Los pecados del Duque (Duques Salvajes 3) Capítulo 8 #3
43%

Capítulo 8 #3

—Excelencia.

—Doctor Finch.

La puerta se cerró tras Matthew y el silencio que quedó en el vestíbulo resultó incómodamente evidente.

La señora Pottle fue la primera en reaccionar.

Con un instinto de supervivencia admirable, anunció que debía comprobar algo en la cocina y desapareció antes de que nadie pudiera detenerla.

Barrow tardó unos segundos más en comprender que aquella retirada era una invitación, no una sugerencia, pero acabó siguiéndola con una rapidez sorprendente para un hombre de su edad.

Cuando estuvieron solos, Helena permaneció junto a la puerta con las manos entrelazadas delante de la falda. Wolf la observó sin saber muy bien qué hacer con el silencio que se había instalado entre ellos.

No había tenido intención de decir nada.

Aquello era lo más irritante. No quería discutir.

No quería volver a imponer su criterio ni convertir cada decisión de Helena en un asunto que requiriera su aprobación.

Había comprendido, al menos intelectualmente, que buena parte de sus errores nacían precisamente de esa costumbre de actuar antes de preguntar.

El problema era que entender una lección y saber aplicarla rara vez eran la misma cosa.

—No tiene derecho a tratarlo de ese modo.

—No lo he tratado de ningún modo.

Helena soltó una risa incrédula.

—Wolf, acaba de comportarse como si Matthew hubiera llegado aquí con la intención de robar la plata familiar.

—Eso es una exageración.

—No. Es una observación.

—No va a volver —dijo.

—¿Perdón?—Helena levantó la cabeza, indignada—. Matthew conoció a mi padre. Conoce esta casa desde antes de que usted hubiera oído hablar de Briarcombe. No ha venido por curiosidad ni por interés. Ha venido porque es un amigo.

—Sigue tomándose demasiadas libertades.

—No. Sigue comportándose como alguien que me aprecia. Creo que se ha acostumbrado tanto a verlo todo como una cuestión de deber que ya no reconoce la simple amabilidad cuando la tiene delante.

—No es necesario que vuelva sin ser llamado, eso es todo.

—Qué curioso. Yo pensaba que esta casa era mía.

—Lo es.

—Y que el doctor Finch era amigo de mi familia.

—Lo es.

—Y que yo podía recibir visitas.

—Puede.

—Entonces lo que acaba de decir suena mucho a una orden.

—No era una orden—dijo Wolf, apretando los dientes.

—Ashcombe no es Bristol, Excelencia. Aquí no abundan los bailes, las cenas ni las visitas. Cuando alguien recorre varios kilómetros para preguntar cómo estás, la costumbre es ofrecerle una taza de té, no hacerlo sentir como un intruso.

—No me gusta que entre en la casa como si tuviera derecho a hacerlo.

Helena lo miró durante unos segundos sin decir nada. El enfado desapareció primero. Después la incredulidad. Lo que quedó fue una expresión que Wolf no supo interpretar de inmediato.

—¿No le gusta?

—No.

—¿Porque teme que me asesine entre una recomendación médica y una taza de té?

—No sea absurda.

—Entonces ¿por qué?

Wolf no respondió de inmediato.

El problema era que no existía una respuesta razonable. O quizás sí existía, pero no una que estuviera dispuesto a pronunciar en voz alta.

Matthew Finch la conocía. La conocía de verdad.

Había visto a la muchacha que enseñaba a leer a los niños del pueblo, a la hija del reverendo Vane, a la joven que recorría los caminos con una cesta al brazo mucho antes de convertirse en duquesa.

Sabía qué historias la hacían reír. Sabía cómo era cuando olvidaba protegerse detrás de la cortesía.

Y aquella casa lo recibía como si perteneciera a ella.

Wolf, en cambio, seguía sintiéndose un invitado.

Había visto a Helena sonreír aquella mañana. No por educación. No por amabilidad. Sonreír de verdad. Y le resultaba inquietante descubrir que otro hombre parecía conocer esa versión de ella mucho mejor que él.

Era una reacción absurda. Irracional.

Pero no por ello menos real.

Porque él era su marido y.… punto.

—Es demasiado familiar —dijo al fin.

—¿Demasiado familiar? —rio Helena sin reír verdaderamente, sonriendo con esos labios que a veces parecían demasiado gruesos—. Wolf, ese hombre me conoció cuando yo tenía trenzas, rodillas raspadas y la mala costumbre de discutir con el maestro de la escuela.

—Precisamente.

—¿Precisamente qué?

—La conoce.

—Sí.

—Demasiado.

Helena abrió los labios.

Luego los cerró.

—¿Está usted celoso? —preguntó ella, frunciendo su ceño pálido, aunque ligeramente bronceado por el sol del huerto.

—No—negó él, apretando los puños a ambos lados del cuerpo.

La respuesta fue inmediata.

Demasiado.

Helena lo miró.

—Ya veo.

—No sea ridícula.

—No soy yo quien acaba de prohibir la entrada a un médico porque recuerda mis trenzas.

—No he prohibido nada.

—Lo está intentando.

Helena sostuvo su mirada. La irritación seguía allí, pero había sido reemplazada por una determinación mucho más difícil de combatir.

Wolf observó cómo el aire llenaba lentamente su pecho bajo el sencillo vestido de verano y cómo sus ojos, de aquel extraño color entre avellana y verde, permanecían clavados en los suyos sin vacilar.

—Soy su esposo —dijo Wolf—. Y no me gusta que ese hombre se acerque a usted.

Helena parpadeó.

No porque la frase la hubiera ofendido.

Porque la había sorprendido.

De todas las cosas que esperaba oír de Wolf Colligan, aquella no figuraba entre ellas.

—¿Perdón?

—Me ha oído.

—Sí. Lo que no estoy segura es de haberlo entendido.

Wolf se pasó una mano por la nuca, un gesto poco habitual en él.

—Creo que he sido claro.

Helena lo observó durante unos segundos.

—¿Está diciendo que no quiere que vea al doctor Finch?

—Estoy diciendo que preferiría que no estuviera rondando esta casa.

La incredulidad empezó a abrirse paso en su expresión.

—Dios mío.

—No dramatice.

—Wolf, lleva seis años casado conmigo.

—Lo sé.

—En seis años jamás me ha dicho con quién podía hablar, a quién podía visitar o qué debía hacer con mi tiempo —Él guardó silencio. Porque era cierto—. Nunca me ha prohibido nada.

—Siempre hay una primera vez para todo, mi señora.

Él volvió a mirarla.

Helena estaba pálida, salvo por dos manchas de color en las mejillas.

El vestido claro que llevaba parecía demasiado sencillo para contener la intensidad de su cuerpo, de su boca, de aquellos ojos que ya no eran solo avellana ni verdes, sino algo más oscuro, más vivo.

Tenía el cabello desordenado por la mañana, un mechón cayéndole sobre el cuello, y Wolf deseó tocarlo con una fuerza que le pareció casi violenta.

Wolf miró su boca.

No debería haberlo hecho.

Helena lo vio.

Como antes.

Como en la habitación de las cortinas.

Como quizás había visto más veces de las que él creía.

—Wolf —dijo ella.

No fue una protesta.

Tampoco una invitación.

Fue su nombre.

Y quizás, después de seis años, eso bastó para destruir una parte de su control.

Él dio un paso.

Helena no retrocedió.

Otro.

Ella alzó un poco el rostro.

No mucho.

Lo suficiente.

Wolf se detuvo a un palmo de ella. Podía oler jabón, polvo, té y el aroma cálido de su piel bajo todo ello. Podía ver una pequeña marca junto a la mandíbula, un latido rápido en la garganta, el brillo húmedo de sus ojos.

—Dígame que me aparte —dijo.

Helena tragó saliva.

—¿Lo haría?

—Sí.

Ella lo miró durante un segundo interminable.

—Entonces sí, apártese.

Wolf debería haberse apartado.

No lo hizo.

Tampoco se lanzó sobre ella.

No era ese hombre.

Levantó una mano despacio, dándole tiempo a detenerlo. Tocó con los dedos el mechón de cabello que le caía junto al cuello y lo apartó. El contacto fue mínimo. Helena cerró los ojos un instante.

Aquello fue peor que cualquier consentimiento dicho en voz alta.

Wolf inclinó la cabeza.

El beso no fue perfecto.

No pudo serlo.

Llevaba seis años sin existir.

La boca de Wolf rozó la de Helena con una cautela que duró un segundo antes de volverse algo más profundo, no por presión, sino por reconocimiento.

Helena se quedó quieta al principio, sorprendida quizás por la realidad de aquel gesto que había imaginado demasiadas veces y al que ya había empezado a renunciar.

Luego su mano se cerró en la manga de él.

Solo eso.

Los dedos aferrándose a la tela.

Pero Wolf sintió aquel gesto como si la casa entera hubiera cedido bajo sus pies.

La besó una vez más.

No mucho.

No lo suficiente.

Demasiado.

Helena exhaló contra su boca, un sonido bajo que no llegó a ser palabra, y aquello lo devolvió a sí mismo con una violencia casi dolorosa.

Se apartó.

No lejos.

Lo justo para no tocarla.

Helena abrió los ojos.

Durante un instante ninguno habló.

La luz del vestíbulo era pálida. La casa seguía respirando a su alrededor. En alguna parte, la señora Pottle dejó caer algo metálico en la cocina y maldijo en voz baja.

La vida, indecente como siempre, continuaba.

Helena se llevó los dedos a la boca.

El gesto fue pequeño.

Asombrado.

Wolf lo siguió con la mirada y sintió un deseo tan fuerte que tuvo que cerrar las manos a los lados con tanta fuerza que las venas se le marcaron.

—Voy a terminar con las cortinas —dijo ella.

—Helena.

—No me siga.

Él no la siguió.

La vio subir la escalera, con una mano sobre el pasamanos y la otra cerrada aún contra la falda, como si necesitara sostener algo para no temblar.

Cuando desapareció, Wolf apoyó una mano contra la pared.

No por debilidad.

Por orientación.

El mundo no había cambiado de forma.

Briarcombe seguía siendo Briarcombe.

La cocina seguía oliendo a pan.

La casa seguía necesitando reparaciones.

Helena seguía siendo su esposa.

Pero algo entre ellos había cruzado una frontera que seis años de silencio habían vuelto casi mítica. Wolf bajó la mirada hacia su propia mano.

La manga de la chaqueta conservaba la arruga donde Helena se había aferrado a él.

Un gesto pequeño.

Un desastre inmenso.

Al otro lado de la casa, Helena llegó a la habitación azul, cerró la puerta y se quedó inmóvil junto a la cortina a medio colgar.

La boca todavía le ardía.

No de dolor.

De deseo.

Durante seis años había imaginado, a su pesar, cómo sería besar a Wolf Colligan.

Había imaginado frialdad. Corrección. Un gesto quizás torpe por falta de deseo.

O quizás una pasión tan distante de ella que la utilizaría como cualquier otro deber marital, algo que él decidiría cumplir porque era hora.

Pero nada de aquello había ocurrido.

Sino todo lo contrario: Wolf parecía estar soportando tanto como ella.

Helena se llevó una mano al pecho.

A su propio corazón.

Por primera vez desde que se casaron, ya no podía fingir que entre ellos solo existía deber.

Y eso no la consoló.

La aterrorizó.

El peso de su mirada recorriéndola en la habitación azul. La forma en que aquellos ojos grises se habían detenido en su boca.

La brusca tensión de su cuerpo cuando ella había pronunciado su nombre.

Dios.

Llevaba seis años creyendo que Wolf Colligan no la deseaba. Y ahora no sabía qué hacer con el descubrimiento de que quizás había sido exactamente lo contrario.