Capítulo 8 #2
Wolf hizo ademán de levantarse antes incluso de ser consciente de ello.
Fue un movimiento mínimo, un cambio de postura en la silla, pero Helena lo advirtió de inmediato.
Sus ojos se desviaron hacia él durante una fracción de segundo antes de volver a Matthew, como si hubiera percibido una tensión que el propio Wolf aún no estaba dispuesto a reconocer.
—No hace falta —dijo ella al médico—. Solo hay que subir la escalera y enganchar las anillas. No es cirugía.
—Las cortinas del ala oeste podrían contradecirla.
—Si las cortinas empiezan a hablar, abandonaré Briarcombe.
—Entonces la acompañaré al menos hasta el pasillo —insistió Matthew—. No confío en la escalera del cuarto azul. Me hizo caer cuando tenía diecisiete años.
—Todas las escaleras le hacían caer cuando tenía diecisiete años —replicó Helena.
—Fui un joven torpe.
Wolf dejó la lista sobre la mesa.
—Yo la acompañaré.
Durante unos instantes nadie dijo nada. La señora Pottle lanzó una mirada significativa a Barrow, como si esperara que él encontrara una salida razonable para la situación.
Barrow, demostrando un instinto de supervivencia admirable, concentró toda su atención en la taza que tenía delante.
Matthew Finch observó a Wolf por encima del borde de la suya con una expresión tranquila y quizás demasiado perspicaz.
Helena, mientras tanto, apretó los labios y cerró los ojos un instante, como quien empieza a sospechar que todos los presentes van a convertir una simple cortina en un acontecimiento social.
—Es una cortina, Excelencia.
—Lo sé.
—No un riesgo para la seguridad del reino.
—No he mencionado el reino.
—Todavía.
—Quizá deberíamos permitir que Su Excelencia proteja las cortinas de Briarcombe —dijo Matthey, dejando la taza—. Es evidente que se siente llamado a ello.
La señora Pottle se aclaró la garganta detrás de la mano.
Helena lanzó a Matthew una mirada de advertencia que el médico pareció recibir con perfecta tranquilidad.
Luego sostuvo la mirada de Wolf sin la menor prisa por apartarla.
Aquello resultó inesperado. La mayoría de los hombres retrocedían un paso cuando Wolf los observaba así.
Matthew Finch no lo hizo. No parecía desafiarlo; simplemente no parecía impresionado por él.
Wolf no decidió si aquello era una virtud o una imprudencia.
Helena salió de la cocina.
Wolf la siguió.
Matthew no.
Eso fue sensato por su parte.
El ala oeste olía a polvo reciente, aire húmedo y jabón.
Helena había abierto varias ventanas y el sol entraba en franjas pálidas sobre el suelo de madera.
La habitación azul, antaño quizás un dormitorio de invitados, tenía los muebles cubiertos con sábanas, una cómoda coja, un espejo manchado en los bordes y una escalera apoyada contra la pared, bajo una ventana alta desnuda de cortinas.
—No necesitaba venir —dijo Helena sin mirarlo.
—Lo sé.
Ella soltó un sonido bajo.
No era risa.
Pero se le parecía lo suficiente para que Wolf se preguntara si acababa de lograr algo sin comprender cómo.
Helena colocó la cortina sobre el respaldo de una silla, subió dos peldaños de la escalera y estiró un brazo hacia la barra de la ventana.
El movimiento alzó la falda lo justo para dejar a la vista un tobillo, luego una parte de la pantorrilla cubierta por la media clara.
No fue nada indecoroso. Cualquier hombre razonable habría mirado hacia otra parte sin esfuerzo.
Wolf miró.
Durante un segundo.
Quizás dos.
El borde del vestido se tensó sobre la curva de su cadera cuando ella se inclinó hacia un lado.
La línea de su muslo se insinuó bajo la tela al apoyarse en el peldaño.
Helena no era alta, pero tenía una elegancia natural en el cuerpo, una armonía que los vestidos de salón habían vuelto demasiado formales y que allí, en una habitación polvorienta, sobre una escalera insegura, resultaba mucho más peligrosa.
Wolf sintió el golpe del deseo con una nitidez humillante.
No nuevo.
No desconocido.
Solo menos domesticado.
—La escalera no está firme —dijo con voz más grave de lo que hubiera deseado.
—La escalera lleva veinte años sin estar firme.
—Eso no es un argumento.
—En Briarcombe sí.
Helena intentó enganchar la primera anilla. La escalera se movió.
Wolf la sujetó de inmediato.
Una mano en la madera.
Otra, sin pensarlo, en la parte baja de su pierna.
Helena se quedó inmóvil.
Wolf también.
Sus dedos rodeaban su pantorrilla por encima del botín, sobre la media.
No había piel desnuda. No había nada que el mundo pudiera llamar impropio si el gesto duraba un instante y se explicaba por la seguridad.
Pero el calor de su cuerpo atravesó la tela como si no existiera.
La pierna de Helena era firme, esbelta, delicada de una manera que nada tenía que ver con fragilidad.
Wolf sintió el impulso, absurdo y violento, de deslizar la mano más arriba.
No lo hizo.
Naturalmente.
Retiró la mano como si hubiera tocado fuego.
—Baje.
—¿Eso es una orden?—inquirió ella, sin hacerle caso.
—Es un acto de supervivencia.
Wolf no respondió.
Ella bajó un peldaño.
Luego otro.
Al llegar al suelo, quedó demasiado cerca de él. El polvo flotaba en la luz. La cortina colgaba a medias de la barra. El aire de la habitación parecía insuficiente.
Helena lo miró.
Sus ojos estaban más oscuros que de costumbre. La respiración un poco alterada por el esfuerzo, quizás por otra cosa. Un mechón de cabello le rozaba la mejilla. Tenía la boca entreabierta, lo justo para que Wolf recordara con brutal claridad que jamás la había besado.
Ni una sola vez.
No en Escocia.
No al firmar el registro.
No al regresar a Bristol.
No en los días de enfermedad.
No en ninguna de las noches en que había permanecido despierto al otro lado de una puerta cerrada, odiándose por desear a una mujer que quizás solo veía en él una solución impuesta.
—Puedo colgar una cortina —dijo ella.
—No en esa escalera.
—Wolf.
Pronunció su nombre con una irritación que no logró ocultar del todo.
Sin embargo, había algo más debajo, algo que hizo que él levantara la vista.
Sus ojos se encontraron y, por la forma en que Helena se quedó inmóvil durante un instante, Wolf comprendió que era demasiado tarde.
Ella lo había visto mirar. Como si acabaran de descubrir algo que llevaba años allí y ninguno hubiera querido nombrar.
No de forma escandalosa. No como en las novelas donde todo se vuelve música y velas. Fue peor. Más real. Una tensión brusca, incómoda, nacida de una verdad que ambos habían esquivado durante demasiado tiempo.
—¿Por qué me mira así? —preguntó ella.
—¿Así cómo?—preguntó él, con voz baja.
—Como si estuviera enfadado conmigo por estar en una escalera.
—Estoy enfadado con la escalera.
—No es la escalera.
Él no respondió.
Helena bajó la mirada hacia su propia falda, hacia el peldaño, hacia la mano de él, ahora rígida a un lado. Comprendió.
Wolf lo vio ocurrir.
El rubor le subió por el cuello a Helena.
No mucho.
Lo suficiente.
Helena no era una muchacha inocente en el sentido de ignorar la existencia del deseo. Tenía veintiséis años, seis de matrimonio y demasiada inteligencia para creer que los cuerpos eran asuntos ajenos a la vida adulta. Pero había algo en su expresión que hirió a Wolf de una forma inesperada.
Sorpresa.
No ofensa.
No miedo.
Sorpresa.
Como si no hubiera creído posible que él la mirara de ese modo.
—Helena —dijo él.
—No.
Una sola palabra fue suficiente para detenerlo. Helena retrocedió un paso y apoyó una mano en la mesa cercana, como si necesitara recuperar una distancia que había desaparecido demasiado deprisa.
—No diga mi nombre con ese tono si después va a esconderse detrás de otra frase razonable.
Wolf sintió que algo en él se cerraba.
O se abría.
No estaba seguro.
—No pretendía mirarla de forma ofensiva.
Helena soltó una risa baja, casi incrédula.
—Eso no responde a nada.
—No sé qué quiere que responda.
—Eso empieza a ser una constante entre nosotros.
La puerta se abrió entonces y Matthew Finch apareció en el umbral con una expresión que pasó de cordial a incómoda en menos de un segundo.
—Perdón. La señora Pottle me envió a decir que el té se enfría, pero veo que he interrumpido una discusión.
Helena se volvió de inmediato.
Demasiado deprisa.
—No ha interrumpido nada.
Wolf miró al médico.
Matthew miró a Wolf.
Y por primera vez, la cordialidad del doctor Finch pareció esforzada.
—Entonces el té sigue enfriándose —dijo.
—Bajamos enseguida —respondió Helena.
Matthew inclinó la cabeza y salió de la habitación. Helena observó la puerta cerrarse tras él y aprovechó aquella interrupción para recuperar algo de compostura. Luego miró la cortina medio colgada.
—Le pediré a Ned que termine esto.
—No.
—¿Perdón?
Wolf se acercó a la escalera, subió dos peldaños y enganchó las anillas restantes con eficacia. Bajó antes de que ella pudiera decir nada.
—Ya está.
Helena lo miró.
La cortina, vieja y descolorida, colgaba torpemente, pero colgaba.
—Qué demostración tan impresionante de dominio masculino —dijo.
—Procuro ser útil.
—Ese es precisamente el problema.
Y salió de la habitación.
Matthew se marchó media hora después.
La despedida fue correcta. Demasiado correcta, quizás. Le dio a la señora Pottle un frasco de linimento para la rodilla, recomendó a Barrow que no leyera cuentas sin sus anteojos y le dijo a Helena que volvería en unos días para ver cómo seguía la casa.
—No es necesario —dijo Wolf.
Helena se giró hacia él.
Matthew también.
La señora Pottle, que estaba junto a la puerta con el frasco en la mano, murmuró algo que sonó peligrosamente parecido a "Dios nos asista".
Wolf no se corrigió esta vez.
—Gracias, Matthew. Sería agradable verlo—dijo Helena, intentando aparentar normalidad.
Wolf guardó silencio.
Matthew hizo una reverencia.
—Entonces quizás venga. Buenos días, Helena.
—Buenos días.
El médico miró a Wolf.