Capítulo 10 #3
Aquello lo golpeó más de lo que debería, porque Helena lo dijo como si fuera una obviedad.
Como si durante todos aquellos años hubiera considerado perfectamente natural no disponer de una fortuna que, a ojos del mundo, también le pertenecía.
Wolf se quedó observándola mientras ella volvía a ordenar los papeles dentro del cuaderno y después se dirigía a una de las estanterías bajas de la biblioteca.
Se arrodilló frente a ella para colocar varios volúmenes en orden.
Un mechón de cabello negro se escapó del recogido y cayó sobre su mejilla.
Lo apartó con un gesto distraído, sin darse cuenta siquiera de hacerlo.
Era una belleza que no tenía nada que ver con los salones de Londres ni con los retratos de moda. Era más peligrosa que eso. Más real.
Wolf bajó la vista hacia la balda que estaba terminando de asegurar y ajustó el último tornillo con más fuerza de la necesaria.
Durante años había pensado que conocía a Helena.
Había sabido qué té prefería, qué libros releía cuando estaba preocupada, qué expresión aparecía en su rostro cuando intentaba ocultar una tristeza.
Había creído que aquello era conocer a una persona.
Ahora empezaba a sospechar que apenas había rozado la superficie.
Alzó la vista una vez más. Helena seguía concentrada en los libros, con el ceño fruncido y los labios entreabiertos mientras decidía dónde colocar un volumen especialmente deteriorado.
Tan cerca que podía verla con absoluta claridad.
Tan lejos que, de pronto, le pareció casi imposible comprender cómo había pasado seis años a su lado sin preguntarse qué cosas había dejado de desear para hacer sitio a las necesidades de los demás.
Cenaron en el salón aquella noche.
Por primera vez, sin criados.
La chimenea tiraba correctamente. La habitación olía a leña, cera y un poco, todavía, a hollín derrotado.
La mesa era pequeña, porque Briarcombe no tenía interés en fingir grandeza, pero la señora Pottle la había puesto con una dignidad casi ofensiva: mantel limpio, platos sin grietas visibles, velas y un pastel de manzana.
Barrow y Ned comieron en la cocina con la señora Pottle, supuestamente porque estaban agotados por el tejado. Helena sospechó que habían sido expulsados del salón con intención estratégica.
No lo mencionó.
Wolf tampoco.
El fuego crepitaba de manera obediente.
Aquello, en Briarcombe, era prácticamente un milagro.
Durante un rato hablaron de cosas sencillas.
El tejado. La estantería. El huerto. El futuro linaje de la cabra del señor Bell, que según la señora Pottle estaba destinada al crimen.
Wolf hizo un comentario seco sobre la necesidad de incluir cabras en los informes de seguridad de Briarcombe, y Helena rio antes de recordar que no debía sentirse tan cómoda.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue peor.
Fue íntimo.
—¿Era feliz?—preguntó Helena, dejando la copa en la mesa.
—¿Cuándo?
Ella sostuvo la mirada.
—Conmigo.
La pregunta no estaba en sus planes.
Quizás porque no había planes sensatos para una noche en la que la chimenea funcionaba, el pastel olía a manzana y Wolf Colligan parecía menos una muralla que un hombre sentado al otro lado de una mesa pequeña.
Él no respondió enseguida.
Aquello era habitual.
Pero esa vez Helena vio que no estaba evitando la respuesta. La estaba buscando.
—Sí —dijo al fin.
La palabra fue baja.
Sencilla.
Y devastadora.
Helena sintió que el aire abandonaba la habitación.
—¿Sí?
—Sí.
—¿Era feliz conmigo?
—Sí.
Ella miró el fuego.
No quería llorar.
No esa noche.
No allí.
—Qué extraordinario —dijo, y odió el tono de su propia voz—. Yo no lo sabía.
Wolf no se defendió. Eso la hizo más daño.
—Lo siento —dijo él.
—Durante seis años pensé que su vida habría sido mucho más sencilla sin mí—rio Helena, pero no fue una risa alegre.
Wolf se quedó muy quieto, dejando la copa también.
—No.
—Pensé que me soportaba.
—No.
—Que yo era una obligación incómoda. Una deuda que no podía terminar de pagar porque el muerto seguía muerto y yo seguía viva.
—Helena.
—No. Déjeme decirlo.
Él calló.
La obediencia le dolió a ella también.
—Bear y Eleanor tienen hijos —continuó Helena—.
Tiger y Cassandra tienen hijas. Una casa llena de ruido, de desorden, de vida.
Incluso cuando discutían, una podía ver que había algo entre ellos.
Algo real. Algo que se tocaba, que se decía.
.. —Wolf no apartó la mirada—. Yo vivía a su lado como si fuera una invitada de larga duración.
Su esposa, sí. La duquesa de Coldhaven, por supuesto.
Respetada, protegida, alimentada, vestida, instalada. Y sola.
La palabra quedó entre ambos.
«Sola».
No era dramática.
Por eso dolió.
—Yo no fui feliz, Wolf.
Él cerró los ojos un instante.
—Lo sé ahora.
—No. Creo que empieza a saberlo ahora. No es lo mismo.
El fuego lanzó una chispa pequeña.
Helena bajó la vista hacia sus manos.
—Ese es el problema. Usted parece descubrirme ahora. Aquí. En esta casa. Con este vestido manchado de hollín y un cuaderno viejo lleno de viajes imposibles. Pero yo llevo seis años intentando que me viera.
Wolf no dijo nada.
No podía rebatirlo.
Ambos lo sabían.
—Y tal vez sea injusto —continuó ella, con la voz más baja—. Tal vez usted también estaba intentando ser bueno de la única forma que conocía. Pero yo no necesitaba solo bondad. Necesitaba un marido.
La última palabra fue casi un susurro.
Wolf se puso en pie y rodeó la mesa despacio, sin brusquedad, como si estuviera acercándose a un animal asustadizo al que no deseaba ahuyentar.
Se detuvo junto a ella y Helena levantó la vista.
Desde aquella proximidad parecía todavía más alto.
La luz del fuego marcaba los ángulos severos de su rostro y proyectaba sombras sobre la tela oscura de su ropa.
Siempre había sido un hombre atractivo, pero había momentos —como aquel— en los que resultaba difícil recordar cualquier otra cosa.
Helena sintió un pequeño vuelco en el estómago.
Porque seguía siendo Wolf.
Y, sin embargo, ya no era exactamente el mismo hombre que había llevado a Escocia seis años atrás.
O quizás sí lo era.
Quizás la diferencia estaba en que ella había empezado a verlo por fin.
—No sé si sé ser un marido —dijo.
Helena sintió que la frase se le clavaba con una ternura inesperada.
—Yo tampoco sé si todavía sé quererlo.
Aquello sí lo hirió.
Lo vio.
Pero no se apartó.
—Lo entiendo.
—No quería que lo entendiera tan fácilmente.
—Puedo fingir peor carácter si la ayuda.
La frase fue tan inesperada que Helena lo miró.
Y sonrió.
Con lágrimas en los ojos, maldita fuera.
—Eso sonó casi como Tiger.
—No se lo diga.
—Jamás. Podría matarlo de alegría.
Wolf extendió una mano.
No la tocó.
Solo la ofreció.
—Baile conmigo.
Helena parpadeó.
—¿Perdón?
—El salón está libre de humo. Sería una pena no darle uso.
—No hay música.
—Eso reduce el riesgo de que alguien critique mi ritmo.
—No sabía que bailara.
—Hay muchas cosas que no sabe de mí.
—Eso empieza a hacerse evidente.
Helena puso su mano en la de él.
No supo por qué.
Quizás porque la noche ya era demasiado extraña para preservar cordura.
Wolf la levantó de la silla y la acercó a él. No demasiado. Lo suficiente para que el calor de su cuerpo la alcanzara, para que su mano en la espalda fuera escandalosa. Se movieron despacio, sin música, con el crujido del fuego como único acompañamiento.
Era absurdo.
Era ridículo.
Era casi hermoso.
Helena apoyó la mano libre en su hombro.
Sintió la firmeza bajo la tela, la fuerza de aquel cuerpo que había aprendido a temer y desear en la misma semana. Wolf la miraba como si cada paso fuera una negociación con una emoción que no sabía nombrar.
—Esto no arregla nada —dijo ella.
—No.
—Entonces ¿por qué lo hacemos?
—Porque no todo debe tener un«por qué», mi señora.
Helena bajó la mirada un instante.
Aquello era demasiado.
Él era demasiado.
La noche era demasiado.
Y, sin embargo, cuando el baile terminó, no se apartó.
O quizás sí lo hizo, pero solo lo suficiente para mirar su pañoleta torcida por el trabajo del día. Una pañoleta que él jamás habría permitido así en Bristol.
Helena levantó la mano y la acomodó.
El gesto fue pequeño.
Íntimo.
Conyugal de un modo que la dejó sin defensas.
Wolf bajó los ojos hacia sus dedos.
—Helena.
—No.
—¿No qué?
—No diga nada razonable.
La boca de él se movió. —Intentaré esforzarme.
Ella no supo quién se acercó primero.
Quizás ambos.
Quizás ninguno.
Quizás la distancia simplemente cedió, como tantas cosas en Briarcombe que llevaban años esperando derrumbarse.
Lo besó.
No él a ella.
Helena.
Se elevó sobre la punta de los pies y puso la boca sobre la suya con una decisión que la sorprendió a sí misma.
Wolf se quedó inmóvil un segundo, solo uno, y después respondió.
Su mano se cerró en su cintura. La otra subió a su nuca.
Esta vez no hubo cautela, no del todo. Había cuidado, sí, siempre. Pero también hambre.
Helena sintió el cuerpo de Wolf contra el suyo y se le aflojó una parte de la voluntad.
No pensó en nada.
Pensó en el calor de su boca, en la fuerza de sus manos, en la extraña maravilla de ser deseada por el hombre al que había creído inaccesible durante años.
Retrocedieron sin saber cómo hasta el sillón junto a la chimenea.
Wolf se sentó, o quizás ella lo empujó, y de pronto Helena estaba encima de él, con las rodillas a ambos lados de sus muslos y las manos en sus hombros.
La posición los dejó a ambos inmóviles.
Helena sintió el rubor subirle hasta la cara.
Wolf dejó de respirar.
—Esto —dijo él con voz ronca— no es prudente.
—No diga nada razonable —repitió ella.
Y volvió a besarlo.