Capítulo 10 #2
Wolf retrocedió con rapidez.
Helena también.
El salón se llenó de una nube negra y de una maldición ahogada de Ned desde el tejado.
La señora Pottle gritó: —¡Se lo dije!
Barrow añadió: —¡No dijo nada sobre pájaros!
—¡Porque asumí que hasta un hombre sabría sospechar de ellos!
Helena miró a Wolf.
Wolf la miró a ella.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Se rieron.
No mucho al principio. Una exhalación de Helena, una mínima reacción en Wolf. Luego otra nube de hollín cayó directamente sobre el borde de la alfombra y Helena soltó una risa más clara, más libre. Wolf bajó la cabeza, pero ella vio la sonrisa. Verdadera. Rápida. Casi juvenil.
Le gustó.
Demasiado.
Durante los años en Bristol jamás lo había visto así.
No porque Wolf no tuviera humor. Había descubierto hacía mucho que lo tenía, seco y oscuro, tan enterrado bajo su educación que uno podía morir de viejo esperándolo.
Pero verlo reír —o casi reír— con hollín en la mejilla y las mangas remangadas en un salón demasiado pequeño para su dignidad resultó devastador.
Helena comprendió, con horror, que podía haber amado a ese hombre.
No al duque.
No al protector.
No al marido de papel.
A ese hombre.
Al que bajaba la guardia un segundo y convertía la ruina de una chimenea en algo parecido a una mañana feliz.
Aquello fue tan peligroso que tuvo que apartarse para ir a buscar otro paño.
Cuando la chimenea quedó por fin limpia, el salón quedó hecho un desastre.
Pero el humo ya no regresaba al encender el fuego.
La señora Pottle inspeccionó el resultado con desconfianza, declaró que quizás los señores podrían cenar allí y se llevó a Ned a la cocina para lavarlo antes de que alguien lo confundiera con un deshollinador profesional y empezara a pagarle menos.
Barrow volvió al tejado, aunque solo para fingir que aún tenía autoridad sobre él.
Helena y Wolf quedaron en el salón.
Solos.
Con hollín en la alfombra.
Con la chimenea funcionando.
Con demasiadas cosas no dichas.
—Gracias —dijo Helena.
Wolf estaba de pie junto a la repisa, limpiándose las manos con un paño húmedo. Sin la chaqueta, con la camisa remangada hasta los antebrazos y el cabello un poco revuelto por el trabajo, parecía menos intocable que de costumbre. No menos poderoso. Eso jamás. Pero sí más real.
Más hombre.
Helena se fijó en sus manos.
Grandes. Fuertes. Con rasguños en los nudillos.
Manos que podían romper una muñeca sin vacilar.
Manos que habían sujetado su cintura con una fuerza que todavía recordaba el cuerpo.
Manos que habían pasado seis años sin reclamar nada y que, precisamente por eso, empezaban a resultar más peligrosas que si lo hubieran tomado todo.
Su mirada subió.
Los hombros anchos bajo la camisa. El cuello abierto. La línea severa de la mandíbula y su incipiente barba. La boca.
Esa boca.
Helena apartó la vista.
Demasiado tarde.
—¿Mi señora?
—No es nada.
—Eso suele significar algo.
—En su caso, no.
—En mi caso, según usted, todo significa algo que no digo.
Aquello la hizo mirarlo.
Casi sonrió.
—Está aprendiendo.
—Aparentemente.
—No parezca tan alarmado—sonrió ella.
Wolf la miró como si aquella sonrisa fuera una cosa delicada que no sabía dónde colocar.
Y por primera vez, Helena no quiso arrebatársela.
Por la tarde, mientras el salón se aireaba, Helena decidió ordenar la biblioteca pequeña de Nathaniel.
No porque fuera necesario.
Porque necesitaba una tarea que no implicara mirar a Wolf mientras él parecía haberse convertido en un hombre de carne, calor y mangas remangadas.
El plan fracasó, naturalmente, porque Wolf entró veinte minutos después con una caja de herramientas y preguntó si la estantería del fondo siempre se había inclinado hacia la derecha o si era una novedad arquitectónica.
—Briarcombe se inclina hacia la derecha, hacia la izquierda y, en ocasiones, hacia la desesperación —respondió Helena.
—Eso no responde a la pregunta.
—Es la respuesta más honesta que tengo.
Él dejó la caja en el suelo. —Puedo asegurarla.
—¿Otra vez será una observación técnica?
—Si esos libros caen, matarán a alguien.
—Entonces asegúrela. No quisiera que mi padre nos asesinara póstumamente con sermones.
Wolf se arrodilló junto a la estantería.
Helena volvió a revisar cajones.
Había recibos, sermones incompletos, una colección absurda de lápices gastados y un pequeño cuaderno en tela azul que no reconoció de inmediato. Lo abrió y se quedó inmóvil.
No era de Nathaniel.
Era suyo.
Tendría quince o dieciséis años cuando lo escribió. La letra era más redonda, más impaciente, llena de inclinaciones dramáticas y adornos innecesarios. En la primera página había un título que la hizo cerrar los ojos.
«Cosas que haré cuando sea rica, libre o ambas cosas».
Wolf alzó la vista desde la estantería.
—¿Qué es?
—Nada—Él no dijo nada. Solo la miró. Helena suspiró—. Un cuaderno viejo.
—Eso ya lo he deducido.
—Entonces su educación avanza a buen ritmo.
Intentó guardar el cuaderno, pero varios papeles doblados resbalaron de entre las páginas y cayeron al suelo. Helena se agachó al mismo tiempo que Wolf. Él llegó primero a uno de ellos.
No era una carta.
Solo una lista.
Helena alcanzó a ver el encabezado antes de que pudiera recuperarlo y sintió cómo el calor de la vergüenza más absoluta le subía al rostro.
«Viajes».
Wolf recorrió las líneas en silencio. Apenas tardó unos segundos, pero fueron suficientes. Luego pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo. Levantó la vista hacia ella, bajó de nuevo el papel y se lo tendió.
—Perdón.
Aquello la sorprendió más que el hecho de que lo hubiera leído.
Wolf rara vez hacía algo sin estar convencido de tener derecho a hacerlo y, cuando se equivocaba, tampoco era hombre de excusas fáciles.
Helena tomó el papel de su mano y, durante un instante, sus dedos se rozaron.
El contacto fue breve, apenas un roce, pero bastó para que ambos parecieran conscientes de él.
—Ya es un poco tarde para preservar mis secretos —dijo ella.
Una sombra de incomodidad cruzó el rostro de Wolf. No era vergüenza exactamente. Tampoco orgullo. Más bien la expresión de un hombre que acababa de descubrir que había cruzado una línea y no estaba seguro de cómo retroceder.
—Sí —admitió—. Supongo que sí.
La respuesta arrancó de Helena una exhalación que estuvo peligrosamente cerca de una sonrisa. Porque cualquier otra persona habría intentado justificarse. Wolf, en cambio, parecía incapaz de defender una falta que ya había reconocido como propia.
—Quería viajar —dijo al fin.
Wolf permaneció en silencio.
No el silencio de quien espera una explicación para usarla después.
Otro.
Más atento.
—Italia, sobre todo —continuó ella, casi a su pesar—. Roma. Venecia. Florencia. Pensaba que si algún día tenía dinero suficiente, compraría vestidos apropiados para cada ciudad, lo cual demuestra que a los dieciséis años una puede ser idealista y superficial a la vez.
Wolf miró el cuaderno.
—¿Vestidos apropiados?
—Sí. Uno de seda azul para Venecia. Uno de terciopelo verde para Florencia. No pregunte por Roma. Era muy ambicioso.
—¿Rojo?
Helena lo miró con sospecha. —Granate.
—Una distinción fundamental.
—Absolutamente.
Wolf volvió a mirar el papel.
—¿Fue?
—¿A Roma?
—A alguna parte.
Helena cerró el cuaderno despacio.
—A Escocia, para casarme con usted. No estaba en la lista.
El golpe fue pequeño.
Pero claro.
Wolf no apartó la mirada.
—No.
—Después fui a Bristol. A Coldhaven. A Londres cuando era necesario. A visitar a su familia, a sus conocidos, sus propiedades, sus obligaciones.
—No eran solo mías.
—No. Pero tampoco eran mías del todo.
Él bajó la vista hacia la estantería.
Helena se arrepintió un poco.
No por haberlo dicho.
Por haberlo dicho en una tarde que, hasta entonces, casi había parecido amable.
Wolf tomó otro papel que había caído, esta vez sin leerlo. Se lo entregó con cuidado.
—No sabía que quería viajar.
—Nunca preguntó.
La frase salió sin rabia.
Eso la hizo peor.
—No —dijo Wolf—. No pregunté.
Helena guardó los papeles dentro del cuaderno.
—Tampoco se lo habría dicho, probablemente.
—¿Por qué?
—Porque hace tiempo que ya no soy la niña que escribió estos papeles.
—¿Todavía quiere ir?—preguntó Wolf.
Helena casi se rio.
—¿A Italia?
—Sí.
—No lo sé.
—Eso no es un no.
—Tampoco es un sí.
—Lo he notado.
—¿Y si dijera que sí? ¿Me compraría usted vestidos para cada ciudad?—preguntó ella con ironía.
No sabía por qué lo preguntó. Quizás porque era más fácil bromear sobre vestidos imposibles que seguir hablando de todo lo demás.
Wolf la miró y, por alguna razón, aquella vez no pareció dispuesto a seguirle la broma.
Su mirada descendió un instante hacia el vestido que llevaba puesto. Era bonito, sí. Le sentaba bien. Pero era sencillo. Como el de ayer. Como el de la semana anterior. Como casi todos los que recordaba haberle visto durante los últimos años.
Hasta aquel momento jamás le había dado importancia.
Había supuesto que era una cuestión de gustos. Helena nunca había parecido interesada en el exceso ni en las extravagancias que fascinaban a otras damas. Le había parecido natural.
Ahora ya no estaba tan seguro.
Porque acababa de descubrir una lista de viajes imposibles, ciudades soñadas y vestidos para cada una de ellas.
Y porque, de repente, recordó que rara vez la había visto pedir nada.
Ni joyas.
Ni telas.
Ni modistas.
Ni caprichos.
Nada.
La idea llegó despacio y le resultó profundamente incómoda.
—¿Nunca los compró? —preguntó.
Helena siguió mirando el cuaderno.
—¿Los vestidos?
—Sí.
Ella soltó una pequeña risa.
—No parecía una inversión especialmente sensata.
Wolf permaneció en silencio unos segundos.
—Tenía dinero para hacerlo.
Helena levantó la vista.
—Era su dinero.