Capítulo 7 #3
—No lo ha hecho —respondió Helena—. Solo está siendo amable.
Wolf guardó silencio.
Muy tarde.
Matthew inclinó la cabeza.
—Me alegra que haya vuelto, Helena. De verdad.
—Gracias.
—Y si necesita algo...
—Lo tendré presente.
—Hágalo. Por una vez, aunque sea para romper la costumbre de no pedir ayuda.
Helena sonrió.
Otra vez.
—Buenos días, Matthew.
—Buenos días.
El doctor hizo una reverencia a Wolf y siguió su camino hacia la tienda.
Wolf lo observó alejarse.
Demasiado.
—Va a atravesarlo con la mirada —dijo Helena.
Él giró la cabeza.
—No.
—Entonces quizás solo intentaba reprenderlo desde lejos.
—Habla demasiado.
—¿El doctor Finch?
—Sí.
—Es médico. Hablar tranquiliza a la gente.
—No a toda.
—No. A usted evidentemente lo altera.
—No estoy alterado.
—Naturalmente que no.
El regreso a Briarcombe fue más silencioso que el viaje de ida.
Helena iba sentada frente a él con la cesta a su lado.
El sol se filtraba entre los árboles y tocaba el rostro de Helena de manera intermitente.
Cada vez que la luz le alcanzaba los ojos, estos parecían más claros.
Ámbar en los bordes. Verde en el centro.
Oscuros de nuevo cuando pasaban bajo sombra.
Wolf intentó no mirarlos.
Fracasó.
Ella notó algo.
Por supuesto que lo notó.
—Está muy callado —dijo.
—No más que de costumbre.
—Eso no es tranquilizador.
—No intentaba tranquilizarla.
El carruaje saltó sobre una piedra. Helena sujetó la cesta antes de que volcara. Wolf alargó una mano por instinto, pero ella ya había resuelto el problema. Retiró la suya.
Helena lo vio.
—El doctor Finch era amigo de mi padre —dijo.
Wolf miró por la ventanilla.
—No he preguntado.
—No. Pero ha estado a punto de interrogarlo en plena plaza.
—Hizo preguntas personales.
—Preguntó si podía visitar Briarcombe.
—Dijo que quería verla.
—Porque me conoce desde niña.
Wolf no respondió.
Helena apoyó las flores sobre la cesta.
—¿Le molesta que alguien me conozca desde niña?
—No.
—Qué rapidez.
—¿Prefería una pausa?
—Habría sugerido una reflexión.
Él la miró.
Ella no apartó la vista.
—No me molesta —dijo Wolf.
—Entonces ¿qué le molesta?
El carruaje siguió avanzando.
El sonido de las ruedas llenó el silencio.
Wolf podría haber contestado muchas cosas.
Que el doctor Finch había hablado con demasiada familiaridad.
Que Helena había sonreído demasiado. Que el hombre recordaba historias que él no conocía.
Que aquel pueblo entero parecía poseer fragmentos de ella que nunca habían pertenecido a Coldhaven.
Que una anciana podía abrazarla, un niño podía llamarla señorita Helena, un médico rural podía hacerla reír con un himnario caído, y él, su marido, no sabía nada de ella.
Ninguna de esas respuestas era razonable.
Por tanto, no dijo ninguna.
—No me gusta no saber quién se acerca a usted —respondió.
Helena soltó una risa, sin alegría.
—Ah. Seguridad otra vez.
—Es un asunto real.
—Lo sé.
—Elias...
—No use a Elias cada vez que no quiera decir otra cosa.
Wolf se quedó inmóvil.
El carruaje pareció demasiado pequeño.
Helena bajó la vista hacia sus manos.
El resto del trayecto transcurrió sin conversación.
Al llegar a Briarcombe, la señora Pottle salió a recibirlos con la autoridad de una reina descontenta. Barrow apareció detrás con un sombrero que no le favorecía y una expresión ansiosa. Ned se ocupó del caballo con la intensidad de quien deseaba no ser incluido en ninguna discusión conyugal.
—¿Han comprado pasas? —preguntó la señora Pottle.
Helena bajó del carruaje.
Wolf no le ofreció la mano.
No porque no quisiera.
Porque ella ya había descendido sin esperarlo.
—Una libra —dijo Helena.
—Eso es una provocación disfrazada de cantidad.
—Es moderación.
—Lo mismo decía el reverendo cuando pretendía que un pastel pequeño alimentara a seis personas.
Helena le entregó la cesta.
—También hay clavos, aceite, jabón, semillas de zanahoria, té decente y flores.
—Las flores no se comen.
—No todo en una casa debe comerse.
La señora Pottle miró a Wolf.
—¿Usted está de acuerdo con eso?
Wolf no esperaba ser consultado.
—En principio.
—Respuesta de un hombre que nunca ha pasado hambre a la hora de la cena.
Helena sonrió.
Barrow tosió.
Wolf observó la sonrisa.
La señora Pottle lo observó a él.
—Su Excelencia parece más preocupado que antes de salir —comentó.
—No me siento más preocupado.
Helena ocultó una sonrisa con muy poco éxito.
Durante la tarde, Wolf no buscó a Helena.
Aquello debería haber sido sencillo.
No lo fue.
Se ocupó de escribir instrucciones para contratar dos hombres discretos en Taunton, revisar de nuevo la cerradura trasera sin que Barrow lo viera y hablar con Ned sobre los caballos. También examinó, con innecesaria atención, el camino que llevaba al arroyo.
Todo razonable.
Todo útil.
Nada de ello le impidió pensar en Matthew Finch.
No en el hombre como amenaza. No realmente. Finch no parecía peligroso. Eso, de hecho, empeoraba el asunto. Un hombre peligroso podía ser combatido. Un hombre amable, respetable, querido por el pueblo y aparentemente interesado en el bienestar de Helena era una molestia mucho más complicada.
Habla demasiado, pensó Wolf.
Luego se oyó a sí mismo.
Tiger se habría reído durante media hora.
Bear quizá lo habría mirado en silencio hasta que Wolf tuviera que abandonar la habitación.
Su madre habría dicho algo intolerablemente exacto.
Lady Ágatha habría disfrutado de todo el proceso.
Wolf se detuvo junto al muro del huerto.
Helena podría ser feliz allí.
Helena podría vivir en Briarcombe, reparar la casa, plantar judías, discutir con la señora Pottle, ir al pueblo donde la llamaban por su nombre, recibir visitas de mujeres que la recordaban de niña y de un médico que conocía sus historias antes de que Wolf supiera siquiera que existía.
Podría llenar aquella casa de flores deformes y listas de semillas.
Podría reír.
Podría, quizás, con el tiempo, dejar de esperar algo de él.
Aquella posibilidad le resultó profundamente desagradable.
No peligrosa.
No imprudente.
Desagradable.
En un lugar donde no tenía derecho alguno a serlo.
—Su Excelencia mira los árboles como si hubieran cometido una traición —dijo Barrow a sus espaldas.
Wolf giró la cabeza.
El administrador sostenía un manojo de llaves y fingía no estar preocupado por su propia audacia.
—Los árboles no me preocupan.
—Me alegra saberlo. Hay muchos.
Wolf volvió a mirar el huerto.
—¿El doctor Finch visita Briarcombe con frecuencia?
Barrow parpadeó.
Luego, para su crédito, intentó no parecer interesado.
Fracasó.
—El doctor Finch visita a todos los que lo necesitan, excelencia.
—No he preguntado eso.
—No, excelencia.
—¿Visitaba a Helena?
—Cuando era joven, sí. Ella ayudaba a su padre con enfermos y ancianos. El doctor Finch era entonces un muchacho que estudiaba con el médico anterior. Los dos se conocían bien.
Wolf no respondió.
Barrow decidió, quizá por instinto de supervivencia, añadir: —Como se conocen las personas de un pueblo pequeño, excelencia.
—Naturalmente.
—Nada más.
Wolf lo miró.
Barrow enrojeció y se retiró.
Al anochecer, Helena salió al jardín.
Wolf la vio desde la ventana de la biblioteca pequeña.
No había ido allí a observarla. Había ido a revisar las cuentas de Briarcombe, que Barrow había dejado sobre la mesa con la esperanza de que un duque rico no juzgara demasiado severamente la pobreza de un tejado.
Pero Helena apareció bajo los manzanos, y las cifras se volvieron menos relevantes.
Llevaba un chal sobre los hombros y el cabello un poco suelto. El aire de la tarde movía los mechones oscuros alrededor de su rostro. Caminó hasta el huerto, se agachó para revisar una planta, luego siguió hacia el arroyo. No hacía nada extraordinario.
Ese era el problema.
No necesitaba hacerlo.
Wolf permaneció junto a la ventana.
No la llamó.
No bajó.
No fue a decirle que el aire estaba frío, que no caminara demasiado cerca del arroyo, que el camino podía estar húmedo.
Aprendió, con un esfuerzo que le pareció desproporcionado, a quedarse donde estaba.
Helena se detuvo bajo un manzano viejo. Levantó la mano y tocó una rama baja. Luego miró hacia la casa.
Durante un instante, Wolf pensó que lo había visto.
No podía ser.
La habitación estaba en sombra.
Aun así, ella siguió mirando.
Él no se apartó.
La distancia entre ambos era considerable. Vidrio, jardín, aire de primavera, seis años de matrimonio y todo aquello que ninguno sabía decir.
Pero por primera vez en muchos días, Wolf no pensó que el peligro estaba en que Helena permaneciera sola en una casa apartada.
El peligro era mucho más sencillo.
Y mucho más difícil de combatir.
Helena podía dejar de necesitarlo.