Capítulo 10 #4
Aquella vez Wolf no fingió que podía mantenerse intacto.
Sus manos se deslizaron por su cintura, por sus costados, por la curva de sus caderas, y Helena sintió cada movimiento como una tortura a sus sentidos.
No era torpe. No era frío. No era un hombre cumpliendo una obligación tardía.
Era un hombre que había deseado demasiado tiempo en silencio.
Cuando sus dedos tocaron el borde de su falda, se detuvieron.
Helena se apartó lo justo para mirarlo.
Wolf tenía los ojos más oscuros que nunca, ya no eran grises.
—Puedo detenerme —dijo.
—Lo sé.
Y esa fue la razón por la que no se movió.
Wolf deslizó la mano bajo la tela con una lentitud que pareció pedir permiso en cada segundo.
Sus dedos tocaron la media, luego la parte desnuda de su pierna por encima de la liga.
Helena cerró los ojos. El contacto fue íntimo, caliente, mucho más perturbador que un beso.
La mano de Wolf era grande, áspera por el trabajo de los últimos días, y aun así se movía con una reverencia casi insoportable sobre su muslo.
Ella tembló.
Él también.
Aquello la enloqueció.
La mano de Helena se cerró en su cabello negro. Wolf emitió un sonido bajo contra su boca, algo que no llegó a ser palabra, y por primera vez Helena comprendió el verdadero peligro de aquel hombre. No su fuerza. No su violencia. No su frialdad.
Su hambre.
Y la forma en que seguía luchando contra ella por no convertirla en una prisión.
—Wolf —gimió ella.
Él se detuvo de inmediato.
Aquel control.
Aquel maldito control.
La conmovió y la enfureció a la vez.
—No me rompo —dijo ella.
Wolf abrió los ojos.
—No.
—Entonces deje de tocarme como si fuera a hacerlo.
Aquello fue demasiado.
Lo vio en su rostro.
La mano de Wolf subió un poco más por su muslo, firme ahora, aún cuidadosa, pero menos temerosa. Helena sintió el calor dispararse por todo el cuerpo y bajó la boca a la de él con una urgencia que ya no pudo disfrazar de curiosidad.
Durante unos segundos, quizás minutos, no hubo conversación.
Solo besos.
Manos.
El roce de la falda.
La chimenea ardiendo junto a ellos.
La vida que podrían haber tenido y no tuvieron.
Y entonces, justo cuando Helena empezó a olvidar por qué aquello no podía continuar, la pregunta llegó.
No como pensamiento.
Como dolor.
Se apartó un poco.
Wolf la miró de inmediato, atento a cualquier cambio.
—Si me deseaba tanto —dijo ella, con voz temblorosa—, ¿por qué nunca me eligió?
La mano de Wolf se quedó inmóvil bajo su falda.
No por rechazo.
Por impacto.
El deseo seguía allí, entre ambos, evidente, imposible de negar. Pero la pregunta atravesó todo lo demás.
Helena supo, antes de que respondiera, que no tenía respuesta.
No una que pudiera darle.
No todavía.
Él retiró la mano despacio, con una delicadeza que dolió más que cualquier brusquedad. Bajó la falda de Helena sobre sus piernas y apoyó ambas manos en los brazos del sillón, como si necesitara impedirse tocarla de nuevo.
—No lo sé —fue todo lo que dijo.
Helena cerró los ojos.
Aquello no bastaba.
Después de seis años, no bastaba.
Pero era verdad.
Y, por alguna razón, la verdad la agotó más que una mentira.
Se levantó de su regazo con torpeza. Wolf no la detuvo. Se puso en pie también, pero mantuvo la distancia.
El salón parecía distinto.
El fuego seguía ardiendo.
La chimenea seguía funcionando.
La mesa estaba allí, con los platos, el pastel, las copas.
Todo era igual.
Nada lo era.
—Me parece que debemos acercarnos de otros modos antes de esto —dijo Helena—. Tampoco puedo ser solo un error que intenta reparar —Wolf no respondió. Ella lo miró—. Y no puedo seguir esperando a que descubra qué soy realmente para usted.
Helena deseó que dijera algo.
Deseó que no dijera nada.
Deseó regresar a su regazo.
Deseó huir de la habitación.
Qué criatura tan ridícula era una mujer cuando empezaba a dudar de todo y de nada a la vez.
—Buenas noches, Wolf.
Él inclinó la cabeza.
—Buenas noches, Helena.
—Ojalá hubiera sabido todo esto hace seis años. Ya no resulta nada fácil odiarlo, su Excelencia.
Después, ella salió del salón sin mirar atrás.
Wolf se quedó solo junto al fuego.
Durante mucho tiempo no se movió.
La chimenea funcionaba por fin. El humo ascendía correctamente, invisible, obediente.
El salón estaba cálido. Briarcombe, por primera vez desde su llegada, parecía una casa donde dos personas podrían haber cenado, reído, bailado y luego subido juntas una escalera sin que nada del mundo se derrumbara.
Podría haber sido sencillo.
Esa fue la crueldad de la noche.
No temía perder a Helena porque fuera su esposa.
Ni porque fuera la hija de Nathaniel Vane.
Ni porque el deber exigiera conservar lo que uno había prometido proteger.
La temía perder porque, por primera vez, empezaba a verla.
La muchacha que había querido viajar a Italia con vestidos imposibles.
La mujer que podía reírse de una chimenea llena de hollín.
La esposa que había pasado seis años intentando ser vista por un hombre que había confundido cuidado con amor y silencio con respeto.
Cuanto más la conocía, más imposible le resultaba imaginar su vida sin ella.
Wolf apoyó una mano en la repisa de la chimenea y sacó un cigarrillo de su bolsillo.
El deseo ya no era el obstáculo.
Aquello habría sido casi sencillo.
El obstáculo era todo lo demás...