Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 10
53%

Capítulo 10

Helena despertó con la boca aún llena de deseo por Wolf.

Aquella fue la primera desgracia del día.

La segunda fue descubrir que no estaba triste.

La tercera, mucho peor, que tampoco estaba enfadada.

Permaneció tendida en la cama estrecha de la habitación de su padre, mirando las grietas finas del techo, mientras la luz de la mañana se filtraba por las cortinas recién lavadas y convertía el polvo en pequeñas partículas doradas.

Briarcombe olía a madera húmeda, lavanda vieja y a esa clase de calma rural que jamás habría podido sobrevivir en una casa Colligan.

Afuera, algún pájaro insistía en cantar como si nada extraordinario hubiera ocurrido el día anterior.

Qué falta de consideración.

Helena cerró los ojos.

Wolf la había besado.

No una vez.

Dos.

Y la segunda no podía explicarse como un accidente, un impulso torpe o una grieta momentánea en la perfecta muralla de su autocontrol. La segunda había sido otra cosa. Algo más oscuro, más real y bastante menos fácil de archivar bajo la cómoda etiqueta de imprudencia matrimonial.

Él la había deseado.

Lo había dicho.

Y ella le había creído.

Aquello lo empeoraba todo.

Durante años, la herida había tenido una forma clara: Wolf no sentía nada por ella.

Wolf la respetaba, la protegía, la mantenía a salvo y la colocaba cuidadosamente a distancia, como se coloca una porcelana agrietada en una vitrina.

Ella había sido su esposa legal, una deuda administrada con corrección, una mujer a la que jamás tocó porque no quería tocarla.

Ahora esa explicación se había roto.

Helena se sentó en la cama, apartó las mantas y miró la caja pequeña sobre la cómoda, donde seguía guardado el anillo de bodas.

No lo sacó. No era tan necia. Había límites para el sentimentalismo matutino, incluso después de haber sido besada en un vestíbulo por un hombre que olía a humo, cuero y deseo.

Se vistió despacio.

No escogió el vestido más bonito. No había traído ninguno que mereciera tal nombre.

Pero sí eligió uno de muselina verde oscuro que hacía menos evidente el cansancio y más vivos sus ojos, aunque esa justificación era, se dijo, puramente práctica.

Se recogió el cabello negro en la nuca con más cuidado del habitual y luego se reprendió a sí misma por hacerlo.

Wolf no se fijaría.

O sí.

Aquello era lo intolerable ahora.

Al bajar, encontró la cocina vacía.

La mesa estaba puesta para dos.

No para cuatro.

No para Barrow, ni para la señora Pottle, ni para Ned. Dos platos, dos tazas, pan cubierto con un paño, mantequilla, mermelada, huevos calientes junto al hogar y té recién hecho en la jarra. La ausencia de la cocinera era tan deliberada que habría resultado cómica si no fuera una traición.

Sobre la mesa había una nota escrita con letra grande y poco elegante.

El señor Barrow y Ned están en el tejado. Yo también, aunque no pienso subir más allá del primer peldaño porque todavía aprecio mi vida. El desayuno está hecho. Si lo estropean, no me lo cuenten.

S. Pottle.

Helena dejó la nota en la mesa y respiró hondo.

—Traición —murmuró.

—Eficiencia doméstica, creo que lo llamaría ella.

La voz de Wolf llegó desde el umbral.

Helena se giró.

Él estaba allí, vestido de oscuro, naturalmente, aunque sin chaqueta.

Solo camisa blanca, chaleco negro y pañoleta desanudada de un modo que probablemente no había sido intencionado y que, por tanto, resultaba más peligroso.

Tenía el cabello todavía húmedo en las sienes, como si hubiera bañado.

Pobre Wolf, debía espabilarse solo sin ayuda de cámara, pero lo hacía bastante bien.

Además, parecía indecentemente despierto.

Y demasiado masculino para una cocina con pan y mermelada.

—Buenos días —dijo ella.

—Buenos días.

Ninguno añadió nada más.

La conversación, por tanto, ya era un fracaso.

Helena tomó asiento y se sirvió té para tener algo que hacer con las manos. Wolf ocupó la silla de enfrente. No a su lado. Enfrente. Aquel gesto, absurdo como era, hizo que ella se preguntara si había elegido esa silla por prudencia.

O por miedo.

O porque quizás, como ella, no confiaba del todo en lo que pudiera suceder si sus mangas se rozaban demasiado pronto.

—La señora Pottle ha decidido abandonarnos —dijo Helena.

—Ha decidido vigilarnos desde el tejado.

—Dudo que pueda vigilarnos desde allí.

—Eso no significa que no lo intente.

Helena bajó la vista hacia el plato para ocultar una sonrisa.

El silencio volvió a instalarse, aunque no era el mismo silencio de los primeros días. Aquel tenía otra textura. No estaba hecho solo de dolor y rencor. Había algo vivo debajo. Algo que respiraba.

Wolf tomó el cuchillo de la mantequilla. Helena hizo lo mismo al mismo tiempo.

Sus dedos no llegaron a tocarse.

Ambos se detuvieron antes.

Aquello fue peor.

Helena dejó el cuchillo.

Wolf también.

Luego, contra toda expectativa, él lo tomó de nuevo, untó una rebanada de pan y se la ofreció.

Helena lo miró.

—¿Está intentando evitar otro incidente con la mantequilla?

—Estoy intentando demostrar que soy capaz de compartirla sin provocar comentarios de la señora Pottle.

—La señora Pottle haría comentarios aunque estuviera sola en una habitación cerrada.

—Eso he empezado a sospechar.

Helena aceptó el pan.

Sus dedos rozaron los de él.

Esta vez ninguno retiró la mano con rapidez.

El contacto duró un segundo más de lo necesario, pero aquel segundo pareció abrirse entre ambos con una solemnidad ridícula.

Wolf la miró.

No sonrió exactamente.

Pero algo se suavizó en su boca.

Helena sintió aquella mínima variación como una imprudencia íntima.

Dios.

Quizás eso era lo que había imaginado alguna vez, hacía muchos años, cuando todavía no sabía que las esperanzas podían volverse humillantes con el tiempo.

Una mañana sencilla. Té. Pan. Un hombre al otro lado de la mesa que la mirara como si no estuviera pensando únicamente en su seguridad, ni en el deber, ni en la guerra.

Un marido.

La palabra la asustó tanto que casi dejó caer la rebanada.

—¿Está bien? —preguntó Wolf.

—Sí.

—No parece que sí.

—Usted tampoco parece un hombre que debería comer pan con tanta solemnidad.

Él miró la rebanada.

—No sabía que lo hacía.

—Hace usted muchas cosas con solemnidad. Incluso existir.

Ahí sí apareció algo parecido a una sonrisa.

Muy breve.

Muy seco.

Muy Colligan.

—Tiger diría que soy así para compensar sus excesos.

—Probablemente.

Helena rio.

No mucho.

Lo suficiente para que Wolf alzara la vista de nuevo, y aquella vez no intentó ocultar que estaba mirándola.

Briarcombe, con todos sus techos rotos, chimeneas caprichosas y ventanas enfermas, se volvió de pronto un lugar peligroso.

No por lo que amenazaba desde fuera.

Sino por lo que podía ofrecer dentro.

Después del desayuno, el problema de la chimenea del salón decidió presentarse como asunto central del día.

El comedor seguía siendo inhabitable cuando soplaba el viento del oeste.

La señora Pottle, desde la escalera del tejado, gritó que si la chimenea pretendía ahumarlos como arenques, al menos podría hacerlo después de la cena.

Barrow, que estaba sujeto a una cuerda de manera que no inspiraba confianza alguna, declaró que el tiro debía estar obstruido.

Ned, cubierto de hollín hasta la nariz, dijo que él no pensaba meter la cabeza en ningún sitio donde pudieran vivir pájaros muertos.

Wolf escuchó todo aquello desde el patio con los brazos cruzados.

Helena lo observó desde la puerta trasera.

—No diga nada —lo amenazó.

—No he dicho nada.

—Lo estaba pensando.

—Eso no puede probarlo.

—Después de seis años, Excelencia, créame que puedo probar algunas cosas.

Él la miró. La palabra excelencia ya no sonaba igual entre ellos.

Antes era distancia. Ahora era defensa.

—La chimenea necesita limpieza desde arriba y revisión desde abajo —dijo él.

—Eso ha sonado peligrosamente a una orden.

—Era una observación técnica.

—Qué conveniente.

Barrow, desde el tejado, gritó:

—¿Ha dicho Su Excelencia que es una observación técnica?

—No ayude, Barrow —respondió Helena.

—No era mi intención, señora.

—Rara vez lo es.

Al final, como casi todo en Briarcombe, la reparación exigió una solución indigna: Ned subido al tejado bajo la supervisión angustiada de Barrow, la señora Pottle abajo declarando que todos los hombres eran criaturas nacidas para caer desde lugares innecesarios, y Wolf en el salón, arrodillado junto a la chimenea, examinando el tiro con la concentración de un general ante un mapa.

Helena permaneció cerca, sosteniendo una lámpara.

No hacía falta lámpara.

Había suficiente luz.

Pero Wolf se lo había pedido con un "por favor" tan cuidadoso que negarse habría sido una crueldad menor.

—Más a la izquierda —dijo él.

—¿La lámpara o mi persona?

—La lámpara.

—Qué alivio.

Él giró la cabeza hacia ella.

Tenía una mancha de hollín en el pómulo.

Helena se quedó mirándola.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Helena.

—Tiene hollín en la cara.

Wolf se pasó una mano por la mejilla, pero falló por completo. Helena cerró los ojos un instante, no por impaciencia, sino porque verlo tan competente para romperle la mano a un hombre y tan inútil para limpiarse una mancha de hollín resultaba absurdamente peligroso para su buen juicio.

—No. Ahora parece usted un minero elegante.

—Una combinación útil.

—No estoy segura de que exista tal cosa.

Se acercó antes de pensarlo y le limpió la mancha con el borde de un paño.

Fue un gesto pequeño. Doméstico. Ridículamente íntimo.

Wolf se quedó inmóvil mientras ella lo hacía.

La piel de su pómulo estaba tibia bajo la tela, y la mandíbula, tan cerca, tenía una sombra áspera que le recordó con una viveza incómoda la forma en que aquella boca había cubierto la suya.

Helena retiró la mano.

Despacio.

No lo bastante.

Wolf no dijo nada, pero sus ojos descendieron a su boca durante una fracción de segundo.

Nada más.

Suficiente.

Desde algún lugar del tiro de la chimenea cayó una lluvia de hollín.