oyó.
No fue un grito.
Habría sido más fácil si lo fuera. Los gritos pertenecían a una categoría reconocible de sufrimiento.
Una podía correr, abrir puertas, llevar agua, llamar a alguien, ofrecer una mano.
Lo que oyó fue mucho peor. Un golpe apagado.
Después una respiración rota. Luego una palabra que no pudo distinguir, dicha en una voz que no parecía de Wolf y, sin embargo, era suya.
Helena se incorporó.
El silencio volvió a la casa.
Se quedó sentada en la cama, con la mano apretando las mantas contra el pecho, escuchando.
Otro golpe.
Más leve.
Como si alguien hubiera chocado contra una mesa o una silla al intentar moverse en la oscuridad.
Después, nada.
No pensó.
Si hubiera pensado, quizás se habría quedado donde estaba.
Recordó Escocia. Aquella primera noche en que oyó un ruido en la habitación contigua y permaneció despierta hasta el amanecer, mirando la puerta que los separaba y convenciéndose de que el respeto consistía en no cruzarla.
Durante seis años había esperado que Wolf cruzara ciertas distancias.
Jamás se le había ocurrido que quizás algunas debía cruzarlas ella.
Apartó las mantas, se puso una bata sobre el camisón y abrió la puerta.
El pasillo estaba frío.
Muy corto.
Ridículamente corto.
Dos puertas, una alfombra gastada, un cubo bajo una gotera y una ventana estrecha al final.
Eso era todo lo que los había separado en Briarcombe.
Y, de algún modo, también era todo lo que los había separado durante seis años.
Helena caminó descalza sobre la alfombra. Se detuvo ante la puerta de Wolf. No llamó. No pidió permiso. No esperó a que él decidiera si podía entrar.
Giró el pomo.
La habitación estaba casi a oscuras.
La chimenea conservaba algunas brasas rojas.
Una vela ardía sobre la mesa, consumida hasta la mitad.
La ventana estaba abierta y las cortinas se movían con el aire nocturno.
Wolf estaba de pie junto a la cama, no sentado, no dormido, sino completamente despierto, con una mano apoyada en la cómoda y la otra cerrada en un puño a un lado del cuerpo.
No llevaba camisa.
Ese fue el primer golpe absurdo de la escena.
No el miedo.
No Kalmara.
No la pesadilla.
Su cuerpo.
Helena se quedó inmóvil en el umbral.
Había visto a Wolf sin chaqueta, con la camisa remangada, con el cuello abierto después de trabajar en la casa.
Pero aquello era distinto. La luz de las brasas dibujaba sombras sobre sus hombros desnudos, sobre la anchura de su pecho, sobre los músculos tensos del abdomen y las cicatrices viejas que cruzaban su piel en líneas pálidas y oscuras.
No era el cuerpo perfecto de un caballero de salón.
Era el cuerpo de un hombre que había sobrevivido a golpes, fuego, barro y acero.
Un hombre hermoso.
Y roto.
Él giró la cabeza.
Sus ojos la encontraron de inmediato.
—Salga.
La palabra fue baja.
Áspera.
No una petición.
Helena no se movió.
—Lo he oído.
—Salga.
—No.
Wolf enderezó la espalda. El gesto hizo que la luz le recorriera el pecho. Tenía la piel cubierta de un sudor frío y el cabello oscuro revuelto sobre la frente. Parecía más joven de algún modo. No menos peligroso. Jamás eso. Pero sí más expuesto.
—Helena.
—No me prohíba estar aquí.
Él cerró los ojos un instante.
—No debería estar aquí.
—Probablemente no.
—Entonces váyase.
—No.
Él soltó una risa sin humor. Un sonido breve, roto en los bordes.
—Por una vez en su vida, haga algo sensato.
—He hecho muchas cosas sensatas. Casarme con usted fue una de ellas, según me explicaron.
Aquello lo tocó.
No como golpe.
Como recuerdo.
Helena avanzó un paso.
Wolf retrocedió.
Aquello sí la detuvo.
No porque temiera que la rechazara.
Porque jamás lo había visto retroceder ante ella.
—No se acerque —dijo él.
—¿Por qué?
—Porque no estoy... —Se interrumpió. La mano que tenía sobre la cómoda se cerró sobre la madera—. No estoy en condiciones de ser correcto.
Helena miró el suelo, la cama deshecha, la camisa abandonada sobre una silla, la pitillera abierta en la mesa, un cigarro sin encender junto a una caja de cerillas. Después volvió a mirarlo a él.
—No he venido buscando corrección.
Él levantó la vista.
Durante un instante, la habitación pareció quedarse sin aire.
Entonces Helena vio la pierna.
No la había visto antes porque la sombra de la cama la ocultaba.
Wolf llevaba únicamente unos calzones de lino hasta la rodilla, como cualquier hombre que hubiera sido arrancado del sueño en mitad de la noche.
La luz vacilante de la vela alcanzaba una de sus piernas y fue entonces cuando Helena la vio.
No era una marca limpia.
No era una cicatriz honorable de duelo, ni una línea fina como las que podían embellecer a un soldado en una novela idiota.
Era una herida vieja, vasta, irregular, endurecida, como si la carne hubiera sido aplastada, quemada y cosida de nuevo por manos que solo pudieron salvar lo imprescindible.
La piel estaba deformada en algunos puntos, tirante en otros.
La cicatriz bajaba hacia la rodilla y desaparecía bajo la tela.
Helena dejó escapar el aire lentamente al verla.
Fue un gesto mínimo, una exhalación involuntaria.
Pero Wolf la vio. Siguió la dirección de su mirada y algo cambió de inmediato en su rostro.
La expresión se endureció, los músculos de la mandíbula se tensaron y una sombra antigua, ferozmente defensiva, descendió sobre sus facciones.
Por un instante pareció un hombre dispuesto a soportar cualquier dolor antes que aquella forma concreta de exposición.
—Ahora ya lo ha visto, puede irse.
No hubo ira en la frase.
Eso habría sido más fácil.
Hubo vergüenza.
Una vergüenza seca, feroz, insoportable de contemplar en un hombre como él.
—Wolf...
—No.
Tomó la camisa de la silla con un movimiento brusco, pero no se la puso. Se quedó sujetándola en la mano como si hubiera olvidado para qué servía.
—Su padre me sacó de una capilla en llamas —dijo—.
O de lo que quedaba de ella. Me quedé enganchado en un hueco del suelo y no recuerdo qué más.
La pierna quedó atrapada. Yo no podía moverme.
Su padre me estiró; me salvó la vida, pero también me desgarró media pierna.
No lo culpo por ello —Helena no respiraba—.
Me arrastró fuera —continuó Wolf—. No debió haber podido.
Era más viejo que yo. Más pequeño. Ya estaba herido.
Pero lo hizo. Me sacó lo bastante lejos para que no ardiera allí dentro.
Después lo dispararon y vino todo lo demás. .. su hija, la carta, la deuda...
La voz no temblaba.
Aquello la hacía peor.
—Y murió.
—Sí.
La palabra fue simple.
Terrible.
Wolf miró hacia la ventana abierta.
—La pierna nunca volvió a quedar bien. Los médicos hicieron lo que pudieron. Yo también. Caminaba. Eso era suficiente.
Helena pensó en Tiger y su bastón.
En la forma en que Bristol hablaba de su cojera con fascinación, como si el dolor de un duque pudiera convertirse en un rasgo distinguido si se acompañaba de plata, sarcasmo y un rostro hermoso.
Lo de Wolf no era eso.
Wolf no había convertido su herida en parte de su leyenda porque no cojeaba.
La había encerrado.
Como todo lo demás.
—No quería que la viera —dijo él.
Helena levantó la mirada. —¿Por qué?
Él la miró como si la respuesta fuera evidente. —Porque ya había demasiadas razones para que me mirara como una solución impuesta. No necesitaba añadir lástima.
Aquello le dolió. —¿Creía que sentiría lástima?
—Creo muchas cosas.
—¿También por eso no vino nunca a mi habitación?
Wolf no respondió.
La respuesta estaba en el silencio.
Helena sintió que algo dentro de ella se ablandaba y se rompía al mismo tiempo.
Durante años había imaginado motivos. Frialdad.
Rechazo. Desinterés. Honor, sí, pero un honor que parecía más cómodo que cruel.
Nunca había imaginado a Wolf en una habitación a oscuras, con una pierna deformada por Kalmara, convencido de que su cuerpo era otra cosa que debía ocultarle para no convertir el matrimonio en una humillación añadida.
—Wolf —dijo ella.
—No me mire así.
—¿Cómo?
—Como si pudiera solucionar algo, déjeme Helena, salga ahora mismo de mi habitación.
Helena dio otro paso.
Esta vez él no retrocedió.
—Quizás lo estoy intentando.
—No empiece esta noche.
—¿Por qué no?
—Porque no tengo fuerzas.
Aquella confesión, tan simple, le atravesó el pecho.
Wolf Colligan, que había roto la muñeca de un hombre sin pestañear, que había sostenido un cuchillo bajo una garganta y luego había dado órdenes como si el mundo solo tuviera sentido cuando obedecía, acababa de admitir que no tenía fuerzas.
Helena avanzó hasta quedar a pocos pasos de él.
—Yo tampoco.
Wolf la miró.
—Entonces sea inteligente y vuelva a su habitación.
—No.
—Helena.
—Estoy cansada de que sea siempre usted quien decida por los dos.
La vela tembló.
La cortina se movió junto a la ventana.
—Esta vez la decisión es mía —añadió ella.
Wolf permaneció inmóvil. —¿Qué decisión?
Helena sintió miedo.
No de él.
De sí misma.
De decir demasiado.
De no decir lo suficiente.
De cruzar una frontera y descubrir que al otro lado no había camino de vuelta.
—A partir de esta noche —dijo— no voy a dormir al otro lado del pasillo.