Capítulo 9 #3
Wolf la miró. Martha pareció quedarse sin saber qué hacer con él.
Unos minutos antes habría querido abrazarlo por proteger a Peter.
Ahora también parecía consciente de que aquel hombre era capaz de una violencia fría y precisa que resultaba difícil de contemplar de cerca.
Al final le ofreció una reverencia torpe, a medio camino entre el agradecimiento y la cautela.
—Gracias.
Wolf inclinó la cabeza.
—Cierre la tienda por hoy.
—No puedo perder un día entero de ventas.
—Puede.
—Excelencia...
—Cierre la tienda, Martha.
La anciana abrió la boca.
Luego la cerró.
—Sí.
Helena vio aquello también.
No una orden de duque.
Una orden de superviviente.
Cuando salieron de Ashcombe, nadie en el pueblo hablaba en voz alta.
El viaje de regreso a Briarcombe fue silencioso.
Ned conducía peor que de costumbre, quizás porque seguía impresionado por su misión de buscar al alguacil o porque había visto demasiada sangre para un muchacho que esa mañana solo esperaba llevar un carruaje pequeño por un camino conocido.
Helena se sentó frente a Wolf.
Él miraba por la ventanilla.
No había dicho una palabra desde que subieron.
Tenía las manos limpias.
Se las había lavado en la bomba detrás de la tienda con un cuidado casi metódico. Aun así, Helena no podía dejar de verlas alrededor de la muñeca de Silas. No podía dejar de recordar la facilidad con que había roto aquel cuerpo.
Y después recordaba la noche anterior, sus manos en su cabello, en el aire alrededor de su rostro, no tocándola más de lo que ella permitía.
El contraste era insoportable.
—¿Wolf? —dijo al fin.
Él no se movió.
—Wolf.
Esta vez giró la cabeza hacia ella. Sus ojos grises se posaron en los de Helena, pero algo en ellos parecía seguir lejos, como si una parte de Wolf continuara atrapada en algún lugar al que ella no podía seguirlo.
El escalofrío que la recorrió no tuvo nada que ver con el miedo físico.
Era la inquietante sensación de estar viendo a un desconocido bajo el rostro del hombre con el que había compartido seis años de matrimonio.
—¿Está usted bien?—preguntó él, mirándola como si la pregunta viniera desde muy lejos.
—Sí.
No era verdad.
O lo era en el sentido más inútil.
Ella no sabía qué decir.
El resto del trayecto transcurrió con el sonido de las ruedas, los cascos y el viento entre los setos.
Al llegar a Briarcombe, descubrieron que Barrow y la señora Pottle habían salido hacia Ashcombe tras enterarse del incidente por un muchacho del pueblo.
Ned fue enviado de vuelta para ir a buscar las mantas y ayudar a Martha Bell.
La casa quedó, por primera vez desde la llegada de Wolf, casi completamente vacía.
Aquello no debería haber importado.
Importó.
Wolf entró en la casa sin quitarse los guantes.
Helena lo siguió.
El vestíbulo estaba quieto. La luz de la tarde caía sobre el suelo de madera. Desde la cocina no llegaban voces ni ruido de ollas.
—Debe sentarse —dijo Helena.
Él se giró.
—No.
—No era una sugerencia médica.
—Entonces no era necesaria.
—Wolf.
Él cerró los ojos durante un instante. Apenas un parpadeo más largo de lo normal. Pero Helena lo conocía demasiado bien para no darse cuenta. Durante años había aprendido a leer las pequeñas grietas de un hombre que raramente permitía ver nada. Y aquello, por pequeño que fuera, era una grieta.
—No ahora.
—Sí, ahora.
Eso lo hizo mirarla.
Ahí estaba otra vez.
El hombre de la tienda.
No del todo.
Pero cerca.
—Ha asustado a todos —dijo Helena.
—El hombre tenía un cuchillo.
—Lo sé.
—Iba a golpear a un joven.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo la objeción.
—No sé si es una objeción—confesó Helena, respirando hondo.
—Eso no es una respuesta.
—No siempre tengo respuestas preparadas como órdenes, Wolf. Soy su esposa, no su general.
La frase encontró su blanco.
Él se quitó los guantes despacio.
Demasiado despacio.
Los dejó sobre la mesa del vestíbulo.
—No había tiempo para ser delicado.
—No le estoy pidiendo delicadeza.
—Entonces ¿qué me está pidiendo?
—No lo sé.
La sinceridad pareció desarmarlos a ambos por un segundo. Helena se llevó una mano al pecho, donde el corazón le latía demasiado deprisa desde la tienda.
—Nunca lo había visto así.
—No.
—Usted estaba... —Buscó la palabra correcta y no encontró ninguna que no sonara injusta—. Frío.
Algo pasó por su rostro y desapareció casi al instante. No era dolor. Helena habría reconocido el dolor. Era una aceptación, la incómoda constatación de que ella acababa de señalar una herida que él conocía desde hacía años.
—Sí.
—Como si nada pudiera tocarlo.
—Si algo me toca en un momento así, alguien muere.
Helena se quedó inmóvil. Durante un instante incluso olvidó respirar.
La frase había salido de boca de Wolf con una sencillez devastadora, sin dramatismo, sin autocompasión, sin la menor intención de despertar lástima.
Y precisamente por eso resultó tan difícil de escuchar.
Aquello no sonaba a confesión. Sonaba a algo aprendido a fuerza de errores, pérdidas y años de cargar con decisiones imposibles.
Sonaba a un precio ya pagado. Helena sintió cómo sus dedos se cerraban sobre la falda sin que ella lo percibiera.
El corazón le golpeaba con fuerza bajo el pecho y sus ojos permanecieron clavados en él, incapaces de apartarse de aquel hombre que, por primera vez, parecía estar mostrándole una parte de sí mismo que había mantenido oculta durante demasiado tiempo.
—¿Esto es lo que ocurrió en Kalmara?
Wolf no respondió.
La casa pareció crujir alrededor de ellos.
—No hablo de Kalmara —dijo él al fin.
—No. Ya lo sé. No habla de Kalmara, ni de mi padre, ni de sus hermanos, ni de usted, ni de mí, ni de nada que importe.
—Hoy no.
—¿Por qué?
—Porque no.
—No soy una niña, Wolf.
—Lo sé.
—No soy alguien a quien haya que proteger de cada verdad desagradable.
—Algunas verdades no sirven de nada.
—¿Quién decide eso?—Él la miró. Helena rio una vez, sin alegría—. Usted. Naturalmente.
Wolf dio un paso hacia el salón, no para acercarse a ella, sino para poner distancia entre ambos.
Su figura alta y esbelta cruzó el vestíbulo con esa elegancia sobria que parecía natural en él.
Incluso después de todo aquel tiempo, Helena seguía encontrándolo irritantemente atractivo cuando se movía así, como un hombre acostumbrado a ocupar cualquier espacio sin esfuerzo. Lo siguió antes de pensarlo demasiado.
—No se marche mientras le hablo—volvió a hablar ella.
Él se detuvo con una brusquedad que hizo que ella también se detuviera.
—No me siga cuando le digo que no.
Su voz no se alzó. No hizo falta. Algo en ella bastó para tensar el aire entre ambos.
Durante un instante, Helena volvió a ver al hombre que había inmovilizado a Silas Crowe en la tienda, frío y absolutamente seguro de sí mismo.
Aun así, no retrocedió. Levantó la barbilla y sostuvo la mirada de su marido.
—No me dé órdenes para evitar una conversación.
Wolf giró completamente hacia ella.
—Hoy he visto a un hombre levantar la mano contra un joven. He visto un cuchillo. He visto una habitación llena de personas que no sabían moverse. He hecho lo que era necesario, fin de la conversación.
—Lo he visto todo, no hace falta que me lo relate como si fuera necia.
—No. Usted vio el resultado. No vio el segundo anterior. No vio el cálculo. La distancia. La mano. La hoja. La garganta. El niño. La anciana. Usted vio crueldad porque la crueldad fue lo que quedó visible después.
Helena tragó saliva. —¿Y no lo fue?
Wolf no contestó enseguida.
—Quizás —Aquella respuesta la dejó helada. No por miedo. Porque era honesta—. No disfruté haciéndolo —dijo él—. Pero si hubiera tenido que romperle la otra mano, también lo habría hecho.
—Dios.
—Sí.
Helena lo miró.
Vio al hombre de la tienda.
Y también al hombre que había reparado una ventana sin decírselo. Al que había vendado su mano. Al que había pasado seis años al otro lado de puertas cerradas. Al que había besado su boca como si hacerlo fuera una rendición y no una conquista.
—¿Es por eso? —preguntó.
—¿Por eso qué? —preguntó Wolf.
No frunció el ceño. No necesitaba hacerlo. Se apartó de ella con una calma demasiado reservada y sacó del bolsillo interior de la levita una pitillera de plata, estrecha y gastada en los bordes. Helena jamás se la había visto.
Aquello la sorprendió casi tanto como su voz.
Wolf eligió un cigarro fino, lo sostuvo entre los dedos un instante sin encenderlo y bajó la mirada hacia él como si necesitara ocupar las manos en algo antes de usarlas de una manera más peligrosa.
—Explíquese —dijo él al fin.
—¿Por qué nunca me tocó?
El silencio que siguió fue absoluto. Esta vez no hubo pájaros en el jardín, ni pasos en el pasillo, ni el ruido de la cocinera. Solo estaban ellos.
Wolf permaneció inmóvil unos segundos. Luego encendió una cerilla que sacó también del bolsillo.
La llama iluminó brevemente sus facciones y el reflejo dorado desapareció casi de inmediato cuando acercó el fuego al extremo del cigarro.
Aspiró despacio. El humo se elevó entre ambos antes de dispersarse en el aire inmóvil del salón.
Helena lo observó.
Seis años.
Habían estado casados durante seis años y jamás había sabido que fumaba.
Aquello la sorprendió más de lo que debería.
Porque no era el cigarro.
Era el descubrimiento.
Cada día en Briarcombe parecía arrancar una capa más del hombre con el que se había casado. Durante años había creído conocerlo. Había pensado que Wolf Colligan era exactamente lo que aparentaba: disciplinado, correcto, reservado hasta el extremo. Un hombre que nunca perdía el control.
Ahora empezaba a sospechar que aquella imagen solo era la superficie.
Bajo ella había cicatrices.
Había rabia.
Había miedo.
Había zonas enteras de su vida a las que ella jamás había tenido acceso.