Capítulo 8
El doctor Matthew Finch llegó a Briarcombe sin anunciarse poco antes del mediodía, cuando la casa estaba ocupada en esa clase de actividad desordenada que parecía haber nacido con Helena y extenderse por las habitaciones como una enfermedad benéfica.
La señora Pottle lo recibió en la cocina con tanta naturalidad que Wolf, que se encontraba junto a la mesa revisando una lista de reparaciones con Barrow, entendió de inmediato que aquella visita no era excepcional.
El médico no llamó como un extraño. No aguardó en el vestíbulo con sombrero en mano y expresión de cortesía prudente.
Entró por la puerta lateral, sacudiéndose el polvo de las botas en el umbral, con el maletín de cuero en una mano y el sombrero en la otra, como si Briarcombe fuera una casa que conocía bien y a la que podía permitirse llegar sin provocar alarma.
Aquello fue lo primero que molestó a Wolf.
No que llegara.
No que fuera médico.
No que hubiera pronunciado el nombre de Helena con demasiada facilidad en Ashcombe.
Sino que todos parecieron considerarlo natural.
—Doctor Finch —dijo la señora Pottle, sin levantar apenas la vista de una masa de pastel—. Si ha venido a hablar de dietas saludables, puede marcharse de inmediato. Aquí estamos ocupados.
—He venido a ver si la casa sigue en pie.
—Eso tampoco es asunto médico.
—En Briarcombe casi todo termina siéndolo.
—Doctor Finch. Qué amable—dijo el señor Barrow, levantándose de la mesa para saludarlo con simpatía.
—Barrow. Sigue pareciendo usted un hombre que ha sobrevivido a una mañana de cuentas.
—Apenas.
—Eso es mejor que nada.
Wolf permaneció junto a la mesa, inmóvil.
Matthew Finch se giró entonces hacia él y le hizo una reverencia correcta, quizás un poco menos profunda de lo que un duque habría recibido en Londres.
No por insolencia. Por costumbre rural. En Ashcombe y sus alrededores, al parecer, las personas no se inclinaban tanto ante los títulos si habían visto nacer, enfermar o caer de un caballo a la mitad de los parientes de uno.
—Excelencia.
—Doctor Finch.
El médico era un hombre agradable.
Wolf habría preferido que no lo fuera.
Era más fácil desconfiar de hombres vanidosos, necios o demasiado conscientes de su propio encanto.
Finch no parecía ninguna de esas cosas. Vestía con corrección sencilla, la levita marrón algo gastada en los puños, el cabello castaño claro despeinado por el camino, las manos limpias pero no finas, los ojos de un gris verdoso cálido y una boca habituada a sonreír sin calcular demasiado.
Un hombre querido por ancianas, niños y cocineras.
Una categoría peligrosa.
—¿Está la señora Colligan en casa? —preguntó Matthew.
Wolf notó que el médico no dijo "duquesa".
Tampoco "su esposa".
La señora Colligan.
Correcto.
Demasiado correcto.
—En la biblioteca pequeña —respondió la señora Pottle—. Intentando convencer a unas cortinas de que todavía sirven para algo.
Matthew sonrió.
—Entonces se ha propuesto resucitar también los textiles.
—La señorita Helena siempre tuvo demasiada fe en las cosas perdidas.
Wolf miró a la cocinera.
La señorita Helena.
Otra vez.
—Avisaré a la señora —dijo Barrow.
—No hace falta —respondió Matthew—. Puedo esperar.
Pero ya era tarde.
Helena apareció en la puerta del pasillo con una cortina descolorida doblada sobre un brazo, una cinta entre los dedos y el cabello recogido de cualquier manera, como si hubiera estado luchando con polvo, escalera y memoria doméstica a la vez.
Al ver a Matthew, sonrió.
No con la sonrisa breve y cautelosa que a veces concedía a Wolf cuando olvidaba protegerse.
Con una alegría inmediata, sencilla.
—Matthew.
Wolf cerró los dedos alrededor de la lista que sostenía.
No mucho.
Lo suficiente para arrugar una esquina.
—Helena —dijo el médico—. He venido a comprobar si es cierto que ha declarado la guerra al ala oeste.
—Solo a las cortinas.
—¿Van ganando?
—Por ahora se defienden con polvo.
Matthew se acercó y tomó un extremo de la tela que ella llevaba en el brazo.
—Dios mío. Recuerdo estas cortinas.
—Eso habla mal de su memoria o de las cortinas.
—De ambas, probablemente. Su padre decía que eran de un color muy digno.
—Mi padre llamaba digno a todo aquello que no podía permitirse sustituir.
Matthew rio.
Helena también.
Wolf no.
La señora Pottle, por desgracia, sí.
—El reverendo también decía que la economía era una virtud cuando no había dinero suficiente para llamarla necesidad —añadió la cocinera.
—Otra frase muy suya —dijo Matthew.
Helena bajó la vista hacia la tela y la sonrisa le suavizó toda la cara.
Wolf la observó.
No porque quisiera.
Porque cada vez le resultaba más difícil no hacerlo.
Helena llevaba un vestido de mañana de algodón claro, quizá demasiado usado para una mujer de su rango, pero recién lavado y ceñido a la cintura con una cinta azul.
No había nada indecoroso en él. El cuello era modesto, las mangas largas, la falda amplia.
Y, sin embargo, después de días viéndola moverse por Briarcombe, Wolf empezaba a descubrir que la modestia no ocultaba necesariamente a una mujer. A veces la revelaba con más crueldad.
La tela seguía la línea de sus hombros cuando levantaba los brazos.
Se ajustaba un poco al pecho cuando respiraba después de reír, lo suficiente para que Wolf advirtiera la curva suave de sus senos bajo el algodón sin que hubiera en ello nada que una dama pudiera considerar impropio.
Al inclinarse para dejar la cortina sobre una silla, la cintura se marcó con una precisión que no había visto nunca en los salones, donde los vestidos, los guantes y las joyas parecían diseñados para convertir a Helena en una figura correcta.
Allí no era correcta.
Era viva.
La curva de sus caderas se insinuaba cuando se movía alrededor de la mesa. El cabello oscuro se le escapaba de las horquillas en mechones finos que rozaban el cuello. Tenía la piel del escote dorada por el sol, una sombra de cansancio bajo los ojos y una mancha de polvo en la barbilla.
Wolf había convivido seis años con aquella mujer.
Se había sentado frente a ella en cenas silenciosas.
Le había ofrecido el brazo en salones.
La había visto leer junto a una ventana.
La había acompañado en carruajes, iglesias, visitas familiares, habitaciones donde todos parecían estar observando lo que existía y no existía entre ellos.
Y, aun así, había pasado seis años evitando mirar demasiado.
No porque mirar no le interesara.
Ese nunca había sido el problema.
El problema era que mirar llevaba a desear.
Y desear llevaba a recordar que Helena había aceptado casarse con él en un momento en que el mundo le ofrecía pocas alternativas decentes.
Wolf había sabido desde el principio lo que la ley le concedía como marido.
Había sabido también que ningún hombre con honor debía reclamar lo que una mujer quizás no se sentía libre de negar.
Así que había aprendido a vivir con el deseo como los hombres aprendían a vivir con heridas: administrándolo en silencio, buscando alivio en la soledad cuando el cuerpo se volvía demasiado insistente, levantándose antes del amanecer, enterrándose en trabajo, cerrando puertas, manteniendo las manos limpias y la boca cerrada.
El deseo nunca había faltado.
Había estado allí, disciplinado, vigilado, reducido a una necesidad privada que no debía tocarla.
El problema no había sido el deseo.
El problema había sido Helena. Porque Helena no era una mujer que uno pudiera desear sin que aquello significara algo más.
—¿Excelencia?
La voz de Matthew lo devolvió a la cocina.
Wolf levantó la vista.
El médico lo estaba mirando con cortesía expectante.
—¿Ha dicho algo? —preguntó Wolf.
Helena también lo miraba.
Demasiado atentamente.
—Le preguntaba si Briarcombe le parece tan incorregible como al resto de nosotros —dijo Matthew.
—La casa necesita reparaciones.
—Una respuesta prudente.
—Es una casa, no un paciente. La prudencia basta.
Matthew sonrió.
—A veces las casas se parecen bastante a las personas. Crujen cuando envejecen, esconden daños que nadie ve y no siempre agradecen que uno intente arreglarlas.
Helena dejó la cortina sobre una silla. —Entonces Briarcombe y yo tenemos más cosas en común de las que pensaba.
—¿Está comparándose con una casa que se cae a pedazos? —preguntó Matthew.
—Estoy diciendo que no me gusta que los demás decidan qué necesita arreglarse en mi vida.
La frase debería haber sido ligera.
No lo fue del todo.
Wolf la oyó.
Matthew también, aunque tuvo la decencia de no mirar hacia él.
—Entonces no lo haré —respondió el médico con suavidad.
Aquello molestó a Wolf más que si Matthew hubiera cometido una indiscreción.
Porque fue exactamente la respuesta correcta.
No discutió. No intentó convencerla. No le explicó lo que debía sentir.
Simplemente aceptó sus palabras como si fueran razonables.
Helena bajó la vista hacia la cortina que sostenía y una pequeña sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
Apenas duró un instante, pero Wolf la vio.
Y le desagradó descubrir que un hombre al que no conocía parecía entender con tanta facilidad cosas que él llevaba seis años intentando comprender.
—¿Desea té? —preguntó Helena.
—Siempre que la señora Pottle no lo haya convertido en una prueba moral.
—El té es una prueba moral solo cuando es malo —dijo la cocinera—. Y el nuestro ha mejorado desde que la señora fue al pueblo.
Matthew aceptó la taza y, con ella, una silla.
Barrow se sentó de nuevo, visiblemente agradecido de que la presencia del médico distribuyera la tensión entre más personas.
Helena recogió la cortina y anunció que, si todos habían terminado de convertir su trabajo en conversación, iba a colgarla antes de que cambiara de opinión.
—La ayudaré —dijo Matthew.