Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 9 #4
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Capítulo 9 #4

Y quizás lo más inquietante de todo era que seguía encontrándolo terriblemente atractivo.

Alto, vestido de oscuro, con el cigarro entre los dedos y aquella expresión inescrutable que ocultaba más de lo que mostraba, parecía un hombre construido para soportar cualquier carga.

Solo ahora comprendía que algunas de ellas lo estaban rompiendo por dentro.

Wolf exhaló lentamente una fina columna de humo y alzó por fin los ojos hacia ella.

—No me refiero a ayudarme a bajar de un carruaje —añadió ella, con voz más baja—. Ni a vendarme la mano. Ni a ofrecerme el brazo en un salón. Me refiero a tocarme como un marido toca a su esposa.

Wolf seguía sin moverse.

—Helena.

—No. No use mi nombre para detenerme. Ya no. ¿Por qué? ¿Por qué nunca me besó? ¿Por qué nunca entró en mi habitación? ¿Por qué me dejó pasar seis años preguntándome qué había en mí que le resultaba tan imposible de desear?

Aquello sí lo golpeó.

Lo vio.

Por primera vez, lo vio claramente.

Wolf palideció un poco. No mucho. Él jamás concedía al mundo tanto.

—Eso pensaba —dijo él.

Helena no comprendió.

—¿Qué?

—Que pensaría eso.

—¿Y aun así...?

—No.

Wolf llevó el cigarro a los labios. Aspiró una vez y dejó escapar el humo lentamente. Luego respiró hondo, como si aquella pausa le permitiera encontrar palabras que llevaba demasiado tiempo evitando.

—No. No lo entendí. No como debía. Creí que mi distancia era una forma de respetarla. Creí que la tranquilizaría.

Helena soltó una risa rota.

—¿Tranquilizarme?

—Usted no me eligió al principio. Tenía veinte años —dijo él—.

Su padre había muerto. La prensa la perseguía.

Había hombres enviándole amenazas. Elias Vane no era protección suficiente para nadie.

Yo llegué con una carta, un apellido y una solución.

Le ofrecí un matrimonio que la ley me permitía convertir en propiedad.

Sabía lo que podía reclamar. Sabía lo que otros hombres habrían reclamado.

—Usted no era otros hombres.

—No estaba seguro de eso.

Helena se quedó inmóvil.

Wolf apartó la mirada.

—Hoy vio una parte de mí que no le gusta.

—No he dicho eso.

—No necesita decirlo.

—Me ha asustado.

—Sí.

Él volvió a mirarla.

Helena no apartó los ojos.

—Me ha asustado lo fácil que parecía para usted hacerse daño por dentro y no mostrar nada.

Wolf guardó silencio.

Aquello quizá fue peor que un reproche.

—La deseaba —dijo al fin.

La sencillez de la frase la atravesó. Helena dejó de respirar.

—No diga eso si no...

—La deseaba. En Escocia. En Bristol. En cada carruaje, en cada cena, en cada maldita habitación donde usted estaba al otro lado de una puerta y yo sabía que tenía derecho legal a entrar —La voz no se elevó.

Wolf dejó el cigarro sobre la repisa de la chimenea y el humo siguió ascendiendo lentamente entre ambos.

Cuando volvió a hablar, su voz se había vuelto más baja, más áspera.

Más peligrosa precisamente por eso—. No fue falta de deseo.

Helena sintió que el mundo se inclinaba un poco.

—Entonces ¿qué fue?

Él se acercó un paso. Esta vez ella no retrocedió.

—No pregunte más si quiere que siga siendo correcto.

El aviso debería haberla detenido.

No lo hizo.

—¿Y si no quiero que sea correcto?

Wolf se quedó inmóvil.

Ahí estaba.

La frontera.

Él la vio.

Ella también.

—Helena.

—Wolf...

El cambio en él fue mínimo.

Y absoluto.

Wolf cruzó la distancia que quedaba entre ambos y la besó.

No como la primera vez.

No con aquella cautela casi dolorosa, ni con ese miedo a tocar demasiado. La besó como un hombre que había pasado seis años encerrando el deseo en habitaciones oscuras y acababa de descubrir que la llave siempre estuvo en la mano de ella.

Helena se quedó sin aire.

Sus manos encontraron la pechera de la chaqueta de él, luego los hombros.

Wolf la rodeó por la cintura y la atrajo contra sí con una firmeza que habría podido asustarla si no hubiera sentido, al mismo tiempo, la tensión con que él se controlaba incluso entonces.

No era un desbordamiento sin medida. Era hambre bajo disciplina. Fuego detrás de piedra.

Y por primera vez, Helena comprendió que su control no significaba ausencia.

Significaba exceso.

La boca de Wolf se movió sobre la suya, más segura ahora, más profunda.

Ella respondió antes de poder pensarlo. Abrió los labios con un pequeño gemido que pareció quebrar algo en él.

La mano de Wolf subió por su espalda, se detuvo en su nuca, se hundió en su cabello sin deshacerlo del todo.

La otra permaneció en su cintura, abierta, fuerte.

Helena sintió su cuerpo contra el suyo.

La dureza de su pecho.

El calor.

La fuerza contenida en esos brazos que podían romper a un hombre y que ahora temblaban por no apretarla demasiado.

Eso la desarmó más que la violencia de Ashcombe.

Porque ahora entendía algo que no había querido entender.

Wolf no era frío porque no sintiera.

Era frío porque sentía demasiado.

El beso terminó porque él lo terminó.

No de golpe.

No como rechazo.

Con una lentitud que casi fue peor, separándose de su boca, dejando la frente cerca de la de ella, respirando con una dificultad que Helena nunca le había oído.

Durante unos segundos ninguno habló. Helena seguía apoyando las manos en sus hombros y sentía bajo las palmas la firmeza de su cuerpo, el calor que atravesaba la tela oscura de la levita.

Wolf continuaba sujetándola por la cintura.

No la soltó enseguida. Tampoco la atrajo más cerca.

Sus manos permanecieron allí, firmes y seguras, como si la simple sensación de tenerla entre sus brazos fuera suficiente.

Y fue entonces cuando Helena comprendió algo que le apretó el pecho de una forma inesperada.

La decisión seguía siendo suya.

Siempre había sido suya.

Wolf podía haberla retenido. Podía haber reclamado más. Podía haber aprovechado la cercanía, el beso, la vulnerabilidad que ambos compartían en aquel instante. No hizo ninguna de esas cosas.

La miraba.

Solo eso.

Sus ojos grises permanecían fijos en ella, más oscuros de lo habitual, mientras el pulso latía con fuerza en la garganta de Helena y cada respiración parecía un gemido.

Sintió el roce de los dedos de Wolf en su cintura, el calor de su cuerpo, la cercanía de su boca todavía demasiado próxima a la suya.

La conmovió.

Y quizás por eso mismo la asustó.

Porque empezaba a comprender que la fuerza de Wolf nunca había estado en imponer. Había estado, precisamente, en todo lo que había decidido no tomar.

—Diga algo —murmuró él.

Helena cerró los ojos.

—No sé qué decir.

—Bien.

Ella abrió los ojos.

—¿Bien?

La boca de Wolf rozó casi una sonrisa.

Casi.

—Me sentiría en desventaja si usted lo supiera.

El comentario, tan seco, tan suyo, la alcanzó en un lugar extraño. Helena soltó una risa temblorosa y apoyó la frente un instante contra su pecho antes de recordar que no debía hacerlo.

Pero ya lo había hecho.

Wolf se quedó absolutamente inmóvil.

Luego su mano subió por su espalda.

Solo eso.

Una caricia mínima.

Imposible de confundir con deber.

Helena se apartó primero.

No por rechazo.

Por necesidad de respirar.

Wolf la dejó ir.

Esta vez ella notó el esfuerzo que le costó.

Aquello cambió algo.

Más que el beso, quizás.

—No estamos arreglados —dijo ella.

—No.

—Esto no cambia seis años.

—No.

—No sé qué cambia.

Wolf la miró. Sus ojos seguían grises, pero ya no parecían vacíos.

—Yo tampoco.

La respuesta no debería haberla consolado.

Lo hizo.

Desde la cocina, en algún lugar lejano de la realidad, la puerta trasera se abrió y se oyeron voces. La señora Pottle. Barrow. Ned quizás. La casa volvía a llenarse de mundo.

Wolf dio un paso atrás.

Helena sintió frío donde antes había estado su cuerpo.

—No hablemos de esto ahora —dijo ella.

—Como quiera, mi señora.

—No diga eso como si fuera una orden mía.

—Es una rendición.

Helena lo miró.

Él parecía completamente serio.

Y, de forma absurda, aquello la hizo querer tocarlo otra vez.

No lo hizo.

Todavía.

La señora Pottle apareció en el pasillo un instante después, vio a ambos, se detuvo, miró a Wolf, miró a Helena y luego anunció: —El pueblo no se ha incendiado, por si a alguien le interesa.

Helena se giró hacia la ventana.

Wolf recogió sus guantes de la mesa con una calma que habría engañado a cualquiera que no hubiera tenido la boca todavía marcada por la suya. Después recuperó el cigarro que había dejado consumiéndose sobre la repisa de la chimenea y dio una última calada antes de apagarlo.

La señora Pottle observó la maniobra con evidente desaprobación.

—Nunca entenderé esa costumbre de los caballeros —declaró—. Muy noble, muy elegante y muy distinguida, supongo. También huele como si alguien hubiera decidido incendiar una biblioteca por puro entretenimiento.

Wolf levantó una ceja.

—Tomaré nota de su opinión.

—Haga eso, excelencia. Si alguna vez decide abandonar el ducado, siempre podrá dedicarse a ahumar jamones.

Barrow soltó una tos sospechosa a sus espaldas.

Helena bajó la vista para ocultar la sonrisa.

La señora Pottle observó a uno y otro con la misma satisfacción de una general que contempla un campo de batalla y salió de la habitación antes de que ninguno pudiera responder.

—Prepararé té —añadió la señora Pottle—.

El tipo de día que hemos tenido requiere té.

Y quizás brandy. Y quizás que nadie me explique nada.

—Una excelente política —dijo Wolf.

La cocinera lo miró.

—No se acostumbre a que esté de acuerdo con usted, excelencia.

Helena casi sonrió.

Casi.

Pero luego la mirada de Wolf encontró la suya otra vez, y todo lo que había ocurrido regresó de golpe.

La tienda.

La violencia.

La confesión.

El beso.

La verdad terrible y liberadora de que Wolf no la había mantenido lejos porque no la deseara.

La había mantenido lejos porque había tenido demasiado miedo de sí mismo.

Y aquella verdad no curaba el pasado.

No explicaba todos los silencios.

No reparaba las noches en que ella se había sentido sola, indeseada, absurda por anhelar a su propio marido.

Pero cambiaba la forma de la herida.