Epílogo
Lady Ágatha Ashford siempre sostuvo que las mejores decisiones familiares eran aquellas que los hombres creían haber tomado por sí mismos.
Por eso, cuando convenció a Wolf Colligan de que una dama que había dado a luz a tres hijas idénticas merecía viajar por Europa, no lo hizo con ruegos, ni con sentimentalismo, ni con la vulgaridad de una súplica.
Lo hizo sentada en el salón azul de Colligan House, con su bastón apoyado junto a la butaca, un té intacto sobre la mesa y la expresión de quien acababa de encontrar una solución evidente a un problema que los demás llevaban meses observando con una incompetencia ofensiva.
—Tu esposa necesita París —declaró.
Wolf, que sostenía a una de sus hijas en brazos con esa mezcla de terror reverente y concentración militar que ponía cada vez que una de las niñas bostezaba, la miró con cautela.
—Helena necesita dormir.
—Todas las madres necesitan dormir. Eso no las convierte en menos merecedoras de vestidos franceses.
—Tiene tres hijas de cuatro meses.
—Y tres nodrizas, dos niñeras, una abuela Colligan, una bisabuela Peyton, una tía abuela con más sentido común que todos vosotros juntos y suficientes mujeres en esta familia para gobernar un país pequeño si el país aceptara instrucciones.
Wolf bajó la vista hacia la niña que dormía contra su pecho.
—No pienso dejar a mis hijas.
—Nadie te ha pedido que las abandones en una cesta junto al camino, muchacho. He dicho Europa, no exilio.
Helena, sentada junto a la ventana con otra de las niñas dormida sobre el regazo y la tercera en brazos de Georgiana Peyton, intentó no sonreír.
No tuvo éxito.
Lady Ágatha la vio.
—Ahí está. Tu esposa acaba de sonreír ante la idea. El asunto queda resuelto.
—Mi esposa no ha dicho nada —respondió Wolf.
—Porque tu esposa es inteligente y espera a que yo termine de ganar esta discusión.
La duquesa viuda de Norfolk y sus hijas: Ámbar, la marquesa de Bristol; Rubí, la condesa de Bristol y Perla Colligan habían acudido a Colligan House el día del parto con la determinación de un ejército y la ansiedad de mujeres que conocían demasiado bien la historia familiar.
No era la primera vez que tres niñas nacían en una casa rodeada de mujeres fuertes, hombres inútiles en los pasillos y criados que fingían no escuchar plegarias, órdenes y amenazas.
Georgiana Peyton había llorado.
No de miedo.
No del todo.
Había llorado al sostener a la primera niña, luego a la segunda, luego a la tercera, porque la memoria tiene maneras crueles y hermosas de cerrar círculos.
Recordó el día en que ella misma había parido a tres hijas, las famosas «Joyas de Norfolk», y durante un instante todas las damas presentes parecieron ver superpuestas dos generaciones: la antigua, brillante, escandalosa, indomable; y aquella nueva, diminuta, roja de enfado y perfectamente dispuesta a arruinar la compostura de cualquier duque.
Thomas Peyton, padre orgulloso y hombre al que ninguna emoción excesiva había logrado jamás volver menos imponente, había fallecido años atrás; pero la abuela Georgiana estaba convencida de que hasta él se hubiera emocionado.
—Tres —había dicho la vieja Georgiana a Tim Colligan, que esperaba en el pasillo junto a Bear, Tiger y un Wolf tan pálido que parecía haber librado otra batalla.
—Tres —repitió Tim, asintiendo, incrédulo, y recordando el día que nacieron sus propios trillizos.
Tiger, que llevaba dos horas caminando de un lado a otro como si el parto dependiera de su movilidad, se apoyó en la pared.
—Dios nos libre. La historia ha decidido repetirse.
Bear se pasó una mano por el rostro.
—¿Helena está bien?
—Helena está agotada, furiosa porque nadie le ha permitido levantarse y completamente gloriosa —respondió Georgiana desde la puerta.
Wolf no esperó a que nadie añadiera nada más.
Entró.
A partir de ese momento, las niñas recibieron nombres, besos, discusiones y un apodo antes incluso de abandonar la primera semana de vida. Ya no eran las Joyas de Norfolk. Ni los Duques Salvajes. Eran otra cosa.
Las Lobeznas de Coldhaven.
A Tiger le pareció una denominación magnífica.
A Perla le pareció peligrosa.
A Wolf le pareció inaceptable durante exactamente dos días, hasta que Helena lo sorprendió llamándolas así en voz baja junto a la cuna.
Las Lobeznas crecieron durante su primer año bajo la vigilancia de medio Bristol.
La mayor, Violet, observaba el mundo con la gravedad de una anciana diminuta.
La segunda, Clara, gritaba con la autoridad de un general cada vez que alguien se atrevía a apartarla de su madre.
La tercera, Beatrice, sonreía a todo el mundo con una dulzura tan sospechosa que Tiger aseguró que era la más peligrosa de las tres.
—Las peores siempre parecen encantadoras al principio —declaró.
Cassandra lo miró.
—¿Hablas de bebés o de ti?
—De ambos, probablemente.
Helena descubrió que la maternidad no era una escena bordada en seda, sino una sucesión de noches interrumpidas, manos diminutas aferradas a sus dedos, miedo, leche, risas absurdas, pañales, canciones mal recordadas y una ternura tan feroz que a veces la dejaba sin aliento.
También descubrió que Wolf Colligan, duque de Coldhaven, hombre temido por políticos, periódicos, administradores y una cantidad notable de oficiales retirados, podía quedar completamente derrotado por tres niñas de menos de un año y que ahora debía de tragarse aquellas palabras tan ácidas que le dedicaba a su hermano Tiger cuando lo vio con tres niñas, claro que no trillizas, gracias a Dios.
Ninguna campaña lo había preparado para Violet rechazando una papilla.
Ningún duelo para Clara llorando a las tres de la madrugada a pesar del ejército de niñeras.
Ningún deber imperial para Beatrice metiéndose el puño entero en la boca y mirándolo como si él fuera personalmente responsable de la incomodidad de tener dientes.
—No sé cómo sobreviven los padres que no tienen niñeras —dijo una noche.
Helena, despeinada, cansada y feliz de una manera que jamás habría imaginado, lo miró desde la cama.
—Con más dignidad que nosotros, que las tenemos y no queremos usarlas.
—Yo sí quiero, eres tú la que te empeñas en levantarte cada noche.
—Soy su madre.
Dejaron de discutir un par de semanas después. Cuando el viaje llegó y las niñas cumplieron, exactamente, un año.
Lady Ágatha lo presentó como si hubiera sido siempre inevitable.
Perla lo organizó como si Europa fuera una extensión manejable de Colligan House.
Georgiana Peyton insistió en quedarse con las niñas durante parte de la temporada, con la excusa de que una bisabuela debía ser útil antes de volverse decorativa.
La tía abuela Ámbar declaró que las tres tenían una firmeza de carácter excelente y que una de ellas —no quiso especificar cuál— ya mostraba aptitudes para dominar la familia.
Tim se ofendió al no ser consultado.
Tiger intentó enseñar a Violet a levantar una ceja.
Cassandra quiso prohibírselo, pero ya tenía suficiente trabajo evitando que Cecily le pintara la cola a Milton de color azul.
Bear sostuvo a Beatrice durante media hora con una solemnidad que hizo que Eleanor riera hasta llorar.
Aveline Morland visitó Colligan House dos días antes de la partida. Samuel, ya instalado en Ashford House como una tormenta doméstica de ocho años, llegó con ella, se inclinó de forma aceptable ante Helena y preguntó si las trillizas mordían.
—Solo si te lo ganas —respondió Helena.
Aveline sonrió.
No era la misma sonrisa de antes.
Seguía siendo sobria. Seguía teniendo dolor. Pero ya no parecía una mujer habitada únicamente por una tumba.
—Julian habría dicho que tres niñas así prueban que Dios nos ama y nos castiga con la misma justicia —dijo.
Helena miró a sus hijas, dormidas en la sala contigua bajo la vigilancia de dos niñeras, una nodriza, Perla y Georgiana.
—Mi padre habría escrito un sermón.
—Probablemente largo.
—Muy largo.
Aveline le tomó la mano.
No hubo grandes palabras entre ellas.
Ya no las necesitaban.
Europa recibió a Helena Colligan con más vestidos de los que cualquier mujer razonable habría considerado necesarios.
Helena, por fin, dejó de ser razonable.
Londres había visto a la duquesa discreta.
Bristol había visto a la esposa recuperada.
Briarcombe había visto a la hija que volvía a casa.
París vio a una mujer con un vestido imposible, caro y completamente escandaloso.
Era de satén azul noche, bordado con hilos de plata tan finos que parecían atrapar la luz de las lámparas.
El escote era atrevido, los guantes larguísimos, la falda tan amplia y perfectamente caída que Helena tuvo la impresión de necesitar una pequeña provincia solo para moverse.
Llevaba diamantes en el cuello, perlas en el cabello y unos pendientes que Wolf había comprado en Viena después de preguntarle, con toda la seriedad del mundo, si le parecían demasiado escandalosos.
Helena había contestado que no lo suficiente.
Él los compró sin discutir.
Aquel fue, quizás, uno de los grandes triunfos de su matrimonio.
El baile se celebraba en un hôtel particulier junto al Sena.
Desde las ventanas abiertas se veía el río oscuro, cruzado por reflejos dorados, y más allá las luces de París extendidas como si la ciudad hubiera decidido competir con el cielo y ganar por arrogancia.
La música llenaba el salón. Damas francesas, diplomáticos, nobles ingleses, condes italianos y mujeres cuya elegancia hacía que toda conversación pareciera una forma menor de arte.
Helena entró del brazo de Wolf.
No pensó en cuánto costaba el vestido.
Bueno, sí.
Lo pensó.
Y disfrutó de cada libra por una vez en su vida... y quizás la última.
—Estás sonriendo —dijo Wolf, inclinándose hacia ella.
—Estoy pensando en tu dinero.
—Qué romántico.
—Muchísimo. Antes me daba miedo gastarlo.
—Lo recuerdo.
—Ahora he decidido que es una forma de justicia poética.
Wolf la miró con esa calma suya.
—Puedes gastar cuanto quieras.
—No digas eso. Podría tomármelo como un reto.
—Lo he dicho con plena conciencia del peligro.
Helena sonrió.
—Lady Ágatha estaría orgullosa.
—Lady Ágatha escribió para preguntarme si París ya había cumplido con su deber hacia ti.
—¿Y qué responderás?
—Que París lo intenta, pero que no conviene felicitarla demasiado pronto.
Helena rio.
Varias cabezas se volvieron hacia ella.
No le importó.
Hubo un tiempo en que habría temido cada mirada, cada juicio, cada comparación. Un tiempo en que habría sentido el peso del apellido Colligan como una prenda demasiado grande sobre unos hombros cansados. Un tiempo en que el dinero de Wolf le habría parecido otra forma de deuda.
Ya no.
La vida les había dado Bristol y Briarcombe, tres hijas idénticas, una familia imposible, una vecina extrañamente querida, una casa llena de risas y una París luminosa al otro lado del cristal.
No había sido sencillo.
Nada importante lo era.
—¿Bailamos? —preguntó Wolf.
Helena levantó la vista hacia él. Pensó en el baile sin música de Briarcombe.
En el salón de Bath. En las veces que había deseado ser vista.
En las veces que él había mirado sin saber cómo acercarse.
—Sí —dijo.
Wolf la condujo al centro del salón.
Esta vez no bailaban para acallar rumores.
No para demostrar nada a nadie.
No porque el mundo necesitara una imagen de matrimonio restaurado.
Bailaban porque podían.
Porque las niñas dormían lejos, seguras entre abuelas, bisabuelas, nodrizas y niñeras capaces de defender Colligan House de un ejército.
Porque París brillaba.
Porque Helena llevaba un vestido carísimo y se sentía ridículamente hermosa por primera vez en su vida.
Porque Wolf la miraba como si, aun en medio de aquel salón lleno de damas perfectas y lámparas doradas, siguiera siendo la única mujer visible.
—¿Piensas en ellas? —preguntó él.
—Siempre.
—Yo también.
—Violet estará reprendiendo a la nodriza.
—Clara estará enfadada porque no la han dejado gobernar la casa.
—Beatrice estará sonriendo a alguien para conseguir algo.
Wolf asintió con gravedad.
—«Las Lobeznas de Coldhaven» son un peligro para la estabilidad inglesa.
Helena rio y apoyó la mano en su hombro y dejó que la música los llevara.
El Sena brillaba más allá de las ventanas.
París giraba a su alrededor.
Y, por un instante, Helena pensó en la joven que había sido: la hija de un hombre muerto, la esposa de un duque distante, la mujer que no sabía dónde pertenecer.
Le habría gustado decirle que un día tendría una casa con goteras que amaría, una ciudad que dejaría de temer, tres hijas idénticas que le robarían el sueño y un marido que aprendería a amarla.
Le habría gustado decirle que no todo lo perdido volvía.
Pero que algunas cosas nacían.
Y algunas, contra todo pronóstico, bailaban en París.
Wolf inclinó la cabeza.
—Te quiero.
Helena sonrió.
Aún le gustaba oírlo.
Quizás le gustaría siempre.
—Yo también te quiero.
Y esa vez, cuando la música terminó, Helena no pensó en regresar ni en huir. Pensó en el camino que aún tenían por delante.
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